Esas merecidas vacaciones

Aprenda a disfrutarlas en familia

Por Roberto Vilaseca

¡Vacaciones! Una palabra que suena a música para los oídos. Esas que uno empieza a soñar y extrañar apenas regresa de disfrutarlas, porque no hay tema más hermoso para compartir con la familia que recordar anécdotas y aventuras que se recrean a lo largo de meses, mientras tus hijos comienzan a asaltarte con propuestas locas que parecen una burla a tu billetera.

Apenas menciono la palabra “vacaciones”, me asaltan los recuerdos de mi infancia con un papá aventurero, tan chico como nosotros, capaz de cargarnos a toda la familia, y los abuelos incluidos, en un viejo Peugeot 404 con un portaequipaje más alto que el propio auto y salir a recorrer el norte argentino, armando carpas donde nos prendiera la noche y despertarnos asustados por algún bicho dentro de la carpa. El desafío era subir las lomadas de las rutas a paso de hombre y aprovechar las pendientes a toda velocidad para trepar la siguiente entre los gritos de ánimo de todos.

Ya casado, y con cinco hijos que Dios nos regaló tempranamente, nuestras vacaciones en familia eran todo un desafío. Nuestro presupuesto de misioneros nunca nos permitía grandes lujos, pero era suficiente para animarnos a salir de paseo. Sabíamos que por “gasoleras” que fueran, unos días de vacaciones serían un tesoro que guardaríamos como familia. Y así ocurrió. Dios nos regaló viajes inolvidables en los que pudimos disfrutar de playas y sierras, y cada salida nos dejó un sinfín de anécdotas preciosas y risueñas.

Recuerdo un viaje a Córdoba con un auto que no arrancaba por las mañanas porque el motor ya tenía su desgaste. La consigna, entonces, era estacionarlo cada noche en una calle con una buena pendiente, y a la mañana darle un empujón, correr a la par del auto mientras tomaba velocidad, saltar dentro de él ¾como si se montara un caballo¾ y hacerlo arrancar con la caja de cambio. Un día fui con mis primeros dos hijos quienes le dieron un empujón demasiado fuerte y el auto tomó tal velocidad que ni siquiera yo lo podía alcanzar. Terminamos todos corriendo detrás de él tratando de detenerlo por algunas cuadras, ante la mirada sorprendida de los vecinos locales.

Una situación que comenzamos a percibir con mi esposa en la sucesión de los viajes era un sistemático plan del diablo para robarnos la paz y el descanso esperado. En cada salida se desataba una verdadera oposición espiritual contra nosotros, y más allá de que buscábamos planificar y ajustar hasta el mínimo detalle para que nada nos sorprenda, sucedían hechos inesperados en los que aún corría riesgo nuestra propia vida. Situaciones que nos producían tensiones, nervios y regresos a casa más agobiados que antes de salir.

No puedo olvidarme de un viaje a Mina Clavero con mi esposa en un embarazo avanzado y mis primeros tres hijos. Una mañana ideal planeamos todo un día en un rincón paradisíaco, con un arroyo cuyas aguas bajaban suavemente bañando nuestros pies. Cruzamos al otro margen del arroyo donde había una playita con todos los elementos para pasar el día. Nos entretuvimos sacando algunas fotos pero en cuestión de segundos oímos un sonido muy fuerte, era el agua que comenzó a crecer de nivel. Vino con tal fuerza que apenas pude cruzar algunas cosas y el regresar a buscar a mi familia ya fue muy difícil para mí. Los llevé a un lugar más alto y seguro, y resolví volver a cruzar río para buscar el auto y pedir ayuda. Atravesar esa correntada me llevó un esfuerzo enorme con el peligro de golpearme con las ramas y piedras que arrastraba el agua. Después de luchar mucho logré cruzar, y miré a mi familia del otro lado del río muy asustada. Fue un momento espantoso.

Pero si de vacaciones problemáticas hablamos, todos en casa decimos: ¡Miramar! Fueron dos semanas de película. Resumo lo que nos pasó: el auto se rompió en el viaje de ida y casi se funde. Cuando llegamos al departamento alquilado todavía no se habían ido los inquilinos anteriores por lo que tuvimos que ir a un hotel sin preverlo. Al otro día me robaron la patente del auto y perdí un día en trámites policiales. En la primera tarde de playa, mis hijos varones y un sobrino entraron al agua y casi se ahogan al ser arrastrados hacia una escollera. En la primera salida al centro se nos pierde uno de los niños; estuvimos horas buscándolo. Pocos días después entramos al mar con mi esposa y fuimos arrastrados por una corriente submarina hasta sentir que nos ahogábamos los dos (¡le dimos mucho trabajo al guardavida!). Para completarla se nos rompió el tambor de encendido del auto, que nos quitó mucho tiempo y más dinero, lo que derivó en la rotura del arranque. El auto arrancaba solo con un aventón. El regreso a casa fue toda la familia empujando el auto cada vez que parábamos a cargar gas. En una de las cargas el conductor de una camioneta quiso ayudarnos y, nos empujó con tanta fuerza que hundió el baúl, el cual no se cerró más. ¡Volvimos a casa agotados!

