Una formación que demanda participación

Nuestro rol en la formación de nuestros hijos

Por Dr. David Hormachea

Los padres debemos recordar que nuestros hijos no son solo cuerpos que debemos alimentar y disciplinar; también tienen emociones y un espíritu que nosotros debemos formar. Hay que recordar que ellos no pueden formarse solos y que Dios nos dio un mandato sin opciones de participar en su formación.

Los hijos pequeños no tienen responsabilidad en su proceso de formación. Pero tampoco los adolescentes son totalmente responsables de su formación global. En este proceso de formación existen diferentes etapas y somos los padres los encargados de proveer las condiciones para que el proceso de formación de nuestros hijos sea posible.

Los hijos deben entender que esta no es una tarea sencilla para los padres. Es más fácil vivir y dejar que los demás vivan como quieran, pero aunque sea difícil el cumplimiento de nuestra responsabilidad, debemos ejercerla con disciplina y regularidad. Ellos deben entender que sus padres no quieren su destrucción sino que mediante reglas, correcciones, disciplinas, responsabilidades asignadas y en ciertos momentos una seria confrontación, solo los guían en este proceso de formación, los ayudan en este proceso de adquisición de valores, actitudes y herramientas para que puedan enfrentar la vida. Por eso es que es tan importante la relación saludable entre padres e hijos.

El proceso de formación se inicia en una relación totalmente dependiente; luego debe transformarse en una relación de unidad: padres e hijos trabajando juntos para pasar por este proceso de formación. Más adelante, a la edad oportuna, el hijo empezará a manejar su vida con una responsabilidad exclusiva.

La formación espiritual

Es necesario que los padres enseñemos a nuestros hijos la importancia de la vida espiritual, y los entrenemos para que la desarrollen en forma regular. Es sabio tener tiempos de devoción que permita a los padres, a los hijos y al Dios que aman desarrollar una relación cercana.

Debemos enseñarles que tengan tiempos regulares de intimidad con el Señor, que tengan momentos de devoción y adoración que pueden ser su tiempo de calma y paz en medio de las tormentas y dificultades de la vida.

Deben aprender a compartir sus vivencias con Dios con quien nos comunicamos por medio de la oración. Cuando ellos aprenden que pueden expresar sus alegrías, peticiones, agradecimientos y frustraciones, sus victorias y derrotas, agradecer por lo que han logrado y pedir perdón por sus áreas de pecado, sienten que tienen en Dios a un amigo, a una guía, un apoyo y a un gran compañero.

Los padres no solo debemos ser modelos con nuestra fe, sino también debemos ser modelos de una integración sabia en una iglesia local donde haya líderes que enseñen y vivan íntegramente y exista comunión, apoyo mutuo, amor y cercanía con quienes tienen la misma fe.

La formación física

Los padres tenemos una parte importante en el proceso de desarrollo físico de nuestros hijos. Ellos no saben cómo comer nutritivamente ni cómo contribuir para que su cuerpo se desarrolle en forma normal. Necesitan orientación y autoridad para que no coman solo lo que les gusta aunque no sea nutritivo y para que coman lo que deben comer aunque no les agrade.

De la misma manera, los padres son los que deben determinar cuáles son los horarios que deben cumplir sus hijos. Deben determinar cuánto tiempo dedicarán sus hijos a los estudios, cuánto a diversión, cuánto para ayudar en las labores del hogar.

La formación emocional

Así como los seres humanos necesitan desarrollar su vida espiritual y física, también necesitan comprender y participar en el proceso de formación del carácter que es necesario para tener buenas convicciones, fortaleza y sabiduría para manejar bien sus emociones.

Los niños no saben cómo responder adecuadamente frente a las emociones que experimentan. Por eso, cuando se enojan pueden llorar, gritar, tirarse al suelo, etc.

La temporada de la adolescencia es una muy emocional no solamente por los cambios hormonales que se dan en forma natural sino también por la falta de madurez para saber manejar las presiones y motivaciones que resultan de los cambios en nuestras emociones. Por esto sumado a los estados depresivos propios de los cambios hormonales, en vez de reaccionar maduramente, puede determinar la irresponsabilidad, la rebeldía y aceptar iniciarse en alguna dependencia. Por estas y otras razones, los padres tenemos el deber de ayudar a nuestros hijos a que tengan la formación apropiada, conozcan su carácter, sus virtudes y defectos así como la responsabilidad de no vivir dominados por las emociones sino por las convicciones que sus padres les han enseñado.

En la primera etapa de la vida, los padres somos totalmente responsables del desarrollo integral de nuestros hijos. Tenemos que tomar todas las medidas que sean necesarias para su formación. Debemos cumplir esa labor aunque al niño no le guste, aunque le desagraden los límites, le moleste la disciplina, no quiera seguir instrucciones, actúe en desobediencia y rechace la excelencia.

Es nuestro deber enseñarles a cooperar en el hogar, reglas de urbanidad, respeto a la autoridad. Debemos entregarles principios y valores morales que les ayuden a tomar decisiones sabias.

Los hijos deben entender que mientras más demoren en su proceso de formación, más dificultades tendrás para enfrentar la vida, y más sentimientos de irrealización experimentarán.

Los padres deben ayudar a sus hijos a que establezcan metas medibles; es decir, metas que nos otorguen la posibilidad de ser evaluadas constantemente, para así poder determinar el progreso o retroceso que pueda experimentar el hijo en su anhelo de actuar con madurez en las distintas áreas y etapas de su vida.

Por Dr. David Hormachea
Tomado del libro: Cómo ser padres buenos en un mundo malo
Nelson

Como ser Padres Buenos en un Mundo Malo

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