“Señor, nos encomendamos a ti”

Entregar nuestro presente y futuro a las manos del Señor

Por Adam Hamilton

Los evangelios de Mateo y de Marcos nos dicen que, mientras respiraba por última vez, Jesús gritó con una voz potente. Sin embargo, ninguno relata lo que dijo. El evangelio de Juan señala que lo que Jesús dijo fue: “Todo se ha cumplido”. Con frecuencia, escuchamos estas palabras como la forma en la que Jesús expresaba que su vida finalizaba. “Todo se ha cumplido”: algunos han oído esta afirmación como un grito de derrota de un profeta desilusionado, como si Jesús indicara que finalmente, el sufrimiento llegaba a su fin; algo como el grito de un árbitro en una pelea de boxeo después de terminar de contar hasta diez. Pero varias cosas mitigan esta interpretación. En muchas ocasiones, Jesús les dijo a sus discípulos que iba a Jerusalén a morir. Su arresto, su tortura y su crucifixión no eran ninguna sorpresa para Él. Había ido a Jerusalén con ese propósito. Este no era un grito de derrota.

Otra clave de que cuando Jesús habló estas palabras no quería dar a entender que estaba derrotado, se encuentra en el hecho de que las “gritó”. En realidad, gritó solo una palabra en arameo, la cual se encuentra registrada en el evangelio de Juan mediante una palabra griega: “¡Terminado!” o “¡Completado!”. WillWillimon ha descrito estas palabras de Jesús como algo similar a lo que Miguel Ángel podría haber dicho cuando miró la Capilla Sixtina después de terminar la última pincelada: “¡Terminado!”. Algo asombroso, sorprendente y extraordinario se completaba mientras Jesús moría en la cruz; una obra maestra de amor y redención.

Pero, con exactitud, ¿qué se completó en la cruz? Esa es una pregunta importante, porque apunta a una pregunta mucho más grande: ¿cuál era el propósito del sufrimiento y de la muerte de Jesús? Y, ¿de qué manera, la muerte de Jesús hizo que esas cosas se cumplieran?

Cuando hablamos acerca del significado de la muerte de Jesús, llegamos a una de las doctrinas más importantes de la fe cristiana y una de las más confusas: la doctrina de la expiación.

Todos hemos oído que “Jesús murió por ti”, pero ¿qué significa esto? Con frecuencia, se asocia la muerte de Jesús con el perdón de los pecados. Su muerte, ¿solo está relacionada con el perdón o hay algo más? Y, con respecto al perdón, ¿de qué forma la muerte de Jesús lo produce y nos sirve para ser “uno” con Dios? O, para utilizar las palabras finales de Jesús en el evangelio de Juan, ¿qué se “cumplió” cuando Jesús murió?

Me reconfortó mucho el comentario de Leslie Weatherhead en el libro clásico Un hombre sencillo mira hacia la cruz: “No puedo imaginar a ningún autor, sin importar qué tan amplia sea su erudición o penetrante su perspicacia espiritual, que llegue al punto de sentir que podría expandir tanto el mensaje de la Cruz como para no dejar ninguna pregunta sin responder o algo sin explicar”.

Tanto en la universidad como en el seminario, aprendí las “teorías de la expiación” tradicionales que se han usado en momentos diferentes en la historia de la Iglesia para explicar el significado de la muerte de Jesús. El punto que te invitaría a considerar aquí y uno que me ha sido de mucha ayuda mientras luchaba por comprender y explicar el significado de la muerte de Jesús en la cruz, es que Él hacía mucho más allí que lo que cualquier teoría o metáfora pueda, posiblemente, contener. Quizás, esta es la razón por la que ninguno de los autores del evangelio ni los apóstoles en las cartas nos proveen solo una forma de entender la muerte de Jesús en la cruz.

El evangelio de Juan es un gran ejemplo. Juan comienza y llama a Jesús “el Verbo se hizo carne”. Parece decir que, en Jesús, Dios ha llegado a revelar la naturaleza y la voluntad de Dios a la raza humana. Esto debería darnos un indicio del hecho de que la muerte de Jesús es más un sermón que una transacción.

