Organicemos fiestas

Esa debe ser también nuestra tarea

Por John Ortberg

A las tres de la mañana entré en un local para cenar. Los únicos clientes que estaban allí eran un grupo de prostitutas que habían terminado su noche, de las cuales una ¾Agnes¾ mencionó que al día siguiente cumpliría años y que jamás en la vida había tenido una fiesta de cumpleaños.

Cuando se fueron, Harry, el del bar, me dijo que todas las noches venían su local. Le pregunté si podía volver a la noche siguiente para dar una fiesta. Y Harry dijo que podía hacerlo.

A las 2:30 de la mañana siguiente estaba de regreso. Había hecho un cartel que decía: “¡Feliz cumpleaños, Agnes!”. Para las 3:15 todas las prostitutas de la ciudad ya habían llegado. El lugar estaba lleno de prostitutas, y allí estaba yo también.

A las 3:30 se abrió la puerta y entró Agnes, y todos gritamos: “¡Feliz cumpleaños!”. Jamás vi tal impacto en una persona. Cuando terminamos de cantar, se le humedecieron los ojos, y cuando trajimos la torta, Agnes comenzó a llorar.

El rudo Harry murmuró:

—Corta la torta, Agnes. Queremos comerla.

—Oye, Harry, si no les molesta, ¿puedo quedármela durante un tiempo?

—Claro que sí. Llévatela a casa si quieres

Agnes cargó la torta en los brazos con tanto cuidado, como si fuera el Santo Grial. Allí estábamos como estatuas, en silencio. Nadie sabía qué hacer, así que dije: “¿Qué les parece si oramos?”.

Ahora que lo miro en retrospectiva, es de lo más extraño que un sociólogo lidere una reunión de oración con un grupo de prostitutas en un local a las 3:30 de la mañana. Sin embargo, en ese momento parecía que era lo mejor que podíamos hacer. Oré por Agnes: por su salvación y porque su vida cambiara. Porque Dios fuera bueno con ella.

Cuando terminé, Harry dijo:

—Oye, nunca me dijiste que eras predicador. ¿A qué tipo de iglesia perteneces?

—A una iglesia que da fiestas de cumpleaños a las 3:30 de la mañana— respondí.

Harry hizo una pausa y luego dijo:

—No. No es cierto. No hay iglesias así. Si las hubiera, yo sería una de los de su congregación.

¿No es verdad esto en la mayoría de los casos? ¿No nos gustaría a todos que hubiera una iglesia como esa? Este es el tipo de iglesia que vino a crear Jesús. No sé de dónde sacamos esa otra iglesia tan pacata y correcta. Y sin embargo, cualquiera que lea el Nuevo Testamento sabe que Jesús disfrutaba de derramar su gracia sobre los marginados, los oprimidos, los descartados. Los pecadores le amaban porque él iba de fiesta con ellos.

Esta historia ilustra cómo se supone que debe ser la Iglesia. Un grupo de muñecas de trapo que han recibido amor aunque saben que no lo merecen, y que luego lo extienden a otras porque se niegan a permitir que lo andrajoso de su aspecto impida que sean amadas. Porque el amor es la firma de Dios. Y la gracia hace que el amor se fortalezca.

La gracia es la única cosa que la Iglesia tiene para ofrecer que no puede encontrarse en ningún otro lado. El amor de Dios siempre es un amor lleno de gracia.

Por gracia somos vueltos a la vida. Ahora estás vivo para Dios. Tienes fuerza para soportar, poder para servir, una razón para tener esperanza. La muerte en sí misma no tiene potestad sobre ti. Este es el milagro de la gracia.

Por gracia somos perdonados. Dios tomó nuestras deudas y nuestra culpa y las clavó en la cruz. Borro la cuenta, destruyó el pagaré, y te dio la libertad. Sin cargas. Limpio. Puedes vivir con el corazón liviano como una pluma. Hoy… no importa qué hayas hecho ayer. Este es el milagro de la gracia.

Por John Ortberg
Tomado del libro: Vivamos divinamente la vida
Vida

Vivamos Divinamente la Vida

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