Aprendamos a entender sus tiempos

Y disfrutemos de sus buenas consecuencias

Por Ken Harrington

Espere. Tenga paciencia. Dios no es lento; solamente lo parece. Llovía cuando Jeanne recogió a los niños de casa de una amiga, situada en una zona rural de nuestro país. Un equipo de construcción de camino acaba de colocar sus barricadas, lo que obligó a Jeanne a tomar la ruta de desvío. Unos pocos coches iban delante de ella por esa carretera sinuosa que serpenteaba por las colinas cerca de un centro de esquí. Los lugareños llaman a ese pretencioso vericueto “la senda del Coyote”. El camino no tenía mantenimiento y, con la lluvia, se había vuelto resbaladizo y lleno de baches.

Jeanne se deslizaba despacio, siguiendo la línea de autos que tenía por delante. El vehículo que estaba directamente frente a ella tenía problemas con la tracción, y terminó por atascarse. Jeanne conducía una camioneta grande con mucha tracción, por lo que se ofreció a darle un pequeño empujón. Se las arreglaba para conseguir que él siguiera adelante, solo para tener que repetir el proceso varias veces. El resto de la caravana había desaparecido hacía mucho tiempo antes de que Jeanne llegara por fin a la carretera principal. El caballero a quien había empujado se bajó y le agradeció su ayuda. Justo cuando se daba vuelta para volver a su auto, le preguntó: “¿Este es el camino a Edmonton?”. Jeanne se sorprendió y soltó una risita: “No, usted no tiene que ir por este camino. Edmonton está para el otro lado. Tomó el camino equivocado en el desvío”. Lo dejó de pie junto a su coche mientras él buscaba digerir su condición.

Parte del proceso para tomar decisiones correctas es partir de una premisa correcta. Este pobre hombre había dado un giro equivocado y había pasado por una penosa experiencia simplemente porque se basó en sus propias percepciones para decidir cómo llegar a donde iba.

Nosotros también podemos llegar a una conclusión equivocada si partimos del principio fundamental equivocado. Dios creó al mundo visible para explicar el reino invisible, oculto. Los procesos de la naturaleza están diseñados para darnos las claves para entender cómo operan el Reino de Dios y los sucesos naturales en nuestra propia vida. No deberíamos pensar que podemos cambiar el curso natural de las cosas solo porque no nos gusta el proceso.

La respuesta de Dios a la primera ofrenda de Noé después del diluvio fue que nunca más traería una completa catástrofe sobre la tierra, sino más bien habrá siembra y cosecha,
frío y calor,
verano e invierno, y días y noches (Génesis 8:22). Dios ha establecido las estaciones y los tiempos que habrían de regir los ciclos de la tierra. Siempre hay tiempo entre la siembra y la cosecha. En nuestro mundo moderno, si queremos papas, nos basta con ir a la tienda y comprarla. Pero mi abuelo, cuando quería papas, tenía que plantarlas y esperar que crecieran. Esa necesidad de cultivar sus alimentos obligaba a las personas a planificar con anticipación de modo que hubiera suficientes provisiones almacenadas para el invierno. Para que las cosas crecieran se requería tiempo, y usted tenía, literalmente, que “hacer heno mientras brillara el sol”. Si no tenía heno almacenado, estaría en problemas durante el invierno. Sus animales podrían morir y usted también.

Creo que Jeremías tenía en mente algo similar cuando dijo: Pasó la cosecha, se acabó el verano,
y nosotros no hemos sido salvados (Jeremías 8:20). No estamos separados de las consecuencias de las estaciones naturales simplemente porque no cultivemos nuestros propios alimentos. Las estaciones nos siguen afectando.

Debemos aprender a reconocer las estaciones en que estamos. A Jesús le resultaba difícil creer que el pueblo judío de su época pudiera distinguir el aspecto del cielo pero no las señales de los tiempos. Dios espera que miremos alrededor y veamos lo que ocurre, especialmente en nuestras propias vidas.

Cuando Jeanne y yo éramos más jóvenes y teníamos niños pequeños, no podíamos actuar como ahora. Había prioridades diferentes, y la familia era la principal. Recibimos a altas horas de la noche una llamada telefónica de alguien que necesitaba liberación. Sin embargo, Jeanne estaba con la lactancia materna y no deseaba entrar en una guerra espiritual, de modo que dijimos que no. Otra persona del Cuerpo tendría que llevar esa carga. Eso no era egoísmo; eran las prioridades correctas para la época. La Biblia incluso ordena que una pareja recién casada esté libre de toda responsabilidad durante un año.

Este reconocimiento de las estaciones nos quitará la presión de necesitar ver siempre los resultados. Un agricultor no espera una cosecha en la época de siembra; ni tampoco espera el crecimiento durante el invierno.

Conocer los tiempos nos permite descansar mientras otros están preocupados. A Jeremías se le dijo: No te cases, ni tengas hijos ni hijas en este lugar (Jeremías 16:2). Dios dijo que todos iban a morir, y quería evitarle el dolor de la pérdida.

Si yo hubiera escuchado al Señor, me habría ahorrado mucho dolor. Desde temprano en mi vida, dediqué todo mi esfuerzo y esperanzas a lo que mi carne deseaba, que era obtener riqueza y posición. Si hubiera buscado la dirección correcta primero, no hubiera sufrido al ver que mis sueños se desvanecían. Toda la autoridad que había acumulado por mi propio esfuerzo, se evaporó de la noche a la mañana, cuando perdí el favor de las empresas en las que había colgado mi estrella. La ambición es una característica de la carne y no llevan fruto espiritual. Por otro lado, las semillas que Dios siembra dan “fruto que permanece” (Juan 15:16).

Conocer los tiempos nos permite tener paciencia y dejar de luchar. También lo contrario es cierto. Dios quería que los judíos se casaran, criaran hijos y construyeran casas en su cautividad porque iban a estar allí setenta años. Dios sabe cómo crear riqueza a través del ciclo inmobiliario: comprar y construir en los malos tiempos, vender durante los buenos. Si somos capaces de escuchar a Dios, en lugar de a nuestro propio razonamiento, podemos dejarnos llevar por Él; si no, siempre vamos a nadar contra la corriente.

Dios también usa el tiempo para hacer madurar o formar el carácter. Parte de la madurez es la experiencia. Cuántas más veces Dios prueba su bondad y su protección, más fácil es confiar en Él. También tuve que madurar en la confianza para poder descansar y no luchar siempre. Para mí era importante el rendimiento, que en realidad solo es el temor a no ser aceptado a menor que trabaje para lograrlo. Esa es una manifestación de un espíritu de orfandad. Dios me ha estado de esa incapacidad de ser un hijo y recibir una herencia en ver de trabajar por el salario.

Por Ken Harrington
Tomado del libro: Los genes del Diseñador
Casa Creación

Los Genes del diseñador

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