Un estudio breve del evangelio de Juan revela, al menos, siete ideas diferentes acerca del significado de la muerte de Jesús. Utiliza varias metáforas, las que incluyen, mínimo, cinco alusiones diferentes del Antiguo Testamento que apuntan hacia significados distintos de la muerte de Jesús. En el evangelio de Juan, la muerte de Jesús es un sacrificio de expiación para salvar del pecado; un sacrificio de reemplazo para salvar de la muerte; una demostración de amor divino por la humanidad; un modelo al que los cristianos deben mirar al practicar el amor sacrificial; un retrato apremiante de Jesús con la intención de conmover los corazones de miles para que fueran y lo siguieran; una señal del triunfo supremo de Dios sobre la muerte y un revés dramático de los hechos que sucedieron en el Edén tras la desobediencia de Adán y Eva.

Los otros evangelios agregan algo a estas metáforas, aunque con más diferencia que Juan. Pablo utiliza varias de las mismas metáforas que Juan usa en sus epístolas, pero les añade algo. Con tantas metáforas con respecto al significado de la muerte de Jesús, es desafortunado que muchos cristianos se aferren solo a una teoría de la expiación y la traten como si fuera todo lo que Jesús buscaba lograr en la cruz.

Jesús es nuestro Redentor, nuestro Salvador, nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Cordero Pascual y Expiatorio. Es nuestro Libertador y el Rey que anhela morir por su pueblo. A través de su muerte, revela nuestro pecado, el costo de la gracia y la magnitud de la misericordia de Dios. En la cruz, nos muestra el amor. En su muerte y su resurrección, se identifica con el dolor, el sufrimiento y la mortalidad humana, y en la resurrección, prueba que ha vencido a cada una de estas. Jesús hizo todo esto en la cruz para redimir, salvar y atraer a la humanidad hacia sí. Esto fue el “todo” que se cumplió cuando Jesús gritó sus palabras agonizantes.

Vuelvo a decir esto, en parte para recordarte que el lenguaje que usamos para describir lo que la muerte de Jesús logró y lo que significa es un lenguaje metafórico, cuya intención es mostrar algo tan profundo, tan misterioso, tan dador de vida y que cambia tanto la vida que ninguna explicación o metáfora puede hacerle justicia.

Solía estancarme cuando pensaba acerca de la muerte de Jesús y la forma exacta en la que nos salva. En algún punto, llegué a darme cuenta de que la cruz no es matemática o ciencia; es una poesía vívida en la carne humana. La cruz es un drama divino en el cual Dios, a través de Jesús, revela la oscuridad del alma humana y la gracia y el amor inexorable de Dios por la raza humana. Es una escultura que, cuando se ve desde una ángulo, es tan horrible y repulsiva que apenas puedes soportar mirarla, pero cuando se mira desde otro ángulo, es tan hermosa que no puedes evitar caer de rodillas en absoluto asombro. Es una obra maestra en la cual, el artista ha pintado al mismo tiempo un autorretrato que revela su carácter y un retrato tuyo; tu necesidad de misericordia y su voluntad de ofrecértela. Es una historia de amor que conmueve hasta las lágrimas; una que ruega que la lean una y otra vez.

Juan describe a Jesús como “el Verbo hecho carne”. La cruz esel clímax de la historia; Juan habla de esto como el momento dela glorificación de Jesús. Él se glorifica en la cruz porque esta esel momento en el cual Dios se da a sí mismo, a través de su Hijo,para salvarnos a nosotros, las criaturas de Dios; el momento en elcual Dios nos convence de pecado, nos revela el costo de la gracia,toma los pecados del mundo y nos muestra cómo es el amor paraque podamos seguir viviendo vidas de amor sacrificial.Esta es la razón por la que nos estancamos cuando nos alejamosmucho siguiendo alguna de las metáforas. O se quiebran onos confundimos. Pero cuando nos alejamos de una confianza demasiadoliteral en las metáforas y buscamos comprender que cadauna de ellas apunta hacia las verdades espirituales y existenciales(amor, redención, gracia, liberación) comenzamos a entender elpoder de la cruz. En la muerte de Jesús en la cruz, Dios nos habla un mensaje profundo y, este mensaje de la cruz, tiene el poder para salvarnos (nuestra relación con Dios y nuestra relación con otros) y, a su vez, para salvar el mundo.

