El Señor nos invita a volver a Él

Por Wayne Cordeiro

Tómate un momento para pensar solo en Jesús. Piensa en las historias que conoces sobre Él, cómo es, lo que dijo y lo que hizo.

Imagina su humilde nacimiento en Belén, envuelto en telas, recostado en un pesebre, con María y José a su lado. Piensa en Él de joven, creciendo en gracia con Dios y con los hombres. Imagínelo a los 30 años, al ser bautizado en el río Jordán por Juan el Bautista. El Espíritu de Dios descendió sobre Jesús en forma de paloma y una voz desde los cielos dijo: “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él” (Mateo 3:17).

Imagina a Jesús en el desierto, al resistir a la tentación, sin renunciar a su propósito. Se enfrenta a Satanás y regresa a Galilea en el poder del Espíritu. Imagínelo llamar a sus primeros discípulos. Pescadores simples, comunes y sin educación formal. Estos impensados hombres algún día cambiarían el mundo.

Imagina a Jesús enseñando las Bienaventuranzas. En la ladera de una montaña, rodeado de multitudes ansiosas por saber sobre este hombre con ideas extrañas.  ¡¿Bienaventurados los pobres?! ¡Les gusta cómo suena eso! Imagina a Jesús sanando a un leproso, a un paralítico y a un ciego de nacimiento. Imagínelo hablar con la mujer que estaba junto al pozo y comer con los recaudadores de impuestos y con los pecadores. Imagínelo levantar a Lázaro y a una niña de 12 años de la muerte.

Imagina a Jesús caminar sobre las aguas: “¡Cálmense!”, dice. “No tengan miedo”. Hasta los vientos y las olas le obedecen.

Acompáñalo mientras alimenta a grandes multitudes. Luego obsérvalo en silencio mientras ora a solas en la mañana. Mira a los niños ir a Él. Los niños siempre saben cuándo alguien es bueno.

Míralo transfigurarse en la cima de una montaña con sus tres discípulos más cercanos (Pedro, Santiago y Juan). Jesús está radiante y vestido con deslumbrantes vestiduras blancas.

Obsérvalo ir a Jerusalén encima de un burro. Míralo vaciar el templo de comerciantes.

Míralo lavar los pies de sus discípulos en el aposento alto. Obsérvalo mientras lo traicionan.

Míralo crucificado. Escúchalo clamar: “¡Todo se ha cumplido!”.Míralo quieto, frío, sin vida, acostado en la tumba.Oye el ensordecedor silencio.¡Míralo vivo nuevamente! ¡Caminando, hablando, comiendo!

Ahora está en el jardín. Le pregunta a María por qué llora. Ella lo mira y se da cuenta de quién es. “¡Rabboni!”, dice en arameo, lo cual significa “¡Maestro!” (véase Juan 20:16).

Ahora se encuentra en una playa después de que sus discípulos pescaron durante toda la noche. Al principio no habían pescado nada, pero Jesús ya había preparado el fuego para una pesca milagrosa. Mira a Jesús levantar sus manos, bendecir a sus discípulos y luego ascender a los cielos.

Al pensar en estas cosas, meditando sobre la vida de Jesús, ¿saben lo que acaban de hacer? Han concentrado …su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues

ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:2-3).

Es tan importante que los creyentes aprendamos y practiquemos esta constante disciplina de poner nuestra atención en las cosas de arriba. Es tan fácil ser consumidos por las dificultades y preocupaciones de cada día. Sin embargo, Jesús nos invita constantemente a enfocarnos en Él, la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15). Esta práctica es necesaria si queremos disfrutar de una devoción pura y sincera.

Pero tal vez no sea tan fácil como parece.

La divisoria continental

Si queremos concentrarnos constantemente en Jesús, necesitamos saber con seguridad que la brecha entre Dios y nosotros tiene un puente. ¿Conoces esta gran brecha?

Piensa en grandes brechas que conozcas. Hay una línea que en términos tectónicos se denomina divisoria continental. La línea determina de qué manera fluyen los ríos. La divisoria continental en el continente americano es conocida como la Gran Divisoria. Comienza en Alaska, baja por las Montañas Rocosas, México y hasta los Andes en Sudamérica. Los ríos del lado oeste de la Gran Divisoria a menudo fluyen hacia el Océano Pacífico o el Mar de Cortés, y los ríos del lado este fluyen hacia el Océano Atlántico o hacia el Golfo de México.

