Morar en los sepulcros

El Señor ha venido a darnos una vida en plenitud

Por Joanna Weaver

Una de las cosas que más amo acerca de Jesús es que nos busca donde sea que estemos. Jamás se cansa de salirse de su camino para encontrarnos, cruzando tanto los mates tormentosos como la misma eternidad, tan solo para hacernos suyos.

Lucas 8:22 nos dice: Un día subió Jesús con sus discípulos a una barca. ‘Crucemos al otro lado del lago’, les dijo”. Según la secuencia de tiempo que nos da Mateo, Jesús acababa de terminar unas semanas ajetreadas. Aún así, dio la orden de cruzar al otro lado del lago. Pero lo que a primera vista parece ser el intento de un hombre cansado de alejarse de tan demandante multitud, en realidad no era nada por el estilo. Jesús se estaba moviendo hacia el siguiente destino que Dios había registrado en la guía náutica de su ministerio desde el principio de los tiempos.

Aunque de un lado del lago quedaba una multitud de personas necesitadas, Jesús los dejó para suplir las necesidades de una sola persona que estaba al otro lado. En un cementerio. “Tan pronto como desembarcó Jesús, un hombre poseído por un espíritu maligno le salió al encuentro de entre los sepulcros. Este hombre vivía en los sepulcros, y ya nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían atado con cadenas y grilletes, pero él los destrozaba, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Noche y día andaba por los sepulcros y por las colinas, gritando y golpeándose con piedras”(Marcos 5:2-5).

Qué imagen triste y escalofriante de una vida atormentada. Y sin embargo, cuando el hombre vio a Jesús, corrió y cayó a sus pies. “‘¿Por qué te entrometes, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?’, gritó con fuerza. ‘¡Te ruego por Dios que no me atormentes!’”(v. 7).

¿No es sorprendente cómo lo que más necesitamos suele ser lo que menos queremos? Aquí estaba un hombre que vivía rodeado de muerte. Sin embargo, cuando se encontró con el Señor de la Vida, el único que podía liberarlo no le pidió ayuda. En cambio su primera respuesta fue de autoprotección. “¿Qué quieres conmigo? ¡No me tortures!”.

Entiendo que fueron los demonios que estaban en él los que dijeron estas palabras. Pero creo que es importante observar que Satanás suele usar esos mismos argumentos para evitar que nos rindamos a la obra de Dios en nuestra vida. “Será muy doloroso. ¿Por qué no te deja en paz? De todas maneras, ya no hay esperanzas para ti. Es mucho más fácil quedar en esclavitud. Deambulas en el cementerio de tu pasado de tu pasado día y noche, intentando encontrar respuestas. Tu mente está atormentada y te mutilas en un intento de anular el dolor. No puedes dormir, y por momentos lloras sin control. Pero eso es mucho menos doloroso que lo que Dios te tiene preparado. ¿Quién sabe lo que Dios puede obligarte a hacer si le permites que te libere?”.

¿Algo de todo esto le suena familiar? A mí, seguro que sí. Porque muchos de nosotros hemos pasado más tiempo entre los sepulcros de lo que quisiéramos admitir.

Atrapados en el medio

Cavadas a los lados de las colinas o en la tierra, muchas de las tumbas de los tiempos de Jesús estaban compuestas de dos recámaras. La primera, a veces llamada vestíbulo, solo tenía un asiento de piedra, mientras que la recámara interior presentaba un nicho (o nichos) labrado, donde se colocaba el cuerpo. Se esperaba un año para que la descomposición hiciera su trabajo y luego se ponían los huesos en un osario, una caja de piedra, para que la tumba estuvera disponible cuando otro miembro de la familia falleciera.

Me imagino que los marginados hacían sus viviendas en los vestíbulos. Era como una especie de lugar intermedio: los protegía del exterior, pero no era exactamente el lugar de los muertos.

Lamentablemente, esta “recámara intermedia” describe el lugar en que vivimos muchos de nosotros. Suspendidos en el medio, entre la vida y la muerte, hemos aceptado a Jesús como nuestro Salvador, pero aún no nos hemos lanzado a vivir la vida abundante que Cristo vino a darnos. En cambio, nos refugiamos en la oscuridad, cautivos de nuestras heridas, complejos y malos hábitos. Esos recuerdos dolorosos que no podemos quitarnos de encima. Esas actitudes que nos tienen atados. Esos mecanismos de protección a los que recurrimos una y otra vez, a pesar de que nos llevan a cualquier lugar menos al corazón de Dios.

La Biblia los llama “fortalezas” (2 Corintios 10:4). Y es un buen nombre, porque verdaderamente son fuertes bastiones en nuestra vida. Eso puede explicar la inercia espiritual que muchos cristianos parecen sentir.

Para llegar a experimentar una vida abundante en Jesús, debemos darle a Dios acceso a todo lo que nos detiene, incluso los esqueletos o secretos vergonzosos que guardamos en nuestros armarios y en los rincones obscuros de nuestra mente. Porque Él desea ayudarnos a destruir “argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios”(2 Corintios 10:5).

Nuestras tumbas

Quizá le parezca extraño pensar que los creyentes aún pueden morar en tumbas. Creo que todos hemos sentido esa lucha intensa de despojarnos del “viejo yo” para poder experimentar el “nuevo yo” del que escribe Pablo en Efesios 4:22-24. Las fortalezas son esos lugares en nuestra vida donde el pecado y el “viejo yo” establecieron un centro de poder tan grande que nos sentimos incapaces de librarnos de su control. Amamos a Jesús, pero permanecemos atrapados en nuestras recámaras intermedias, incapaces de vivir en libertad.

Así que, ¿dónde se siente estancando en su caminar cristiano? ¿Qué heridas le mantienen atado emocionalmente, congelado en aquel momento de fracaso o dolor del pasado? ¿Qué complejo le hace tropezar y lo atrapa una y otra vez? ¿Qué mal hábito o comportamiento le controla y hace que se sienta perpetuamente derrotado y constantemente deshecho?

Me resulta muy interesante que en griego, la raíz de la palabra “tumba” significa “evocar o recordar”. ¿No es cierto que la mayoría de nuestras fortalezas tienen sus orígenes en nuestro pasado?

Debemos decidir dónde viviremos. ¿Escogeremos la familiaridad del cementerio o una vida en Cristo, más allá de lo aterrador que nos pueda parecer? ¿Elegiremos la esclavitud o la libertad?

En cierto sentido, depende de nosotros. Porque la obra de resurrección ya ha sido completada. El Señor tiene la capacidad de abrir mi tumba y la suya. Él se para frente a las puertas de nuestras fortalezas, de nuestras oscuras y solitarias recámaras intermedias. Nos llama con voz dulce pero fuerte. Nos desafía. A usted y a mí. “¡Lázaro, ven fuera… y vive!”.

Por Joanna Weaver
Tomado del libro: El despertar de Lázaro
Patmos

El Despertar de Lazaro

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