El Pueblo de una nueva canción

Hay un nivel nuevo de adoración que espera por nosotros

Por Joseph Garlington

En la sofisticación moderna de las iglesias, hemos “procesado” algo en nuestra adoración que el Señor quiere restaurar. Me hace acordar al modo en el que procesamos el pan. Extraemos todas las cosas buenas, molemos y blanqueamos lo que queda, y luego reemplazamos algunos nutrientes. Lo mismo ha sucedido en la Iglesia.

El ex líder de adoración del universo, Satanás, se ha metido en la Iglesia y ha dicho: “Sacaré a aquellos que no encajan. Ellos no pueden ser santos. Son los típicos  conflictivos. Tú no necesitas a aquellos que causan disturbios en los servicios.

Definitivamente sacaré aquella batería de tus manos. Dame también aquellos platillos, no los necesitas. Oh, también dame las guitarras. Suenan tan bien, deben ser del mundo, ¿verdad? Sí, esto es lo que quiero que cantes. Suena bien, religioso y litúrgico, perdón, quiero decir, celestial. Ahora, no pongas ninguna pasión o emoción en tu música de adoración y alabanza porque sabes que eso está mal”.

Una risa perversa se escuchó por detrás.

Durante siglos, el Pueblo de Dios ha pasado por restaurantes y bares atestados de los más poderosos sonidos, y a pesar de que somos atraídos hacia la música, la hemos resistido porque nos han enseñado que aquella música es “del diablo”. Satanás entiende el poder de la música, pero la Iglesia ha sido ignorante a través del tiempo y ha concedido libremente lo que Dios pretendía que sea de su dominio exclusivo. El Señor nos dice: “¡Basta de pavadas!”. Él quiere que le adoremos como David lo hizo hace cinco mil años.

El salmista fue un adelantado en su época. Él ahondó tanto en las profundidades de la adoración que cruzó la barrera del tiempo hacia un nuevo pacto de intimidad con Dios, ¡una intimidad que trascendía la ley! Nosotros necesitamos hoy lo que David tenía en ese entonces, pero nuestro problema es que tenemos miedo del nuevo cántico.

Nos gusta lo viejo, aún si el Señor no habla más ese lenguaje. Cuando alguien se atreve a introducir algo fresco del Espíritu Santo, por sí solo halla una fuerte oposición, especialmente de aquellos que experimentaron un mover del Espíritu anterior.

David introdujo algo que nació del Espíritu y se movió simultáneamente con otro odre. La increíble expansión del reino de David puede ser atribuido únicamente a su compromiso de alabanza y adoración. Él era un “animal adorador”. Él sabía cómo hacerlo bien.

Jesús, el “hijo de David” profético, era igual. Era un adorador, entendía el poder y la importancia de alabar a su Padre. Es por eso que le dijo a la mujer samaritana: “El Padre no busca apóstoles. No busca profetas ni evangelistas. Dios es espíritu, y busca verdaderos adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad” (vea Juan 4:23).

Si la Iglesia de hoy se aferra a esta verdad, veremos cómo el Reino de Dios se expande fenomenalmente. Algo poderoso está tomando lugar hoy en la Tierra, y la alabanza y la adoración están en el centro de eso. Yo puedo estar parado en nuestro templo de adoración en Pittsburgh y unirme en alabanza y adoración a otros hermanos alrededor del mundo y juntos afectar naciones. La ola poderosa de nuestra alabanza no está condicionada por la geometría, la zona horaria, el lenguaje, la cultura o la política. La adoración es una fuerza espiritual que debemos tener en cuenta, y la Iglesia recién ahora está captando esta verdad.

 Una casa de adoración

El foco central de la adoración del Antiguo Testamento era el arca del pacto donde los querubines cubrían el trono de gracia. Era universalmente considerado como la pieza más preciada del tabernáculo.

David organizó a los levitas a fin de que ministraran regularmente ante el arca del pacto según los requerimientos diarios, pero había algo extraño sobre todo aquello. Era radicalmente diferente a la adoración que se ofrecía en el tabernáculo de Moisés.

En los tiempos de David, el arca del pacto yacía en el lugar que él había preparado, sobre un pequeño monte llamado el Monte de Sión, actualmente llamado “la ciudad de David”. El arca sagrada estaba cubierta simplemente por una carpa, no estaba guardada u oculta. La tienda era “lo suficientemente grande” como para proteger el arca de fenómenos naturales como la lluvia, el denso rocío o los rayos del Sol. Contrariamente, el tabernáculo de Moisés tenía tres “blindajes” que separaban la shekinah, la gloria de Dios, de la gente común. Cuando el arca del pacto estaba en el tabernáculo de Moisés, estaba completamente oculta en el Lugar Santísimo. Solo una persona tenía permitido entrar a aquella habitación una vez al año. El tabernáculo de David también tenía un lugar llamado Santísimo, y en todos los demás aspectos ¾salvo en la tienda abierta¾ David seguía todos los patrones establecidos del tabernáculo de Moisés (vea 1 Crónicas 16:39-40), salvo una diferencia llamativa.