Sin embargo, la divisoria más importante no es física; ni siquiera separa grupos de personas. Esta línea va directamente a través de los corazones de hombres y mujeres, entre ellos y la eternidad. La Biblia establece lo que nos separa de Dios: La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

La intención de Dios es tender un puente sobre esa brecha, pero no nos obligará a caminar al otro lado de él. Cuando rechazamos a Dios, nos quedamos con esa “paga del pecado”. La muerte tiene dos definiciones.

Una es la terminación, de la vida. Sucede cuando nuestros pulmones se niegan a ingresar el aire fresco que nos rodea. Le sigue la muerte. La otra definición no es una terminación sino una separación de la vida. Aún existes, pero lo diseñado para dar vitalidad desaparece. Estás sujeto a lo último de la cuerda y sobrevives hoy pero sin esperanza para mañana.

Esta separación de la vida existe porque la humanidad decidió decirle que no a Dios y construyó un muro que nos separa de Dios. Este es el abismo, la gran divisoria. No podíamos alcanzar a Dios porque lo rechazamos. Dios, en su santidad, no podía tener nada que ver con el pecado. Pero hay esperanza. Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo” (Efesios 2:13).

No nos acercamos a Dios; Dios se acercó a nosotros. Cuando estamos dispuestos a aceptar el perdón de Dios y la invitación a una vida verdadera a través de Cristo, nos convertimos en hijos de Dios. Recibes un corazón nuevo, que es una nueva forma de ver la vida; no solo la habilidad de ver con ojos nuevos, sino el poder para cambiar tu comportamiento cambiando tu corazón. “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17). La divisoria tiene ahora un puente que podemos cruzar. ¿Lo has cruzado?

Una pregunta simple, pero eterna

“Por tanto, para que sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que vengan tiempos de descanso de parte del Señor, enviándoles el Mesías que ya había preparado para ustedes, el cual es Jesús” (Hechos 3:19-20).

Cada uno de nosotros tendrá una cita con Dios. Aquí, mientras caminamos en esta Tierra o cuando estemos frente a Él aquel gran día; pero solo el Espíritu Santo se asegurará de que durante nuestra vida cada uno de nosotros se encuentre cara a cara con una decisión sobre Jesucristo.

Puede que cruzar ese puente y llegar a Cristo es algo que ya has hecho. Pero si aún estás inseguro, resuélvelo ahora y para siempre: tu eternidad depende de eso.Si de hecho has elegido caminar con Cristo, esa sola decisión no garantiza tu éxito. El pecado nos persigue sin parcialidad. Hay millones de cristianos que tienen la vida eterna, pero no tienen vida en abundancia.Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10 RVR60).

Jesús vino para traernos calidad de vida, además de cantidad de vida. Mi objetivo en este capítulo es convencerte, a pesar deque suene raro, de no estancarte en la vida eterna, la vida que recibirás del otro lado de la línea. Te desafío a que persigas una

calidad de vida de este lado de la línea. No, no un estilo de vida relajado y lujoso, ¡sino una vida cerca del Autor de la vida y con el objetivo de dar a conocer su nombre!

Un ángel del Señor se le apareció a José en un sueño diciendo: Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Jesús no solo vino a salvar a los perdidos, ¡sino que también vino a salvar a los encontrados!

La separación de la verdadera vida afecta tanto a los cristianos como a los no cristianos. El pecado debe ser limpiado constantemente, como el polvo en los pies de Pedro. Nuestra cercanía al Autor de la vida depende de eso.

A menudo, la separación que afecta a los cristianos viene de formas mucho más sutiles. Viene vestida con atuendos religiosos y puede incluso comenzar con motivaciones inocentes. Inocentes pero inmaduras.

 

Mirar al lugar equivocado

A veces podemos separarnos de Cristo, y encontrar que el camino de regreso es difícil porque lo buscamos en el lugar equivocado.

Hace algunos años, yo pasaba por un momento complicado en el trabajo, así que me fui a la costa norte de Oahu a pasar la noche en la playa. Quería hablar con Dios cara a cara. En oración dije: “Dios, voy a pasar la noche aquí porque necesito un encuentro fresco con tu gloria. Necesito experimentar tu presencia. Por favor, déjame verte esta noche”.

Me senté en una pequeña silla en la arena y esperé. Estaba seguro de que estaba a punto de tener una revelación. ¡Este sería un testimonio tan grandioso! Podría cambiar mi ministerio. Me impulsaría a una pasión asombrosa por los perdidos.

Oré. Canté. Lloré. Me confesé.

Recorrí la playa de punta a punta y aguardé. Miré un árbol y pensé: “Tal vez llegue tarde”. Esperé toda la noche hasta que el sol comenzó a aparecer sobre las colinas del este. ¡Llegó la mañana y nada de Dios! Estaba frustrado y cansado. Pensé: “Esperé durante toda la noche y Dios no vino. ¡Necesitaba verlo, pero no lo vi! ¿Qué será de mí?”.

