El entrenamiento de nuestro Espíritu

Ejercitarnos para desarrollar todo nuestro potencial

Por Timothy Jorgensen

En el Antiguo Testamento, al Pueblo de Dios se le prometió un lugar al que podrían llamar hogar. Era un lugar en el que nada faltaba, un lugar en el que podrían crecer y convertirse en la superpotencia mundial. Dios preparó y proveyó bienes inmuebles de primera calidad para que se estableciera toda una nación. No solo eso, sino que les dio una estructura de reino y un gobierno que era impecable en su manera de dirigir y hacer crecer esta nación.

Lamentablemente, el pueblo que debía apoderarse de esta tierra no tuvo ni el liderazgo ni la disciplina constante para creer, aplicar y poseer todo lo que Dios les había prometido. El potencial que tenía esta nación no se había realizado por completo.

En nuestros días, en el Nuevo Testamento, estamos en el mismo lugar que estaba este pueblo, con la excepción de que nuestra tierra prometida no es una propiedad física, sino una posición en el Reino del Espíritu. Esto se muestra en el segundo libro de Pedro: “Su divino poder, al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó

por su propia gloria y potencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda. Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina” (2 Pedro 1:3-4).

Los israelitas tenían una tierra prometida, pero a nosotros se nos ha dado una “naturaleza prometida”. Esta es una posición que Dios tiene para nosotros en la que fácilmente podemos formar parte de la naturaleza divina de Dios: su poder, su gloria, su virtud, sus recursos, y no ser contaminados con ninguna de las corrupciones que la lujuria causa en la humanidad.

Jesús todavía no había terminado

Después de que Jesús resucitó de los muertos, Él sabía que su trabajo no estaba completo hasta que pudiera poner a sus discípulos en la misma posición que Él tenía. Su obra en la cruz terminó de preparar todo para la humanidad, pero Él todavía quería que nosotros participáramos activamente en todo lo que Él había preparado para nosotros. “… se les presentó dándoles muchas pruebas convincentes de que estaba vivo. Durante cuarenta días se les apareció y les habló acerca del reino de Dios. Una vez, mientras comía con ellos, les ordenó: ‘No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del Padre, de la cual les he hablado (…). Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra’” (Hechos 1:3-4,8).

Jesús dijo que esta es nuestra prioridad principal. No debemos hacer nada hasta que estemos arraigados en este lugar en el Espíritu. Algunas personas tienen ideas erróneas acerca de este bautismo en el Espíritu Santo; algunas personas creen que es una experiencia de una sola vez que no es realmente relevante para el resto de sus vidas cristianas. En realidad, esta es la entrada a la posición en el Espíritu que Dios tiene para nosotros. Si la salvación es la puerta y la fe gira la perilla, entonces esta vida en el Espíritu es el resto del hogar en el que Dios desea que vivamos. Es triste que la mayoría de las personas solo se queden en la entrada, mirando las vidas que otros han vivido en este hogar, en el pasado y en el presente, deseando poder algún día, de alguna manera, llegar a estar en este lugar. Lo que no saben es que está a disposición de cualquier persona que decida entrar. Así como las reformas en el hogar se ven, todos lloran y gritan de alegría cuando ven la parte exterior de su nuevo hogar, pero la pregunta es: “¿Desea ver el resto de la casa?”.

 La victoria es lo principal

Antes de seguir avanzando, quiero que recordemos que esta vida prometida en el Espíritu no es una sugerencia para que pensemos en ella; ¡es una orden que debemos obedecer! Las personas se preguntan por qué el pecado, la carne, el diablo y el mundo parecen tener tanto poder e influencia en este tiempo. Comienza

a hacer que muchos duden del poder del Evangelio. Se preguntan: ¿Funciona esto? ¿O seguir siendo cristiano tiene que ser una lucha todos los días que vivamos sobre la Tierra? Algunas personas son peores; ni siquiera se hacen estas preguntas. Simplemente se rinden y dicen: “Bueno, sé que voy a ir al cielo. Entonces si tengo

estas debilidades que no puedo vencer, Dios lo entiende y me sigue amando”.

