Encajar en este mundo

Nuestro real llamamiento y nuestro modo de responder

Por Lidia Martín Torralba

Uno de los errores que más comúnmente cometemos los cristianos de hoy en día es no entender que no pertenecemos al mundo en que vivimos. Sorprende contemplar cuántos esfuerzos hacemos permanentemente por mostrarnos ante los demás como “del montón”, intentando evadir esa imagen de “bichos raros” que nos han colgado y que rechazamos desde lo más profundo de nuestro corazón. Porque, al fin y al cabo, ¿a quién le gusta ser un bicho raro?

En una época en la que a casi todo lo que no sigue el su criterio propio sino que deja llevarse por las opiniones ajenas es tildado de “friki”, en que la nueva tolerancia ha hecho salir de las cavernas a una cantidad increíble de los más grandes intolerantes, en que se pelean todo tipo de batallas políticas que no trascenderán, porque nuestra ciudadanía no se encuentra aquí, sino fuera, hemos perdido de vista lo esencial, creo: que aquí estamos de paso y que hemos de escoger bien qué batallas peleamos y de qué nos disfrazamos, porque eso marca una diferencia vital para nosotros y, principalmente para los de fuera, entre los que somos llamados a ser sal y luz y a los que estamos llamados a contagiar de la luz de Cristo.

Este es un mundo de tinieblas. Quien gobierna las calles, las plazas y los corazones de buena parte del planeta, tiene como interés fundamental generar espesas cortinas de humo que distraigan, no sólo a los no creyentes, sino a los creyentes principalmente, del objetivo principal que como cristianos tenemos. ¡Y es tan fácil distraernos! Somos, tantas veces, creyentes escondidos debajo de una cama, o bajo una alfombra, cuyo interés primordial es pasar bien desapercibidos. Porque a menudo no estamos acostumbrados a hacer defensa de nuestra fe con claridad y contundencia, sino que nos vemos a nosotros mismos una y otra vez casi pidiendo disculpas por creer en el Dios que creemos.

Y en ese momento, definitivamente, hemos perdido el rumbo, porque seguimos mucho más preocupados de nuestra felicidad y de cómo nos vean los demás que de los que se pierden alrededor nuestro, quizá convencidos de que puede serse cristiano y no un bicho raro, pero bien lejos del Evangelio que les hubiera salvado para la eternidad. Este mundo no nos pertenece. Pero nosotros, que tampoco pertenecemos a este mundo, hemos sido mantenidos aquí y no elevados al más altísimo cielo con un propósito bien claro, de esos que no dejan lugar a duda en Las Escrituras (por lo que en esto ni siquiera podemos argumentar diferencias o malos entendidos doctrinales). Estamos llamados a brillar, pero eso no se hace pasando desapercibidos, por muy bien que nos sintamos cuando no tenemos todos los ojos, las opiniones, las críticas o los reproches puestos sobre nosotros. Hemos equivocado la carrera, creo, y de la manera más obvia posible: olvidando que el Maestro mismo nos advirtió de que en el mundo tendríamos aflicción y que la cosa no sería fácil.

Entiéndase que tampoco defiendo que haya que hacer todo tipo de excentricidades como forma de brillar, porque eso, lejos de atraer a las personas al Evangelio, les hace dudar de su capacidad para restaurar, sanar y guiar equilibradamente. Yo, cuando veo ciertas cosas, francamente, estoy tentada de preguntármelo, aunque rápidamente llego a la conclusión de que el Evangelio no tiene la culpa de la extraña manera en que a veces lo entendemos. En ese sentido, he de decir que me invade una profunda tristeza cuando me encuentro algunas de estas escenas (la última, hace unas semanas, incluía a una persona prácticamente chocándose con todo transeúnte que se cruzaba en su camino, ya que iba leyendo La Biblia en voz alta en plena calle como si de un mantra se tratara y sin mirar por dónde pasaba).

Francamente, me cuesta reconocer que soy cristiana cuando me intentan asociar con estas cosas. Pero fuera de estas cuestiones que tienen más que ver tantas veces con fanatismos y no tan infrecuentemente incluso con problemas de salud mental, sí creo firmemente que, si lo que buscamos es que nadie note diferencias entre los de fuera y los de dentro, lo estamos consiguiendo. Lástima que la Gran Comisión no se trate de una misión de camuflaje.

En este tiempo en el que los nuevos crímenes de guerra se cometen contra cristianos, siendo que tantos y tantos son masacrados por alinearse con el Evangelio y, más aún, con el Señor del Evangelio, quizá los cristianos aquí en Occidente estemos llamados a despojarnos de nuestra comodidad y nuestros elaborados disfraces de discreción para dar verdadero testimonio de que Cristo cambia vidas y que, el mismo Cristo, cambia el mundo, no escondiéndose, sino exhibiendo una extraña cruz por bandera y una tumba abierta como recordatorio de la gran promesa cuyo cumplimiento nos aguarda.

Por Lidia Martín Torralba
Columnista de ProtestanteDigital

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