A ensuciarse las manos

Porque somos esa raza de santos que tienen la esperanza para otros

Por Juan Carlos Manzewitsch

El Polo Sur podría considerarse el lugar más saludable dela tierra, pues allí no hay polución, polvo ni gérmenes;de hecho, hay también muy pocas personas. El aire estan fresco y limpio como debe haber sido en todos ladosantes de que el hombre comenzara a esparcir desechosindustriales en la atmósfera. Es más, el Polo Sur es unode los pocos lugares donde el hombre no es asediado porlos gérmenes. No solo es un ámbito muy frío para que losmismos estén activos, sino que no existe nada allí de loque ellos puedan subsistir. Los vientos que se originan alSur del Polo se mueven hacia el Norte y tienden a mantenerfuera de la región cualquier contaminante. Ahorabien, tú pensarás que cualquiera estaría ansioso por viviren un lugar así, libre de contaminación y gérmenes, perono es así; con temperaturas que descienden a –40º C, representaun clima demasiado crudo y duro de resistir.

Al indagar en esto, no puedo evitar relacionar estasituación del Polo Sur con algunas congregaciones y comunidadesde cristianos. Su semblanza con el panoramarecién descrito es muy ilustrativa. Pareciera que muchasveces la iglesia se encuentra secuestrada dentro de sus cuatro paredes, como queriendo proteger su asepsia, y seconvierte en un iglú. Seguramente, el error no tiene oportunidadde sobrevivir en las prédicas de sus púlpitos. LasEscrituras son meticulosamente presentadas y la revelaciónabunda como la nieve en el Polo Sur. No obstante, laindiferencia y falta de compasión hacen de la atmósferaun lugar por debajo de los cero grados. En consecuencia,la gente al sentir tanta frialdad, al no recibir ni un pocode calidez ni amor y sentirse rechazada, escoge apartarsede esos lugares. A los pobres se les ofrece un frío hombro.Aquellos que son débiles en la fe son atormentadoscon helados argumentos. Muchos hermanos nuevos sondesplazados pues representan una “amenaza” para el pedigríde las relaciones.

Un bendito día nos entregamos al Señor; acto seguido,nos hacemos miembros de una congregación, adoptamossus formas y luego… algo lamentablemente extraño sucede.

Nos invade una suerte de asepsia espiritual. Parecieraque no queremos contaminarnos en el contacto con otragente. De repente, aparece una suerte de higiene religiosaque se asemeja al código legalista en el que los fariseos ysaduceos se enfocaban, más que al resultado de la obra deCristo y del Espíritu de gracia en nuestro interior.

Estimado lector, necesitamos tener mucho cuidadocon esta actitud. Yo entiendo que debemos vivir de manerasanta, apartados del pecado, y que tiene que haberuna marcada distinción entre el mundo y nosotros, peroesto no es excusa para una reclusión aséptica; no es excusapara guardar una higiene legalista, al punto de yano poder “tocar a nadie”. Algunos de nosotros tenemosvecinos que llevan quince años viviendo a pocos metrosde nuestra casa y nunca nos hemos acercado a saludarlossiquiera; jamás les hemos extendido una mano decortesía, si acaso. Este comportamiento es una suerte de

fariseísmo y abunda dentro de no pocas congregaciones.

El peligro de la Iglesia elitista

Veo también que se pretende “elitizar” a la congregación,haciéndole creer que tiene una especial herencia o llamadoque otros no poseen. No siempre se dice abiertamente,pero la manera de conducirse y de predicar lo implica; y lagente termina actuando en consecuencia. Comienza a vercomo “por encima del hombro” a quienes no comprendenel mensaje del Evangelio o la supuesta elevada visión espiritualque la distingue. Esto me recuerda al viejo cuentode Hans Christian Andersen, titulado: El traje nuevo delemperador. El cuento es más o menos así (versión muy adaptada del original): En un lejano país, su monarca seentera de que unos famosísimos sastres están de paso porsu reino; sin perder tiempo, los convoca para que le confeccionensu mejor indumentaria. Los sastres, luego dedisfrutar un buen tiempo los beneficios que les brindó lavida en la corte del rey, le comunican que han terminadosu trabajo. Extrañamente, anuncian a quien quiera escucharlosque han confeccionado para el rey el traje invisiblemás hermoso del mundo; tan hermoso que “solo lostontos no pueden verlo”. Proceden entonces a quitarle laropa al rey y mediante aparatosos ademanes le colocan elnuevo traje “invisible”. Por supuesto, el rey se ve desnudo,pero no lo reconoce porque no quiere aparecer como untonto frente a sus famosísimos sastres. Convoca entoncesa sus colaboradores, a quienes les pregunta por la bellezade su traje. Superada la sorpresa de ver al rey desnudo,y enterados de que el supuesto traje es tan hermoso que“solo los tontos no pueden verlo”, toda su corte afirmaque es el “más hermoso que hayan visto”. Esto convencedefinitivamente al rey de que, a pesar de que no puedeverlo, el traje es lo mejor que hay; y los sastres siguen suviaje con un suculento pago, dejando al rey y a su corte“muy satisfechos y agradecidos”. Así, el rey paseaba desnudopor su palacio luciendo su traje invisible, solo porno parecer tan tonto como para no verlo. Un día, decidióque su pueblo merecía también disfrutar la hermosura desu traje y salió del palacio para recorrer su reino. El pueblolo ve desnudo, pero por temor a contradecirlo, tambiénguarda silencio; hasta que un inocente niño lo descubrey grita: “¡El rey está desnudo!”. Recién entonces el rey semira y acepta la verdad: había sido engañado.

