“Jesús, queremos seguirte a cualquier costo”

Cristianos que también son discípulos del Señor

Por Dallas Willard

Hay muchas personas que querrían ser constantes aprendices y colaboradores de Jesús en todos los detalles de su vida. Muchos son cristianos profesos, y otros no. Pero, en todo caso, vivir como aprendiz de Jesús por lo general no parece algo que se les presente como accesible. No es de extrañar, entonces, que no veamos pasos prácticos y experimentales. Es que no entienden, en realidad, lo que es ser discípulos de Jesús y por eso todo queda nada más que en un bello y distante ideal.

Hoy suele reconocerse que uno puede ser cristiano profeso y miembro de una iglesia, reconocido, sin ser discípulo. Aparentemente, no hay conexión real entre ser cristiano y ser discípulo de Jesús. Y eso acaso resulte un tanto confuso a la persona que quisiera ser discípula. Porque ¿qué es exactamente lo que haría quien no quisiera entrar en el servicio cristiano a tiempo completo, pero sí ser discípulo?

Creo que podemos identificar determinados pasos que demostrarán ser efectivos. Pero antes de analizarlos, necesitamos dejar en claro cuál es nuestro objetivo. Porque ser discípulo de Jesús es estar con Jesús, aprender a ser como Él, y entonces tenemos que preguntarnos cuál es el estado del alma que nos llevaría a decidir tal condición, cuál será el pensamiento, la convicción acerca de la realidad, que llevarían a alguien a decidir ser discípulo de Jesús.

Es obvio que tendría que sentir gran admiración y amor, creyendo realmente que Jesús es la persona más magnífica que haya vivido jamás. Uno estaría seguro de que pertenecerle, y ser llevado a lo que Él está haciendo en el mundo para que esto se convierta en la vida que vivimos es la oportunidad más grande que podríamos tener.

El campo y la perla

Jesús nos dio dos parábolas para ilustrar la condición del alma que nos lleva a convertirnos en discípulos. En realidad, es una condición que entendemos todos muy bien, a partir de nuestras propias experiencias. De modo que estas parábolas ilustran también lo que quería decir con que el «escriba» del Reino enseña a partir de las cosas comunes de la vida, «cosas viejas y nuevas».

Primero dijo: «El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (Mateo 13:44).

Y en segundo lugar, dijo: «El reino de los cielos también es semejante a un mercader que busca perlas finas, y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró» (13:45–46).

Estas breves historias expresan a la perfección la condición del alma de quien decide la vida en el Reino con Jesús. El sentido de la bondad que se alcanza con esa decisión, de la oportunidad que se podría perder, el amor por el valor que se descubre, el entusiasmo y gozo por todo ello es exactamente el mismo que tuvieron los que se sintieron atraídos hacia Jesús en esos días hace ya tanto tiempo, cuando Él estaba entre nosotros. También es la condición del alma desde la cual puede decidirse que uno quiere ser discípulo, en nuestros días.

Las cuentas, claras

Solo con tales imágenes ante nuestros ojos podemos evaluar de manera correcta el famoso «costo del discipulado» del que tanto se habla. ¿Piensa usted que el mercader que encontró la perla transpiraba por su costo? ¡Qué pregunta ridícula! ¿Y qué del que halló el tesoro en el campo, tal vez petróleo u oro? No. Claro que no. Por lo único que transpiraban estas personas era ante la duda de si conseguirían el «negocio». Ahora, esa es el alma del discípulo.

Nadie va con tristeza por allí, lamentando ser discípulo de Jesús. Como dijo Él: «Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios» (Lucas 9:62). Nadie lamenta el costo. Porque entiende la oportunidad. Y una de las cosas que más han obstruido el camino del discipulado en nuestra cultura cristiana de hoy es esta idea de que será una cosa terriblemente difícil que con seguridad nos arruinará la vida. En círculos cristianos hay una historia que se repite y es muy conocida, sobre los que se negaron a entregar su vida a Dios por temor de que Él los enviara a África como misioneros. Y es este el meollo de las enseñanzas mal interpretadas de Lucas 14. Allí, es famoso lo que dijo Jesús, en cuanto a «odiar» a todos los miembros de la familia, tomar la cruz y abandonar todo lo que se posee, porque de otro modo «no pueden ser discípulos» suyos. Lo que dice este pasaje es que, mientras uno piense que cualquier otra cosa podría ser más valiosa que la comunión con Jesús en su Reino, uno no podrá aprender de Él. Los que no han entendido los hechos básicos de su vida, por eso no harán lo que les posibilita el aprendizaje de Jesús, y jamás serán capaces de entender los puntos básicos de las lecciones que hay que aprender.

