“Dame hijos, si no me los das ¡me muero!”

Nuestro clamor debe escucharse más fuerte que nunca

Por Leonard Ravenhill

El avivamiento es imperativo porque las compuertas del infierno se han abierto sobre esta generación perdida. Necesitamos y decimos que queremos un avivamiento. Sin embargo, los cristianos superficiales de hoy quisieran el cielo abierto y el avivamiento servido como por una máquina expendedora de gaseosas. Pero Dios no ha mecanizado su glorioso poder para ajustarlo al ritmo de nuestra maquinaria religiosa.

“Deseamos que venga el avivamiento sobre nosotros como vino en las islas Hébridas”, dijo recientemente un pastor. Pero hermanos, el avivamiento no vino a ese lugar solo por desearlo. Los cielos fueron abiertos y el gran poder de Dios sacudió las islas porque “frágiles hijos del polvo santificaron un ayuno y convocaron a solemne asamblea” y esperaron con lágrimas, cansados y con dolores de parto delante del trono del Dios viviente. Esa visitación llegó porque Aquel que buscó una virgen para engendrar a su Hijo amado, halló en aquellas almas de visión y pasión ardiente, un Pueblo de pureza virginal. Tenían solamente un motivo para orar. Ninguna petición fue enturbiada por la necesidad de salvar las apariencias de alguna denominación decadente. Su ojo era sencillo al buscar la gloria de Dios. No tenían celos de otro grupo que los estuviera sobrepasando en crecimiento, sino tenía celo por el Señor de los ejércitos, cuya gloria estaba en el polvo.

Sería tan lógico tener nacimientos espirituales en la condición en que se encuentran algunas iglesias, como lo sería poner un recién nacido en un congelador. El nacimiento de un hijo en lo natural es precedido por meses de carga y días de dolor. Así también es el nacimiento de un hijo espiritual. Jesús oró por su Iglesia, pero para lograr su nacimiento espiritual se entregó a la muerte. Pablo oraba “noche y día con gran insistencia” por la Iglesia; más aún, sufría dolores de parto por los pecadores. Fue cuando Sión estuvo de parto que engendró hijos.

Aún cuando los predicadores claman semana tras semana: “Tienen que nacer de nuevo”, ¿cuántos pueden decir con Pablo: De hecho, aunque tuvieran ustedes miles de tutores en Cristo, padres sí que no tienen muchos, porque mediante el evangelio yo fui el padre que los engendró en Cristo Jesús”? (1 Corintios 4:15). Así, él los engendró en la fe. No dice que oró meramente por ellos, sino implica que él tuvo dolores de parto por ellos. Si durante el último siglo los alumbramientos físicos hubieran sido tan escasos como los nacimientos espirituales, la raza humana se hubiera extinguido.

Decimos que debemos orar para vivir la vida cristiana, cuando la verdad es que debemos vivir la vida cristiana para orar. Ya sé que pedir incluye solicitar a Dios la salvación de nuestros amados; pero orar es más que pedir. Orar es ponernos bajo el dominio del Espíritu Santo, a fin de que Él pueda orar en y por nosotros. En Génesis 1 vemos que cada cosa con vida producía fruto según su especie. Del mismo modo, ¿no debería cada alma realmente nacida de nuevo hacer nacer de nuevo otras almas?

Es cierto que la ciencia ha aliviado algunos de los sufrimientos que nuestras madres tuvieron cuando dieron a luz hijos, pero la ciencia nunca podrá acortar el tiempo de los largos y lentos meses de la formación del niño durante el embarazo. Del mismo modo, nosotros los predicadores hemos hallado medios más fáciles de conseguir que la gente se acerque a nuestros altares para salvación o para ser llenos del Espíritu Santo. Antes que tenga lugar el milagro de un verdadero avivamiento y nacimiento de almas, todavía son necesarios los dolores de parto.

Así como la venida de un bebé al mundo afecta el cuerpo de la madre, el crecimiento del “cuerpo” de un avivamiento y los dolores de parto del alma tienen un efecto sobre la Iglesia. La futura madre siente cada vez más la carga cuando se acerca el momento del nacimiento; a veces pasan noches en vela, no exenta de lágrimas. Así, las lámparas del santuario queman el aceite a medianoche, a medida que intercesores angustiados por el pecado derraman sus almas cargando con la iniquidad de una nación. La futura madre a menudo pierde el apetito, y por amor al que ha de nacer, se abstiene de ciertas cosas. Así, la negación de comida y un deseo consumidor de postrarse quietamente delante de Dios, se apodera de los creyentes afligidos por la esterilidad de la iglesia.

