El desequilibrio del “reunionismo”

Cuando nos confundimos y mezclamos las prioridades

Crecí escuchando que si uno iba a todas las reuniones de la iglesia era una persona fiel. Según ese parámetro se podría clasificar a los miembros de una congregación de la siguiente manera: los que son fieles, los que son más o menos fieles y lo que directamente no son fieles. Esta forma de analizar la espiritualidad de las personas se ha ido transmitiendo generacionalmente, y hoy muchos de quienes sostienen y aplican esta visión de las cosas son pastores o líderes con buenas intenciones pero que lamentablemente no se han detenido a meditar en esto a la luz de La Biblia. Si bien la asistencia al templo es un indicador a tener muy en cuenta a la hora de considerar el involucramiento de alguien, muchos grupos cristianos siguen cayendo en esta peligrosa e injusta evaluación que no tiene ningún apoyo bíblico sustentable.

Antes de seguir adelante, siento necesario aclarar que soy un defensor de la iglesia local y de la participación activa en ella. No tengo dudas de que esto forma parte de lo que Dios ideó para nosotros y constituye además una necesidad para todos los que queremos crecer en sus caminos. Pero me parece sumamente constructivo que analicemos este riesgoso concepto tan arraigado en el día a día de nuestras comunidades de fe.

¿Distorsión?

Algo que me entristece al recorrer muchas iglesias es escuchar desde sus púlpitos el exagerado nivel de prioridad que se le da a la presencia en los cultos. Parecen dar a entender que el mandamiento más importante es el de ir a la iglesia. Hablando con algunos pastores, ellos jamás se animarían a expresar una afirmación como esta que contradiga tanto lo dicho por Jesús, pero basta con escuchar sermones, anuncios, motivaciones u oír el análisis que hacen de su congregación para comprobar que lo que realmente más les importa acerca de sus ovejas es que asistan.

Este desequilibrio hace que el culto se ponga tan por encima del resto de las cosas, que sin notarlo a veces puede pasar a ser más importante que aquel mismo a quien debemos rendirle culto, ya que a las claras se convierte en el centro alrededor del cual gira toda la razón de ser de la iglesia.

¿Qué dice La Biblia?

Esta equivalencia entre fidelidad y asistencia a las reuniones no tiene ningún asidero con La Palabra de Dios. El versículo dice:“No dejemos de congregarnos, como tienen por costumbre algunos…” (Hebreos 10:25). Ahora, habría que definir qué es exactamente dejar de congregarse y en qué punto estamos en condiciones de afirmar que esto se ha vuelto una costumbre. Seguramente esto será una materia opinable, pero de ninguna manera este solo versículo es excusa para elevar la necesidad de congregarse al desmedido rango de mandamiento número uno.

Presionados y confundidos por la enseñanza que reciben, muchos cristianos terminan teniendo actitudes descorteses y ofensivas con sus familiares y amigos que no comparten la práctica de su fe, despreciándolos y dándoles la espalda. Todo por ir y cumplir con la asistencia a una reunión. ¿Eso es necesariamente tener a Dios primero?

De ninguna manera propongo no ir más a la iglesia, hacerlo de vez en cuando o cambiarla por cualquier otro programa que surja. Debemos ser constantes porque esa es la verdadera manera de aprovechar las bendiciones de compartir una comunidad. Pero si en alguna ocasión entendemos que Dios nos va a usar en una forma interesante en un lugar y un momento determinado, aunque simultáneamente haya una reunión, deberíamos respetar la guía de Dios sin pensar necesariamente que descenderemos varios escalones espirituales en una sola noche por el solo hecho de que nuestra silla esté vacía en la iglesia en un culto.

Si guiamos espiritualmente a personas sería muy sano que no caigamos en el error facilista de pensar que los que vienen a las reuniones son los que están bien, y los que no lo hacen están mal interiormente.

Un enemigo de la vida familiar

He oído a muchos enseñar que en lo más alto de la escala de prioridades de un cristiano, los primeros puestos deben ser: 1). Dios, 2). Familia, 3). Iglesia o servicio. Yo me adhiero a ese orden. El gran problema que observo es la enorme confusión que, a la hora de decisiones, existe entre “Dios” e “iglesia”. Que Dios está primero no hay ninguna duda, pero cuando mal entendemos que cualquier cosa referida a la iglesia o al ministerio en el que servimos tiene la misma prioridad que Dios, es cuando nos equivocamos y comenzamos a relegar a la familia. Mi iglesia local no es Dios. Las reuniones no son Dios. El hecho de que me inviten a servir o a participar de algo espiritual, en sí no convierte a esas cosas en Dios. Con cuánta tristeza vemos cantidades de familias y matrimonios desechos porque la cabeza del hogar falló. Era una persona entregada a Dios y dispuesto a renunciar a todo por él, pero lamentablemente se confundió y se empezó a entregar a cuanta reunión y actividad había, pensando que así agradaba más a aquel que era la prioridad en su vida.

Encuentro suficientes pasajes y mandamientos en Las Escrituras acerca de ser un buen marido de mi esposa y buen padre de mis hijos, como para ocuparme bastante de eso. Busco un solo atisbo, o al menos una insinuación de que Dios me pida en La Biblia que todos los días de la semana tengo que tener una reunión, y no lo encuentro. Además, habría una contradicción en sus mandamientos porque, ¿qué clase de padre y esposo sería si no estuviera nunca en casa? Y para los que creen que lo mejor que puede pasarles a nuestros hijos es vernos pasar de largo camino a una reunión, porque así ellos entenderás el valor del servicio y la fidelidad, les digo que están muy errados. A ellos no les alcanza con que la gente de la iglesia los felicite por el padre que tienen, ni con ver que papá predica, toca o canta bien en la reunión. Ellos necesitan crecer al lado de alguien que les dé una muestra de cómo es el Padre celestial. Ellos necesitan ver a Jesús en la vida de su papá y no lo captarán sentados en la iglesia. Necesitan jugar juntos, reírse, contarse cosas, llorar, compartir salidas, paseos, charlas y momentos netamente espirituales también.

Por más buenas personas que podamos llegar a ser, si pasamos más tiempo en reuniones que con nuestros hijos, ellos no solamente sufrirán el dolor y las consecuencias de esa ausencia, sino que también les daremos un pésimo antecedente para su futura relación con Dios, ya que ellos serás testigos de las inevitables discusiones entre un padre que tiene tiempo para los demás, y una madre postergada y no tenida en cuenta en la agenda de su marido “fiel” (fiel a Dios y a la iglesia, pero que no le presta atención a su esposa). Crecerán yendo a la iglesia por obligación, porque ese sistema que les ha robado a su papá encima exige que toda la familia salga bien en la foto; es decir, hay que conservar la imagen sin importar el clima que se vive en casa.

Con los niveles de autenticidad que hoy manejan los adolescentes y la creciente fobia que sienten hacia la hipocresía, tenemos que saber que si esa fuera nuestra realidad, nuestros hijos, antes de que nos demos cuenta, no encontrarán razón alguna para permanecer en la iglesia, y probablemente se dará un desenlace doloroso pero cada vez más común: jóvenes que no quieren saber nada de Dios porque no quieren el cristianismo que vieron a través de actitudes y decisiones equivocadas tomadas por un padre que, entre tanto amor a Dios y deseo de servirle, se confundió enredado en su religión y terminó vendiendo carísimo a su familia, por algo que en realidad Dios nunca le había pedido.

Por Fernando Altare
Tomado del libro: Ninguna religión
Vida

Ninguna Religion

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