Un Dios que se comunica

Ese mismo Señor todopoderoso también reside en la simpleza

Por Bill Hybels

Hace poco viajé a Minneapolis, en Minnesota, para ayudar a una iglesia de la Asociación Willow Creek a recaudar fondos para un edificio que pronto se construirá en el nuevo predio que adquirieron. Esta iglesia maravillosa, de ser un pequeño puñado de personas hace siete años, creció hasta tener casi tres mil miembros.

Aquella noche particular, unos quince minutos antes de comenzar el programa, el pastor principal y yo conversábamos sobre el contexto de la iglesia. Mientras él me daba una breve lección de la historia de la iglesia, sentí un mensaje categórico de Dios. No era una voz audible que pudiera discernir, pero supe de manera inconfundible que el cielo intentaba comunicarme algo.

Era como si Dios me dijera: “El mensaje que tienes preparado no es el que quiero que presentes”. El pastor principal seguía hablando, pero para entonces su voz quedaba ahogada por la conversación inaudible que tenía lugar en mi cabeza. “El mensaje que traje”, le repliqué a Dios, “es el único mensaje que tengo”. El pastor principal seguía dándome detalles, y el Espíritu Santo continuaba hablándome. “Te daré otro mensaje”, dijo, como si eso me sirviera de consuelo cuando tenía que subir al estrado en doce minutos.

Sin saber qué otra cosa hacer, interrumpí al pastor en medio de una frase. “Disculpe, ¿habrá algún cuarto privado en el que pueda permanecer durante unos minutos?”, le pregunté. Preocupado por el temor de que principal orador fuera a desplomarse, inquirió: “¿Se siente bien? ¿Está seguro de que se siente bien?”. Como sabía que mi respuesta no lo tranquilizaría, le respondí sin rodeos: “No estoy seguro. ¿Podríamos encontrar ese cuarto?”.

Una vez dentro de una pequeña habitación a la derecha del estrado, tomé papel y lápiz. “Dios”, dije en voz alta, “estoy dispuesto a dar una conferencia diferente a la que traje preparada. Muy dispuesto. No obstante, este es el trato: tienes solo nueve minutos y nada más. Esto tiene que ser rápido”. Comencé a escribir con fervor mientras me venían las ideas del cielo y a formular un breve bosquejo entretanto las recibía. A la mitad de ese frenesí, escuché un golpe en la puerta. “Pastor Hybels, ya comenzaron con la música. Tiene que salir”.

Con la tinta todavía húmeda sobre el papel, subí a la plataforma y comencé la presentación del mensaje que acababa de recibir. A los treinta segundos, resultó obvio que eso era exactamente lo que Dios quería que comunicara. Esas ideas ¾las que Él había disparado en mi mente a través de mi leve estado de pánico¾ eran justo las que Él quería que le presentara al grupo reunido aquella noche.

Durante los treinta y cinco minutos que duró mi exposición, no podía dejar de pensar: “Si esta gente supiera…”. Terminada la reunión, mientras salía por una puerta lateral para tomar el vuelo de regreso a casa, el pastor me detuvo y estrechó mi mano. “No tengo palabras para agradecerle que haya venido, Bill”, dijo. “¡Y qué mensaje tan extraordinario! Fue muy… nuevo”. Me reí. “¡Y me lo dice a mí!”.

Momentos después, en el auto, pensaba: “Durante más de cincuenta años he intentado  inclinar mi oído hacia el cielo. ¿Cómo puede ser que aún quede asombrado cuando Dios en efecto decide hablarme?”. Dios ha hablado a lo largo de la historia. Durante milenios, forjó la fe de sus hijos al prometerles que las aguas se dividirían, asignarles jefes en los que nadie hubiera pensado, anunciar profecías que cambiarían el mundo… e impartir sermones de último minuto a pastores que dudaban de su capacidad real para predicarlos. En suma, nuestro Dios es un Dios que se comunica. Siempre lo fue y siempre lo será. Si hay una historia en Las Escrituras que hace casi lo imposible por demostrar este punto, es la historia de Elías, el profeta que el libro 1 de Reyes describe como “consumido” por el amor de Dios.

Hubo un momento en el extraordinario ministerio de Elías en el que su amor había desaparecido casi por completo. Elías deseaba renunciar a todo. “Me consume mi amor por ti, Señor Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!”.

Elías estaba deshecho, y tal vez lo único que podría levantarle el ánimo era un encuentro cara a cara con Dios. Según la historia, Elías viajó por el desierto y finalmente cayó rendido por el agotamiento a la sombra de un arbusto. Un ángel que parecía estar por allí le dio instrucciones precisas acerca del lugar a donde tenía que ir para sentir la presencia de Dios. Elías caminó durante cuarenta días y cuarenta noches hasta que al fin llegó a Horeb, el monte que el ángel le había dicho que debía encontrar. Allí se metió en una cueva y se durmió.

Al día siguiente, el Señor le dijo: “Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí”. De este modo entra en escena el primer susurro. El cansancio de Elías se transformó en asombro. Me imagino que su corazón comenzó a latir con más fuerza mientras se preguntaba cómo sería ver cara a cara al Señor a quien había servido todos estos años.

Elías obedeció a la voz y subió a la montaña. La Biblia describe un viento recio que sopló por la ladera de la montaña donde estaba parado Elías. Se trataba de una fuerza bruta, atronadora: “Eso debe ser Dios”, debió pensar Elías. Sin embargo, el texto dice: “Pero el Señor no estaba en el viento”. Al viento le siguió un terremoto que hizo temblar la montaña. Sin embargo, Dios tampoco estaba en el terremoto. Luego vino un fuego que consumió toda la ladera de la montaña, salvo a Elías, pero para su sorpresa, su Dios tampoco estaba en el fuego. Por último, “vino un suave murmullo”. Ahí fue donde Elías encontró a Dios.

Aquel día, en el monte Horeb, el Creador se reunió con su creación y la vida de un hombre cambió para siempre. Sin que importe la manera en que Elías les refirió luego este encuentro a sus amigos, ni lo que dijo sobre Dios mismo, no cabe duda de que fue testigo de dos atributos que están en el centro mismo de la persona de Dios: Él se relaciona con nosotros y se mantiene cerca.

Es todopoderoso, sí. También es justo y santo. Es soberano, majestuoso, esplendoroso y bueno. Sin embargo, sobre aquella montaña, Elías quedó estupefacto por algo que quizás un día te deje también atónito a ti, si es que no lo has experimentado ya: el mismo Dios que es todopoderoso, que todo lo sabe, que es todo en todos, anhela tener una relación con nosotros. El Dios de La Biblia es ineluctable e irreprimiblemente un Dios comunitario, un Dios familiar, cuya voz apacible todavía puede oírse en la actualidad.

 

 Por Bill Hybels
Tomado del libro: La apacible y poderosa voz de Dios
Vida

La Apacible y Poderosa Voz de Dios

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