Es como si un maestro de matemáticas en la secundaria le dijera a un alumno: «De cierto te digo que si no puedes con los decimales y fracciones, no podrás ser sabio en álgebra». No es que el maestro no le va a permitir que haga álgebra porque es mala persona. Es que no se puede con álgebra básica si uno no domina los decimales y las fracciones.

Por eso, pensar en el costo no implica llorar y gemir: «¡Oh, qué terrible que tenga que valorar menos todas mis cosas maravillosas (que quizá ya estén quitándole esperanzas a su vida, de todos modos) si quiero vivir en el Reino! ¡Qué terrible tener que estar preparado para abandonarlas si se me pidiera!». Contar el costo es llevarnos al punto de decisión con toda claridad. Es ayudarnos a ver.

Contar el costo es, precisamente, lo que hicieron el hombre de la perla y el del tesoro escondido. De allí surgió su decisión y su gozo. El resultado de contar el costo es la decisión y el gozo.

Este pasaje de Lucas, en realidad, busca aclarar. No habla de miseria ni de un precio increíblemente terrible que hay que pagar para ser aprendiz de Jesús. No hay tal cosa como un precio terrible para la perla en cuestión. El sufrimiento para Él es algo que, en realidad, nos hace sentir gozosos de que se nos considere dignos (Hechos 5:41; Filipenses 1:29). Aquí, la enseñanza es, sencillamente, que a menos que veamos con claridad lo superior que es lo que recibimos como alumnos suyos, en comparación con cualquier otra cosa que pudiéramos valorar, no lograremos ser discípulos suyos. Porque no seremos capaces de hacer lo que se requiere para aprender sus lecciones y para entrar en lo más profundo de una vida que se vive en su Reino.

«¿Me amas más que estos?»

La misma lección, con un trasfondo diferente, aparece en el último capítulo de Juan, donde Jesús trabaja con su escogido, su mano derecha, Simón Pedro. Este había tenido un terrible y difícil momento en cuanto a su lealtad, como ya sabemos. Pero Jesús conocía a este hombre. Ya hemos visto cómo oró por él, para que su fe no desapareciera. Y no desapareció. Sin embargo, Pedro necesitaba madurar en claridad acerca de dónde se hallaba de veras.

Jesús, entonces, utiliza un juego de palabras que traducimos como «amor» solo para que Pedro pudiera entender con claridad. Después de desayunar a la orilla del mar, Jesús le dice: «Pedro, ¿me amas más que estos?». Tal vez estuviera señalando la barca y las redes de pesca, medio de vida de Pedro, o quizás a sus colegas, amigos o familia que estaban allí. Y utiliza agapas, que indica el tipo de amor supremo. Pedro responde: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Pero en su respuesta, utiliza la palabra philo, es decir, el amor de amigo a amigo. Jesús le dice, entonces: «Alimenta a mis ovejas» (Juan 21:15).

Se repite el mismo intercambio (v. 16), excepto que ahora Jesús dice: «Apacienta a mis ovejas». No es una pérdida de tiempo y saliva. Hay que entender que Jesús está enseñando, llevando a su alumno a la claridad y a la decisión que se basa en esa claridad. La repetición y las palabras cambiadas son una forma de lograr un impacto más profundo.

Por tercera vez, Jesús pregunta: «¿Me amas?». Pero esta vez, Él también cambia la palabra y usa philo. Es decir que acepta el nivel en que se hallaba Pedro. Sin embargo, a Pedro le apena que siguiera preguntándole, y tal vez también le causara tristeza su falta de ágape. Y responde: «Señor, tú lo sabes todo y sabes que te amo [philo]» (v. 17). Reconoció con tristeza que Jesús sabía exactamente cuál era el nivel y la calidad de su amor.