Sin embargo, Gálatas 5:16 nos da la clave simple para la victoria: “… Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa”. No hay victoria a menos que sepamos cómo vivir por el Espíritu. Es como el dicho acerca del ejercitar el físico: si no lo usas, ¡lo pierdes! Si no ejercita su cuerpo físico, finalmente sufrirá de obesidad, debilidad y enfermedad. Es simplemente la naturaleza del mundo y el cuerpo en el que vivimos. Lo mismo sucede en el Reino del Espíritu; debemos mantener el movimiento en él para mantener la corrupción afuera.

Sin embargo, el apóstol Pablo ¡lo hizo parecer tan simple! No hizo que sonara como que esta vida cristiana era una lucha para vencer la naturaleza pecaminosa; simplemente dijo “vivan… y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa”. Esto nos da la pista de que esta vida no es principalmente una lucha contra todo el poder del pecado contra nosotros, sino que simplemente es un enfoque para permitir que el Espíritu de Dios fluya a través de nuestro ser en todas las situaciones. Cuando lo hacemos, la naturaleza pecaminosa se va automáticamente. ¡Qué gran verdad!

Sea honesto con usted mismo

Sin embargo, Pablo dijo que esta vida debe elegirse. Cuando encendemos el interruptor de la luz, la oscuridad se va automáticamente, pero debemos elegir encenderlo. Para responder a los que seguramente dirían: “Amén, Pablo, eso es lo que estoy haciendo. Estoy viviendo en esa luz” (pero en realidad no es así), continúa describiendo las obras oscuras de la carne: adulterio, inmoralidad sexual, impureza, libertinaje, idolatría, brujería, odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidia, homicidios, borracheras, disturbios (ver Gálatas 5:19-21). Esta lista describe una vida atormentada que está sujeta a la autodestrucción. Por el contrario, Pablo describe la vida que produce el Espíritu de Dios: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (ver Gálatas 5:22-23).

¿En qué extremo vive usted? No hay tierra neutral durante mucho tiempo. La presión siempre revela quién es usted en su interior. ¿De qué manera respondió al último desafío? ¿A la última tentación? ¿A la última vez que la vida lo decepcionó? ¿A la última vez que alguien le hizo daño? Bueno, agradezca al Señor por eso porque en esa situación se dio a conocer en qué estado se encontraba y contra quién estaba luchando. Ahora, debe tomar la decisión de dónde desea estar. ¿Realmente desea vivir con esta bomba de tiempo de la carne? ¿O desea la vida victoriosa que fluye del Espíritu?

Entrenamiento para el destino

La vida en el Espíritu es el único camino hacia la victoria en la vida cristiana (en realidad, no es solo el camino hacia la victoria: ¡es la victoria continua de la vida cristiana!). Ni su iglesia, ni sus amigos, ni su familia, ni sus libros, ni su educación, ni sus dones, sus talentos, la imagen de sí mismo, la esperanza ni los sueños, nada de esto es su camino a la victoria, aunque algunos de ellos puedan indicarle la dirección correcta. Si Dios quiere, este libro podrá ser uno de esos indicadores. Al final, tendrá que regresar a la verdad que Pablo declara tan bien en La Palabra: “Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Romanos 8:12-14).

Usted nunca ganará la batalla contra la naturaleza pecaminosa con herramientas inventadas por ella. Los deseos de la carne están profundamente arraigados en la naturaleza humana. Solo el Espíritu de Dios sabe cómo ir directo al centro del problema, acabar con este y hacer de usted el hijo de Dios que Él desea. Sin embargo, aunque esta sea una solución simple, no será tan fácil ponerla en práctica. Comprenderá un cambio de hábitos, de estilo de vida y quizás, nos atrevemos a decir, de la forma en la que definirá su “personalidad”.

No tenga miedo. Lo que ahora ve como su vida es solo una semilla sucia y seca. Puede encogerse de hombros y decir: “Bueno, mi vida no es tan mala”. Pero solamente cuando la entierre en la vida del Espíritu, verá verdaderamente el poder, la vida y la belleza que Dios desea que florezcan en usted. De lo que estamos

hablando no es de un conocimiento teológico teórico, sino de una experiencia diaria muy real del Espíritu en su vida. Usted y yo buscamos resultados tangibles. Incluso el mundo lo hace (ver Romanos 8:19). No crea ninguna mentira de la religión que le dice que Dios no da más resultados tangibles.

