No hay cosecha sin lágrimas

Con el mismo sentir de nuestro Señor

Por Esteban Hill

Un adolescente que había estado involucrado en una secta derramaba lágrimas de gozo al encontrar a su verdadero Salvador. Los estudiantes de la preparatoria llegaban por docenas, y se quedaban allí durante horas. Más de doscientos jóvenes fueron salvos ese día. Una mujer de negocios aceptó al Señor y corrió a buscar a sus amigas. Ellas también aceptaron a Cristo. Otros testificaban diciendo que habían tratado de dejar la plaza pero no podían hacerlo porque algo los atraía. Encuentros de negocios cancelados, almuerzos olvidados y planes cambiados.

No había grandes atracciones en esa reunión en la plaza de una ciudad cualquiera. Nuestro equipo se mezcló con la gente mientras se escuchaba una suave música de adoración. ¿Cuál fue el resultado? Jamás he llevado tantas personas a Cristo, de a uno por vez, durante un período de tiempo tan breve. Todos llorábamos. El pasaje de Las Escrituras sonaba tan real: El que llorando esparce la semilla,
cantando recoge sus gavillas (Salmo 126:6).

Poco antes, Dios me había hecho atravesar uno de los períodos más duros de mi vida. Alguien dijo alguna vez: “Dios puede arrastrarte a través de cualquier situación, si soportas los tirones”. Las lluvias del cielo que yo experimentaba ahora habían llegado después de una hambruna amarga y prolongada.

Varios años antes, en el pico de una sequía espiritual personal, el Señor comenzó a trabajar intensamente en mí en relación a un aspecto en particular: las lágrimas. Yo había trabajado fielmente en los campos, en Argentina. Estábamos subidos a la ola de un gran avivamiento. Entonces fue cuando el Señor comenzó a examinar profundamente mi corazón y me llevó a esconderme en mi lugar secreto para pasar tiempo con Él.

En su presencia, primero me llevó a la cruz y me dio tiempo para que volviera a subir a ella. Desde la cruz tomamos una perspectiva totalmente distinta. Clavados, sin poder movernos, desprovistos de toda energía física, estamos indefensos. Desde la cruz comencé a ver la humanidad perdida a través de los ojos de Cristo. Estando suspendido entre el cielo y la tierra, la eternidad se ve más claramente. Vemos la vasta separación entre Dios y el hombre. Vemos ovejas perdidas, hambrientas, sin pastor.

La verdadera compasión proviene de una profunda comprensión de la imagen completa. Lo vi más claramente: Él es la única esperanza. Cuanto más estudiaba a Cristo, hablaba con Él, lo adoraba y leía sobre las experiencias de otros hombres con Él, más claro parecía todo. Mis lágrimas caían libremente mientras Jesucristo me revelaba su único deseo para mí: que lo conociera, que estuviera con Él. Yo sentía que las lágrimas limpiaban mis ojos espirituales. Durante meses cayeron lágrimas.

Clamar a Dios con lágrimas santas tiene la propiedad de limpiar nuestros ojos espirituales. Así como una lágrima física limpia el ojo físico de cualquier sustancia, así las lágrimas espirituales nos limpian de impurezas espirituales.

Mi hambruna personal me produjo un intenso deseo de algo genuino. Yo quería ver a los pecadores acercarse al Señor solo por haber sentido su presencia. Deseaba sentir el dolor, confrontar la necesidad y ver lágrimas de arrepentimiento. Y Él respondió mi oración. Ese día, en plaza, fue un ejemplo.

La Palabra de Dios era predicada en un desierto seco y estéril. Las luchas de la vida cotidiana, la falta de liderazgo espiritual y miles de otros problemas han dejado sin fruto los secos corazones de las multitudes. Pero tus lágrimas caerán en el suelo resquebrajado y duro de los corazones de las personas, preparando el camino para la semilla de vida de su Palabra. La humedad de una lágrima del cielo es la lluvia enviada por Dios a los que son espiritualmente estériles. Matthew Henry lleva la analogía de la siembra un paso más allá: “Hay lágrimas que son, en sí mismas, la semilla que debemos sembrar; lágrimas de arrepentimiento por el pecado, nuestro y de los otros; lágrimas de compasión por la Iglesia afligida; lágrimas de ternura en oración y bajo La Palabra”.

Como sembrados de la preciosa semilla, primero observo bien el suelo, y el Señor siempre es fiel para revelarme su carácter. Luego, mientras predico, las reacciones de los rostros muchas veces revelan la condición del corazón. Pero a los pocos minutos de predicar en lágrimas, gran parte del suelo comienza a humedecerse. Los nutrientes enviados desde el cielo comienzan a caer dando esperanza nueva a la tierra estéril. Un bloque de incredulidad se disuelve en la presencia del Señor. Ahora llega el momento de trabajar la tierra, removiendo la costra del pecado. Caen mis lágrimas, mojando la tierra desierta. Poco después aparece el arado del Evangelio. Se cavan surcos y se echa en ellos la preciosa semilla. Luego es colocada en las manos del Salvador. A menos que el grano de trigo caiga a la tierra y muera, no puede llevar fruto.

Yo había aprendido que la palabra compasión significa “sufrir juntos”. Alguien ha dicho que la empatía es sentir tu dolor en mi corazón. Quizás no conozcamos sus nombres, pero podemos sentir su dolor. Y la siembra y la cosecha continúan. Las lágrimas empapan los corazones endurecidos de las personas cuando estas escuchan a alguien que se interesa de verdad. Lo que podrían haber parecido palabras duras para algunos, traen sanidad a los huesos de otros.

Para llorar por los campos debemos aprender a mirar más allá de las fachadas. Debemos recordar la capa superficial del terreno de las vidas. Watson, un gran predicador de la santidad comprendía el problema: “Ningún pecador llorará si le presentamos fría y formalmente sus pecados. La denuncia del pecado jamás logra producir lágrimas de arrepentimiento. Es solo cuando los pecados se ven a la suave y cálida luz del amor y la compasión infinitos que el corazón se quebranta y fluyen las lágrimas. El agua puede estar encerrada en el hielo, pero no se la puede beber hasta que se haya derretido, y es necesario el calor del más tierno amor para producir aguas de arrepentimiento”.

Debemos hacer un contacto compasivo con nuestros ojos. Las personas no solo deben escuchar nuestros sermones, sino verlos correr por nuestras mejillas. Se dijo de D.L. Moody que nunca se refería al infierno sin lágrimas. Él comprendía el lenguaje de las lágrimas. Nuestro llanto en el lugar secreto de oración debe transportarnos en un río de lágrima al llanto de los perdidos.

Por Esteban Hill
Tomado del libro: Con lágrimas en los ojos
Peniel

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