Hermano, si después de tantos años de caminar conel Señor, crees que una conversación con el vecino te vaa pervertir; si en verdad así lo crees, dudo de la obra regeneradoradel Espíritu Santo en tu vida… Perdón por lodogmático, pero es lo primero que invade mi mente anteesa actitud. No puede ser que apenas alguien golpea a tupuerta y te tira un Atalaya (La revista de los Testigos deJehová), quedes confundido y sintiéndote ofendido por¡el atrevimiento!

Ensuciándonos por el Evangelio

Me parece que es hora de salir a la calle; es hora de “ensuciarnos”un poquito. Hay personas muy necesitadas, ¡desesperadas!Vivimosante la oportunidad de cosecha de almas más grande quehayamos tenido. Vivimos una era en la que la mies estámás lista que nunca y en que los medios para comunicarel Evangelio se han multiplicado.

A través de los cuatro evangelios quedaclaro que el Señor no había venido a encerrarse en una sinagogaesterilizada, como quien se lava las manos todos losdomingos con servicios religiosos. Él había venido a la gente,a su pueblo, a la raza humana, en todas sus condiciones.

Aquí radica gran parte de la esterilidad de la mayoríade las congregaciones. Semana tras semana, nos apersonamosen un templo para lavarnos las manos entre nosotros;vamos tan inmaculados que no solo no queremostocar a nadie, tampoco las personas se nos quieren acercar“para no ensuciarnos”. Nos alejamos de la gente y lagente se aleja de nosotros.

Hay personas sufriendo en suenfermedad, ataduras y vicios que apestan, deseosas deque alguien les dé un abrazo o se les acerque un poco. Siseguimos con esta fobia, estaremos perdiendo la oportunidadmás grande que hayamos tenido para compartir elamor de Dios.

El legalismo, la enfermedad del Siglo XXI

¿Qué es el legalismo? El legalismo es un ardid de Satanás,un disfraz con el que se enmascara la religiosidad; unamáscara “cristiana y santa”, que carece de poder sobre elpecado y produce esterilidad espiritual y división entre loshijos de Dios. Se presenta como algo sacro, pero carecede vida y fruto. Se manifiesta, a menudo, en individuosque dicen conocer mucho al Señor; profetizan, hablan enlenguas espirituales, manejan Las Escrituras con destreza,tienen cierto grado de revelación, pero cuando se trata dedar fruto, no producen nada. Son tan estériles como lahiguera descrita en Mateo 21:19.

Los cristianos legalistas, usualmente,son feligreses consumistas que atiborran los altares de lostemplos buscando una bendición o toque espiritual semanal,sin hacer partícipes a otros de lo ya recibido. ¡QueDios nos guarde de caer en tales costumbres!

Debemos tener el valor de confrontar a este espíritufarisaico. Al creyente religioso, en general, le encanta serel recipiente de sanidades y favores personales, pero demuestraindiferencia o hasta aversión a las necesidadesajenas; especialmente, cuando el necesitado no reúne las“condiciones” del statu quo. Atrevámonos a abrazar, tocar

y compartir una mesa con aquel que es diferente a nosotros.Al fin y al cabo, en la diferencia se manifiesta elamor. “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?Porque también los pecadores aman a los que los aman” (Lucas6:32).