David no era un sacerdote del linaje de Aarón, tampoco era levita. Sin embargo, 2 Samuel 7:18 dice que él estaba sentado en la presencia de Dios en frente del arca en el Lugar Santísimo. Tenga en cuenta que según la ley, solo el sumo sacerdote tenía permitido entrar al lugar más sagrado con el arca del pacto para ofrecer sacrificio una vez al año.

Lo que vemos aquí es que David representa un sacerdocio nuevo, una vislumbre del Mesías que se confirma en Hebreos: Porque cuando cambia el sacerdocio, también tiene que cambiarse la ley. En efecto, Jesús, de quien se dicen estas cosas, era de otra tribu, de la cual nadie se ha dedicado al servicio del altar. Es evidente que nuestro Señor procedía de la tribu de Judá, respecto a la cual nada dijo Moisés con relación al sacerdocio. Y lo que hemos dicho resulta aún más evidente si, a semejanza de Melquisedec, surge otro sacerdote que ha llegado a serlo, no conforme a un requisito legal respecto a linaje humano, sino conforme al poder de una vida indestructible” (7:12-16).

David demostró sin saberlo que un sacerdocio mayor vendría, uno basado en la relación, no en meros rituales o linaje ancestral. Somos parte de un reinado de reyes y sacerdotes en Cristo ante Dios.

David era una sombra del superior sacerdocio que vendría. Dios estaba construyendo una casa ¾la casa de David¾ cuya Semilla, Jesucristo, derribaría los muros para que así todo hombre y mujer pueda sentarse y contemplar la belleza de la presencia de Dios.

Algo sucede cuando tú haces esto. Descubres lo que el escritor del Salmo 73 aprendió: Cuando traté de comprender todo esto [por qué el malvado prosperaba],
me resultó una carga insoportable, hasta que entré en el santuario de Dios;
allí comprendí cuál será el destino de los malvados” (Salmo 73:16-17). Cuando entramos al tabernáculo con gritos de gozo como sacrificio, somos capacitados a adquirir la perspectiva de Dios.

David fue el iniciador de una era de relación de intimidad, amorosa, confidente con el Dios viviente, una relación nunca vista en la Tierra hasta ese punto de la historia humana. Algunos líderes tenían permitido comunicarse con Dios, pero nunca en un nivel de intimidad y amor. El precedente sentado por David fue inigualable hasta la venida de Jesucristo.

 

Un nuevo cántico

A pesar de que nuestro Salvador es el mismo ayer, hoy y siempre, nuestro entendimiento sobre Dios y la adoración que le ofrecemos está cambiando. Si bien estas cosas no serán perfectas, estamos seguros de que cuanto más expresamos nuestra adoración desde lo profundo de nuestro ser y en madurez, más caminaremos en obediencia al Espíritu Santo.

El tabernáculo de David marcó el comienzo de un nuevo sonido, un nuevo sacrificio y una nueva canción. Esto es como el tesoro preciado que Jesús le describe a los discípulos en el evangelio de Mateo luego de compartir muchas parábolas sobre el Reino de los cielos: Todo maestro de la ley que ha sido instruido acerca del reino de los cielos es como el dueño de una casa, que de lo que tiene guardado saca tesoros nuevos y viejos” (Mateo 13:52).

Combinamos cosas viejas con nuevas porque estamos incómodos con las cosas nuevas. La mayoría de nosotros no abrazamos los cambios; solemos sentarnos en la desaprobación.

Martín Lutero enfrentó los mismos obstáculos en sus días. Cuando este gran líder de la Iglesia buscaba la manera de capturar la mente de su generación, luego de mucha oración fue llevado a “tomar prestada” una canción muy popular entre los bares de la época y adaptarla a una letra basada en poderosas verdades bíblicas. Hoy reconocemos ese clásico himno como “¡Cuán grande es Él!”.

Lutero combinó sustantivos, sonidos y palabras poderosas en Dios con la melodía de una canción que ocupaba un lugar privilegiado del ranking de las cantinas, ¡y funcionó! Él supo captar el corazón y la mente de su generación con un producto revolucionario para la época. Lo mismo sucedió en el ministerio de los hermanos Wesley durante el Gran Despertar cuando muchos himnos populares fueron creados usando melodías típicas de los bares y tabernas de Inglaterra y Estados Unidos.

En nuestros días, ciertos grupos de iglesias de todo el país suelen criticar estilos musicales modernos como el rap, el hip-hop y la música alternativa. Ellos piensan que la Iglesia está bien cantando los clásicos sacros como “Cuán grande es Él”.

El rap y el hip-hop no son algo que yo suelo escuchar, pero es la música de esta generación. Si fue posible que un cántico nuevo emergiera en el Reino de Dios en los días de David, en los días de Martín Lutero y en los días de Wesley, ¿no puede Dios hacer algo nuevo hoy?