Liberación del espíritu

Cuando Jesús estuvo en la cruz, esto fue la cima de su obediencia. Había cumplido con la voluntad de su Padre hasta este último momento en el que todas las fuerzas del mal presionaban en su contra. Se sentía solo, rechazado y abandonado. Su carne estaba totalmente rota y atormentada. Era el momento más sombrío de Jesús. Pero incluso en el peor momento de su vida, aún tenía un arma secreta. Era algo que nadie podía quitarle. Le quitaron sus amigos, la justicia, la dignidad, la ropa, la salud, la paz; pero había algo que había moldeado y entrenado desde el primer día que nadie le podía quitar (ver Lucas 2:40). Era su espíritu. Lo había mantenido puro y fuerte para este momento de mayor oscuridad.

El diablo ni siquiera se dio cuenta de esto. El diablo vio con regocijo que la carne de Jesús era aplastada y su alma torturada. Pero, de repente, por debajo de su carne y su alma explotó un espíritu tan poderoso que se enviaron ondas expansivas a través del espacio y el tiempo. En ese momento, cuando Jesús liberó su espíritu, se produjo una reacción en cadena de lo milagroso.

Rendir nuestro espíritu

“Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu” (Mateo 27:50). Esto sucede cuando vivimos plenamente con nuestra carne muerta a sí misma (y al pecado) y como esclavos a la voluntad de Dios (ver Romanos 6:5-14). Nuestra alma también está totalmente sometida a la voluntad de Dios (ver Efesios 4:23).

Con esto totalmente alineado, nuestro espíritu se coloca para liberarse en el momento en el que abrimos la boca. Cuando hablamos, lo hacemos con una voz de autoridad que divide los cielos. Es una voz que quita todos los obstáculos que se interponen en el camino del cumplimiento de la voluntad de Dios. Es una voz y un grito de libertad que declaran con carácter definitivo: “¡Se ha cumplido!”, incluso antes de que los acontecimientos físicos se hayan completado.

En Juan 11, se narra la muerte de Lázaro, quien era amigo de Jesús. En medio de ese ambiente repugnante de dolor del alma y falta de fe, Jesús tomó la decisión de aprovechar la fortaleza de su espíritu. Después de este intenso gemido y totalmente encerrado en la fortaleza de su espíritu, se levantó y dijo: “Quiten la piedra”. Habló con tal determinación que nadie podía comprenderlo. No podían ver ni entender que ya había liberado su espíritu al Padre y que era bueno hacer este milagro. Entonces les reveló, a través de una oración en público, el hecho de que Dios ya lo había escuchado, a través de la capacidad disciplinada para liberar su espíritu en medio de la falta de fe y la resistencia.

“Dicho esto, gritó con todas sus fuerzas: —¡Lázaro, sal fuera! El muerto salió, con vendas en las manos y en los pies, y el rostro cubierto con un sudario. —Quítenle las vendas y dejen que se vaya —les dijo Jesús” (Juan 11:43-44).

Este es el poder que está a nuestra disposición cuando rendimos nuestra carne y nuestra alma totalmente a Dios. No nos preocupa lo que piensen los demás; estamos totalmente concentrados en tomar la decisión de calidad de liberar nuestro espíritu en palabras y en hechos. Todo lo que hacemos, lo hacemos con el enfoque y la fe de que nuestro espíritu surge por sobre todo eso.

A veces es necesario un gran clamor para sacudir toda resistencia en la oración. O se necesita un gemido en nuestro interior para aprovechar la sabiduría y la voluntad de Dios para saber precisamente qué hacer. Estas acciones bloquean y ponen en cuarentena los temores y las limitaciones de la carne y el alma para que no contaminen la pureza de la determinación de nuestro espíritu, a fin de que nuestro cuerpo camine por las aguas de lo imposible.

Cuando nuestro espíritu se libera por completo, el temor queda a miles de kilómetros de distancia. Se libera un fuego espiritual sobre nosotros que nos satura de amor, enfoque, pureza y energía para levantarnos y obedecer. Hay un “conocimiento” de lo que debe hacerse (y lo que no debe hacerse), cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Ese “conocimiento” también entiende lo que sucederá después de que obedezcamos. Esto nos llena de gozo y entusiasmo cuando nos dejamos llevar por la ola de la liberación de nuestro espíritu más allá de esta reacción en cadena de los acontecimientos.