Al término del capítulo diez de mi libro La realidad desu presencia, hago referencia a la bandera que deberíaunirnos a todos los que profesamos la fe en Cristo Jesús.Allí hago la siguiente reflexión: “Nunca olvidemos que los que están sin Cristo, sin esperanzay sin Dios en este mundo, en Jesucristo puedenser hechos cercanos por su sangre. Todos los queestán lejos, los que sienten una brecha que les impideel acceso a Dios, deberían saber al dedillo que Jesús esnuestra paz, quien derribó la pared intermedia de separaciónpara que podamos acceder al Padre. En Jesúsya no debería haber ningún tipo de segregación.

En Efesios 2:12-14 el apóstol Pablo se refiere a una pared divisoria. El término griego que usa es Mesotoichón, que se traducecomo “muro divisor”. Este era un muro no tangrande como el tristemente célebre muro de Berlín,que mantuvo separada a toda una nación por tantosaños. No obstante, el Mesotoichón de Jerusalén eraaún más intimidante. En verdad, esta pared se refería auna tapia de apenas 1,30 m. y que separaba el patio delos gentiles del área del templo en Jerusalén.

Ahora bien, si Cristo derribó la pared divisoria entrelos judíos y gentiles, por qué habremos de levantarnuevos muros discriminatorios entre nosotros hoy. Porqué hemos de permitir que arrogancias, doctrinas dehombres, competencias, celos, envidias y tantos otrosmateriales de construcción que usamos para dividir yhacer separación entre unos y otros, desmiembren ala Iglesia del Señor. Si Él ya derribó el muro, ¿Por quéaun estamos divididos?

La intolerancia y discriminación en el seno de nuestrascongregaciones es un franco atentado a la esencia dela misma obra de la Cruz. Precisamente lo que nos unees su Cruz, su obra redentora, su preciosa sangre. Todos,absolutamente todos los que hemos sido alcanzados porla gracia del Salvador somos ex reos de muerte.

¿Cuánto más honraríamos al Señor? ¿Cuánto másel mundo creería? ¿Cuánto más  alcanzaríamos en elReino del Señor? Si hiciéramos de Efesios 2:14 la insigniadel buque de nuestros ministerios…”.

Inquietar nuestra cómoda excusa

Alguien, una vez, me reconvino diciendo que los queson del Señor Él mismo los va a traer… En verdad, lo queesta posición esconde, además de holgazanería, es rechazoa lo diferente. Es una posición que ignora que en ladiferencia está el verdadero amor que a todos nos creó.

¿Cuál habría sido nuestra ventura si Dios hubiese mostradola misma actitud hacia nosotros? Creoque tales hermanitos se mantienen tan asépticos que terminanescépticos. Al final, la higiene religiosa terminaapestando más que la sinceridad de un andrajoso pecador.No confundamos la santidad con el aislamiento; laverdadera santidad es una fuerza que invade el pecado yal pecador, conquistándolo para Cristo Jesús.

¡Es hora deensuciarnos un poco! Es hora de movernos de esa asepsiaespiritual nociva que está matando nuestra vida espiritualy nuestras congregaciones; que está engordando nuestroego, al punto de vernos con una obesidad espiritual mórbida.Escuchemos el corazón de Dios. Conozcamos al Señorde la mies. Movámonos de la infertilidad vergonzosaen la que nos hemos mantenido, a una vida llena de frutoque glorifique al Padre.

Amados, toquemos al necesitado, al mal oliente;abracemos al piojoso, al enfermo y apestoso. No solo meestoy refiriendo a condiciones nauseabundas del cuerpo,también estoy aludiendo a las del alma. Acerquémonosal amargado, al maldiciente, al mal llevado; pongámonosal lado de aquel que se queja constantemente, del heridode corazón que siempre se esconde detrás de un mecanismode defensa hostil. Que nuestras manos puedan ser lasmanos del Señor para transmitir su amor. Que nuestrobeso pueda ser el ósculo santo de Dios para mostrar sucompasión. Que nuestro abrazo pueda ser el abrazo deltierno Salvador para transmitir aceptación y redención.

Viendo con los ojos de Dios

Este testimonio llegó a mis manos hace pocos días, pormedio de un misionero amigo de Sudáfrica. Es la experienciade una madre que me llevó a reflexionar, orary finalmente, me bendijo. Lo comparto con el deseo deque cause el mismo efecto en ti. El relato está en primerapersona y en el contexto de una cena familiar navideña enun restaurante.

