Necesitamos la sanidad de Dios

Pocas experiencias traen más dolor que el divorcio

Por Bill Butterworth

Convertirme en una persona divorciada fue la cosa que estaba más lejos en mi mente cuando empecé el trabajo en el ministerio hace casi veinte años. Conocía a personas que estaban en esa situación, pero solo les podía dar consejería aprendida en los libros de texto. Cuando pienso en esos días del pasado, sé que expresé algunas cosas que no fueron útiles, pero también dije mucho que mostraba que no tenía la menor idea de lo que era en realidad.

¿Por qué yo iba a tener alguna idea de la soledad? Yo era un hombre felizmente casado. ¿Estrés financiero? Yo avanzaba por la escala monetaria. ¿Rechazo? Recuerdo que en noveno grado me rechazó una chica que no me gustaba; eso es como comparar una postilla con un tumor.

Al igual que Job entendió de manera más profunda la vida como consecuencia del sufrimiento, lo mismo nos ocurre a personas como tú y como yo que atravesamos situaciones trágicas.

El regalo de Navidad

La Navidad siempre había sido mi tiempo favorito del año, una combinación de mis tesoros significativos: Dios y mi familia. Nos esforzábamos muchísimo para iniciar tradiciones de Navidad, desde una tarta de cumpleaños para Jesús, hasta organizar los cánticos que realizábamos por todo el vecindario.

Sin embargo, mi primera navidad como un hombre recién divorciado fue terrible. Lo que siempre había sido el punto culminante del año era ahora una ocasión difícil de negociar: quién tenía a quién por cuánto tiempo, hasta cuándo y la forma de celebrar la Navidad de manera especial para los niños.

Llegué a ser una persona destrozada y traspasada de dolor. Estaba resentido por el comercialismo de la época navideña, y anhelaba usar eso como una excusa para no celebrarla en absoluto. Recuerdo que les dije a mis hijos un comentario que le había escuchado a un profesor del seminario hacía muchos años: “Lo más probable es que Jesús naciera en una cueva, que es donde guardaban a los animales de granja en esa época de la historia”. Me podía imaginar sus miradas horrorizadas cuando les anuncié: “Por lo tanto, vamos a celebrar una Navidad muy sencilla este año. No habrá regalos, ni árbol de Navidad, ni guirnaldas, ni envoltorios. Recuerden, niños, Jesús nació en una cueva”.

Sin embargo, no pude hacerlo.

Quería que mis hijos tuvieran una Navidad tan normal como fuera posible, así que decidí esforzarme para hacer las cosas como siempre.

El domingo antes de la Navidad, entré al santuario de nuestra iglesia sin tener idea de lo que estaba a punto de ocurrir. El lugar estaba bellamente decorado con guirnaldas, cintas, faroles y un nacimiento de tamaño natural frente al púlpito. La paja desbordaba de los cuatro lados del pesebre, recreando de forma maravillosa la cama igual a la que el niño Jesús debe haber tenido en esa fría noche de invierno.

Cuando mi pastor se puso de pie para predicar esa mañana, suspiré de alivio. Desde el comienzo del servicio, yo había llorado mientras se cantaban varios himnos de Navidad muy conocidos. Cada uno me recordaba cosas agradables y maravillosas de Navidades más felices. Cada estrofa estaba llena de figuras mentales de mejores Navidades pasadas. Así que nos desplazamos de esa extenuación emocional al mensaje. Me imaginaba que podría lidiar mejor con una predicación que con un himno. Sin embargo, algo sorprendente estaba a punto de suceder ese domingo por la mañana. EL pastor comenzó el sermón leyendo un pasaje de La Escritura: “El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres.
Me ha enviado a sanar los corazones heridos,
a proclamar liberación a los cautivos
y libertad a los prisioneros”(Isaías 61:1).

“¿Es esta una Navidad difícil para usted?”, preguntó. “¿Está sufriendo por una circunstancia que lo ha dejado con un gran dolor?”.

Las lágrimas me corrían por las mejillas debido a que sabía que ese era un mensaje de Dios para mí. Toda es humedad que impregnaba mi regazo estaba respondiendo su pregunta en silencio: “Sí, sí, tengo el corazón destrozado”.

Escuchaba la voz del pastor, pero en la mente seguía pensando en ese versículo que acababa de oír. “Me ha enviado a sanar los corazones heridos”.

Mientras tanto mi pastor se movió al frente del púlpito y se paró al lado del pesebre. Se agachó y dijo: “Si usted está sufriendo mucho hoy, lo invito a que deje ese sufrimiento aquí en el pesebre. No es preciso que se levante de su asiento y venga aquí, sino que, en su corazón, coloque todos sus quebrantos en la paja del pesebre. Recuerde, Jesucristo ha venido para arreglar lo que está destrozado. Ha venido para vendar su corazón herido”.

No recuerdo lo que sucedió después de eso, excepto que en mi alma le di a Cristo el dolor que había creado esta crisis. No fue la clase de cosa que va acompañada de arpas, violines ni de escalofríos que corren por la espalda, sino que fue un maravilloso encuentro para mí.

La Navidad se hizo soportable gracias a Aquel que había venido a vendar mi corazón herido. Dios me amaba, me sanaba y me daba fortaleza.

Cuando llegó el Año Nuevo, traté de aceptar mi nueva posición en la vida y seguir adelante en las nuevas dimensiones que me esperaban. Muchas cosas positivas sucedieron en ese período, pero también hubo momentos de lucha continua.

Me enfrenté a la soledad. No me sentía muy cómodo con mi soltería, y parecía que todos los días había algo que me recordaba mi vida de casado.

En forma muy particular era muy doloroso para mí escuchar el sonido del despertador anunciando un nuevo día. Mientras me daba vueltas, recordaba que no había nadie en la cama a quien pudiera molestar. El otro lado estaba vacío igual que la mesa de luz.

Al mirar todo esto vacío todas las mañanas, se me hacía un nudo en la garganta. En cambio Dios, el Sanador por excelencia, podía curar mi corazón roto en su desesperación diaria.

Después de Año Nuevo, me puse a guardar las decoraciones de Navidad. Cuando estaba a punto de poner en una caja el pesebre, me vino algo a la mente. Con mucho cuidado, lo coloqué en un lugar donde pudiera amarse y apreciarse… sobre la mesa de luz vacía.

Ella ya no era un símbolo de dolor ni de soledad. Se convirtió en un lugar que rebosaba de símbolos de renovación y de esperanza. Todas las mañanas, cuando me despertaba, me daba vuelta y miraba a través de la cama y veía al niño Jesús. Y recordaba que Él había venido a sanar mi corazón roto.

Por Bill Butterworth
Tomado del libro: La nueva vida después del divorcio
Unilit

 

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