Seamos personas hambrientas de gracia

La distinción que nos caracteriza a los hijos de Dios

Ante un mundo que clama por la misericordia y la aceptación de Dios, la Iglesia debe despojarse de todo moralismo legalista y entender que la gracia es lo único que nos distingue del resto de los hombres.

El precio de la gracia reflexiona acerca del costo de la gracia que disfrutamos. Bonhoeffer escribió: “La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el hombre que vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es Por Roberto Vilaseca

Se dice que el cristianismo es la religión de la gracia, es decir, la religión del perdón, de la bondad y de la misericordia. En su gran amor,Dios decidió perdonarnos a pesar de que lo único que merecíamos era la condenación eterna por nuestros pecados. La gracia de Dios es amor libremente manifestado hacia pecadores culpables, merecedores del juicio. Graciaes Dios manifestando su bondad inmerecida.

La pregunta de estos días es: ¿la Iglesia está preparada para ofrecer esa misma gracia? Ser portadores de la gracia y la misericordia es lo que nos hace diferentes al mundo. Como dijo Gordon MacDonald: “El mundo puede hacerlo casi todo tan bien como la Iglesia, o mejor. No hace falta ser cristiano para construir casas, alimentar a los hambrientos o sanar a los enfermos. Solo hay una cosa que el mundo no puede hacer: No puede ofrecer gracia”.

La gracia es la contribución más importante de la Iglesia. Sin embargo, muchas veces a lo largo de la historia se las ha arreglado para ganarse una reputación a causa de su falta de gracia. Los que hemos sido saturados de perdón y amor todavía luchamos con un espíritu de legalismo y de superioridad moral sobre el resto de los mortales. Como rogó aquella pequeña niña: “Dios mío, haz que la gente mala se vuelva buena, y que la buena se vuelva agradable”.

 La gracia no entendida

El pastor David Seamandsdefinió como pocos nuestra falta de comprensión de la gracia: “Las dos principales causasen la mayoría de los problemas emocionalesentre los cristianos evangélicos son estas: no saber comprender, recibir y vivir la gracia y el perdón incondicionales de Dios, y no saber comunicar ese amor, perdón y gracia incondicionales a otras personas. Leemos, escuchamos y creemos en una buena teología sobre la gracia. Sin embargo, no vivimos así. La buena noticia del Evangelio de la gracia no ha penetrado hasta el nivel de nuestras emociones”.

La moralización y legalización del Evangelio de la gracia de Dios es una pobre herejía que se contagia entre personas desilusionadas, que se sienten defraudadas por no haber recibido lo que tanto han esperado de los demás, ser aceptados, comprendidos y perdonados.

Philip Yancey escribió un revolucionario libro llamado Gracia divina vs  Condena humana donde se pregunta que si el amor de Dios es para quienes no merecen la gracia, entonces, ¿qué aspecto tiene cuando actúa? Y si los cristianos son los únicos que la pueden distribuir, ¿cuán efectiva es la labor que hacemos para derramar gracias sobre un mundo que conoce muchísimo más de crueldad y de perdón que de misericordia?

La gracia no excusa el pecado, dice Yancey, pero valora al pecador. La gracia genuina es sorprendente y escandalosa. Sacude nuestras ideas convencionales con su insistencia en acercarse a los pecadores para tocarlos con la misericordia y la esperanza. Perdona al cónyuge infiel, al racista, al que abusa de los niños. Ama al drogradicto de hoy plagado por el SIDA tanto como amaba al recaudador de impuestos en tiempos de Jesús.

En referencia al legalismo que nos rodea comentó: “Titubeo al escribir sobre los peligros del legalismo en un momento en que tanto la iglesia como la sociedad parece desviarse en la dirección opuesta. Al mismo tiempo, no conozco nada que represente una amenaza mayor para la gracia. El legalismo puede funcionar en un colegio bíblico o en la marina de guerra. No obstante, hay un precio incalculable: la falta de gracia no funciona en una relación con Dios. Yo he llegado a ver al legalismo, con su búsqueda de una falsa pureza, como una elaborada confabulación para evitar la gracia. Puede conocerse de memoria la ley sin saber lo que hay en el corazón del Padre”.

Los cuatro mitos de la gracia

Antes de seguir, intentemos explicar el valor de la gracia a partir de lo queLa Biblia expresa sobre cuatro verdades que confrontan mentiras arraigadas en el pensamiento de los hombres.