Permita que la presencia de Dios se apresure

“En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…” (Mateo 27:51). Una vez que liberamos nuestro espíritu, Dios libera su presencia. La Biblia hace referencia a la cortina como una barrera o limitación carnal que impide que la gente vea o ingrese a la voluntad y la presencia de Dios. En el templo, esta cortina impidió que la presencia de Dios estallara sobre la gente. Pero cuando Jesús liberó su espíritu, Dios mismo tomó la iniciativa para derribar esta barrera entre las personas y Él mismo.

Cuando liberamos nuestro espíritu, Dios derriba las cortinas carnales de los ojos y la mente de las personas, y su presencia comienza a estallar sobre ellos. Antes, su carne podía intentar detener lo que estaba sucediendo o negar que Él fuera real, pero después de que liberamos nuestro espíritu, Dios se revela a las personas que nos rodean de maneras inconfundibles, mostrando que es real y está aquí.

Las imposibilidades cambian, se sacuden y se destruyen

“… La tierra tembló y se partieron las rocas” (Mateo 27:51). Después de la revelación de la presencia de Dios, las situaciones imposibles e inamovibles cambiarán y se destruirán. La Tierra representa las condiciones con las que hemos aprendido a vivir. Las rocas representan situaciones difíciles e imposibles. Nadie puede ocultarse de un terremoto. Aparece de repente y no hay ningún lugar al que se pueda correr para alejarse de él. Todo lo que parecía ser sólido e inalterable cambia y se destruye. Los obstáculos que se interponían en el camino ya no están allí. Todo ha cambiado. El verdadero secreto para mover montañas es aprender a liberar nuestro espíritu.

Nacimiento de una nueva vida

“Se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron. Salieron de los sepulcros y, después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos” (Mateo 27:52-53).

Cuando aprendemos a liberar nuestro espíritu, liberamos la vida. “El Espíritu da vida; la carne no vale para nada. Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). Hay personas a nuestro alrededor todos los días que están dormidas a la esperanza, dormidas al destino, dormidas ante Dios. Quizás estuvieron despiertas a estas cosas en algún momento, pero ahora están muertas y enterradas.

La muerte parece inalterable e irreversible. Una vez que la muerte se ha aceptado y el muerto se ha enterrado, la historia parece haber terminado. Pero hay tal poder inherente dentro del espíritu que ha sido entrenado, fortalecido, cargado y liberado por Dios que incluso las cosas muertas se devuelven a la vida y la vitalidad. El espíritu de las personas se inicia rápidamente y sale de la tumba de la carne y el alma para comenzar a vivir verdaderamente. Sus ojos adquieren un nuevo brillo y esperanza. Cobran vida en la adoración y en una relación viva con Dios. Se indignan con la tradición muerta y no quieren tener nada más que ver con eso. Esto tampoco se hace en secreto; otras personas ven y saben que estas cosas han cobrado vida. No podemos ocultar la vida.

La revelación de los hijos de Dios

“… Cuando el centurión y los que con él estaban custodiando a Jesús vieron el terremoto y todo lo que había sucedido, quedaron aterrados y exclamaron: —¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!” (Mateo 27:54).

Cuando la reacción en cadena causada por la liberación de nuestro espíritu sigue completamente su curso, las personas que dudaban de nosotros finalmente se apartarán y admitirán que somos nacidos de Dios. Cuando podemos gobernar a nuestro espíritu para liberarlo, el ambiente que rodea nuestra vida estará saturado de la gloria de Dios. Tenemos un tesoro en nuestra vasija de barro. La liberación a un mundo que la necesita les mostrará que Dios verdaderamente vive con nosotros. Él será el Padre, y nosotros somos revelados como sus hijos e hijas.

El mundo nos presiona porque exige que no debemos guardarnos esa vida para nosotros mismos; debemos liberarla (ver Romanos 8:18-19). Pablo se aseguró de no mostrar su excelencia en el canto, la ropa, el discurso, el conocimiento o el aspecto. Sirvió a los propósitos de Dios para su generación al liberar su espíritu, sin importar si estaba en el púlpito o en la cárcel. “Dios, a quien sirvo de corazón predicando el evangelio de su Hijo, me es testigo…” (Romanos 1:9).