Cuando mis hijos vivían en casa, la única forma que conocía para expresarles cuánto los amaba era decirles: “Te amo tanto que moriría por ti sin siquiera pensarlo; te amo tanto…”. Lo sentía y  aún lo siento. Eso es lo que vemos en la cruz; el amor sacrificial de Dios desplegado. En la cruz, vemos nuestro quebranto y la gracia de Dios. Vemos nuestra necesidad de ser amados y la expresión de amor de Dios. Vemos una figura de cómo deberíamos vivir la vida desde ahora en adelante y todo lo que vemos en el mundo que nos rodea lo vemos a la luz de la cruz.

Amo la forma en la que el apóstol Pablo resume el Evangelio (la historia de la vida, muerte y resurrección de Jesús) y la obra de la cruz. Él dice:“Porque es poder de Dios para quienes creen” (Romanos 1:16).

La cortina del Templo se rasgó

Mientras Mateo, Marcos y Lucas buscan interpretar y explicar el significado de la muerte de Jesús, lo hacen con un detalle interesante. Lucas nos dice que sucede justo antes de que Jesús respirara por última vez; Mateo y Marcos dicen que sucede justo después de que respirara por última vez. Cualquiera sea el caso, a partir de sus relatos, descubrimos que la cortina del Templo se rasgó en dos.

El hecho de que tres de los cuatro evangelios incluyan este detalle es significativo. Echemos un vistazo más de cerca a la cortina del Templo.

El patio interior del Templo de Jerusalén, probablemente, quedaba a diez minutos a pie del lugar en el que crucificaron a Jesús. La parte interna era el lugar de los sacerdotes. Estos ascendían por las escaleras para entrar al Lugar Santo, donde ofrecían incienso en el altar del incienso. Al Lugar Santísimo se lo consideraba la habitación del trono de Dios. En tiempos antiguos, el Arca del Pacto se guardaba dentro del Lugar Santísimo.

El Arca del Pacto era una caja de madera cubierta con oro y tenía dos ángeles en cada extremo, con los rostros agachados y las alas que se tocaban en el medio como si formaran un asiento o silla. Este asiento, llamado el trono de la Gracia, era el trono de Dios. Dentro de la caja estaban los Diez Mandamientos, una vasija de maná (la comida que los israelitas comieron en el desierto) y la vara —la cual floreció— que Dios le dio a Moisés y a Aarón.

Una vez al año, el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo para la expiación de sus propios pecados y los pecados del pueblo. Primero, sacrificaba un carnero y después un cabrito, salpicaba la sangre de los animales en el trono de la Gracia, el trono de Dios, para redimirse ante Dios por sus propios pecados y redimir los pecados del pueblo.

La cortina o el velo que separaba el Lugar Santísimo del Lugar Santo era una pieza de tejido y se piensa que era muy gruesa y pesada. Estaba hecha de hilos de color azul, púrpura y rojo con imágenes tejidas de ángeles. Cuando el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo, otros sacerdotes levantaban la cortina y él entraba. La volvían a bajar. La levantaban y la bajaban otra vez cuando salía. Nadie más tenía permitido ingresar en aquella habitación.

Mateo, Marcos y Lucas nos dicen que cuando Jesús murió, esta cortina pesada que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo se rasgó en dos. Esto no era algo sencillo. Se necesitaba un acto violento de desgarramiento. ¿Por qué los autores de los evangelios pensaron que era un detalle importante para incluir en sus relatos sobre la muerte de Jesús? El desgarro de la cortina del Templo es una metáfora más de lo que Jesús llevaba a cabo en la cruz. Algunos han sugerido que desgarrar la cortina era la forma que Dios tenía para expresar su partida del Templo. En otras palabras, con la crucifixión de Jesús, Dios se apartaba del pueblo de Dios. Con la muerte de Jesús, la gloria del Señor había dejado el Templo. Esta es una imagen poderosa de desconsuelo de Dios ante la muerte de su Hijo. La mayoría de los comentaristas ven este desgarro de la cortina del Templo una señal de que, en su muerte, Jesús mismo entró al Lugar Santísimo e hizo un sacrificio final y perfecto para reconciliar a la humanidad con Dios. La cortina no fue levantada como solía hacerse en esta ocasión; se rasgó en dos; una poderosa imagen de que a partir de ese momento, ya no habría necesidad de una. A través de Jesús, los seres humanos irían directamente al Trono de la Gracia de Dios; a la cruz, para pedir misericordia y recibir su gracia.

