Llamando a todos los Jonas

Tu eres el escogido aunque todo parezca indicar que no

Por J. Lee Grady

Lo hice otra vez. Hace algún domingo, me paré en una plataforma, miré lentamente a una congregación de casi todos desconocidos, limpié mi garganta y prediqué el mensaje que el Señor había puesto en mi corazón desde su Palabra.

Miles de hombres y mujeres predican en público cada semana. Es lo que hacen los predicadores. No hay mucho más que eso. Pero a pesar de que predico bastante seguido, he encontrado que predicar el Evangelio es la tarea más terrorífica que cualquiera pueda hacer. Siento como si muriera miles de muertes antes de hacerlo, y muriera muchas más veces luego de haberme ido a mi casa y evaluar lo sucedido.

Luego de una experiencia bastante desalentadora en la que una audiencia se mantuvo fría ante mí de brazos cruzados, me convencí de que seguramente la prédica no formaba parte de mi llamado. Así que compartí mi preocupación con un pastor mayor que yo.

“Hay veces que me siento desalentado luego de predicar”, le dije. “¿Alguna vez le ha pasado?”. Estaba seguro de que iba a aconsejarme que dejara de predicar.

Pero su respuesta me paralizó. “Hijo, me siento así cada lunes a la mañana”.

Cuando le digo a amigos que me resistí tercamente al llamado de Dios de predicar por mi falta de confianza, ellos parecen asombrados. Piensan que la mayoría de las personas que se paran en una plataforma desean estar ahí.

¡Piénsalo por un minuto! Asumimos que Dios escoge oradores virtuosos que afilan sus habilidades como doctores que aprenden cirugía o como actores que aprenden una obra en el escenario. Pero la verdadera predicación no es un ejercicio natural, sino que es uno de los asuntos más sobrenaturales al que cualquiera puede ser llamado. Requiere de una vasija humana imperfecta que se rinda a sí misma para hablar las palabras de Dios.

Si hacemos esto en la carne, el resultado es miserable; pero si nosotros confiamos plenamente en el poder del Espíritu, predicaciones proféticas liberarán unción sobrenatural.

La mayoría de los predicadores de La Biblia eran reacios. Moisés creó excusas sobre su tartamudez. Gedeón trató de descalificarse a sí mismo, y Jeremías se quejó por la responsabilidad de una carga profética. Jonás compró un pasaje de ida para ir hacia el otro lado del Mar Mediterráneo a fin de no tener que dar aquel sermón tan poco popular.

Y el apóstol Pablo, que era un orador fariseo de primera categoría antes de conocer a Cristo, fue despejado de su elocuencia antes de predicar por el imperio romano. Él le dijo a los corintios: Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios” (1 Corintios 2:3-5).

El gran evangelista Arthur Katz, que murió ocho años atrás, escribió sobre el poder de la verdadera predicación en su libro número 1999 llamado Fundamentos apostólicos: “El único calificado para predicar… es aquel que quiere correr para el otro lado, como Jonás. (…) El hombre que suspira y gime cuando es llamado a predicar, el que no quiere estar ahí, el que se siente terriblemente incómodo… es el hombre de cuya lengua es más probable que salga la palabra de la verdadera predicación”.

Esta seguramente no es la forma en que vemos a los ministerios públicos. Celebramos lo suave y pulido. Medimos el impacto de un sermón no por los corazones cautivados por la convicción sino por cuán alto saltó la gente cuando el predicador les dijo algo que ellos querían escuchar.

El tipo de predicación carnal puede quizá ganar el reconocimiento de los hombres, hacer estallar el rating de la TV y hasta construir mega iglesias. Pero el Reino no es construido sobre presumidas autoconfianzas. Necesitamos las palabras de Dios. La Iglesia vivirá una hambruna espiritual hasta que predicadores quebrados, reacios, débiles y temerosos permitan que el fuego santo salga de sus bocas.

Si tienes un mensaje de parte de Dios, muere a tus lágrimas, dudas y excusas, y bebe de la taza del sufrimiento que acompaña al verdadero llamado del Señor.

Por J. Lee Grady
Editor de la revista Charisma

 

 

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