Guiados por el Espíritu Santo

Aprender a decir “no”

Por J. M. Farro

Recientemente escuché de un ministro del Evangelio, cuya congregación agradecida lo envió a un crucero. Durante su viaje descubrió que ser indulgente con su apetito lo había puesto totalmente fuera de control.

Creo que leer acerca de la experiencia de este hombre fue la manera de Dios de confirmarme que iba por buen camino en cuanto a mis hábitos alimenticios. Luego de probar algunas de las dietas más conocidas que permiten al comensal ingerir pequeñas cantidades de algo deseado ¾y luego de alcanzar resultados escasos¾, el Señor comenzó a enseñarme a decir “no” a muchos de mis deseos naturales, y a decir “sí” a algunos más recomendables. Descubrí que cuanto más me resistía a hacer las cosas a mi manera en lo que respecta a mi alimentación, recuperaba más control sobre mi apetito. Este dominio me permitió no solo bajar de peso, sino también mantenerlo bajo.

Los versículos de 1 Pedro cambiaron mi vida. Me hicieron dar cuenta en qué medida realizar todo lo que quería le permitía a mis deseos naturales gobernarme. Cuanto más cedía a mí mismo tanto más difícil se hacía disciplinarme para hacer lo bueno. Por otra parte, cuanto más resistía mis impulsos naturales de ser indulgente conmigo misma, más control y libertad experimentaba, lo cual es el deseo de Dios para sus hijos.

Por ejemplo, a menudo cuando iba de compras y tenía el impulso de adquirir algo, comenzaba a sentir una “tensión” entre mi carne y mi espíritu. Mi carne decía: “No te lo puedes perder. ¡Es una buena oferta!”. Pero mi espíritu me prendía una luz, advirtiéndome que resistiera la urgencia de comprarlo. Luego me tocaba a mí decidir a cuál de las dos partes prefería complacer: a mi espíritu o a mi carne.

De cualquier manera, tenía que soportar una pequeña cuota de sufrimiento. Si decía “no” a mí misma, mi carne sufriría. Si decía “sí” a mí misma, mi espíritu sufriría. Descubrí que si no puedo salir de una situación sin alguna clase de sufrimiento, es mejor que este sea en la carne antes que en el espíritu. Esa fue la actitud que tuvo Jesús, a la cual se refiere 1 Pedro 4: 1-2. La paráfrasis de The Living Bible lo expresa de esta manera: “Ya que Cristo sufrió y experimentó dolor, ustedes deben estar preparados para sufrir también. Pero recuerden: cuando su cuerpo sufre, el pecado pierde su poder, y no pasarán el resto de sus vidas corriendo tras deseos malignos, sino que estarán ansiosos de hacer la voluntad de Dios”. Cada vez que elegimos sufrir en nuestra carne en vez de hacer las cosas que queremos, el dominio del pecado sobre nuestras vidas disminuye y resulta más fácil obedecer a Dios. Antes de recibir a Cristo como salvador de nuestras vidas, no había modo de escapar de la esclavitud del pecado. Pero con el don de la salvación viene el don del Espíritu Santo, y el poder para vivir una vida piadosa dentro de un cuerpo físico y en un mundo pecador.

Dios no nos da su Espíritu solo para que podamos vivir como el resto del mundo lo hace. Él nos ofrece su poder sobrenatural para que le digamos “no” al pecado y vivamos la vida abundante que Jesús nos otorgó.

¿Podemos apagar el poder del Espíritu Santo obrando nosotros? Absolutamente. Si continuamente ignoramos su convicción y guía, nuestro corazón se endurece y se hace cada vez más difícil escuchar el silbo suave y apacible de la voz de Dios. En 1 Pedro 1:14 nos dice: Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia”. La verdad es que ya no tenemos que ceder más a los deseos de nuestra naturaleza pecadora cuando nos demande cosas. La Biblia dice que hemos recibido una nueva naturaleza (2 Corintios 5:17), y si vivimos nuestra vida con una actitud de total dependencia, podremos disfrutar la libertad que viene al hacer la voluntad de Dios.

Tomado del libro: Encuentra el propósito para tu vida
Por J. M. Farro
Editorial Peniel

Encuentra el Proposito para tu Vida

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