Distracciones que llevan a la ruina

No se deje engañar

Por Jentezen Franklin

Este es uno de los métodos más insidiosos del diablo: engañar, desviar y distraer a la Iglesia de su propósito divino. Él exhibe las cosas materiales más impresionantes frente a nosotros para deslumbrarnos y distraernos de la misión suprema que Dios tiene para nuestra vida.

Tristemente, le facilitamos el trabajo porque nos desviamos muy fácilmente. Cuando podemos continuar cómodamente durante meses sin una sensación fresca del Espíritu Santo en nuestra vida, hemos sido distraídos por el diablo. Cuando ya no duele que nadie se convierta o se arrepienta en nuestras iglesias, hemos sido distraídos por él. Cuando pasamos tiempo y gastamos energía debatiendo acerca de cómo perpetuar la Iglesia en lugar de cómo alcanzar mejor al mundo para Jesucristo, hemos sido distraídos por el diablo. Cuando los líderes de nuestra congregación dejan de orar y ya no están arraigados en La Palabra de Dios, hemos sido engañados.

Cuando suceden estas cosas, una fuerza invisible maligna está obrando intentando cambiar una iglesia espiritual en una iglesia carnal. El diablo distrae a la Iglesia con un desplazamiento silencioso y una sustitución inadvertida. Y antes de darnos cuenta, lo espiritual es reemplazado por lo social.

En Hechos 16, la pitón intentó distraer a Pablo y a Silas de su misión de predicar el Evangelio, y él hará lo mismo con usted si se lo permite. Si no tiene cuidado, sus intentos deliberados para evitar que lleve a cabo la voluntad de Dios funcionarán.

Si no oramos y tenemos cuidado, el enemigo nos desviará de las cosas más importantes, trayendo distracciones a nuestra vida.

Distracciones emocionales

Una distracción emocional es algo que nos altera, pero realmente no tiene nada que ver con lo que es eterno. Permítase compartirle un ejemplo.

Recuerdo muy claramente a cierto político que hace años hacía cosas que yo creía que eran diametralmente opuestas a La Palabra de Dios. Una semana en particular, estuve realmente molesto. Me acuerdo que reuní los recortes del diario y ese viernes fui a mi oficina, me encerré y me puse a trabajar en un sermón. ¡Le iba a decir a mi congregación cómo es que nuestro país se estaba yendo al infierno sin frenos!

Pero el Señor puso freno a mi corazón cuando pensaba ya estar listo para predicar, y descubrí una verdad en La Palabra. En la época en que Pablo predicaba, había un líder llamado Nerón quien perseguía a los cristianos. Los bañaba en alquitrán y luego les prendía fuego atados a postes para que sirvieran como linternas, con el fin de poder conducir su carro por las calles de Roma. No obstante, nunca leemos que Pablo se haya levantado y atacado al gobierno o intentado movilizar a las tropas bajo un partido político. Lo que hizo Pablo fue levantarse y decir: “Yo predico a Jesucristo y a este crucificado”.

Eso me recordó que mi propósito principal era liberar a la gente al pie de la cruz. Yo sé que hay injusticias sociales. Sé que hay racismo. Sé que suceden terribles abortos, matrimonios homosexuales y la lista continúa. Debemos mantenernos firmes en lo que La Escritura dice acerca de esas cosas, pero me niego a entrar en las grandes batallas acerca de estos y otros temas. Porque si no tenemos cuidado, creo que estas cosas serán utilizadas por el enemigo para distraer a la Iglesia de su misión real.

Nuestra misión real no es convertirnos en una fuerza política en la Tierra. Nuestra verdadera misión no es que la gente haga cosas buenas en nuestra sociedad. La misión real de la Iglesia —y no debemos distraernos de ella— es predicar a Cristo y a este crucificado. Pablo dijo en Colosenses 1:28 que es a Él a quien predicamos. No predicamos denominaciones, no predicamos partidos políticos y no predicamos mi opinión ni la suya. ¡Lo predicamos a Él!

Debemos decirle al mundo que Jesús es el Hijo de Dios y que nació de una virgen llamada María. Debemos compartir que Él vivió sin pecado y que murió en una cruz ensangrentada. Debemos predicar que lo enterraron en una tumba, pero que al tercer día resucitó y que pronto regresará. ¡Nunca debemos permitirle al enemigo que nos aleje de esto!

Las distracciones emocionales nos alejan de predicar a la gente que necesita el Evangelio de Jesucristo. Si no tenemos cuidado, solamente construimos una sociedad dentro de una sociedad llamada “la Iglesia”, y terminamos predicándole a nadie y llevando a cabo nada.

Algunas veces la gente me dice cosas como: “Deseo renunciar a mi empleo y dedicarme al ministerio para ganar almas”. Permítame ayudarle a comprender algo: ¡La gente que no es salva está donde usted trabaja y vive! Qué tal decir: “Soy ministro justo donde estoy”. ¡Luego vaya y gane a alguien para Jesús sin ser distraído del propósito de Dios!

A lo largo de los años el enemigo ha intentado distraerme con nuevos métodos y nuevas filosofías, pero yo no estoy llamado a ser consejero. No estoy llamado a ser un médico que le dé algún tipo de filosofía que lo ayude a ir por la vida. Yo trato con almas eternas que enfrentarán consecuencias eternas. Es muy pesado, y nadie puede llevar esa carga por mí. En otros empleos la gente puede salir a las cinco, y su responsabilidad termina ahí; pero mi carga nunca me deja. Me despierto pensando en las almas, es una carga del Señor. Pero si no tengo cuidado, ¡permitiré que el enemigo me distraiga de lo que realmente importa!

Lo mismo sucede con usted. El enemigo hará todo lo que pueda para distraerlo de la Palabra de Dios y de la oración. Lo que esté alejándolo en su vida de la intimidad con Jesús es una distracción del enemigo.

Por Jentezen Franklin
Tomado del libro: El espíritu de Pitón
Casa Creación

El Espiritu de Piton

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