¿Qué debo hacer para ser santo?

Muchos son los que buscan respuestas a este tipo de interrogantes

Por Brennan Manning

Un amigo judío, que se convirtió al cristianismo católico hace varios años, le escribió a Raphael Simon —monje psiquiatra internacionalmente conocido y también judeocristiano— para concretar una cita.

Su respuesta fue: “Tengo la agenda caótica. Venga dentro de seis meses a partir de hoy”.

Durante muchas horas largas de oración, el convertido pensaba qué preguntar en su entrevista y se decía: “No puedo hacerle perder el tiempo con abstracciones y generalidades”. Cuando llegó el día, entró al consultorio del padre Simon, se sentó y dijo abruptamente: “Tengo una sola pregunta: ¿Qué tengo que hacer para convertirme en santo?”.

Los ojos del monje se entrecerraron, se inclinó sobre el escritorio, tomó la mano de mi amigo entre las suyas y con una intensidad bravía susurró: “¡Deséelo!”. Y ahí terminó la entrevista.

Consciente de las trampas y de los peligros del pelagianismo, del semi-pelagianismo, del mito del esfuerzo propio, de la leyenda del hombre que logró todo por sus propios medios y de la espiritualidad de hágalo usted mismo, me pareció que la respuesta de Simon respondía a un verdadero desequilibrio en mi propia vida interior. Sabiendo que Dios toma la iniciativa y que por su gracia somos salvos, me ocupo de la sinceridad, la seriedad y la ferocidad de mi determinación a corresponder con su gracia salvadora. Apartado de Él, no puedo hacer nada. Pero sin mi cooperación, Él no puede hacer nada. Cristo no me santificará en contra de mi voluntad. Creo que finalmente me otorgará exactamente lo que elija y que las tendencias y los deseos que impliquen mis elecciones serán míos, de manera irrecuperable. La obediencia a La Palabra, el hábito de la oración constante y la práctica cotidiana de la virtud cristiana requieren la colaboración activa de mi parte. Significa hacer lo que dice Simon: “¡Deséelo!”

Mientras conducía por un viejo camino del campo en las colinas con cimas cubiertas de nueve de Pensilvania, me impactó que Jesús abordara este tema de gracia y libertad en la maravillosa parábola del granjero y la semilla que se encuentra en Marcos 4.

Con serena confianza y soberana autoridad, Jesús explicó: “El reino no es lo que esperas —un deslumbramiento o la intervención dramática de gloria irresistible. Si observas, comienza muy pequeño, diminuto, como una semilla de mostaza. Y esto requiere tiempo para crecer; así que sé paciente”.

Otra vez Jesús dijo: “Es semejante a un agricultor que planta una semilla y se marcha, y más tarde este brota”.

Pregúntele a cualquier granjero qué hace entre que planta el trigo y su cosecha, y su respuesta será: “¡Nada! Crece solo”.

Esta es la manera en que las cosas se dan en el Reino de Dios, explicó Jesús. El Reino crecerá solo. Lo que plantó el Padre será cosechado y nada lo obstaculizará. Ninguna herejía, escisión, grave error eclesiástico, traición, falla moral, ni el hecho de que el presupuesto no esté equilibrado, ni las persecuciones o los holocaustos nucleares, nada obstruirá la llegada del Reino. Téngalo por seguro. El esfuerzo humano es pequeño si se lo compara con el inexorable plan de Dios.

¿Qué sucederá entonces con nosotros los agotados apóstoles que trabajamos en los viñedos y que recibimos el llamado para promover el Reino de Dios? ¿Simplemente volvemos a la cama? Sería sabio volver a leer la oración de Ignacio Loyola. Nuestros hermanos jesuitas admitieron haberla reescrito, reinterpretando y lustrado durante los último cuatro siglos.

Ahora la oración dice: “Trabaja como si todo dependiera de ti y ora como si todo dependiera de Dios”. Es así, ¿no es cierto? ¡No! El original decía: “Trabaja como si todo dependiera de Dios, y ora como si todo dependiera de ti”.

¿Escribió Ignacio el borrador original después de haber captado el increíble significado de la parábola del granjero y la semilla? Independientemente de la respuesta, me pregunto qué pasaría en mi vida si trabajara como si todo dependiera de Dios y orara como si todo dependiera de mí. Creo que confiaría y estaría despreocupado en el ministerio como nunca antes, sabiendo que Él es el agente principal, y oraría con una urgencia y seriedad sin precedentes porque la llegada del Reino giraría alrededor mío. Ah, Dios, lo desearía con todo mi corazón y al final demostraría que Rafael Simon tenía razón: me convertiría en un santo.

Esta es mi oración: “Señor, es tanto lo que deseo hacer, cosas grandes por ti. Me gustaría tanto hacer un gran gesto, hacer algo realmente espectacular. Algo grande. Pero tú no me pides que haga ese tipo de cosas. Tú me pides que haga las pequeñas cosas insignificantes que conforman mi vida cotidiana. No me pides que haga algo grande y glorioso; solo que haga mi trabajo. No me pides que haga algo realmente espectacular; solo que ame a mi prójimo. No me pides que haga algo completamente estupendo; solo los deberes rutinarios, cotidianos de una mujer que trabaja. Señor, cuando siento que lo que estoy haciendo es insignificante y de poca importancia, ayúdame a recordar que todo lo que hago es significativo e importante ante tus ojos, porque me amas y tú me has colocado aquí, y nadie más puede hacer aquello que estoy haciendo yo exactamente de la manera en que lo hago yo.

Y, Señor, supongo que debo agradecerte porque no pides nada extraordinario de mí. Cuando me concentro en esta idea, realmente no sé si podría. Gracias Señor, por conocer mis habilidades”.

Por Brennan Manning
Tomado del libro: Momentos de soledad
Editorial Concepts & Values

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