El primer mito del ideario colectivo en cuanto a su condición delante de Dios es que, en el fondo, el hombre es bueno. Consciente de sus tremendos éxitos científicos tiene un alto concepto de sí mismo. Piensa que los bienes materiales y sus propios logros son más importantes que el carácter moral. Piensa que las pequeñas virtudes compensan los grandes vicios y que, a pesar de sus errores en el fondo es una persona excelente. Entonces, busca eliminar su mala conciencia, pensando que es una enfermedad, más que el parámetro de su moralidad.Imagina a Dios parecido a él, es decir, complaciente, bonachón, que se permite ciertas licencias.

La idea de que él es un rebelde, de que es culpable, sucio a la vista de Dios y que merece la condenación es una locura. Pero ignora que La Biblia declara: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.

El segundo mito es que Dios nunca va a cumplir con su juicio. El hombre moderno hace la vista gorda de la maldad. Lo tolera en otros porque piensa que, de no haber sido por las circunstancias, él también sería así. Los padres titubean cuando tienen que corregir a sus hijos, los maestros tienen miedo de disciplinar a sus alumnos, y soportamos cualquier tipo de conducta antisocial casi sin chistar. La premisa es: mientras pueda hacerse la vista gorda, mejor; solo debe castigarse como último recurso.Se toma como una virtud la tolerancia a la inmoralidad y se censura a aquellos que se esfuerzan por vivir con principios claros.

Damos por descontado que Dios siente y piensa como nosotros. Nos parece que Él no va a hacernos pagar por nuestra maldad, que no puede ser tan malo. Que al final todos van al cielo.Pero Dios es el juez de la tierra, y Él obrará y castigará conforme a su justicia. Dios no sería fiel a sí mismo a menos que castigue el pecado.

El tercer engaño es creer que Dios finalmente aceptará nuestra moralidad. Las religiones paganas vivían dando ofrendas y haciendo sacrificios para calmar la ira de sus dioses, como una manera de sobornarlos para que tuvieran favor con ellos. Entonces el hombre actual piensa que puede hacer cosas para que Dios no pueda decir “no”. Considera que multiplicando sus beneficencias y buscando ser moralmente bueno es suficiente garantía para ser aceptados por Dios. Pero dice Pablo “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:20). Nosotros no podemos reparar nuestra relación con Dios con nuestras obras. Solo ocurre mediante la redención en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre.

Una última mentira enquistada por el diablo es lo que dijo un pensador francés: “Dios ha de perdonar, ese es su oficio”. Las religiones antiguas pensaban que sus dioses estaban ligados a los que adoraban con lazos egoístas, es decir, estaban obligados a hacerles el bien. Hoy los hombres piensan lo mismo: Dios está obligado a amarnos y ayudarnos. Pero el Dios de La Biblia no depende de sus criaturas para su bienestar, ni tampoco está obligado a mostrarnos ningún favor. Dios no tiene por qué evitar que la justicia siga su curso. No está obligado a tener lástima ni a perdonar. Si lo hace es un acto que hace “por su propia y libre voluntad”. Nadie lo obliga a hacer lo que no quiere. Como dice La Escritura: “No dependen de querer o de esforzarse, sino de que Dios tenga compasión” (Romanos 9:16).

La gracia y el perdón solo vinieron por Jesucristo, a través de su muerte en la cruz, pagando por nuestros pecados. Es allí que resplandece su gracia salvadora. La venida del Señor a la tierra no era suficiente. La gracia no es un mero efecto de la misericordia de un Dios dispuesto por su bondad a otorgar un perdón pleno. Su santidad y su justicia absolutas tenían que ser satisfechas al mismo tiempo que su amor. Para esto fue preciso el sacrificio expiatorio del Calvario; Jesús descendiódel cielo para que“por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”.

La gracia solo puede ser recibida por la fe, porque es por fe. Pablo lo aclara diciendo que “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia”. Esta es la gran noticia de la salvación por la fe; es por esta razón que la salvación a través de Jesucristo es mencionada como don de la gracia ¡Cuántas cosas serían diferentes si pudiéramos creer esta tremenda verdad!

