Con las emociones heridas

Cómo tratarlas para no volver a caer

Por José Luis Navajo

El ambiente estaba cargado de tensión que casi podía palparse. El rostro de Ester era una mueca de pura furia y el mío una caricatura de preocupación.

El anciano habló y sus palabras rasgaron la nube de hostilidad como un cuchillo: “Hay un aspecto crucial para la salud de una relación y es la forma en que tratamos con nuestros sentimientos cuando han sido heridos por nuestra pareja”.

Noté que mi esposa levantó la cabeza, mirando al anciano con cortería, pero poniendo mucho cuidado en no mirarme a mí.

“Cuando nuestro cónyuge se comporta de forma inadecuada y daña nuestras emociones solemos tomar una de estas dos opciones: explotar de ira o explotar la ira”.

¿Qué es explotar de ira? Alguien nos ofende y perdemos el control. Si él nos gritó, nosotros gritamos más. Si nos hirió con palabras, buscamos otras más hirientes para devolverle el daño. Es una forma de sacar la indignación que nos quema… Después de explotar, tal vez nos sintamos algo más tranquilos. Hemos volcado nuestra agresividad en el ofensor y eso produce cierto alivio, pero les aseguro que la sensación es totalmente engañosa. Es una falsa satisfacción. Lo cierto es que a nuestro alrededor hemos sembrado destrucción y eso no satisface sino que engaña. Puede que hayamos ganado una batalla pero hemos perdido la guerra y esa efímera victoria tampoco saldrá gratis; con toda seguridad nos habremos desprendido de mucho en el empeño de vencer en esa escaramuza, algunas de esas cosas son realmente valiosas. Dejaremos una relación rota, sensibilidades afectadas y heridas abiertas. Explotar de ira siempre es un error.

Toda sentencia pronunciada con furia, mata en vez de dar vida; no construye, sino que destruye; no resuelve, sino que complica. Definitivamente explotar de ira es una forma errónea de enfrentar una crisis.

Si esta consiste en reaccionar de inmediato a la ofenda y sufrir un estallido de emociones negativas, la segunda (explotar la ira) consiste en que guardo la ofensa en la mente, la atesoro en el corazón y espero la ocasión para resarcirme. Alguien dijo: “La venganza es un plato que se sirve frío”. Así que el ofendido custodia el daño que su cónyuge le infringió y cuando el rival, porque la ofensa guardada convierte al otro en rival, menos lo espera, ejecuta la venganza. Hay personas capaces de guardar una ofensa durante meses y sacarla a relucir en los momentos más inoportunos.

La venganza y el revanchismo nunca aportan alivio ni nada positivo. Jamás. Por el contrario, son dinamita en la estructura del matrimonio. Un cónyuge que se siente despechado y rechazado es más vulnerable a la tentación.

Escuché que en una ocasión un hombre vino buscando consejo y me dijo:

¾Ayúdeme, por favor, mi esposa es histórica.

¾¿Histórica? ¾interrogué¾. Querrá decir que es histérica.

¾Eso también; pero lo peor es que es histórica porque cuando se enfada conmigo empieza a reprocharme: “¿Recuerdas aquello que me hiciste en febrero de 1993? ¡Yo no lo he olvidado!”.

Atesorar una ofensa en el corazón es equivalente a dar cobija a un cáncer. Terminará por matarnos. Lo mejor es extirparlo, sacarlo de nosotros rápidamente y con toda determinación.

Explotar de ira y explotar la ira son dos opciones malas. Sin embargo, debemos sacar a la luz nuestras emociones y sentimientos.

Las emociones heridas deben exponerse para que sean sanadas, pero conviene seguir un protocolo en el que se contemplen el qué, el cómo y el cuándo.

El primer punto es “el qué”. ¿Qué hacer cuando nos han herido? Lo correcto es confrontar el ofensor, es decir, hacerle saber que nos hizo daño. No es mejor guardar la herida, pues terminará por infectarse y el daño será mucho mayor.

El segundo paso es “el cómo”. ¿Cómo confrontar al ofensor? Debemos hacerlo con respeto y erradicando todo ánimo revanchista. Buscando aclarar la situación y poner los medios para que quien nos hirió no vuelva a hacerlo. Es muy importante abordar este paso con sosiego y serenidad, no exaltados. El objetivo no es herir a quien nos hirió, sino sanar nuestra herida.

Por último, debemos dilucidar “el cuándo”. ¿Cuál es el momento propicio para confrontar? Este punto es decisivo. El tiempo y la ocasión en que lo hago determinarán la eficacia de todo el proceso. Debo llevarlo a cabo cuando esté seguro de que seré capaz de controlar mis emociones. Cuando tenga la garantía de que podré exponer mis sentimientos sin dejarme llevar por ellos. Cuando sea el jinete que controle al caballo de mis emociones.

“Eso puede implicar un tiempo de espera, que lo que me hicieron en este momento sea confrontado un poco más adelante. Cuando la aguja del enfado está en la zona roja es seguro que diré cosas erradas; debo dejar que las emociones se enfríen, pero no debo esperar tanto como para que la aguja se vaya al otro extremo y la ofensa se congele. Cuando el enfado se congela, se convierte en rabia helada. Súbitamente ya no podemos hablar del problema, ya no tenemos nada que decir, y todo eso da lugar a la amargura congelada”.

Lo más importante no es la inmediatez, sino la eficacia. La precipitación es un enemigo acérrimo de la paz en la familia. Pero no debemos esperar en demasía. Eso es comunicar sentimientos y emociones con ánimo constructivo. Una vez que se ha confrontado la situación y pedido de disculpas por las ofensas, y ambos han hecho un firme propósito de no repetirlas, el asunto se olvida. Prohibido volver a echarse en cara aquellos errores que se disculparon; prohibido revolver la basura. Prohibido desenterrar heridas y errores del pasado. Todo ha sido perdonado y cubierto por un grueso manto de disculpas.

Por José Luis Navajo
Tomado del libro :5 días para un matrimonio feliz
Grupo Nelson

5 Dias para un Matrimonio Feliz

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