No te compliques la vida

Quita tu vista de lo grandioso y ponla en lo cotidiano

Por Jaime Fernández Garrido

Cuando la mayoría de las competiciones deportivas comenzaron, la meta era simplemente jugar y divertirse. Si podías ganar mejor, pero si no, al menos habías pasado un buen rato. Cuando la mayoría de los deportes se fueron convirtiendo en espectáculo, todo se profesionalizó, y, de esta manera, la victoria se hizo casi imprescindible. Y no solo las victorias de los equipos, sino también las individuales.

Desde hace unos años en muchos deportes, incluso se elige al mejor jugador de cada partido para premiarlo.

Lo que algunos parecen no darse cuenta es que es imposible que seas siempre el mejor jugador de cada partido. Ni Michael Jordan lo fue, ni siquiera en la mitad de los partidos que jugó al básquet. Sí, es imposible ser el mejor siempre.

A todos nos gustan las actuaciones “fuera de lo normal”. Admiramos a las personas que impresionan, los actos que dejan a todos con la boca abierta, las actividades efectuadas con grandiosidad. Nos gusta ser “estrellas”, y no nos damos cuenta de que esta manera de actuar nos aleja de lo que es una vida que merece la pena.

¡De verdad! Nuestra vida no es más que una sucesión de actos sencillos y continuos; las actuaciones trascendentales pueden aparecer alguna vez, pero no son el fundamento de nuestra manera de actuar. De la misma manera que en el deporte, la victoria no se obtiene con actuaciones únicas, sino con el sencillo transcurrir y trabajar de cada día. Los campeonatos se ganan partido a partido.

Dios se manifiesta en los actos sencillos, cuando hacemos lo que sabemos y lo hacemos bien. Así de simple.

¿Cuál es el secreto de una vida sencilla? Sin ninguna duda, la transparencia. Ser transparente es no sentir la necesidad de aparentar ni llevar disfraces; de no pretender que la gente nos vea de una manera que nosotros no somos. Ser transparente significa ser sincero y no tener dobles intenciones, ni pretender verlas en los demás; significa hacer las cosas de una manera tranquila, simple, sin ostentaciones ni “movimientos políticos” que puedan herir a los demás.

Ser transparente es tener un corazón limpio delante de Dios y de los demás. Si quieres un ejemplo, piensa en el rey David, que siempre intentó presentar delante de Dios todos sus pensamientos y sentimientos: ya fuese alegría o tristeza, confianza o desesperanza, bendición o sentimiento de culpa… No había nada en su corazón que él quisiera esconder del Señor.

Dios no nos pide que hagamos algo fuera de lo normal, porque lo extraordinario es su trabajo. Dios no espera que tú vayas por la vida buscando grandes milagros, Él los hace para ti en el sencillo andar de cada día. La Biblia dice que Dios quiere que cada uno de nosotros hagamos aquello para lo cual Él nos ha preparado, y en el lugar en el que Él nos ha puesto, y que lo hagamos con un corazón limpio.

Sencillamente.

Por Jaime Fernández Garrido
Tomado de: Protestante digital

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