Y entonces miramos a la cruz

Abrazar el Evangelio de la gracia

Por Evangelina Daldi

No sé si alguna vez alguien se atreva a decirlo o reconocerlo pero en el interior mucho pensamos que la vida cristiana, aquella que vida ha decidido seguir a Cristo es muy difícil, es muy sacrificada y hasta en algún punto es anti natural.

Y puede ser que así sea. Sentimos que siempre vamos en contra de la corriente. Sentimos que somos ese grupo de gente fanática que debe amar a todos, perdonar a todos, aguantar todo, poner la otra mejilla, estar gozoso en medio de las peores cosas, confiando en que siempre todo va a estar bien… para mucho, una locura.

Y cuando logramos hacer todo esto, si es que algún día lo logramos, nos frustramos al ver que las cosas no salen como esperamos. Creemos que al ver nuestra obediencia Dios automáticamente nos bendice y nos concede los deseo más profundos de nuestro corazón. Pensamos que al darlo todo, casi como por arte de magia los milagros comienzan a ocurrir en nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra familia, en todo nuestro alrededor. Creemos que al hacer nuestra parte “Dios hará la suya”… todas esas frases que escuchamos desde que nos acercamos a la vida cristiana en comunidad.

Con los años nos damos cuenta de que estas cosas no siempre se dan. No siempre pasa. Y a veces el caminar con el Señor se nos hace cuesta arriba.

Y entre todo ese esfuerzo humano más allá de nuestros límites, está la cruz. Jesús hace que miremos hacia la cruz. Y ahí nuestra mente y nuestro corazón entra en sintonía con el cielo, y todas esas estructuras que tenemos, todas las quejas que no nos animamos a pronunciar, todas esas dudas que tenemos a expresar porque “los cristianos no pueden dudar de nada”, se caen. Todo se cae. Y nuestro corazón entra en refrigerio. Ese que solo nuestro Salvador puede darnos.

Miramos a la cruz y vemos que a pesar de todo, nunca va a alcanzar nada de lo que podamos hacer. Pero eso tampoco nos importa, porque a los pies de la cruz entendemos que nunca nada de lo que hagamos hará que seamos “más salvos”, nada hará que el Padre “nos ame más ¾o menos¾”. La vida eterna no pasa por quién se la merezca, no pasa por cuán buenos cristianos seamos, no pasa por cuántas “almas” ganemos para Cristo, no pasa por quién peque menos. La vida cristiana lejos está de eso. Jesús está lejos de eso. El sacrificio ya fue hecho. La cruz ya fue cubierta de sangre. Y el Señor sabía lo que pasaría. Sabía que fracasaríamos. Sabía que lo negaríamos. Sabía que pecaríamos. Que lo íbamos a rechazar. Sabía de cada una de nuestras miserias. Sabía de cada una de nuestras fachadas. Y aún así decidió venir igual. Se sacrificó por nosotros. Sin importante nada más. Y lo hizo por amor, puro amor. Y eso también puede ser una frase evangélica armada. Pero no lo es.

Ese amor es el que nos llama una y otra vez. El que nos perdona una y otra vez. El que nos viste de ropas finas. El que nos corona. El que nos da esa paz incomprensible. El que está inconmovible pesa a las peores atrocidades humanas. Es esa clase de amor. Es esa clase de Salvador. Es Jesús.

Entonces, pensar en la vida cristiana, debería ser otra cosa de lo que es. Debería ser la decisión de cada uno de nosotros sobre cómo responder a ese amor. No hay reglas. No hay legalismo. Hay libertad. Hay decisión propia. ¿Cómo queremos responderle al Señor? ¿Qué siente nuestro corazón que quiere hacer? ¿Cómo queremos realmente vivir al mirar esa cruz?

Esas son respuestas íntimas. Personales. Entran en el ámbito de la individualidad. Y será tarea de cada uno responderla.

Lo que sí podemos hacer juntos es agradecerle al Señor. “Gracias Jesucristo. Como pecadores que fuimos salvos nos postramos y te adoramos. Nos arrepentimos de corazón, y lo hacemos no para ganarnos el perdón; sino que lo hacemos porque hemos sido perdonados. Es una expresión sincera de gratitud, no es nuestro esfuerzo por ganar el perdón. Te adoramos por tal gracia, por tal Evangelio, te damos gracias por tu persona que fue lo mejor que pudo pasarnos”.

 ¡Felices Pascuas!
Evangelina Daldi
redacción@peniel.com

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