Pero en el transcurso de esos días en esa hermosa ciudad ocurrió algo poderoso en lo espiritual. Conocí a un pastor que me invitó a ministrar en su congregación. Fui con pocas ganas y muy golpeado por todo lo que nos pasaba. Pero a la hora de ministrar Dios se movió con un poder desconocido por mí hasta ese momento, y se produjeron sanidades y señales tan impactantes que la congregación quedó revolucionada glorificando el nombre de Dios. Ese impacto espiritual me hizo entender el por qué de tanta oposición.

Desde aquellos años, advertidos de estas luchas espirituales, con mi esposa nos ponemos la armadura de Dios y batallamos contra todo espíritu que quiera robarnos unos días de descanso. Cubrimos con la sangre de Cristo nuestra vida y todos nuestros bienes. Desde que comenzamos a batallar antes de cada vacación, las cosas cambiaron, y hoy disfrutamos a pleno cada día que el Señor nos regala.

Vacaciones para todos

Salir de vacaciones con una familia tan numerosa como la mía tiene sus complejidades. Desde la manera de viajar –siempre tuve autos con tres filas de asiento- hasta satisfacer los gustos de cada uno. Con los años logramos llegar a algunos acuerdos: Distribuir tiempos para los hijos más grandes con sus propios deseos, otros para los más chicos, y algunas salidas reservadas para nosotros como matrimonio. Cada uno tiene que aprender a ceder y compartir por el bien de los demás.

No siempre hemos podido viajar a una ciudad turística. Más de un año nos quedamos en casa por distintos motivos, pero siempre hemos tratado de tomarnos unos días de descanso para romper con la rutina y disfrutar de salidas recreativas con la familia. No hace falta invertir el salario de medio año de trabajo para disfrutar de unas lindas vacaciones. Alcanza con buscar estar en contacto con la creación, encontrar lugares donde disfrutar un día de pic-nic con agua cerca y hacer actividades placenteras para toda la familia, que los lleve a fortalecer los vínculos. A veces, puede ser una salida del papá con los varones. Otra de la mamá con las hijas. Salidas que permitan estrechar lazos.

¿Podemos los cristianos hablar de tomarnos unas vacaciones? Sí, claro. Es parte de todo lo hermoso que Dios dispuso para nosotros. Dios mismo trabajó seis días y al séptimo descansó. Él quiere que entendamos que todo es hermoso en su tiempo, y que hay tiempo para todo. El sabio Salomón lo explicó en Eclesiastés 3: “Hay un tiempo para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo”, y agregó: “Dios todo lo hizo hermoso para el momento apropiado”. Lamento conocer a algunos pastores que sienten que tomarse unos días de descanso es poco espiritual y una pérdida de tiempo, y con los años vemos las consecuencias de este pensamiento.

 Una inversión, no un gasto

Este tiempo debe ser considerado como una inversión positiva que hacemos en nosotros mismos, y no como un gasto o costo. A la larga, no hacerlo implica un perjuicio para nuestra salud física y mental. Las vacaciones sirven para buscar verdaderamente un tiempo de reposo que nos ayude a reponernos física y emocionalmente de la intensa actividad laboral del año. Así lo sostiene la psicóloga Cyntia Segovia en un artículo que leí tiempo atrás. La investigadora manifiesta que, cuando nos descuidamos de nosotros, el estrés puede invadirnos con facilidad ocasionándonos problemas físicos y psicológicos como estados de fatiga, frecuentes dolores de cabeza, irritabilidad y cansancio, entre otros. El estrés ataca el sistema inmunológico, por lo tanto cuando lo padecemos quedamos expuestos a innumerables enfermedades.

¿Qué tipo de vacaciones son mejores, las de quienes gustan solo descansar y dormir; o las de aquellos que buscan “matarse” haciendo cosas?

“Las vacaciones verdaderas implican que podamos reemplazar las actividades laborales que realizamos diariamente, por acciones que nos produzcan agrado, satisfacción y que disfrutemos realmente”, responde la experta. “Este cambio claramente nos llena de energía, vitalizándonos para el siguiente año laboral. De este modo, cada persona tendrá sus preferencias personales que serán indiscutibles, dado que cada uno sabe qué le agrada hacer en su tiempo libre; algunos querrán ir a la playa, otros leer, ir al campo a las montañas”.

Añade que si bien cada uno elegirá aquellas actividades que más disfrute, se recomienda que las personas se alimenten equilibradamente, duerman lo suficiente y realicen alguna actividad física, ya que estas son las mejores formas de reponerse. Además, es importante contactarse con la naturaleza pues es una fuente de energía maravillosa para nuestro organismo.

“Existe una relación directa entre la satisfacción de la necesidad de descanso de un trabajador y el nivel de rendimiento en sus tareas. Lo que significa que al regreso de las vacaciones los trabajadores tendrán mayor disposición, energía y concentración”.

La premisa de una vacación es descansar, relajarse y disfrutar de la creación que Dios nos ha dado. Sea en la playa, en la montaña, en el campo o aun en la misma ciudad, procura que tus días sean relajados, divertidos y disfrutables en familia.

Y por último, te animo a que los días de descanso no signifiquen tomarte vacaciones de Dios. Al contrario, aprovecha para leer un buen libro y pasar tiempo conversando con el Señor en una caminata al atardecer. Aparta momentos especiales para tener comunión espiritual en familia. ¡Felices vacaciones!

Por Roberto Vilaseca

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