La oración de Jesús mientras agonizaba

Después que la cortina del templo se rasgó, Jesús dijo una frase final. Una vez más, sus palabras, mientras agonizaba, eran una oración.

Hemos notado que la primera declaración de Jesús desde la cruz fue una oración. Él oró “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Después, alrededor del mediodía, oró el Salmo 22: “Dios, mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15:34). También he sugerido que, en verdad, Jesús pudo haber orado a su Padre cuando dijo: “Tengo sed” Juan (19:28). Luego, Jesús ofreció una oración final: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Estas palabras finales de Jesús son de otro salmo (Salmo 31:5), el cual nos deja ver que, probablemente, Jesús lo recitaba de forma silenciosa mientras moría.

Aquí están los primeros cinco versículos del salmo: “En ti, Señor, busco refugio; jamás permitas que me avergüencen; en tu justicia, líbrame. Inclina a mí tu oído, y acude pronto a socorrerme. Sé tú mi roca protectora, la fortaleza de mi salvación. Guíame, pues eres mi roca y mi fortaleza, dirígeme por amor a tu nombre. Líbrame de la trampa que me han tendido, porque tú eres mi refugio. En tus manos encomiendo mi espíritu; líbrame, Señor, Dios de la verdad”.

Esta fue la oración que Jesús hizo mientras agonizaba. Era una oración de confianza absoluta en Dios. Jesús había perdonado a sus enemigos, le había ofrecido misericordia al ladrón, había orado por su madre, había ido a un lugar en el que se sintió abandonado por Dios y había expresado su sed física; pero antes de su muerte, declaró el grito de triunfo: “Todo se ha cumplido” y ofreció esta oración hermosa de confianza absoluta en el Padre.

En el comentario de William Barclay acerca del evangelio de Lucas, él sugiere que esta oración del Salmo 31:5 “En tus manos encomiendo mi espíritu” era una oración que las madres les enseñaban a los niños judíos para que la recitaran cuando se iban a dormir cada noche. Encuentro que este es un pensamiento hermoso: que María pudiera haberle enseñado esta oración a Jesús cuando era niño y que Él, antes de morir, ofreciera esta oración sencilla a su Padre celestial.

En la cruz, otra vez, Jesús nos enseña la forma de orar. Cuando enfrentamos el valle de la sombra de muerte, cuando enfrentamos lo desconocido, ¿qué debemos orar?: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Recientemente, una periodista que preparaba una historia acerca del fin del mundo me entrevistó. Ella mencionó que los terremotos, huracanes y revoluciones en el Medio Oriente, que coincidían con el fin del calendario maya, habían incrementado la sensación de que las personas deberían preocuparse. Continuó y comentó que cristianos que se unían al coro predecían que el final estaba cerca.

Le dije que las señales del fin del mundo que se encuentran en La Escritura han parecido aplicables a toda generación. Jesús fue claro al expresar que nadie conoce el día o la hora en que regresará y que el mundo, tal como lo conocemos, llegará a su fin. El propósito de las palabras de Jesús acerca de su regreso es para animar a los creyentes frente a la adversidad y para invitar a los oyentes a que siempre estén listos para el final. Ninguno de nosotros sabe cuándo la vida llegará a su fin, ni siquiera cuándo se terminará el mundo.