Aun así, Jesús le encarga la responsabilidad de alimentar a sus ovejas. Y luego le explica que su llamamiento significaría la muerte por crucifixión en su vejez. Pedro, entonces, tenía que tomar una decisión. La tomó, y nunca más miró hacia atrás. Abrazó el tesoro y entendió el increíble valor que estaba obteniendo, con crucifixión y todo. Vivió su vida «creyendo en Él, regocijándose grandemente y con inefable gozo y lleno de gloria» (1 Pedro 1:8). Así, Pedro entendió que era esa la condición natural del alma del discípulo, aunque por experiencia sabía ya que no es una condición a la que se llega rápido ni con facilidad.

Lo que debiéramos hacer

Ahora, ya aclarada la condición del alma que lleva a la decisión de ser discípulos, ¿cuáles son los pasos prácticos que hemos de dar para traer ante nosotros con potencia la gozosa visión del Reino? Cierto es que esa visión puede llegarnos por iniciativa de Dios, a través de experiencias que pueda presentarnos. De hecho, siempre estará la iniciativa de Dios, porque ver a Jesús en su belleza y bondad, siempre es un don de gracia. Y luego, claro está, también estará el papel que desempeñen otras personas. Pero son factores sobre los que no tenemos control directo. Lo que queremos saber es qué podemos hacer si sospechamos que lo mejor sería ser aprendices de Jesús. ¿Cómo llegar a admirar a Jesús lo suficiente como para «vender todo lo que tenemos y comprar la perla de gran valor», con gozo y entusiasmo?

Pedir

Lo primero que deberíamos hacer es expresar enfática y reiteradamente a Jesús nuestro deseo de verlo más plenamente como en verdad es. Recordemos que la regla del Reino es pedir. Pedimos ver a Jesús, no solo como lo representan los evangelios, sino también tal como ha vivido y vive a lo largo de la historia y ahora, y en su realidad como aquel que literalmente mantiene y sostiene al universo en existencia. Por cierto, Él tomará nota de nuestro pedido, del mismo modo en que lo haría usted si alguien de su casa le pidiera algo.

Habitar, residir en sus palabras

En segundo lugar, hemos de usar todos los medios a nuestro alcance para poder verlo más plenamente. Podríamos mencionar aquí varias cosas, pero hay dos en particular que sintonizan con una de las declaraciones más conocidas de Jesús. En Juan 8, Jesús les dijo a los que estaban allí: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:31–32). Como lo muestra el contexto, está diciendo que seremos librados de todas las ataduras de la vida humana que trae el pecado y, en especial, de la de la religión que nos hace sentir superiores. Positivamente, esa libertad nos dará la vida en el Reino de Dios.

¿Qué significa «permanecer» en su Palabra? Significa que centramos la vida justamente en las cosas que hemos estado estudiando en este libro: su buena nueva del Reino entre nosotros, quién es el rico y quién no, y sobre la verdadera bondad del corazón y de cómo se expresa en la acción. Llenaremos nuestras almas con los evangelios escritos. Dedicaremos nuestra atención plenamente a estas enseñanzas, estudiando en privado o en grupo, y con preguntas. En cuanto a lo negativo, nos negaremos a dedicar espacio y energía mental a lo que no da frutos, incluso a las cosas que degradan y atontan, que de modo constante compiten por obtener nuestra atención. Solo las veremos con el fin de evitarlas.

Pero permanecer en su Palabra no es solo el intensivo y continuo estudio de los evangelios, que sí lo es, sino también poner en práctica lo que enseñan. Para permanecer en su Palabra, tenemos que conocer lo que nos dicen, conocerlo y saber lo que significa. Pero, en verdad, permanecemos en su Palabra cuando la ponemos en práctica. Claro que al principio lo haremos de manera muy imperfecta.

En ese punto, quizá, ni siquiera nos hayamos convertido en discípulos comprometidos. Más bien, estamos pensando en ser discípulos. Pero podemos contar con Jesús, sabiendo que Él vendrá a nosotros en nuestros esfuerzos imperfectos por poner su Palabra en acción. Allí donde está su Palabra, está Él. No deja que sus palabras queden solas en el mundo. Su amor y fuerza se revelarán

personalmente a los que sencillamente hacen el esfuerzo por hacer lo que indican sus palabras.

