La torta de casamiento

En cualquier condición, el Señor nos llama igual

Por Bob Goff

Cuando nos casamos no teníamos dinero. Yo acababa de salir de la facultad de derecho y era voluntario como líder para una organización en una escuela secundaria local. Creo que después de vender mi oxidado auto, contábamos con $3 para gastar en cada invitado a la boda, quizás menos. No tuvimos muchas flores; las sustituimos por montones de globos y encontramos un proveedor de catering que se compadeció lo bastante de nosotros como para darnos algo de comida a un precio módico. No obstante, la torta iba a ser un gran problema. Mi futura esposa había buscado información y el pastel iba a costar más de lo que teníamos para toda la boda. Entonces recordé que había un niño en la organización cuyo padre tenía una panadería. Le pregunté qué pastel podríamos conseguir por unos $150 y respondió que nos haría uno. Eso serviría.

La boda se desarrolló como todas. La recepción tuvo lugar en un ostentoso local que daba a un lado. Para poder vivir allí creo que es necesario haber inventado la medicina, la energía o algo por el estilo. Yo era un joven abogado y mi jefe había comprado una casa en aquella zona. La compra venía acompañada del derecho a utilizar el club del lago dos veces al año, gratis. Mi jefe era un tipo generoso y reservó el local, y nosotros aparecimos con nuestros globos, el catering y la ensalada. Como no podíamos permitirnos que se sirviese mucha comida, le pedimos al proveedor de catering que pusiera muchos adornos que, aunque no pudieran comerse, harían que aquello pareciera un gran banquete.

Cuando llegamos, vi que mi amigo ya había llegado con el pastel. Me llamó la atención que la estuviera armando en el estacionamiento sobre un carrito para equipos audiovisuales. “¿Así se hace?”, me pregunté. Era impresionante ver una torta blanca de cuatro pisos.

Yo llevaba a mi esposa hacia la entrada mientras él ponía a los novios de decoración sobre el pináculo de su obra maestra. Cuando mi amigo comenzó a hacer rodar aquella torre de pastar hacia el local, el bamboleo de su rueda izquierda captó de algún modo su atención y advirtió que aquello era una mala idea. Como era de esperar, a cámara lenta, el carro chocó contra una piedra y se detuvo bruscamente, no así los pisos superiores de la torta. En una rápida sucesión, cada nivel de torta cayó de sus columnas en dirección al suelo. Todos quedamos perplejos, sin pronunciar palabra, atónitos.

Los invitados estaban a punto de llegar, y había que pensar en una solución rápida. Me llevé a un lado a mi joven panadero y urdimos un plan. Recogió el pastel y saltó a su auto. Treinta minutos después, regresó con una cubeta de pastel desmenuzado y otro recipiente aun más grande glaseado recién elaborado. En la habitación trasera fue recomponiendo los pedazos de pastel con la ayuda del glaseado, le volvió a dar forma y ¾me siento avergonzado de confesarlo¾ lo servimos. Con pequeños trozos de asfalto y todo.

Como aquel pastel, mi vida está llena de pequeñas piedras, trocitos de asfalto, relaciones rotas sin reparar, y restos indeseados. Sin embargo, de alguna manera Dios permite que seamos servidos de todos modos.  Jesús habló a los marginados sociales, mujeres de vida alegre, abogados como yo y religiosos, y dijo que no serían como tantos motivos decorativos o tratamientos de ventana, sino que los serviría también a ellos.  Afirmó que esto era verdad, aunque estuviéramos llenos del tipo de grava que se va acumulando a lo largo de toda una vida y en bastantes estacionamientos.

A las únicas personas que declaró no poder servir eran aquellas que estuvieran llenas de sí mismas o que creyeran en la mentira que eran antes de conocerle.

Jesús pareció decir que solo necesitábamos reunir los trozos de nuestra vida caídos al suelo, llevarlos delante de Él y Él empezaría a utilizarlos. Jesús tampoco dijo que taparía con glaseado la gravilla de nuestras faltas y nuestros fracasos, sino que nos utilizaría a pesar de ellos. Lo único que debemos hacer es decidir salir de la playa de estacionamiento y entrar a la fiesta. Él declaró que, para ellos, no basta con creer todo lo que es correcto. Jesús nos hizo saber que nos ayudaría a empezar a hacer lo correcto.

En un momento dado dejé de contemplar el montón de pastel roto sobre el asfalto que era mi vida y decidí echar toda la carne al asado. Mi vida no se había roto en mil pedazos por culpa de una tragedia masiva, pero consistía en los mismos trozos desorganizados que si hubiera ocurrido algo semejante. Sencillamente decidí que no iba a permitir que las piedras interfirieran en que Dios me sirviera y me utilizara. Siempre me ha parecido que las cosas rotan, al igual que las personas rotas, se utilizan más. Esto se debe, probablemente, a que Dios tiene más piezas con las que puede trabajar.

He intentado construir unas cuantas cosas en mi vida. Tomé lo que me parecían buenas ideas, las amontonó ordenadamente sobre las columnas, las puse sobre mi carrito y lo hice rodar. También tropecé con mi porción de piedras y estas se encargaron de lanzar por los aires partes de mis sueños. A pesar de todo, Jesús sigue escogiendo a gente rota y estrellas contra el suelo, no solo como seguidores sino como participantes. Definió como sus manos a personas como yo, que ni siquiera saben dilucidar por qué extremo abrir una bolsa de plástico; como sus pies, a gente que viaja todos los días; y como quienes edificarán un reino a aquellos que ni siquiera tienen idea de cómo apretar un tornillo o apilar un pastel. Entonces, si estamos dispuestos, nos sirve… con nuestras piedras, pequeños trozos de asfalto y todo lo demás.

Por Bob Goff
Tomado del libro: El amor hace
Grupo Nelson

El Amor Hace

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*