Clamar por hijos

Es evidente que Jacob amaba a Raquel mucho más de lo que amaba a Lea; pero la mujer dichosa era Lea, porque ella tenía hijos. Consideremos que Jacob sirvió catorce años por Raquel, pero aun así, aquella espléndida devoción no fue ningún consuelo para la mujer herida de esterilidad. Aunque Raquel era hermosa a la vista, su esterilidad no se compensaba con su belleza. La terrible verdad permanecía allí: Lea tenía cuatro niños riendo junto a ella; pero de la estéril Raquel se burlaban hombres y mujeres.

Puedo imaginarme a Raquel, con los ojos rojos de tanto llorar (los que jamás tuvo Lea), con el cabello desordenado y su voz ronca de tanto gemir, llegando delante de Jacob perturbada por su esterilidad, humillada hasta la desesperación por su condición, gimiendo con un grito penetrante: “Dame hijos, sino me los das, ¡me muero!” (Génesis 30:1)

La oración de Raquel no era algo rutinario, sino que brotaba de la desesperación, pues estaba presa del dolor, aturdida por la vergüenza y humillada por su esterilidad. Querido predicador, si tu alma es estéril, si no hay lágrimas en tus ojos, si los convertidos están ausentes de tu altar, sincera pero apasionadamente invita al Espíritu Santo a inundar tu corazón de dolor porque eres incapaz espiritualmente de hacer nacer hijos.

El mismo dolor

No hay reglas fijas para el avivamiento. Aunque los bebés nacen en todas partes por el mismo proceso, son muy diferentes entre sí. Son todos nuevos, sin repeticiones. Por el mismo proceso de dolor en el alma, la oración persistente y la carga a causa de la esterilidad se han producido todos los avivamientos en todas las edades, pero ¡cuán diferentes han sido los avivamientos entre sí!

A Jonathan Edwards no le faltaban congregaciones y no tenía apuros financieros, pero el estancamiento espiritual lo atormentaba. La vergüenza por la falta de nuevos nacimientos doblegó sus rodillas y golpeó su espíritu de tal modo, que su alma herida de dolor se aferró al trono de gracia en silencioso gemir. La Iglesia y el mundo conocen la respuesta de sus victoriosas vigilias.

Las mujeres de La Biblia que habían sido estériles fueron las que trajeron los hijos más nobles: Sara, estéril hasta los 90 años, engendró a Isaac. Raquel, cuyo doloroso grito fue atendido, engendró a José, quien libró a la nación. La mujer de Manoa dio a luz a Sansón, otro libertador de la nación. Ana, un alma golpeada que después de sollozar en el santuario, derramó su alma y recibió su respuesta en Samuel, quien llegó a ser profeta de Israel. La estéril viuda, Rut, halló misericordia y dio a luz a Obed, quien engendró a Isaí, el padre de David, de cuya descendencia vino nuestro Salvador. De Elisabet, cargada de años, vino Juan el bautista, de quien Jesús dijo que no ha habido otro profeta más grande entre los nacidos de mujer. Si la vergüenza de la esterilidad no hubiese oprimido a estas mujeres, ¡qué hombres poderosos se habrían perdido!

El enemigo de la multiplicación es el estancamiento. Cuando los creyentes sin frutos sintamos la carga y cuando la esterilidad del alma duela, entonces palpitaremos con santo temor y oraremos con santo fervor, y así produciremos con santa fertilidad.

En el almacén de Dios no hay “días de liquidación”; el precio del avivamiento es siempre el mismo: los dolores de parto. Amados, desechemos todas las trivialidades. Entreguémonos continuamente a la oración y al ministerio de La Palabra pues la fe viene por el oír. Avergonzados ante la impotencia de la Iglesia y del monopolio que ejerce el diablo, ¿no clamaremos con espíritus angustiados diciendo de corazón: Dame hijos, si no me los das ¡me muero!

Por Leonard Ravenhill
Tomado del libro: Por qué no llega el avivamiento
Peniel

Porque no Llega el Avivamiento

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