El planeta visitado

Aunque parezca incomprensible para muchos

Por Philip Yancey

Hay una idea acerca de la Navidad que no he visto nunca plasmada en una tarjeta, quizá porque ningún artista, ni siquiera William Blake, hubiera podido representarla bien. Apocalipsis 12 corre el telón para darnos una vislumbre de la navidad como tuvo que haberse visto desde algún punto remoto, más allá de Andrómeda: la Navidad desde el punto de vista de los ángeles.

El relato difiere radicalmente de las narraciones del nacimiento que ofrecen los evangelios. Apocalipsis no menciona a los pastores y aun rey infanticida; más bien, presente a un dragón que dirige una feroz lucha en el cielo. Una mujer, vestida del sol y que lleva una corona de doce estrellas, clama de dolor a punto de dar a luz. De repente entra en escena el enorme dragón escarlata, con una cola que arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojaba sobre la tierra. Se detiene voraz frente a la mujer, ansioso de devorar a su hijo en cuanto nazca. En el último momento el hijo es arrebatado y puesto a salvo; la mujer huye al desierto, y comienza una gran batalla cósmica.

Apocalipsis es un libro extraño, mírese como se mire, y los lectores deben entender su estilo si quieren encontrarle sentido a este extraordinario espectáculo. En la vida cotidiana dos sucesos paralelos pueden darse al mismo tiempo, uno en la tierra y otro en el cielo. Apocalipsis, sin embargo, los ve juntos, lo que permite ver rápidamente tras bambalinas. En la tierra nace un niño, un rey se entera, comienza la persecución. En el cielo había comenzado la Gran Invasión, una valiente incursión de parte del líder de las fuerzas del bien en la sede del mal que es el universo.

Juan Milton expresó de manera majestuosa este punto de vista en El paraíso perdido y en El paraíso recobrado, poemas que hacen del cielo y del infierno el eje central, y de la tierra un simple campo de batalla para sus enfrentamientos. El autor contemporáneo J. B. Phillips también adoptó este punto de vida a una escala mucho menos épica y la Navidad pasada acudí a la fantasía de Phillips para tratar de huir de mi punto de vista terrenal.

En la visión de Phillips, un ángel veterano muestra a otro muy joven los esplendores del universo. Ven galaxias en rotación vertiginosa y soles incandescentes, y luego atraviesan las distancias infinitas del espacio hasta que penetran en una galaxia de quinientos millones de estrellas.

“Al acercarse los dos a la estrella que llamamos nuestro Sol y a los planetas que lo circundan, el ángel veterano señala con el dedo una estrella pequeña y bastante insignificante que da vueltas lentas alrededor de us eje. Le pareció al ángel joven tan opaca como una sola sucia de tenis, llena como estaba su imaginación con el tamaño y esplendor de lo que había visto. ‘Quiero que mires sobre todo a esa’, dijo el ángel veterano señalando con el dedo. ‘Bueno, me parece muy pequeña y más bien sucia’, dijo el ángel joven. ‘¿Qué tiene de especial?’”.

A medida que iba leyendo la fantasía de Phillips, me venían a la mente las imágenes que trasmitieron a la tierra los astronautas del Apolo, quienes describieron a nuestro planeta como “entero, redondo, hermoso y pequeño”, un globo azul, verde y marrón flotando en el espacio. Jim Lovell, al pensar más tarde en ese espectáculo, dijo: :Era solo otro cuerpo, de verdad, unas cuatro veces mauor que la luna. Pero contenía toda la esperanza y toda la vida y todas las cosas que la tripulación del Apolo 8 conocía y amaba. Era lo meas hermoso que podía verse en todo el cielo”. Ese fue el punto de vista de un ser humano.

Al ángel joven, sin embargo, la tierra no le pareció tan impresionante. Estuvo escuchando con incredulidad estupefacta lo que el ángel veterano le fue contando que este planeta, pequeño e insignificante y no demasiado limpio, era el famoso planeta visitado.

“‘¿Quiénes decir que nuestro gran y glorioso Príncipe descendió en persona a esa bolita de quinta categoría? ¿Por qué haría algo semejante?’, preguntó el ángel joven. Su rostro se contrajo disgustado. ‘Quieres decirme ¾continuó¾ que se rebajó tanto hasta convertirse en una de esas criaturas que hormiguean y se arrastran en esa bola flotante?’. ‘Así es, y no creo que a Él le gustaría que las llames ‘criaturas que hormiguean y se arrastran’ en ese tono de voz. Porque, por raro que nos parezca, las ama. Bajó a visitarlas para elevarlas y para que fueran como Él’. El rostro del ángel joven mostraba perplejidad. Esa clase de pensamiento le resultaba incomprensible”.

También me resulta incomprensible a mí y, sin embargo, acepto que esta idea es la clave para entender la Navidad y es, en realidad, la piedra de toque de mi fe. Como cristiano, creo que vivimos en mundos paralelos. Un mundo consiste en colinas, lagos, granjas, políticos y pastores que vigilan a los rebaños en la noche. El otro consiste en ángeles y fuerzas siniestras, y en algún lugar por ahí, lugares llamados cielo e infierno. Una noche, en medio del frío y de la oscuridad, entre las colinas onduladas de Belén, esos dos mundos se juntaron en un punto de intersección. Dios, quien no tiene ni antes ni después, entró en el tiempo y el espacio. Dios, quien no conoce límites, asumió los confines sorprendentes de la piel de un niño, las limitaciones ominosas de la mortalidad.

“Él es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda creación, escribiría el apóstol; “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten”. Pero los pocos testigos oculares de la noche de Navidad no vieron nada de eso. Vieron a un bebé que se esforzaba en usar unos pulmones flamantes.

¿Sería verdad este relato de Belén de un Creador que desciende para nacer en un pequeño planeta? De serlo, es una historia sin igual. Nunca más debemos preguntarnos si lo que sucede en esta sucia pequeña bola de tenis de nuestro planeta importa al resto del universo. No sorprende para nada que un coro de ángeles cantara espontáneamente un cántico, perturbando no solo a unos pocos pastores sino a todo el universo.

Por Philip Yancey
Tomado del libro: El Jesús que nunca conocí
Vida

El Jesús que Nunca Conoci

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