Nancy, la madre, relata: “Éramos la única familia con niños en el restaurante.Puse a Erik en una silla alta y noté que todos estabansentados comiendo en silencio. De repente, Erik conun grito de alegría dijo: ¡Hola! —golpeando sus gorditasmanos de bebé en la bandeja de la silla alta—. Susojos estaban grandes de la emoción, y su boca portabauna amplia sonrisa sin dientes. Se movía y reía conalegría. Miré a mi alrededor y encontré la fuente desu emoción. Era un hombre con un harapiento saco, omás bien un trapo sucio, grasoso y gastado. Sus pantalonesholgados, el cierre del pantalón estaba a mediosubir, y los dedos de sus pies asomaban a través de loque, alguna vez, fue un par zapatos. Su camisa estabarota y agujereada, su cabello despeinado y sin lavar.Los pelos de su barba eran demasiado largos para serllamados propiamente ‘barba’ y su nariz era tan varicosaque parecía un mapa.

Nos encontrábamos demasiado lejos de él paraolerlo, pero sin duda, olía mal. Batiendo las manos elpordiosero se dirigía a Erik: ‘¡Hola bebé! ¡Hola niñogrande! Nos vemos, campeón’. Mi esposo y yo intercambiamosmiradas, como preguntándonos ‘¿Quéhacemos?’. Erik seguía riéndose y contestando: ¡Hola!¡Hola! Todos en el restaurante ya se habían dado cuentay nos miraban, a nosotros y al hombre, con expectativa.El viejo mendigo estaba molestándome con mihermoso bebé.

Llegó nuestra comida, y el hombre comenzó a gritardel otro lado de la sala: ‘¿Conoces la canción delas manitas? ¿Conoces Dónde está el bebé? Miren, esasí la conoce’, decía. Nadie creía que el viejo hombreestuviera siendo tierno; todos suponíamos que se encontrabaebrio. Mi esposo y yo nos sentíamos avergonzados.Todos comíamos en silencio, excepto Erik, queseguía compartiendo todo su repertorio con su admiradorvagabundo. Y éste lo reciprocaba con adorablescomentarios.

Finalmente, terminamos de comer y nos dirigimoshacia la puerta. Mi esposo fue a pagar la cuenta yme dijo que lo esperara en el estacionamiento. En esemomento, veo que el viejo se había sentado entre lapuerta y yo, muy cómodo… Yo oré: ‘Señor, solo déjamesalir de aquí antes de que me hable a mí o a Erikotra vez’. Mientras me acercaba al hombre, comencéa darlela espalda en un intento de esquivarlo y evitarcualquier aire que él pudiera estar respirando. En tantohacía esto, Erik se inclinó sobre mi brazo, ¡estirandoambos bracitos hacia el vagabundo! Antes de que pudieradetenerlo, Erik se había lanzado de mis brazos alos de aquel hombre.Repentinamente, un hombre viejo y muy olorosointercambiaba cariños con mi muy pequeño bebé. Dehecho, estaban fascinados el uno con el otro. Erik, enun acto de total confianza, amor y sumisión, acomodósu pequeña cabeza en el andrajoso hombro de aquelpoco apreciable personaje. En ese instante, los ojos delhombre se cerraron y vi lágrimas amontonarse bajo suspestañas. Sus avejentadas manos, llenas de suciedad,dolor y labor, con mucha gentileza acurrucaron a mibebé y acariciaron su espalda.

Parecía que en toda la tierra no existían otros seresque se hayan amado tan profundamente en tan brevetiempo. Yo quedé anonadada. El viejo meció y acurrucóa Erik en sus brazos por un momento y, luego, sus ojos seabrieron y se fijaron sobre los míos. Entonces, dijo convoz firme e imponente: ‘Cuide a este bebé’. De algún modo yo logré responder: ‘Lo haré’, con un nudo enmi garganta que parecía contener una piedra. Arrancó aErik de su pecho, reacio y con ansia, como si le doliera.Yo recibí a mi bebé, y el hombre dijo: ‘Dios la bendigaseñora, me ha dado mi regalo de Navidad’. Yo murmurélas gracias, y con Erik nuevamente en mis brazos, corríal automóvil. Mi esposo, asombrado, se preguntaba porqué lloraba y sostenía a Erik tan fuertemente. Más aún, por qué repetía: ‘Mi Dios, mi Dios, perdóname’.

Yo había presenciado el amor de Cristo expresadoa través de un niño que no vio pecado, que no viosuciedad ni sintió mal olor, que no emitió juicio… unniño que solo vio un alma, en contraste con una madreprejuiciosa que solo vio harapos, indigencia y peligroen un pordiosero. Me di cuenta de que era una cristianaciega que sostenía a un niño que no lo era. Sentíacomo si Dios me estuviese preguntando: ‘¿Estás dispuestaa compartir tu hijo por un momento, siendoque Dios compartió el suyo por la eternidad?’.El harapiento viejo, sin querer me llevó a recordar las palabras de Jesús: ‘… Les aseguro que a menos que ustedescambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reinode los cielos. Por tanto, el que se humilla como este niño seráel más grande en el reino de los cielos’ (Mateo 18:3-4)”.

