¿Cuál es mi verdadera vocación?

Cómo descubrir qué queremos hacer con nuestras vidas

Por Gabriel y Eli Salcedo

¿Qué es la vocación particular? Es ese llamado o impulso interno que nos empuja a hacer determinada acción o cosa. Es lo que con el tiempo, las experiencias y la educación de la vida vas logrando descubrir para saber cuál es la meta que tienes en la vida; pero sobre todo es necesario que estés convencido de querer hacerlo. Es la energía que fluye naturalmente ante cualquier disciplina u obra, y nos hace felices. Es lo que haces con pasión, amor, que nade de los más profundo de tu ser. Es afirmar que tengo la autonomía para tomar la decisión de seguir mi llamado.

Me gustaría decirte la fórmula secreta para que puedas decidir qué vas a hacer con tu vida, pero no tengo esa capacidad. El único que tiene esa magia eres tú mismo. Ahora bien, la pregunta que seguramente te harás es cómo usarla.

En primer lugar, es importante mirar en tu interior, allí donde pasan tus sentimientos y tus gustos, allí donde tus impulsos emergen y te llevan a la acción. Si indagas allí tendrás la respuesta.

Pero no es suficiente andar por la vida diciendo “seré un gran músico” si no sabes ni silbar. Tendrás que hacer algo que te capacite para desarrollar tu llamado y eso es: educación. Es aquí donde muchos llamados o vocaciones se frustran, porque además de los deseos necesitarás algo no muy común: el compromiso. Lamentablemente, no se vende en ningún centro comercial. El compromiso está formado por pasión y autodisciplina.

“Pasión” deriva del latín y quiere decir sufrimiento. La pasión es una inclinación hacia alguien o algo, excesiva y exclusiva. A esta emoción la acompañan siempre sufrimientos, desengaños, tormentos e idea fija. Con la pasión el equilibrio mental se trastoca y uno se implica en cualquier decisión que incluya el objeto pasional.

La autodisciplina es la habilidad de controlar el propio comportamiento. Es una palabra compuesta por el prefijo auto que significa “él mismo”, y disciplina que se refiere al orden necesario para poder aprender.

Entonces, conocer tu vocación sería simple. Pero no lo es.

¿Tengo que escuchar voces?

Las voces de nuestros padres no siempre son negativas. Ellos son los que más nos conocen y siempre sería oportuno preguntarles para qué nos ven buenos, es decir, si ven en nosotros alguna inclinación a seguir esto o aquello. Si tus padres son personas cercanas a ti, tendrás la misma respuesta que hay en tu interior. Las luces amarillas o rojas aparecen cuando tus padres quieren exigirte una carrera, o cuando continuamente les dicen a otros “mi hijo será tal o cual cosa”. Cuando esto suceda tendrás que ser firme, ya que la vocación es un acto de independencia y no debería ser resuelto por tus padres. Una de las formas de participar que ellos deberían tener es apoyar tu proyecto y dejarte libre para decidir.

Nuestra cultura muchas veces condiciona nuestra vocación. Hoy se proclama que es importante ser reconocido. Nada se dice de los valores que tenemos y de cuánta gente va a sufrir a causa de nuestra posición. Generalmente, cuando una persona adquiere fama, debe mantenerla. Como consecuencia, su vida quedará hipotecada (o entregada a eso). Nadie llega al reconocimiento público sin antes recorrer un arduo camino.

“¿Cuánto ganaré?” es muchas veces el móvil de la decisión vocacional. Sin embargo, recuerda que la vocación no tiene que ver con el dinero, sino con lo que desarrolles en tu corazón. Vas a escuchar voces que te dirán: “Terminarás pobre” o “Ganarás más siendo tal o cual cosa”. Pero recuerda que ningún sueldo te dará más satisfacciones que tu verdadera vocación.

Vivimos en una sociedad competitiva y eso es claro. Debes ser sabio en conocer tus límites de exigencia, y no ver la vida como un ganar-perder continuo. Es mejor pensar en disfrutar de lo que haces, y tratar de ser cada día mejor, sin desesperación y ansiedad. Todo en el mundo académico, laboral y profesional apunta a eso. Pero recuerda, es mejor comer menos y dormir tranquilo, que llenarse la panza y tener insomnio por el estrés que te desborda.

Cuando vivimos en la confusión que nos provoca elegir una carrera y con una vida acelerada, perdemos el sentido común (el conocimiento que se adquiere por medio de los sentidos y la experiencia). Para evaluar tu vocación por medio del sentido común puedes preguntarte: ¿Qué hábitos debo tener para afrontar tal vocación? ¿Los tengo? ¿Para qué soy bueno? ¿Los demás ven en mí predisposición hacia esta vocación?

La moratoria social

Todos somos testigos de las posibilidades que tienen unos y no tienen otros. Seguramente en tu grupo de compañeros de colegio o de la universidad verás diferentes clases económicas. Los jóvenes de sectores medios y altos tienen la posibilidad de postergar su ingreso a las responsabilidades de la vida adulta (como trabajar y criar hijos) y pueden estudiar. Se llama moratoria social al plazo entre los compromisos de estudiante y los de adulto.

Día a día, son más los chicos que deben trabajar para poder estudiar. Toman sus estudios con compromiso pero terminan más tarde sus carreras. Es sano ser realistas en esto.

Si tu caso es el de una amplia moratoria social: aprovecha este tiempo (sin otras responsabilidades) para estudiar. Agradece a quienes te acompañan en tu proyecto.

Si tu caso es el opuesto y debes trabajar para ayudar a solventar tu hogar: no dejes de soñar con aquello que deseas. Una ayuda puede ser ahorrar un poco de dinero para en un futuro estudiar lo que más te gusta.

“Ya elegí mi vocación, pero no me siento feliz”

Cuando eliges de forma desacertada tu vocación, vives los efectos secundarios o colaterales como baja autoestima (“No sirvo para nada”), falta de contentamiento (“Esto es una porquería”), dificultades emocionales (miedos, enojos, ansiedad, etc.) e insatisfacción en general.

Algunos chicos, con el tiempo, pudieron reconocer su equivocación y se animaron a cambiar.

Si vives esta situación, ¿qué esperas para tomar una decisión revolucionaria? Replantéate tu vocación. Puedes equivocarte y volver a empezar, ¡date esa oportunidad!

Por Gabriel y Eli Salcedo
Tomado del libro: Decisiones revolucionarias

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