En estos esfuerzos por ver con más claridad a Jesús, no tenemos que ir de aquí para allá. Más bien, hay que tomarlo muy en serio. Busquemos una versión confiable y fácil de leer de los cuatro evangelios. Hay varias versiones, y si podemos planificar una semana en un confortable retiro o, al menos unos días, entonces podremos leer los cuatro evangelios varias veces, anotando cosas al margen y también nuestros pensamientos, a medida que avanzamos. Si a lo largo de varios días o semanas leyéramos los evangelios de principio a fin tantas veces como nos sea posible, de manera consecuente, con reposo y atención, esa sola cosa nos dará la capacidad de ver a Jesús con una claridad que hace posible la plena transición al discipulado. Podemos estar seguros de que Jesús vendrá a nuestro encuentro en esa transición y no nos dejará solos en esto, porque a Él le interesa mucho más de lo que podría interesarnos a nosotros. Él siempre ve con nitidez qué es lo que sucede. Nosotros, rara vez lo logramos.

Hay algunas cosas más que podemos hacer, que nos ayudarán a ser discípulos de Jesús. Entre ellas, el estudiar en serio las vidas de los que de veras han sido aprendices suyos. Muchas veces, su radiante reflejo en estas personas nos brinda impresiones brillantes y fuertes de su grandeza. Veamos a san Francisco, a John Wesley, David Brainerd, Albert Schweitzer, y a alguna de sus muchas y bien conocidas Teresas, por ejemplo, y veremos algo que eleva nuestra visión y esperanza hacia Jesús. Pero tenemos que asegurarnos de empapar nuestras almas con los evangelios antes de dedicarnos a estudiar las vidas de sus otros seguidores.

Tal vez, la escala es un poco más «humana» en estos grandes del camino, y nos será más fácil dar unos pocos pasos con ellos para luego caminar con más firmeza cuando la realidad del Reino venga a nuestro encuentro. El ver las vidas y las personalidades de los grandes discípulos siempre ha sido un factor muy potente en mi vida. En general, la compañía de sinceros alumnos o colaboradores de Jesús, vivos o «plenamente vivos», nos ayudará a llegar al lugar de efectiva intención y decisión para nuestras vidas. Es claro que tendremos que tratar de encontrar grupos de aprendices suyos para trabajar junto a ellos.

Ahora, la decisión: el poder de decidir y la intención

El paso final será la decisión de ser discípulo de Jesús. Al decidir esto, nos convertimos en estudiantes de Jesús para toda la vida. Cuando hemos alcanzado la claridad en cuanto a los costos —lo que ganamos y lo que perdemos al ser o no aprendices suyos—, es posible tomar una decisión efectiva. No es algo que sucederá por sí mismo. Tenemos que decidir. No hay corriente que nos lleve plácidamente al discipulado.

Puede parecer algo simple, pero hoy casi siempre se pasa por alto o se ignora, e incluso lo hacen algunos que creen tener serio interés en Jesús y su Reino. Pocas veces encuentro a alguien que ha decidido vivir como alumno de Jesús. Para la mayoría de los cristianos profesos, es algo que no se les ha presentado de manera patente en sus mentes. La confusión de hoy acerca de lo que significa, y el fracaso de líderes y maestros que no brindan instrucción al respecto y destacan el tema del discipulado hacen que sea casi inevitable. Pero en el último análisis, vemos que no logramos ser discípulos de Jesús, solo porque no hemos tomado la decisión. No tenemos intención de ser discípulos suyos. Falta el poder de decisión, la intención en nuestras vidas. Debiéramos convertirnos en aprendices de Jesús en un momento solemne, haciéndoles saber lo que hemos decidido a todos los que nos rodean.

En el segundo capítulo del libro de William Law, Llamamiento en serio a una vida devota y santa, el autor analiza la «razón por la cual en general los cristianos no viven la santidad y devoción del

cristianismo». Para ponernos en situación antes de responder a esta pregunta, presenta una pregunta paralela. La vulgaridad y los insultos en ese entonces eran característica prominente de la conducta masculina, incluso entre los cristianos profesos. Y pregunta: «¿Cómo puede ser que dos de cada tres hombres sean culpables de un pecado tan profano y asqueroso como este?». No es que no sepan que está mal, señala, ni que no puedan evitarlo.