¡Ah, mi hermano!, que el Espíritu Santo nos haga vercomo Dios ve. Dejemos los prejuicios religiosos de lado,la asepsia egoísta que nos caracteriza y la arrogancia perniciosaque predomina en nuestro perfil. Acerquémonosal despreciado a mostrarle aprecio, porque por él tambiénmurió nuestro redentor, Jesucristo.“Poniendo nuestras manos en acciónNo niegues un favor a quien te lo pida, si en tu mano está el otorgarlo” Proverbios 3:27).

Recientemente, escuché a uno de los pastores queacompañan al Evangelista Carlos Annacondia en sus cruzadas,mientras enseñaba a los alumnos de nuestra Escuelade Ministerios en Buenos Aires, decir: no se puede liberar a una persona si no se la ama…

Esta verdad me impactó profundamente,pues si hay un ser que no nos resulta atractivoy con el que nos cueste más empatizar, es un endemoniado.Cuando Jesús liberó al endemoniado gadareno, pasó de serla persona más repugnante a verse de lo más normal; sentado,vestido y en sus cabales, platicaba con el Señor.

Así, hay personas a nuestro derredor que están esperandoque te ensucies un poco con ellas. Están a la expectativade ver si eres capaz de contaminarte en virtudde mostrar interés por su vida. Te están observando. Hayparientes, hijos, hermanos que se sienten ofendidos portu supuesta asepsia religiosa; quisieran verte interesarteen sus asuntos. Quisieran verte compartir un café conellos. Quisieran verte entrar a su casa y comer de su plato.Quisieran tener la evidencia de que son importantes parati. Esperan con ansiedad tu abrazo.

Dios quiere sanar nuestras manos tullidas

Creo firmemente que si hoy extendiésemos nuestras manospara alcanzar a los necesitados, el Señor haría unaobra extraordinaria de restauración en muchas áreas denuestra propia vida. Tu vida puede ser levantadacomo una herramienta eficaz en el Reino de Dios.

Deseo acabar este apartado con un suceso que registraMarcos 3:1-7: “En otra ocasión entró en la sinagoga, y había allí un hombreque tenía la mano paralizada. Algunos que buscabanun motivo para acusar a Jesús no le quitaban la vista deencima para ver si sanaba al enfermo en sábado. EntoncesJesús le dijo al hombre de la mano paralizada: —Ponte depie frente a todos. Luego dijo a los otros: —¿Qué está permitidoen sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar unavida o matar? Pero ellos permanecieron callados. Jesús seles quedó mirando, enojado y entristecido por la durezade su corazón, y le dijo al hombre: —Extiende la mano.La extendió, y la mano le quedó restablecida. Tan prontocomo salieron los fariseos, comenzaron a tramar con losherodianos cómo matar a Jesús. Jesús se retiró al lago consus discípulos, y mucha gente de Galilea lo siguió”.

El mensaje del relato es muy claro. Dios quiere sanarnuestras manos paralizadas. Él quiere activarlas nuevamente.Es necesario que nos relacionemos con la gente,que la toquemos, la abracemos, que demostremos interéspor ella. Francamente, creo que debemos enfrentarnos ala realidad de que la comunidad de cristianos del sigloXXI tiene las manos tullidas. Si lo reconocemos, podemosrecibir un milagro al extender nuestras manos. Tal vez, túanheles que alguien ore por tu mano para que sea usadapor el Señor. Pero esa sanidad no viene por una manoque ora por otra; esa activación se da cuando extendemosnuestra mano (v. 5). Jesús no oró por la mano,solo le pidió que la extendiese. Si estás con la disposiciónde extender tus manos hacia otros, un milagro va aocurrir en ti y en aquel que quieres alcanzar. Si tomamosla decisión de buscar al necesitado para expresarle amor,compartirle del Señor, con nuestra actitud más que conpalabras, entonces la mano seca volverá a vivir. Tu ministerioque está languideciendo retomará fuerza. Esa relaciónque estaba muriendo revivirá.

Estoy convencido de que si no queremos extendernuestras manos hacia aquel que necesita del Señor, esapersona tampoco deseará que le extendamos nuestra verborragia.¡Oh Señor sana nuestras manos y únelas paratransmitir Tu amor a otros!

Por Juan Carlos Manzewitsch
Tomado del libro:  El Señor de la mies
Peniel

El Señor De La Mies

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