¿Has hecho eso alguna vez? Tal vez la búsqueda no te consumió toda una noche, pero estoy seguro de que ocupó tus pensamientos. ¿Alguna vez esperaste, creíste y tuviste fe en algo que simplemente no sucedió y te dejó abatido y confundido?

Oraste por la salud de alguien querido y murió. Creíste en un empleo y no te contrataron. Tuviste fe en casarte con alguien en particular, pero ese alguien no tuvo la misma fe para casarse contigo. Oraste por protección y sufriste heridas.

Lo que descubrí más tarde es que lo veía de la manera incorrecta. Mis ojos físicos no funcionan bien cuando se trata de ver a Dios. Dependía de la vista como prueba. Ese fue mi primer error. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso” (1 Pedro 1:8).

Hagamos esto bien práctico.

¿Cuántas veces hemos anhelado un encuentro con Dios y, aun así, enfocamos el corazón  y la mente en nuestros problemas terrenales en vez de hacerlo en las promesas divinas? Por ejemplo, decimos cosas como: “Señor, tengo un matrimonio difícil. ¿Por qué no puedo terminar esta relación?”. “Dios, estoy quebrado. No sé cómo voy a sobrevivir económicamente”. “Dios, necesito un empleo desesperadamente. ¿Por qué estoy desempleado?”. “Jesús, mi hija adolescente está descontrolada. Está arruinando nuestro hogar. ¿Qué podemos hacer?”. “Dios, mis padres son ancianos y necesitan mucha ayuda. No doy abasto con todo. ¿Cómo voy a poder cuidar de ellos?”. “Dios, tengo 34 años y pensé que estaría casado a esta edad. ¿Por qué sigo soltero?”.

En estas situaciones, a menudo hacemos lo que yo hice en la playa. Queremos que Dios aparezca según nuestros términos, responda a nuestras preguntas y demuestre su poder de maneras que nos satisfagan.

Pero cuando Dios no lo hace, nos sentimos decepcionados, enojados y frustrados. He aprendido a través de los años que el Señor rara vez me da respuestas. Me da una promesa.

¿Conoces la diferencia entre una respuesta y una promesa? Al soltero que lidia con la soledad, Él le da una promesa: Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). A la persona estresada por la insuficiencia económica, Dios le da una promesa: Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas” (Proverbios 3:5-6). A la persona agotada y preocupada por cómo cuidará de sus padres ancianos, Dios le da una promesa: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). A los padres preocupados por su hija descarriada, las personas con las que se junta y las cosas que hace, Dios raramente les da una respuesta. En cambio, les da una promesa: Nunca te dejaré; jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5). Al desempleado desesperado por tener un empleo, Dios le ofrece una promesa: Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza”(Jeremías 29:11).

Aquí está la razón por la que tenemos promesas en vez de respuestas: Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes… lleguen a tener parte en la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).

En otras palabras, Dios dice: “Si respondo tus preguntas, no cambiarías, pero si entiendes mi promesa, tendrás parte de mi naturaleza divina”. Algo sucede en mi interior y veo que Dios es más grande que mis problemas. Eso es lo que nos hace más parecidos a Jesús. No respuestas temporales a nuestras preguntas. Es cuando entiendo las promesas de Dios cuando aprendo a confiar en su provisión y en sus tiempos. Al comprender sus promesas, me doy cuenta de lo fiel que ha sido Dios desde el principio; no solo fiel a mí, sino a toda la humanidad. Es entonces cuando saco la mirada de mi problema y la pongo en las cosas de arriba.

Es como levantar pesas. Si quieres fortalecer los músculos, empiezas levantando pesas de diez kilos. Pero al tiempo, diez kilos comienzan a ser demasiado livianos. ¿Es porque el peso se hizo más liviano? ¡No! Es porque los músculos se hicieron más fuertes. Lo mismo pasa con nuestra fe. Cuando Dios nos da sus promesas, fortalece nuestra fe.

Permite que nuestra fe sea probada a través de situaciones que ponen presión sobre nosotros. Eso fortalece nuestra fe. Con el tiempo, el mismo problema por el que nos preocupábamos y quejábamos es, por alguna razón, muy liviano. Crecemos en fe.

 

Testimonio en el sanatorio

Algo poderoso sucede cuando enfocamos nuestros corazones y mentes en las cosas de arriba. Comprendemos la mente de Cristo. Nos damos cuenta de qué es más importante para Él, y luego comenzamos a actuar como Jesús actuó. Comenzamos a vivir el ministerio de Cristo. No siempre es cómodo u ordenado. Pero la vida se convierte en una nueva especie de aventura.

