Nuestras palabras, nuestros hechos

Estar alineados para traer beneficios poderosos

Por Cindy Trimm

Mucho se ha escrito acerca del poder de la palabra declarada sobre el ambiente que nos rodea y en el Reino del Espíritu.

En un sentido muy real, nuestras palabras pueden cambiar la atmósfera que nos rodea. Ese es el poder de la oración intercesora, y cuando comenzamos a declarar en nuestra vida diaria las cosas que oramos en privado, el cambio se hace visible. Necesitamos darnos cuenta de que, de una manera muy tangible, nuestras palabras, en su conjunto, conforman nuestras realidades.

Al haber enseñado esto durante algún tiempo y en varios lugares, he visto personas que cometen dos errores críticos a la hora de comprender esta verdad. El primero es que piensan que pueden declarar lo que quieren que suceda pero no se rinden verdaderamente a lo que está en Las Escrituras. Por tanto, no son capaces de combinar lo que dicen con una fe genuina. De modo que se requiere que inviertan más tiempo estudiando La Palabra de Dios para que puedan expresar su verdad en lo que dicen. El segundo es que creen que pueden declarar una cosa en oración y otra en su vida diaria, y que sus dudas fortuitas, su negatividad y su incredulidad no afectarán aquello que declaran que sucederá por medio de la fe.

Esta no es la forma como Dios lo planeó. Mire, por ejemplo, el libro de Santiago, que trata este asunto de principio a fin. Santiago nos advierte que el poder de la lengua puede, con mucha facilidad, usarse incorrectamente:También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida (Santiago 3:6). Nos advierte que debemos ser todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse (1:19) porque, ya que la lengua es tan potente, nunca debemos hablar con brusquedad o enojo. ¿Por qué? Porque lo que decimos importa. Lo que decimos puede o edificar o envenenar la realidad. Al mismo tiempo, nos dice que la lengua es muy poderosa: Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuerpo (Santiago 3:2).

Ahora bien, sé que algunos tienen inconvenientes con la palabra perfecto. Todos hemos escuchado la frase “nadie es perfecto” tantas veces que parece que hasta podemos ser capaces de referenciarla con capítulo y versículo.

Hemos asociado esa palabra con la arrogancia descarada, los estándares inalcanzables o las expectativas irrazonables. Pero aquí en Santiago esa palabra significa “completo” o “maduro”. Dicho de otra forma, alguien que controla su lengua es adulto. Los caprichos de la adolescencia y la juventud no dirigen sus actos. No se lanzan al piso a hacer berrinches. Son personas con un objetivo y un propósito, que se enfocan en lo que tienen delante y alinean sus palabras y su conducta consecuentemente. Esto tampoco los hace severos y malhumorados. Los hace intencionados. Disfrutan la vida. Disfrutan su trabajo. Disfrutan su familia. Disfrutan su iglesia. Son la clase de personas que van a algún lugar, pasan por la vida; la vida no simplemente pasa por ellos.

Esta es la clase de personas que no lanzan palabras simplemente como si fuera un conjuro mágico que les traerá lo que quieren. Usan lo que dicen para establecer su rumbo (vea Santiago 3:3–5).

Decir lo que queremos, apoyándonos en promesas de La Biblia que están de acuerdo con nuestros deseos o por aquello por lo que intercedemos, y repetirlas una y otra vez es relativamente fácil. Cualquiera puede hacer eso. Y si bien eso es algo bueno, ese es tan solo el comienzo. Si usted coloca el freno en una dirección, pero el resto del caballo no va en esa dirección, ¿de qué vale? Si usted gira el timón, pero el curso del barco sigue siendo el mismo, ¿qué provecho tiene tratar de tener el control? Solo cuando el resto de nuestro ser se dispone a seguir la dirección que marcamos al usar el freno o el timón es que de veras cambiamos nuestras vidas o las vidas de otros por medio de nuestras oraciones. Fíjese que los vientos de la vida todavía soplan, pero cuando usamos nuestra lengua como el timón de nuestras acciones y actitudes, los vientos no controlan hacia dónde vamos; lo hacen nuestras palabras.

Como está escrito en otra parte del libro de Santiago, cuando empezamos a conducir nuestras vidas por nuestras palabras, somos más lentos para hablar porque sopesamos todo lo que sale de nuestras bocas más concienzudamente. Queremos decir cosas que en verdad representan lo que queremos decir y conducirnos en la dirección correcta. Evitamos decir palabras que contradicen nuestra fe o nuestras oraciones. No menospreciamos a otros ni les escupimos veneno con las mismas bocas que usamos para alabar a Dios. Como dicen Las Escrituras: ¿Puede acaso brotar de una misma fuente agua dulce y agua salada? Hermanos míos, ¿acaso puede dar aceitunas una higuera o higos una vid? Pues tampoco una fuente de agua salada puede dar agua dulce (Santiago 3:11–12).

No solo eso sino que, por sobre todo, nuestras acciones y actitudes comienzan a alinearse en la dirección que nuestras palabras declaran. Nos hacemos “perfectos” en palabras y hechos a medida que ambos se alinean para cumplir aquello para lo que hemos sido puestos en la tierra. Nos hacemos “íntegros” en el sentido más básico de la palabra: se produce una alineación del 100 % entre lo que somos en el interior y lo que somos en el exterior.

Las palabras son una fuerza espiritual. Son contenedores que almacenan nuestros pensamientos, intenciones y sentido, herramientas que transforman en poder salirnos con la nuestra. Es ponernos de acuerdo con Dios para ver la manifestación de su Reino. Entonces, cuando “dejamos” la oración, salimos al mundo y hablamos de la misma forma. No contradecimos la fe que expresamos en oración con dudas que expresamos a otros. Este es un significado de “orar sin cesar”: lo que decimos a otros durante el día está alineado con lo que hablamos con Dios en privado. Y entonces nuestras acciones y actitudes son consecuentes con ello. Todo nuestro ser se enfoca en nuestras metas y propósitos con la precisión de un rayo láser. No solo eso, sino que también comenzamos a afectar la atmósfera dondequiera que vamos.

Cuando cómo vivimos, quiénes somos y qué decimos está todo alineado, se convierte en una poderosa fuerza para el bien.

Por Cindy Trimm
Tomado del libro: Hasta que el cielo invada la tierra
Casa Creación

Que Hasta el cielo Invada la Tierra

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