Hacer verdaderos discípulos de Jesús

La realidad de los grupos pequeños

Por Osvaldo Carnival

Nuestro objetivo es ser como Cristo, y las personas que me rodean deben darse cuenta de nuestra continua transformación, la misma que experimentaron los discípulos de Jesús. Ellos hacían lo que veían a hacer a Jesús y obedecían lo que Él les mandaba hacer. Cuando algo no les funcionaba, le preguntaban a Jesús el por qué, y Él siempre les contestaba, así aprendían mientas hacían las preguntas.

Las experiencias de los discípulos de Jesús no se encontraban en un aula, sino en la vida. Jesús no era un maestro con pizarrón y tiza. Su pizarrón era el mundo y las tizas eran ellos mismos.

Jesús los llenó de su Espíritu, y luego los mandó solos a que hicieran la obra. Él siempre esperaba que el discípulo haga, no solo que escuche.

La autoridad no es legalismo, es lograr que el grupo desee hacer lo que Jesús manda y que lo hagan con alegría y entusiasmo. Jesús lo dijo muy claramente: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Juan 15:14).

Cómo somos transformados

Un ejemplo práctico es el de la escuela. Allí aprendimos a leer y a escribir. Actualmente nos acordamos de eso porque hemos practicado todos los días. Al igual que sumar y restar cuando uno va a hacer alguna compra. Sin embargo, hay temas que uno olvida, como por ejemplo, los logaritmos, las ecuaciones o la historia de algún imperio. Esto pasa porque se dejó de practicar.

Algunos estudios afirman que la persona que escucha un mensaje recordará por un período de diez días, el 20 % de lo escuchado. Esto sucederá siempre uy cuando no escuche otro mensaje en ese lapso. También se afirma que después de diez días, si lo escuchado no se pone en práctica, se termina olvidando.

Debemos hacer y guardar lo que Jesús nos mandó a decir. Tenemos que aprender que los mandamientos de Jesús forman nuestro carácter. Todo lo que Él nos dijo que hagamos es lo que Él es, y quiere que nosotros seamos como Él. Se aprende más haciendo los deberes que escuchando al maestro. Nunca los miembros de una célula deben ir a la casa sin saber cuáles son sus deberes para esa semana. La transformación de vida sucedes solo cuando cumplimos los mandamientos de Dios, pero no “para ser salvos” sino “porque somos salvos”. No debemos guardar sus mandamientos para nacer de nuevo, necesitamos nacer de nuevo para poder guardar sus mandamientos. La prueba de que somos salvos es que queremos guardar sus mandamientos. Uno es salvo por la gracia de Dios, porque Jesús lo amó y lo salvó. La evidencia de que hemos nacido de nuevo es que deseamos ser como Jesús y tener su carácter.

Sus mandamientos son una obra de gracia, porque nos revelan lo que ya Dios nos dio, la capacidad de hacer. Los mandamientos nos recuerdan que tenemos esa capacidad de crecer hasta ser como Jesús. Practicando sus mandamientos somos transformados.

La célula no es para informar a la gente, sino para formar al discípulo. La célula no es solo para enseñar, sino para darle deberes para la semana y luego preguntar lo que han hecho y corregirlos. Una célula se transforma en un canal de gracia para ayudar a ser más como Cristo.

Pablo dijo que es este Cristo proclamamos, aconsejando y enseñando con toda sabiduría a todos los seres humanos, para presentarlos a todos perfectos en él”(Colosenses 1:28).

El hacer algo no nos conduce al cielo, es porque estamos en camino al cielo, que vamos a poder hacer algo para el reino. “Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes”(Ezequiel 36:27).

Dios hace nacer en nosotros los buenos deseos y nos empuja para llevarlos a cabo. Hay que creer que podemos obedecer porque somos nacidos de nuevo. Dios nunca nos va a mandar a hacer algo que Él antes no nos haya dado la capacidad para hacer. Dios preparó buenas obras de antemano para que nosotros entremos en ellas. “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica”(Efesios 2:8-10). Dios nos salva por su gracia, nos dio la fe para creer, y prepara buenas obras para que luego las hagamos.

¿Buenas obras?

A través de sus mandamientos sabemos cuáles son las buenas obras que nos preparó. Por medio de la célula logramos formar la imagen de Cristo en nosotros, maestro y discípulos. El líder es el que guía por el ejemplo.

Los integrantes de la célula tienen que crecer al mismo tiempo, porque un discípulo que no crece, atrasa a los demás. Hay que ser amorosos pero también firmes. Uno trabaja para ver frutos.

Jesús contó la siguiente parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, pero cuando fue a buscar fruto en ella, no encontró nada. Así que le dijo al viñador: ‘Mira, ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no he encontrado nada. ¡Córtala! ¿Para qué ha de ocupar terreno?’. ‘Señor —le contestó el viñador—, déjela todavía por un año más, para que yo pueda cavar a su alrededor y echarle abono. Así tal vez en adelante dé fruto; si no, córtela’”(Lucas 13:6-9).

Cuando algún discípulo se estanca, es necesario hablar con él fuera del grupo para corregirlo. Cuando uno no hace los deberes, atrasa a los demás. La palabra discípulo viene del término “disciplina”. Un discípulo es una persona disciplinada que hace lo que el grupo hace.

La obra del Espíritu

Jesús solía dar a sus discípulos enseñanzas cortas y fáciles de entender, y luego enviaba. Ellos cometían errores, por ejemplo: “Hemos hallado a algunos que no aceptaron nuestras palabras y creemos que deberíamos hacer bajar fuego del cielo para que los devore”, “Encontramos a un grupo que echaba demonios en tu nombre y se lo prohibimos porque no son de nuestro grupo”. Jesús los corregía y los volvía a enviar. Si esperamos a que se gradúen de teólogos para que puedan guiar a alguien a Cristo, nunca terminaremos de evangelizar al mundo.

Confiar en el Espíritu Santo es soltarlos, aunque cometan errores. Aprenderán haciéndolo, como lo hicimos nosotros. Pero la relación maestro-discípulo debe seguir. Tenemos que nutrirlos y lograr que crezcan espiritualmente, en el fruto del Espíritu, y que practiquen y desarrollen sus dones. Al comenzar, Jesús su ministerio público, tenía solo tres años para elegir los discípulos, entrenarlos y dejarlos solos frente al mundo que debían discipular. Parecía una locura, pero es posible porque todos estaban autorizados a hacerlo. Tres años de entrenamiento y toda una vida dependiendo del Espíritu Santo.

Por supuesto que era riesgoso. Hoy es mucho más fácil. Pero a los líderes nos gusta que la gente dependa de nosotros y ser solo nosotros los sacerdotes que invitamos a la gente a convertirse, los únicos que podemos bautizarlos, imponer las manos para que reciban el Espíritu Santo y sanidad.
¿Se imagina qué pasaría si practicamos la verdad de que todos somos sacerdotes, y soltamos a la gente a evangelizar, a orar por los enfermos, echar fuera demonios en cualquier lugar, y que cada uno se haga cargo de los que invita a recibir al Señor? Se transformaría en un padre o madre de un grupo de discípulos, enseñándoles a ellos a hacer lo mismo. De esa forma llenaríamos la tierra de creyentes sal y luz.

Por Osvaldo Carnival
Tomado del libro: Amigos de Dios
Catedral Books

Amigos de Dios

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