Personas con la paz verdadera

Nuestro Salvador es el único que puede darnos verdadera paz

Por Henry y Melvin Blackaby

Lo primero que experimentamos en la vida de resurrección es su paz. Siempre pueden distinguirse aquellos que caminan en una relación correcta con Jesús. Tienen paz. Tienen contentamiento. ¿Podría haber un sentimiento mejor que el de saber que entre usted y Dios hay paz?

Se cuenta de un hombre que había vivido en pecado durante muchos años cuando un misionero cristiano lo llevó a los pies de Cristo. Sus amigos vieron en él un cambio tan radical, que le preguntaron qué le sucedía.

Sin decir gran cosa, puso un gusano sobre un montón de hojas, y después les prendió fuego a las hojas. El fuego creció, y comenzó a amenazar al gusano. En el último instante, él sacó el gusano del fuego y dijo estas palabras: “Yo soy como ese gusano”.

Esa es la historia de todos nosotros. No es lo que hayamos hecho, sino lo que Cristo ha hecho por nosotros. Ya no tenemos que preocuparnos por el “fuego”, sino que podemos vivir por fe en que la resurrección nos ha salvado de la muerte eterna. Todo el que comprenda realmente el significado de la cruz y de la resurrección, comprenderá también lo que significa tener paz con Dios.

En la epístola a los romanos, el apóstol Pablo capta la esencia del problema del pecado y de lo que Dios ha provisto para nuestra salvación. Nos presenta una escena en la que hay noticias buenas y malas.

Las malas noticias primero: todos nosotros hemos pecado y estamos destituidos de las gloria de Dios. El pecado nos ha afectado de tal manera, que ya no estamos en una situación correcta ante Él; no podemos comprenderlo, no podemos buscarlo y no tenemos temor de Él. Abandonados a nuestra propia suerte, estamos condenados a enfrentarnos al castigo por el pecado.

Ahora, las buenas noticias: Jesucristo cargó sobre sí nuestro pecado, y murió en nuestro lugar. Después de esto, el Padre lo resucitó a una vida nueva que nosotros podemos compartir. Todos los que creamos en Jesucristo somos hechos rectos ante Dios, y una vez que esto sucede, disfrutamos de esa vida nueva.

El resultado de nuestra fe es la paz con Dios: En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

La paz es lo que necesitan los seres humanos más que ninguna otra cosa en la vida. Sin embargo, esta paz no se parece a ninguna otra cosa que hayamos conocido jamás. Principalmente, no es una relación entre seres humanos, sino un estado entre nosotros y Dios. Ya no somos “enemigos suyos”; tenemos paz con Él, y “estamos de su lado”.

“Paz” es la “armonía en las relaciones” o la “reconciliación entre las dos partes”. En La Biblia aparece cuatrocientas veces, y representa la necesidad más profunda del corazón humano: la paz con Dios.

Jesús dijo: “La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden” (Juan 14.27). Su paz es total; es perdurable. Nos llega al saber que no tenemos que temblar más ante la presencia de Dios, sino que podemos acercarnos a Él con toda confianza.

Él quiere que usted tenga paz. Entonces, ¿por qué hay tantos que carecen de paz en su corazón? ¿Por qué será que hay tantos llenos de ansiedades, preocupaciones, estrés, inquietud y agitación? Es porque todos queremos paz, pero son pocos los que están dispuestos a hacer lo necesario para la obtenerla.

Hay algo más

Después de describir la paz que tenemos con Dios por medio de Jesucristo, Pablo dice que por medio de Él, también “tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios” (Romanos 5:2). Una cosa es saber que tenemos paz con Dios, y otra es saber que tenemos acceso a Él.

“Accederse refiere al “acto de traer o presentar”. La paz con Dios —por medio de una relación con Cristo— nos trae hasta la gracia de Dios. La paz de Cristo nos hace entrar en la esfera de la gracia de Dios, en la cual podemos comparecer ante Él.

Tal vez usted no comprenda el cambio tan radical que esto representaba con respecto a la forma en que los judíos siempre habían experimentado su relación con Dios. En todo el pueblo de Israel, solo el sumo sacerdote era el único que podía entrar al Lugar Santísimo; a la presencia de Dios. Una vez al año, en el día de expiación, este sacerdote actuaba como representante del pueblo. Mientras todos los demás esperaban afuera, él entraba al Lugar Santísimo y rociaba la sangre del sacrificio sobre el propiciatorio para expiar los pecados del pueblo. Aun después de realizados los sacrificios, aquellos a quienes se les había perdonado su pecado seguían sin poder entrar al Lugar Santísimo. En lugar hacerlo, cada cual se iba a su casa. El sacerdote salía, cerraba la cortina y pasaba todo un año antes que alguien volviera a entrar en aquel lugar.

¡Cómo cambiaron las cosas con el sacrificio de Cristo! Nosotros no tenemos que quedarnos fuera, de pie, mientras un sacerdote entra como representante nuestro a la presencia de Dios. En lugar de esto, estamos dentro del Lugar Santísimo, porque Jesucristo nos ha llevado hasta la presencia de la gracia de Dios.

La paz que Cristo consiguió para nosotros nos lleva literalmente a una relación personal con el Dios santo. La muerte y la resurrección de nuestro Salvador derribaron la barrera del pecado y nos hicieron entrar al Lugar Santísimo.

Todos queremos tener paz en nuestra vida, pero comprenda esto: Jesucristo es el único acceso a Dios y, portanto, la única fuente de paz perdurable. No crea a nadie que le diga que hay muchos caminos que conducen a Dios. No crea a nadie que le diga: “Siempre que seas sincero en lo que crees…”.

Si usted es hombre, es muy probable que haya hecho algún viaje en el cual estaba absolutamente seguro de que conocía el camino; no tenía duda alguna en su mente. Aunque todo dentro de usted le decía que girara a la derecha, su esposa le repetía que girara a la izquierda. ¿Qué hizo usted? Por supuesto, giró a la derecha porque no estaba dispuesto a equivocarse. Su esposa se calló y esperó a ver hasta dónde llegaría antes de descubrir que había cometido un error, y daría la vuelta. Sí, usted era sincero en su convicción, pero por desdicha, estaba sinceramente equivocado.

Lo que usted crea “con sinceridad” no tiene importancia. Todo lo que importa es si aquello que cree es realmente cierto. Y cuando de la salvación se trata, Jesús es la única verdad. Él mismo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

¿Tiene en su vida necesidad de arrepentirse de sus errores “sinceros”? La palabra arrepentirse significa dar media vuelta en nuestro camino y seguir caminando con Jesús. Él nos da la paz con Dios, y también el acceso a su presencia.

¿Tiene esa paz? ¿Ha sido llevado hasta la presencia del Dios todopoderoso?

No se trata de un compromiso de un solo momento con Cristo; es un caminar diario, teniéndolo a Él como Señor. Usted no puede llegar por su propia cuenta hasta la presencia de Dios; tiene que ir con Cristo. Él es el Príncipe de Paz.

Por Henry y Melvin Blackaby
Tomado del libro: Mi experiencia con el poder de la resurrección
Unilit

 

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