Primera de Crónicas dice algo inusual sobre el contenido, la amplitud y el formato de la adoración en los días de David. “Siendo, pues, David ya viejo y lleno de días, hizo a Salomón su hijo rey sobre Israel. Y juntando a todos los principales de Israel, y a los sacerdotes y levitas, fueron contados los levitas de treinta años arriba; y fue el número de ellos por sus cabezas, contados uno por uno, treinta y ocho mil. De éstos, veinticuatro mil para dirigir la obra de la casa de Jehová, y seis mil para gobernadores y jueces. Además, cuatro mil porteros, y cuatro mil para alabar a Jehová, dijo David, con los instrumentos que he hecho para tributar alabanzas” (1 Crónicas 23:1-5 RVR60).

La palabra hebrea de “hizo” en este versículo aparece por primera vez en Génesis 1:7 donde dice: “Y así sucedió: Dios hizo [asah] el firmamento”. Este vocablo suele ser traducido como: “Crear, hacer, dar forma”. ¿Por qué hago tanto lío por una palabra tan pequeña?

David hizo o creó personalmente instrumentos para esta “banda”. Pregúntate a ti mismo cuán a menudo escuchas de personas que elaboran instrumentos musicales. Muy pocos han aparecido en las últimas décadas, y la mayoría de ellos están relacionados a las tecnologías modernas.

Dios le dio a David una música nueva que era incapaz de ser producida con métodos e instrumentos existentes. La única solución para el salmista fue crearlos él mismo para así captar esta música nueva en su alma.

El rey David comenzó a oír un nuevo sonido durante su tiempo de alabanza y adoración ante el arca del pacto. Este adorador consumido también escribió, profetizó y predicó a la congregación del Señor con salmos. En el futuro, este hombre escucharía y vería cosas celestial mientras vivía en la dimensión terrenal.

Él se habrá preguntado: “¿Cómo puedo reproducir el sonido que oí en los cielos?”. Cuando obtuvo la respuesta, David le dijo a sus hijos: “Quiero que construyan un templo exactamente de acuerdo a las instrucciones que Dios colocó en mi mente. Pero el sonido que oí no puede ser producido del viejo modo, y los viejos instrumentos no pueden soportar tal melodía. El Señor me dio algunas ideas, y yo he hecho nuevos instrumentos. Dénselos a la santa banda de jazz y déjenlos que fluyan hacia algo completamente diferente”.

Dios concibió en David un nuevo sonido y una nueva canción en los años previos a que Salomón edificara el templo. El salmista experimentó la gloria de Dios y emergió con algo que tú y yo todavía necesitamos recibir y manifestar en nuestros días.

La gente religiosa debe entender que cuando Dios dijo en Isaías 43:19: ¡Voy a hacer algo nuevo!
Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta?
Estoy abriendo un camino en el desierto,
y ríos en lugares desolados”, no hablaba de un evento particular. Él estaba describiendo su modo eterno de hacer continuamente cosas nuevas en la Tierra para su gloria.

Todas estas cosas nuevas no van al mundo primero. Van al Pueblo de Dios, pero nosotros solemos rechazarlas muy rápidamente porque es diferente. Pero todavía el Padre quiere traer su “cosa nueva” a la Tierra de un modo poderoso, y quiere usar cualquier canal que esté abierto a Él.

Mi Biblia dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras”.

Debemos orar para que el Señor nos revele cómo recuperar aquello que fue destruido por el enemigo, y que nos muestre cómo tomarle la delantera al desorden para que podamos tocar una nueva melodía para atraer a la nueva generación a los pies del Salvador.

David despertó su mundo con una tremenda profundidad y un alcance en su alabanza y adoración que ¡extendió literal y físicamente los límites del Reino de Dios! Si nos enfocamos en el Señor y en las cosas que nos ha dado, y si le ofrecemos el fruto de nuestros labios, note lo que sucederá:

  1. Dios soltará su perdón, sanidad y amor (Oseas 14:4).
  2. Él establecerá y producirá en nosotros mucho fruto (Oseas 14:5).
  3. El Señor enviará sus retoños, y la gente será atraída a Cristo (Oseas 14:6-7).

 

La gente tiene hambre de Dios, y Él espera que nosotros comencemos a cantar un cántico nuevo hecho a medida de nuestra generación. Incluso cuando clamamos por más intimidad con Él, su Espíritu suplica: “Intenta algo nuevo. Trata de cantar una cántico nuevo y yo te usaré para atraer a las naciones”.

Debemos inclinarnos ante su tabernáculo, uno que no está hecho con manos humanas, y clamar juntos en unidad: “Señor, haz de nosotros instrumentos vivos de alabanza y adoración, creados para entonar una nueva canción innovadora, capaces de cambiar letras cuando recibamos tu señal, y que podamos cantarle a tu gloria himnos majestuosos con corazones atrapados por ti, que emanen de nosotros, vasos redimidos, únicos sonidos de alabanza”.

Por Joseph Garlington

Pastor de la Iglesia del Pacto en Pittsburg. Presidente del Ministerio Internacional Reconciliación y adorador.

 

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