¿Por qué no todos son sanados?

Aprender a confiar en el Padre misericordioso

Por Kathryn Kulhman

“¿Por qué no todos son sanados?”. La única respuesta honesta que puedo dar es: no lo sé. Porque solamente Dios lo sabe. Y le temo a aquellos que dicen saber. Porque únicamente Dios sabe, y ¿quién entenderá la mente de Dios? ¿Quién puede comprender su razonamiento?

Pienso que hay algunas cosas simples que podemos observar, pero, la última respuesta sobre quién es sanado, y quién no queda en manos solo de Dios.

Con frecuencia, están aquellos que vienen para recibir oración por una sanidad física y quedan tan atrapados en el servicio de milagros que se olvidan acerca de su propia necesidad. Pronto dirigen sus oraciones hacia otros y comienzan a regocijarse con los milagros que suceden. Tan extraño como parezca, justamente es el momento preciso que Dios elige para sanar: cuando nuestro yo se olvida, y Dios y los demás están primero.

Esto le sucede a alguien que ora y cree. Pero, otros que son escépticos ¾grandes incrédulos en los milagros¾ también son sanados con frecuencia. No hay entendimiento de la mente y los caminos del Señor.

Sin embargo, debemos enfrentar los hechos. Debe haber una razón por la que algunas personas no son sanadas; porque están aquellos que insisten que tienen “toda la fe del mundo”, y dejan el servicio en las mismas condiciones que cuando vinieron. La gran tragedia es que los desalientos vienen con las decepciones.

Sabemos por La Palabra de Dios que la fe como un grano de mostaza hará más que una tonelada de voluntad o determinación mental.

La fe de la que Jesús habló no puede manifestarse a sí misma en resultados como no puede hacerlo el Sol sin luz y calor. Pero en muchas instancias las personas han confundido su propia habilidad para creer con la fe que ¡únicamente Dios puede dar!

Fe no es una condición de la mente. Es una gracia divinamente impartida al corazón.

Nuestras emociones y deseos con frecuencia son confundidos con la fe, y es muy fácil culpar a Dios cuando no hay resultados de algo que ha sudo puramente de la mente y no del corazón. Una de las cosas más difíciles del mundo es darse cuenta de que la fe puede ser recibida únicamente cuando es impartida al corazón por Dios mismo. No puede ser fabricada. No importa cuánto nutramos y cultivemos ese espíritu que el mundo interpreta como fe; nunca crecerá hacia el tipo de fe que fue introducida por Jesús.

Podemos creer en la sanidad. Podemos creer en nuestro Señor y su poder de sanidad. Pero únicamente Jesús puede hacer la obra que nos levantará a las cimas de las montañas de la victoria. Hemos hecho de la fe un producto de la mente finita cuando todos los otros dones del Espíritu han sido atribuidos a Dios. Para mucha gente, la fe todavía es la habilidad propia para creer una verdad, y con frecuencia está basada en sus luchas y capacidad para alejar la duda y el descreimiento a través de un proceso de continuas afirmaciones.

Hay creencias en la fe, pero la fe es mucho más que creencia. La fe es un don de Jesús, el Dador de cada don perfecto y bueno, el Autor y Consumador de nuestra fe. La fe activa es creencia sin cuestionamiento: cree y descansa en Dios con toda confianza. La fe puede transformarse en algo tan real como nuestros sentidos. Cuando recibimos su fe también recibimos entendimiento. Todo lo que Dios tiene para sus Hijos, Él lo pon al alcance de la fe. Entonces, Él vuelve y les da fe para que se apropien del don.

Jesús entonces habló. Con Él no hay lucha. Las olas de duda, ansiedad y preocupación, todas se evaporan y una calma gloriosa y maravillosa, y una paz entran en el corazón y la mente de aquel que ha recibido aquello que solamente Dios puede dar.

Y el único ruido que habrá será el de la alabanza y adoración que sale desde los labios de uno que ha sido recientemente sanado por el Gran Médico.

Uno de los más grandes secretos que he aprendido a través de los años es cuando me he dado cuenta de mi propia imposibilidad y se la he hecho saber a Dios. Es entonces cuando he experimentado algunas de las más grandiosas manifestaciones de su poder. Usted está mucho más cerca de su propia impotencia y su completa y entera dependencia en el Señor.

No recibimos nada demandando a Dios, sino por causa de su gran amor, compasión y misericordia que Él nos da. Con frecuencia perdemos de vista el hecho de que ninguno de nosotros puede reclamar ningún derecho propio, nadie merece la más pequeña bendición, pero recibimos sus bendiciones por causa de su misericordia y compasión. La sanidad es un acto soberano de Dios.

Él no responde a las demandas de los hombres para probarse a sí mismo. Me asombro ante el número de personas que tratan de hacerle desafíos a Dios. Pero no podemos hacerle eso a Dios; no podemos decirle: “No estoy seguro de ti, pero si me sanas creeré”. Todos hemos escuchado sobre ateos que han intentado probar que Dios no existe maldiciéndolo y retándolo a que los mate. Y al no suceder nada, proclaman a viva voz: “No hay Dios, de otra manera, Él me hubiera respondido”. Pero Dios no puede ser manipulado.

Existen algunas cosas en la vida las cuales siempre quedarán sin respuesta porque vemos a través de un espejo imperfecto, oscuramente. Dios sabe el final desde el principio, mientras que todo lo que podemos hacer nosotros es tener vislumbre del presente, y una vislumbre distorsionada.

En 1865 cuando Lincoln fue asesinado una multitud excitada de miles se reunió en las calles de Washington. Todos estaban tremendamente desconcertados, yendo y viniendo como ovejas sin pastor. Sobrecogidos, con preguntas y emociones con respecto a la trágica hora. Pero en medio del tremendo desorden un hombre apareció sobre los escalones del Capitolio y dijo: “Dios reina y el gobiernos de Washington todavía está vivo”.

Las palabras correctas habían sido pronunciadas: “¡Dios reina!”.

Por Kathryn Kuhlman
Tomado del libro: De la desesperación a la libertad
Editorial Peniel

De la Desesperacion a la Libertad (Ed. Bolsillo)

1 comentario en ¿Por qué no todos son sanados?

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