Reparadores de brechas

Esa debe ser nuestra esencia

Por Robert Shuller

“Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). Aquí tenemos una oración sagrada que lleva una esperanza y un “cómo hacer”.

La esperanza en esta bienaventuranza es que podemos lograr una reputación que alimente nuestra necesidad de autorrespeto, autoestima y valoración. ¿Cuál es la esencia de esta autoestima? Es saber que he hecho lo mejor que pude y soy reconocido y honrado como ¡hijo de Dios!

¿Qué piensa la gente de mí? La manera en que manejemos esta pregunta humana es de extrema importancia. Muchos de nosotros lo pensamos en términos de “popularidad”.

Los jóvenes manejan esta pregunta cuando luchan para ser populares “yendo como todos”. Los adultos intentamos ser populares a través de acumulación de premios materiales, “estando a la altura del vecino”, uniéndonos a los clubes adecuados, vistiendo ropa con la que creemos ganar el aplauso social, y a través de muchas más manifestaciones sociales, demasiadas y muy complejas para nombrar.

Pero no estoy realmente pensando en la popularidad, o por lo menos, no ese tipo de popularidad. A menos que pueda mantener una reputación honorable no tendrá el tipo de popularidad ¡que lo deje con un sentido sano y completo de autoestima!

El joven que resiste la tentación de las drogas se siente victorioso. ¡Es un ganador! ¡Ha sido el más fuerte! Se siente bien consigo mismo. Y esa persona a su tiempo edificará una reputación positiva.

La meta no simplemente es lo popular, sino ser conocido popularmente como un hermoso ser humano, como ¡un hijo de Dios! Nuestra actitud no debería ser: “No me interesa lo que dice la gente” o “Quiero ser popular a cualquier precio”. Nuestra actitud para ser feliz, debería ser: “Voy a luchar para poder vivir y edificar una reputación como un verdadero hijo de Dios”.

El cómo

¿Cómo logramos construir tal reputación?

La mañana de mi ordenación como ministro, abrí mi Biblia para mi devocional. Y leí este versículo: Tu pueblo reconstruirá las ruinas antiguas y levantará los cimientos de antaño; serás llamado “reparador de muros derruidos”,”restaurador de calles transitables””(Isaías 58:12). Y adopté este versículo como una orientación de parte de Dios para tratar de promover una pacífica resolución de cualquier conflicto que viera. Hacer la paz ha sido una de las más importantes metas de mi ministerio.

Creo que todos somos llamados a tratar de ser pacificadores. Y ser un pacificador puede ser extremadamente gratificante, al ayudar a traer la paz donde hay tensión, conflicto y lucha. Produce un sano sentido de satisfacción, autoestima y valor.

Sin embargo, ser un pacificador puede ser también peligroso. Jugar el rol de mediador puede ser costoso. En mi iglesia hay algunos oficiales de policías. Muchas veces me han dicho que el llamado más difícil es cuando hay una discusión doméstica, una en la que el esposo y la esposa pelean. En tal situación, ¡no es extraño que el mediador reciba un tiro!

Hacer la paz puede ser un rol muy duro. Y, sin embargo, es absolutamente decisivo. El embajador Max Kampelman, que ha sido instrumento en negociaciones por armas, cierta vez citó al senador Humphrey sobre el tema: “Negociar entre partes en conflicto es como cruzar un río pisando rocas resbaladizas… es riesgoso, pero la única manera de hacerlo”.

Ser un pacificador es peligroso. Es resbaloso. Puedes caer y romperte el cuello. Puedes ahogarte. Pero es la única manera de llegar al otro lado. Jugar el rol de mediador es riesgoso, pero es necesario si hay que reparar brechas.

Los que van arreglando

Vemos brechas por todos lados a nuestro alrededor. En las familias. Entre los trabajadores y la gerencia. Entre partidos políticos. La gente me ha dicho: “¿Por qué jamás toma una postura en temas políticos controversiales?”.

¡Verdaderamente no siento que esté mal tomar una postura política! Pero siempre he sentido que mi llamado especial en las situaciones políticas es tratar de ser un reparados de brechas y restaurador de sendas. Intento ayudar a las personas a reunirse y resolver sus conflictos.

Cuando Dios ve una brecha, edifica un puente. Dios dice “sí” a una idea si lleva a la perspectiva de contribuir a la paz, prosperidad y el orgullo en la familia humana.

En un mundo estropeado por la guerra, pobreza y humillación de la familia humana, que no exista rechazo repentino ni impulsivo de propuestas sinceras que, no importa cuál irrealizable e irrealistas parezcan, tienen una promesa de acercar a la familia humana hacia la prosperidad que pueda eliminar la pobreza, paz que pueda eliminar la guerra y orgullo que pueda eliminar la vergüenza humana”.

Siento realmente que somos llamados por Dios a ser reparadores de brechas, restauradores de sendas donde habitar. Donde hay una relación destrozada, hecha pedazos, somos llamados a traer reconciliación; donde hay ruptura, a crear entusiasmo. Donde hay una cicatriz, a crear una estrella; sanidad donde solamente hubo heridas.

Esa es una manera grandiosa de vivir. Y esa es la razón por la que la mayoría de los cristianos son personas relajadas. No son duros. No arrastran por todos lados sus cargas de deshechos emocionales que se muestran bajo la forma de ansiedad, temor, tensión o inseguridad. No son gente enojada que se sienten víctimas de las injusticias del mundo.

Todos nosotros podemos ser pacificadores dondequiera que estemos. Puede existir tensión dentro de usted, en su hogar, en su lugar de negocio. Pero puede resolver esa tensión si pone todo lo que tiene. Arreglar el problema de la tensión no es diferente a arreglar cualquier otro problema. Puede hacer la paz de la misma manera que resuelve otros conflictos. La gente que finalmente logra lo que persigue son personas que dan todo lo que tienen.

Por Robert Shuller
Tomado del libro:Cómo cultivas buenas actitudes
Peniel

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