Las personas que han muerto en terremotos, tornados, huracanes y tsunamis no tenían idea cuando se levantaron aquella mañana en particular que ese sería su último día. Ni tampoco las cientos depersonas que morirán hoy en accidentes automovilísticos, ni las miles que morirán hoy de un ataque cardíaco. Nuestro objetivo es estar preparados.¿Qué significa estar preparado? En parte, significa haber vividobien, haber amado a las personas y haber servido a Cristo confidelidad todos los días. Pero, en su expresión más sencilla, significahacer tuyas todos los días las últimas palabras de Jesús. Es orar,con Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Recientemente, un domingo, una de nuestros miembros seme acercó para contarme que iba a la Clínica Mayo para sometersea un complejo procedimiento quirúrgico. Sabía que estabaansiosa y la invité a reunirse conmigo en la capilla de oración despuésde la adoración para que pudiéramos orar juntos. Mientrasorábamos, la invité a hacer suyas las palabras de Jesús todas lasmañanas y todas las noches mientras se acercaba la cirugía: “Señor,en tus manos encomiendo mi espíritu”.

He impulsado a la congregación a memorizar esta oración ya declararla cuando se levanten y cuando se vayan a dormir. Leshe recordado que la oren cuando se sientan ansiosos o cuandoenfrenten incertidumbre. Te animaría a que te unas a Jesús en estaoración todos los días: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.Cuando esta es nuestra oración diaria, jamás tenemos quetemer. Jesús finalizó su sufrimiento al enseñarnos de qué forma vivir todos los días; no en temor, sino en confianza y esperanza: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Vivir según las últimas palabras

Jesús mismo nos ha enseñado de quéforma vivir y cómo orar. Aprendimos de Él a orar por aquellos quenos hacen mal: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Incluso en su agonía, Jesús se acercaba a “Buscary a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Nos unimos alladrón en la cruz al orar: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas entu reino” (Lucas 23:42). Y oímos sus palabras de promesa, no solopara el ladrón sino también para todos los pecadores que llamarana su nombre: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”(Lucas 23:43).

Escuchamos a Jesús pedirle a Juan que cuidara a su madre y asu madre que cuidara a Juan y en esto entendemos no solo el llamadode Cristo para que cuidemos a nuestros padres y a nuestroshijos, sino también su llamado para cuidar a aquellos que no sonnuestros padres pero que necesitan nuestra ayuda.

Oímos la angustia y los sentimientos de abandono de Jesúscuando oró: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Enesto vemos que Jesús se identifica con nosotros en la noche oscuradel alma. Sin embargo, Jesús, en virtud de su oración, también nosenseñaba que en el momento más oscuro aún oraba y buscaba aDios. Una vez más modela para nosotros la forma en la que debemosenfrentar las noches oscuras de nuestra propia alma.

En su grito: “Tengo sed” (Juan 19:28), vemos la sed de unhombre real, que agonizaba. Pero también recordamos las muchasimágenes acerca de “estar sediento” y del “agua” que Jesússeñalaba en estas palabras. No solo eran un grito en busca delíquido para sus labios deshidratados, sino también un llamadopara su Padre, para expresarle que su alma estaba sedienta y seca.

En nuestra sed espiritual, nos unimos a Él en esta oración.Escuchamos su grito de victoria: “Todo se ha cumplido” (Juan19:30a), mientras completaba el drama divino que su Padre lehabía enviado a protagonizar para nosotros. Aquí, en la cruz, fueel clímax, el momento en el que su gloria se reveló mientras entregabasu vida para salvar a la humanidad. Y le agradecemos por lasalvación que ya se ha alcanzado para nosotros.

Luego, escuchamos la oración que su madre probablemente leenseñó cuando era pequeñito, una oración de confianza y entregaabsoluta a Dios y que hemos hecho nuestra: “Padre, en tus manosencomiendo mi espíritu”. (Lucas 23:46). Esta oración desde la cruznos permite vivir todos los días no en temor sino en confianza yesperanza.

Estas son las últimas palabras de Jesús desde la cruz. Estas sonlas palabras según las cuales debemos vivir. Pero, aunque fueronsus últimas palabras antes de la muerte, aun así serán palabrasdespués de todo.

Por Adam Hamilton
Tomado del libro: Palabras finales desde la cruz
Peniel

Palabras Finales Desde la Cruz

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