En un maravilloso libro llamado El despertar de la gracia, Charles Swindoll nos invita a pensar que si el Padre está satisfecho con el pago que su Hijo dio en forma total y definitiva por el pecado, y si nosotros estamos en Jesús por la gracia que alcanzamos por medio de la fe, entonces Dios está satisfecho con nosotros. El problema de la falta de gracia radica en que siempre tendremos jefes, pastores y padres que nos digan qué debemos hacer y qué no. Siempre habrá quienes agreguen más y más metas que alcanzar. Estas personas matan la gracia, aunque no lo sepan. Apelando a la culpa, a la técnica de provocar vergüenza y a manipulación solapada, virtualmente nos arrastran a la confusión. Dios no lo hace nunca. Él, en cambio, nos asegura que si somos algo, lo somos por su maravillosa, inagotable e inigualable gracia. Y una vez que realmente nos apropiamos de ella, es sorprendente cómo deseamos compartirla. Nos deleita dejar a otros ser lo que son por la misma gracia de Dios.

Swindoll declara que si la gracia no viene a nosotros de manera íntima y personal para luchar contra nuestras debilidades, pierde todo su valor. Pero si dejamos que la gracia entre profundamente en nuestras vidas, podemos lograr liberarnos de cosas que no están bien.

Necesitamos gracia para ser lo que somos, como ocurrió con Pablo, a quien la gracia le dio el valor de ser quien era y la energía para hacer todo lo que hizo. A través de ella podemos vencer nuestra propia inseguridad.

 Necesitamos gracia para aprender a través de sufrimiento. Sufrimos y nos sentimos heridos. Fallamos, desertamos y nos sentimos mal. La imperfección nos acosa constantemente, por eso, la única manera de perseverar a pesar de los dolores y las debilidades es la gracia. Ella, operando en medio de nuestra debilidad, nos capacita para llegar a ser instrumentos de poder en las manos de Dios.

 Necesitamos gracia para responder correctamente a situaciones que se nos presentan.La gracia que tiene que ver con la forma en que respondemos a nuestros semejantes. Es la palabra sazonada con sal, el tacto y las palabras apropiadas en el momento justo. Frente a la agresividad, la gracia nos hace agradables y pone un colchón a nuestras palabras.

 

Necesitamos gracia para mantenernos firmes en nuestras creencias. La gracia nos ayuda a mantenernos firmes frente a quienes nos quieren llevar a ceder en nuestros principios. La gracia nos fortalece, nos ayuda a no condescender ni a atemorizarnos en ambientes donde sabemos que otros detestan la fe y en los que somos objeto de burla o discriminación. “No se rindan. No abandonen. No cedan”, dice el escritor a los Hebreos 13:7.

Necesitamos gracia para someternos a las cosas que nos debemos someter.La gracia nos ayuda a despojarnos de toda soberbia y revestirnos con la humildad de Cristo. Estamos rodeados de orgullo,y este es un clásico asesino de la gracia. Pero cuando nos aferramos a ella, finalmente nos sometemos a la autoridad de Dios y de quienes Él puso sobre nosotros.

No podemos terminar esta reflexión sin que resuenen en nuestros oídos las palabras del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, mártir y ejemplo de la gracia encarnada en los hombres de este siglo. En su libro el Reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.

La gracia es cara porque llama al seguimiento de Jesús. Es cara porque le cuesta al hombre la vida; es gracia porque regala vida. Es cara porque condena el pecado, es gracia porque justifica al pecador. Sobre todo, la gracia es cara porque le ha costado cara a Dios, le ha costado la vida de su Hijo. La gracia cara es la encarnación de Dios.Por ese precio, por todo lo que les costó al Padre y al Hijo, vivamos en la libertad de la gracia, rechacemos todo tipo de legalismo, y practiquemos una vida de misericordia y gracia con los que nos rodean. Estaremos abriendo puertas de salvación a tantos que hoy ni se atreven a pasar por la puerta de nuestras iglesias.

Recuerda que el amor despierta amor; y el amor, una vez que ha sido despertado, desea complacer. La voluntad de Dioses que, aquellos que han sido favorecidos con su gracia deben transformarse en portadores de gracia”.

 

Por Roberto Vilaseca

1 comentario en Seamos personas hambrientas de gracia

  1. QUE DIOS NOS AYUDE A PONER POR OBRA ESTO,PORQUE ESA ES SU VOLUNTAD.Y NOS ABASTECE EN ABUNDANCIA PARA PODER LOGRARLO,NO NOS ENTRETENGAMOS CON OTRAS COSAS,PORQUE ESTA FUERA DE SU VOLUNTAD.

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