Sin límites en el espíritu

Ya hemos visto que nuestro espíritu es mucho más grande que nuestro cuerpo natural. “Ustedes, queridos hijos, son de Dios y han vencido a esos falsos profetas, porque el que está en ustedes es más poderoso que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). Creemos que como nuestro espíritu vive en nuestro cuerpo natural, debe estar contenido dentro de nuestro cuerpo natural. Esto no es cierto. Este pasaje bíblico nos muestra que nuestra capacidad es mucho mayor que la que nuestro cuerpo físico parece poseer. Es posible, a través de la elección consciente de liberar nuestro espíritu, que la naturaleza de nuestro espíritu llene un lugar y mucho más.

Todos hemos visto cómo la actitud de una persona puede afectar un lugar de manera positiva o negativa. Es el efecto del alma en otras almas. Pero hay algo más profundo y más fuerte en la liberación del espíritu humano. Al alinear nuestra mente, voluntad y emociones con La Palabra de Dios, y elegir creer que lo que está en nosotros es mayor que cualquier cosa contraria que nos rodea, comenzamos a afectar a las personas y otros espíritus (demoníacos o angelicales) en el lugar. A veces, sin siquiera decir una palabra, nuestra misma presencia irradia fe y confianza en la bondad de Dios. Nuestro saludo hace que las fuerzas malignas reaccionen, se oculten o se vayan, y las conversaciones de la gente se vuelven hacia las cosas de Dios. Esto sucede porque nuestro espíritu es mayor que nuestro cuerpo físico. Podemos (en cierto sentido) “enviarlo delante de nosotros” en la habitación o la casa a la que vamos a entrar. Donde enfoquemos nuestra alma (según La Palabra y la sensibilidad al Espíritu de Dios), nuestro espíritu puede moverse en esa situación y comenzar a hacer una obra sobrenatural.

Cuando comencemos a creer verdaderamente en 1 Juan 4:4, podremos comenzar a cambiar el mundo. Es triste que el cristianismo haya sido relegado a simplemente tratar de cambiarnos cuando La Palabra de Dios pone esta vida en el espíritu al nivel de influenciar al mundo entero. Nuestro espíritu puede surgir, expandirse y liberarse para ir delante de nosotros en esa habitación de hospital y comenzar a crear un ambiente para la sanidad. Nuestro espíritu puede removerse para saturar una casa conflictiva y hacer que la paz de Dios domine y reine en ese lugar. Nuestro espíritu puede mirar a través de nuestros ojos en las almas torturadas del odio en toda la habitación y hacer que se debiliten y se derritan con la fuerza del amor de Dios que fluye directamente de nosotros hacia ellos. El Espíritu de verdad puede producir tal influencia a través de nuestra presencia que la lengua mentirosa de nuestros hijos o incluso nuestros socios comerciales se silenciará.

Cuando nos concentramos en liberar nuestro espíritu, liberamos la capacidad sobrenatural de Dios para hacer lo que nuestra carne y nuestra alma no pueden hacer. Hay cosas que por designio las hace exclusivamente la carne, mientras que otras el alma y el espíritu. No podemos hacer que la carne y el alma se ocupen de aquello que solo puede hacer el espíritu. Solo nuestro espíritu tiene poder para abordar las necesidades principales de la humanidad. El espíritu debe ir en primer lugar. ¡Cuántas horas y años hemos desperdiciado en nuestra vida tratando de obligar a las herramientas de la carne y el alma a que hicieran el trabajo que el espíritu podía preparar y hacer de manera eficaz en pocos momentos! Dios le dio su espíritu por un motivo.

Libérelo. Permita que vaya delante de usted. Permita que tome el control. Use su fortaleza y su capacidad para hacer la voluntad de Dios en la Tierra. Todo comienza con su elección.

En todo nuestro entrenamiento para una vida espiritual, permita que su objetivo sea hacer lo que sea necesario para liberar nuestro espíritu en un mundo que necesita ver al Dios viviente.

Por Timothy Jorgensen
Tomado del libro: Aviva el fuego de tu don
Peniel

Aviva el Fuego de tu Don

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