Diciembre en la Argentina

El análisis y la reflexión sobre el presente y futuro de nuestro país

Por Juan Carlos Manzewitsch

Como casi todos los meses de diciembre ¾al menos los últimos doce años¾, cuando se acercan las fiestas de fin de año y los aguinaldos, en la Argentina emergen las protestas acaloradas y muchas veces los saqueos a tiendas y comercios. El 20 del último diciembre se recuerda otra vez la crisis social y económica que terminó con la administración del ex presidente, Fernando de la Rúa.

Si bien ya pareciera ser cíclico en nuestro país, este año la sintomática crisis se desbordó. Para agravar la situación causada por el acuartelamiento extorsivo de la policía de varias provincias, unos malvivientes aprovecharon la situación y por una semana entera hicieron de las suyas en varias ciudades y provincias.

El clima era ideal para que se repitiera lo de diciembre del 2001, que terminó en un estado fallido. Las fuerzas de seguridad en huelga, los políticos polarizados y los delincuentes sueltos. En el 2001 hubo un colapso financiero, social, político y gubernamental. Según los analistas, en menos de un mes la Argentina retrocedió casi dos décadas. No obstante, en esta ocasión (2013) no fueron más que unos nubarrones oscuros que, por ocho días, despertaron el fantasma de la memoria colectiva del 2001. Gracias a Dios por ello.

“Porqués”

¿Por qué está vez Dios no permitió que el país cayera en el caos? En mi opinión, hay razones horizontales y verticales que podríamos distinguir.

En cuanto a los factores horizontales, puedo puntualizar lo siguiente:

Primero, es claro que la sociedad argentina está mucho más madura después de treinta años de democracia. El pueblo no salió a saquear tiendas, ni siquiera a protestar con sus cacerolas. Sí lo hicieron malhechores instigados por grupos políticos que buscaban sacar tajada de la situación.

Segundo, los dirigentes de la mayoría de los partidos políticos saben muy bien que la anarquía no le conviene a nadie, y mucho menos a ellos.

Tercero, a pesar de la crisis económica y la injusticia social que hacen que los que menos tienen la pasen bastante apretados, la economía del país aún no ha colapsado y la Argentina tiene sus deudas internacionales bastante saneadas, aun a pesar de la arrogancia tirana que algunos gobernantes esgrimen.

Por supuesto, esta es una percepción muy personal, y algunos la calificarán de simplista y superficial, como de alguien que presta poca atención al quehacer político del país. Reconozco que vivo mi vida en varias naciones a la vez.

Lo que no depende de un punto de vista personal son los factores verticales o espirituales, que intervinieron en esta ocasión, para estabilizar la sociedad argentina. Lo siguiente debería ser muy claro para cada hijo de Luz:

Primero, desde hace unos años, la Argentina vive un “nuevo día”. La luz del Señor aún brilla. Sin embargo, si la Iglesia del Señor no despierta y aviva la llama del altar otra vez, el horizonte luce poco promisorio. Jesús dijo que “no se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa” (Mateo 5:15).

Siento que Dios está deteniendo el avance de una angustiosa noche. Créanme que sé de lo que hablo: mi ministerio se despliega en México principalmente. Él quiere darnos la oportunidad, a los que para esta hora hemos sido puestos como luminares en el país, de brillar con más intensidad. ¡Cuidado con la adicción enfermiza a estar encerrados en la caja de nuestros templos, ministerios y programas! ¡Cuidado con las agendas egocéntricas y personales!

Segundo, Dios intervino esta vez para que el resplandor del día continúe alumbrando en el país más austral del mundo. Lo hizo a causa del clamor de muchos que tomaron seriamente la responsabilidad y privilegio de la oración. Movimientos nacionales como “Argentina Oramos por Vos”, y muchos otros esfuerzos locales, institucionales y personales, han estado tomando fuerza.

Debemos entender que el Creador del Universo no necesita de nuestras oraciones. Él es todopoderoso. Somos nosotros los que necesitamos orar.

No hace mucho un líder religioso dijo que ya era “demasiado tarde para orar” por la Argentina. Este tipo de declaraciones están muy alejadas de la verdad, y ajenas al Nuevo Pacto inaugurado por Jesucristo. Gracias a Dios, de nueva cuenta, quedó testimoniado que Aquel a quién oramos tiene poder para revertir las cosas y está atento a nuestro clamor. Si la Amada del Cordero no intenta llamar la atención de Dios, ¿quién lo hará?

La última razón a la que quiero referirme, en cuanto a la mediación divina a favor de la Argentina, es el plan que el Espíritu Santo tiene preparado para esta hora. Dios aún quiere obrar en el país y sus designios están cerca de cumplirse.

Creo firmemente en la soberanía de Dios. Sé que Él va a hacer su voluntad de una u otra manera. Sin embargo, nosotros decidimos cómo “vamos a pasarla” durante este proceso. El camino a la Tierra Prometida pudo haberse hecho en dos años. La dura cerviz del Pueblo escogido los mantuvo cuarenta años dando vueltas en el desierto.

Argentina es de Dios. Es una nación que lleva la impronta de sus reiteradas visitaciones. Él no va a dejarla, ni olvidarla (Salmo 27:10). El Señor siempre se procuró testimonio en la tierra. Él está levantando una nueva generación de siervos y líderes que hagan conforme a su corazón (1 Samuel 2:35).

Me atrevo a proclamar más que esto aún: el Padre tiene hijos que le servirán, e hijos que gobernarán en el ámbito de su Reino en la Argentina.

Por Juan Carlos Manzewitsch
Ministerios Visión Internacional

 

 

 

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