Sal de tu escondite

Dios te prefiere auténtico

Por Sheila Walsh

Durante miadolescencia nunca me gustó lo que veía en el espejo. Traté de esconder los problemas de mi piel con cuanta crema encontraba. Tampoco estaba contenta con mi peso, pero en lugar de reducir la cantidad de comida que ingería, buscaba una dieta mágica o una dieta que me arreglara. Creo que todos, de una manera u otra, usamos algunas máscaras, es decir, formas de encajar, de pertenecer. Mientras más rotos nos sentimos en el interior, más nos inclinamos a ocultar nuestro quebranto de los demás, para que se rían de nosotros ni nos rechacen.

Nosotros vemos el asunto de escondernos como algo muy natural, sin embargo, no lo es. Leamos Génesis 3:8 “Con el viento de la tarde, el hombre y su esposa oyeron que Dios iba y venía por el jardín, así que corrieron a esconderse de él entre los árboles”. En ese momento, Adán y Eva hicieron algo que nunca habían hecho: se escondieron. Ellos nunca habían escuchado la palabra esconderse. Esconderse significaba engaño; pretender que no eras lo que realmente eras. Pero ellos tampoco conocían las palabras engaño o pretender. Escucharon a Dios caminando por el huerto. Justo un momento antes, eso hubiera sido el sonido más grato y hermoso en sus vidas. Pero ahora provocó que sus corazones vacilaran. Estaban asustados. No sabían qué nombre ponerle a ese miedo, pero sí sintieron su cruel control.

Tú también conoces esa sensación. Tal vez llega con una llamada del médico, una conversación con un amigo que dice: “Tengo algo que decirte”. El miedo se apodera de ti y te sientes inútil, indefenso. Pero este miedo les pegó a Adán y Eva como una experiencia nueva y escalofriante. Ellos no corrieron hacia Dios, se tiraron a sus pies y le explicaron lo que había ocurrido. Al contrario, se alejaron, se escondieron. Ese es el triste y horrible legado del quebranto.

El pecado nos hace esconder del único que puede salvarnos. Y claro está, esa fue precisamente la intención de la serpiente: romper la relación especial que existía entre Dios y su amada creación. Piénsalo bien. Cuando sientes que has enredado todo, que has caído y que le has fallado a Dios de alguna manera. ¿Cómo respondes normalmente? La mayoría de nosotros quiere esconderse. Queremos huir.

Adán y Eva intentaron cubrir su desnudez haciendo ropa con hojas de higuera. Es posible que hayan logrado cubrir su desnudez mutua, pero no pudieron cubrir su pecado y su vergüenza. No pudieron ocultarle a Dios que estaban rotos.Y tú, ¿qué? Todos tenemos nuestros escondites preferidos.

Algunos se esconden en la comida. Tal vez has levantado una pared de carne alrededor de tu corazón hecho trizas para mantener a la gente a raya. Quizás la comida se ha convertido en tu arma secreta, así que decides usarla, y así vas desapareciendo un poco cada día.

Algunos se esconden en las cosas. Piensas: “Solo un par de zapatos más, un bolso más, un vestido más y me sentiré mejor”. Pero las cosas nunca nos harán felices, sin importar lo fantástica que sea la publicidad. Un estudio de la Asociación Americana de Psiquiatría sobre qué hace feliz a las personas evidenció que solo el 10% de las cosas que hacen a las personas genuinamente felices provienen del exterior. Y aun así, esas cosas solo proveen una sensación de bienestar temporal, y luego las personas regresan a su punto de partida.

Algunos se esconden en las relaciones. Tal vez pasas rápido de una relación a otra, encontrando defectos en la otra persona, y tienes la certeza de que cualquiera sea el problema, tiene que ser culpa de él o de ella. Pero el problema es que tú vas contigo donde quieras que vayas.Algunos se esconden en la religión. Este escondite parece bueno…por fuera. Pero de lo que en verdad se trata es de apariencias, de estar en el lugar apropiado en el momento indicado, de alcanzar la aprobación de los demás. De lo que se trata es que nos vean como buenos, pero sin conocer realmente lo que la libertad o el gozo de tener una verdadera relación con Cristo puede traer.

Algunos se esconden en el ministerio. Este fue el escondite que yo escogí. Parecía estar “ahí” para todo el mundo, pero nadie podía ver mi yo real. Sentía que si te ayudaba, si oraba por ti y compartía el amor de Dios contigo, entonces tenía que sentirme bien. Simplemente nunca te permitiría acercarte demasiado, por si veías que, en realidad, estaba muy lejos de sentirme bien.

Y claro está, nos escondemos de mil maneras distintas. Solo mencioné unas pocas. Tal vez hayas escogido un lugar diferente, un método diferente, un sótano diferente. Quizás tus escondites puedan ser tan oscuros y tenebrosos que ni siquiera puedes identificarlos. Y aun así, Dios nos pregunta a todos los que nos escondemos lo mismo que les preguntó a Adán y Eva.

Poco después de que Adán pecó Dios lo llamó y le preguntó: “¿Dónde estás tú?”. La Biblia no nos da la inflexión de la voz del Señor, pero no creo que haya sonado acusatorio. Pienso que la voz sonó triste. También pienso que la pregunta estaba impregnado de gracia. Si Dios hubiera preguntado “¿Por qué?”, habría empujado a Adán y Eva mucho más adentro del huerto y habría acentuado la vergüenza que ya sentían. Me parece muy revelador que Adán contestó a la pregunta que Dios no le hizo. Él contestó como si Dios le hubiera preguntado por qué se había escondido. ¿No te parece asombroso? La vergüenza que trae el pecado y el quebranto puede tener una voz más convincente que la de Dios mismo.Adán y Eva no pudieron disimular su vano intento de esconderse; el quebranto era evidente en su rostro. Sin embargo, el quebranto tiene muchos disfraces, y con el paso de los años, nos hemos vuelto muy diestros en tratar de aparentar que es otra cosa.

La verdad es que todos, en alguna medida, somos personas rotas. Algunos nos damos cuenta pero no sabemos cómo resolverlo, mientras que otros no se percatan de ello, a pesar de que a veces sentimos un estruendo distante en nuestras almas. Para cada uno de nosotros, la respuesta de Dios es Cristo. La Biblia dice que Dios hizo túnicas de pieles y los vistió. De hecho, ellos sí serían cubiertos, pero algo tendría que morir para lograrlo. ¡Qué prefiguración más hermosa de Cristo, que vertería su sangre para cubrirnos a todos!

Ya no tienes que esconderte. Eres amado tal cual eres. No necesitas ponerte una máscara. Dios te ve tal cual eres. No tienes que fingir estar bien. Cristo es nuestra justicia y, después de todo, sí podemos ser seres humanos reales, amados y libres. No tienes que negar la verdad; el Señor lo sabe todo y te ofrece a Cristo.Si te atreves a probarte este atuendo que Dios ha hecho para ti, enseguida comenzarás a ver la verdad. Te queda como anillo al dedo.

Por Sheila Walsh
Tomado del libro: Dios ama a las personas rotas
Grupo Nelson

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