Déjame cerrar este artículo con la historia de Doug Nichols, fundador y director internacional de Action International Ministries [Ministerios de Acción Internacional]. En 1967, trabajaba en India para Operación Movilización, cuando contrajo tuberculosis y fue internado en un sanatorio durante varios meses.

En el sanatorio, Doug se encontró en un lugar solitario, confuso y problemático. No conocía el idioma de los otros pacientes, pero quería compartir las buenas nuevas con ellos, invitarlos a centrar sus corazones y sus ojos en las cosas de arriba.

Todo lo que Doug tenía en el sanatorio eran algunos tratados evangelísticos en parsi. Trató de repartirlos, pero nadie los quería. Pensaban que era otro extraño americano. Doug no sabía qué hacer. Estaba enfermo, dolorido y en el hospital. Ninguno de sus intentos por compartir las Buenas Nuevas había funcionado.

Una noche, Doug despertó a las 2 de la mañana, tosiendo tan fuerte que no podía respirar. Durante este ataque de tos, Doug notó que al otro lado del pasillo un anciano un tanto deteriorado trataba de salir de la cama. Estaba tan débil que no podía ponerse de pie. Comenzó a gemir de dolor. Intentó de nuevo, pero fue en vano.

Por la mañana, Doug se dio cuenta de que el hombre había tratado de levantarse para usar el baño. El olor en la sala era terrible. Los otros pacientes estaban enojados con el anciano por no haber podido contenerse. La enfermera limpió el desastre y luego le dio una palmada al hombre.

La noche siguiente, sucedió exactamente lo mismo. Doug se despertó tosiendo. Nuevamente, vio al anciano tratando de levantarse de la cama, pero no podía ponerse de pie, así que empezó a llorisquear y gemir mientras daba vueltas en el lecho. Aquella noche, en lugar de darse vuelta, Doug se levantó de su cama. En su debilitado estado, se acercó al anciano. No hablaban el mismo idioma, pero Doug lo levantó, lo llevó al baño (un agujero en el suelo) y lo acompañó de vuelta a su cama. El anciano besó a Doug en la mejilla e inmediatamente se durmió.

A la mañana siguiente, Doug despertó junto a una taza de té caliente. Otro paciente amablemente se la había preparado. El paciente hizo señas de que quería uno de aquellos tratados evangelísticos. Durante los siguientes dos días, un paciente tras otro preguntaba: “¿Puedes darme uno de esos tratados a mi también?”.

¿Ves lo que sucedió? Doug había comenzado a vivir verdaderamente por este versículo: Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:2-3).

Cuando Doug concentró su corazón y su mente en las cosas de arriba, sus actos cambiaron. No solo comenzó a conocer el ministerio de Cristo, sino a vivirlo frente a otros. Los actos de Doug proclamaron las virtudes de Dios, y mediante este simple acto de servicio, la gente estaba convencida de que Dios estaba con ellos.

 

Firmes a pesar de todo

En 1964, Bob Dylan lanzó una canción llamada “Los tiempos están cambiando”. Podría haber escrito esa misma canción hoy.

Los tiempos realmente cambian. Algunos cambios son inofensivos, y solo nos tenemos que adaptar y ajustar a ellos. Sin embargo, algunas cosas nunca deberían cambiar.

Es bueno saber que Jesús nunca cambia.

En tu camino hacia una devoción pura y sincera con Cristo, es bueno saber que Jesús nunca cambia. Su amor siempre es puro. Su bondad nunca falla. Su excelencia es sin igual. Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Y aunque los tiempos cambien, Jesús se mantiene igual.Yo, el Señor, no cambio” (Malaquías 3:6).

Jesús es hermosamente predecible. Sé que cuando me alejo, puedo correr hacia Él, quebrantado, y siempre me recibirá con los brazos abiertos. Si estoy dolido, Él me confortará, traerá sanidad y me animará a seguir adelante. Si invento excusas, no se dará por vencido. Yo debo cambiar. No Él.

Jesús es hermosamente predecible. La Biblia lo llama nuestro Dios, digno de confianza, fiable, inalterable, inmutable.

¿Quieres ver a Jesús? Comienza a enfocarte en lo que Él es, en lo que hizo y en las promesas que nos da en su Palabra. Cuando tu corazón y tu mente estén concentrados en las cosas de arriba, tus actos lo reflejarán. Y te encontrarás caminando mucho más cerca del Autor de la vida.

Eso es Jesús, puro y sencillo.

Por Wayne Cordeiro
Tomado del libro: Jesús: Puro y simple
Peniel

Jesus, Puro y Simple

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