La respuesta es que no tienen intención de agradar a Dios en este aspecto: “Porque que un hombre tenga tanta piedad como para tener intención de agradar a Dios en todas las acciones de su vida como la cosa más feliz y mejor en el mundo hará que nunca más use palabras soeces. Sería imposible que las dijera mientras alimenta en sí mismo la intención de agradar a Dios, así como es imposible que un hombre que quiere agradar a su príncipe vaya y lo insulte cara a cara”.

Es, pues, la simple carencia de esa intención de agradar a Dios —señala Law— lo que explica por qué “uno ve tal mezcla de pecado y necedad incluso en la vida de la mejor clase de gente […]. Era esta intención general lo que convertía a los primeros cristianos en ejemplos tan eminentes de piedad, lo que conformaba la comunión de los santos, el glorioso ejército de mártires y confesores. Y si allí nos detenemos y nos preguntamos por qué no somos tan piadosos como los primeros cristianos, nuestro corazón nos dirá que no es por ignorancia ni incapacidad, sino meramente porque jamás tuvimos seria intención de ser así”.

Ahora, tal vez ya no se acostumbre hablar con tanta franqueza y, al leer esto, quizás haya quien se ofenda. Pero, por otra parte, podría demostrar que en nuestras vidas habría un punto de inflexión si con ayuda de Law nos preguntamos si de veras tenemos intención de ser alumnos de Jesús toda la vida. ¿De verdad queremos hacerlo y ser todas esas cosas elevadas que profesamos creer? ¿Hemos decidido hacerlas? ¿Cuándo lo decidimos? ¿Y cómo implementamos esa decisión? La intención y la decisión son fundamentales en esta cuestión de ser aprendices de Jesús.

El único camino por delante

En términos prácticos, las ideas que aquí cubrimos se cuentan entre las más importantes en términos del futuro del Pueblo de Jesús en la Tierra, y de la Tierra toda. Si no podemos avanzar hacia una nueva visión de la fe y el discipulado, el verdadero significado y poder del Evangelio del Reino de Dios jamás podrá abrirse paso por sí mismo. Porque lo derrotará constantemente la idea de que se trata de algo irreal en la fe en Jesucristo, y la Iglesia permanecerá en el mortal abrazo del cristianismo de consumo.

Los propósitos de Dios en la historia humana, llegado el caso, se concretarán, por supuesto. La divina conspiración no será derrotada. Pero habrá millones y millones de seres humanos que vivirán una existencia fútil y defectuosa, algo que Dios jamás tuvo intención de que ocurriera.

La carga principal del trabajo de hacer discípulos, sin duda, les corresponde a los que lideran y enseñan, desde el lugar en que estén, dentro de nuestras iglesias y en la sociedad en general. Nosotros, en especial, tenemos que preguntarnos si con toda sinceridad la información que ofrecemos y la vida que vivimos son las mismas que aquellas con las que entramos en el mundo con Jesús, las que a través de sus alumnos produjeron la Iglesia histórica y la forma cristiana de civilización que se desarrolló en torno a ella. Si no podemos decir con sinceridad que así es, entonces tenemos que volver a nuestras fuentes en el Evangelio de Jesús y en el Reino, al discipulado y a hacer discípulos tal como los conocemos en su mejor forma, en la historia.

Por Dallas Willard
Tomado del libro: La divina conspiración
Peniel

La Divina Conspiracion

1 comentario en “Jesús, queremos seguirte a cualquier costo”

  1. Textualemtne dice Dallas Willard ….. La confusión de hoy acerca de lo que significa, y el fracaso de líderes y maestros que no brindan instrucción al respecto y destacan .
    Cuando una persona toma la decición de seguir a Cristo , seguro que la iglecia lo hará relacionar con el sistema , son el circuito , con los ejercicios de esa religión y a través de ese vidrio empañado , por ” sus maestros ” verá a Jesús .Pero siempre se relacionará ” a través de …” ese es otro error en la eseñanza .
    ¿ No nos recuerda a los fariseos ? ¿ que hasta el sentido común habían perdido por sus reglas , ejercicios y formatos ?
    Quería manifestar , esto … no sospechar en la sana intención de alguien en seguir a Jesús …sino en la capacidad de un maestro que lo señale a Jeús , y le indique al discipulo como seguirle .

    abrazo

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