¡Auxilio! Perdí mi confianza

Sin ella tendremos muchos problemas para relacionarnos

Por Ed Delph

Las personas interiormente desean confiar en alguien o algo. La confianza es un componente básico de nuestra personalidad. Cuando somos bebés aprendemos a confiar en que nuestros padres vendrán cuando lloramos y satisfarán nuestras necesidades. Cuando somos niños aprendemos a confiar en que nos recogerán de la escuela y nos darán alimento y ropa. Nuestra vida está edificada en la confianza de que los acontecimientos de todos los días sucederán tal como lo esperamos.

También aprendemos a confiar en las personas, en algunas más que en otras. La mayoría de los niños pequeños confían en sus padres de manera incondicional. Todos los días, los padres confían sus hijos a los maestros y los entrenadores. También advierten a sus hijos que no confíen en extraños. Cuando la mayoría de los niños llegan a la adolescencia, ya han desarrollado una suerte de indicador para evaluar a los demás y determinar si deben confiar en ellos o no. A la larga, todos deben confiar en alguien o algo, aunque sea solamente en sí mismos.

Pero hay personas que responden a las pruebas con lo que llamo la “mentalidad de una tortuga”. Es decir, cuando una persona se siente amenazada, se refugia, como una tortuga, dentro de su caparazón y se niega a salir. Comienza a funcionar en el aislamiento. El problema es que no puede comer, ver, moverse ni hacer nada hasta que salga. Es posible que se sienta seguro dentro de su caparazón, pero no hay espacio para las relaciones, la diversión, el entusiasmo, ¡no hay espacio para la vida!

Cuando se trata de confiar en Dios, la decisión no siempre es sencilla porque el mentiroso está continuamente susurrándonos sus persuasiones para que tomemos la decisión equivocada.

La estrategia del mentiroso

El mentiroso continuamente trata de que usted se ajuste al modo rebelde de su reino. Realmente no es demasiado creativo y usa los mismos métodos una y otra vez. La intención de Dios fue satisfacer Él mismo su necesidad interior de confianza, porque es el único que es siempre digno de confianza. El Señor es el único que nunca la defraudará.

Sin embargo, el mentiroso, que conoce su necesidad interior de confianza, la manipula en su contra. ¿De qué manera lo hace? Lo hace mediante lo que llamamos estrategia en contra de la confianza. La estrategia del mentiroso funciona en dos etapas:

1. Lo hace confiar en filosofías, cosas o personas en vez de en el verdadero Dios.

2. Cuando todo esto le falla, lo convence para que no confíe en nada ni nadie. Esto fomenta la rebelión (contra el Señor) dentro de su corazón.

Primero lo engaña para que confíe en cosas que lo decepcionarán (ídolos, otros dioses, identidades falsas, falsificaciones del verdadero Dios viviente) ¾lo que Jeremías 2:13 llama “cisternas rotas que no retienen agua”¾, que lo alejan de la confianza en el verdadero Dios. Él sabe que estas cosas nunca demostrarán ser dignas de confianza. Una vez que fallan inevitablemente, el mentiroso avanza con sus mentiras, distorsiones y malas interpretaciones, con las cuales lo convence de que nunca vuelva a confiar en nada ni nadie. Al no confiar en el Señor, usted se rebela contra el mejor plan que Él tiene para su vida.

Bob ha puesto al pastor Ted en un pedestal. Cree que el pastor no puede equivocarse, que siempre habla las palabras de Dios, que es el cristiano perfecto, que abunda en sabiduría y entendimiento. El mentiroso ha engañado a Bob para que convierta al pastor Ted, un simple hombre, en un ídolo. Pero cuando él comete un error en el manejo de una situación o dice algo que toca algún nervio expuesto en la vida de Bob o incluso cae en pecado, entonces ¿qué le sucede a Bob? Se siente herido y traicionado. El mentiroso le dice: “Estos pastores son todos iguales. ¡Fuiste muy tonto al confiar en él! Si eres inteligente, ¡nunca volverás a confiar en ningún otro pastor!”. ¿Qué cree que hará Bob?

¿Por qué el mentiroso quiere robarle su capacidad para confiar? Él sabe que si puede reducir su capacidad para confiar en Dios, también le está quitando su escudo de la fe. Y el escudo de la fe apaga todas las flechas encendidas del maligno (ver Efesios 6:16). Entonces sin el escudo de la fe, usted está indefenso en contra de sus otros ataques. Se aísla del Señor y de su red de apoyo y no tiene la capacidad para defenderse.

Se vuelve como una isla, como escribió Paul Simon en una canción de la década de 1960: “No toco a nadie ni nadie me toca a mí”. Nos convertimos en “carnada del diablo”. ¿Arremete un león contra una manada de antílopes y ataca al más fuerte? No, busca a uno que esté herido o enfermo y se quede detrás de los demás. No se convierta en ese antílope herido y aislado; prepárese para el ataque del león. Tome la decisión correcta con respecto a la confianza.

La anémona de mar

El motivo por el que las personas no vuelven a confiar después de ser heridas no es ningún misterio. ¿Alguna vez ha visto cómo reacciona una anémona de mar cuando la toca un curioso vagabundo? Se cierra inmediatamente, tirando dentro de sí misma sus delicados tentáculos para protegerse. No vuelve a abrirse hasta que no la molestan por un largo tiempo. Muchas personas reaccionan como ese bicho cuando su confianza ha sido defraudada; se retiran y no “salen” a confiar en nadie más.

En Siguiendo el Ecuador, Mark Twain escribió: “Debemos tener cuidado de no extraer de una experiencia solo la sabiduría que en ella hay y allí quedarnos; no fuera que acabemos como el gato que se sentó sobre la chapa caliente de la estufa. Él no volverá a sentarse sobre una chapa caliente, y eso está bien, pero tampoco volverá a sentarse sobre una chapa fría”.

Este tipo de estrategias de autoprotección se ponen en su contra cuando se trata de confiar en Dios. La confianza en Él es la diferencia entre el cristiano que navega y el que se arrastra. Los siguientes párrafos presentan un estudio de caso real, narrado en las propias palabras del sujeto, de una mujer llamada Lisa que perdió su capacidad para confiar y cómo esto afectó profundamente su vida: “En mi niñez no hubo abusos traumáticos. Siempre tuve lo suficiente para comer y vestirme.

Fui criada en un hogar cristiano en los “viejos buenos tiempos”, cuando mi madre se quedaba en casa para criarnos y mi padre era el sostén de la familia. Toda la familia iba a la iglesia tres veces por semana. Eso es lo que da miedo. Lo tenía todo. Nadie podría haber adivinado por el tipo de familia en el que me crié que me volvería tan neurótica.

El problema era que mis necesidades emocionales no estaban satisfechas. Era una niña muy sensible. Necesitaba aceptación y amor incondicional. Necesitaba saber que era valorada e importante. ¿Pero cómo puede decir un niño pequeño que sus necesidades emocionales no están satisfechas? No sabía qué era lo que estaba mal. Creía que era una falla mía, que había algo que no estaba haciendo bien, que algún día entendería qué era lo que querían de mí y entonces me amarían y por fin sería feliz.

Mi padre controlaba totalmente nuestro hogar y todos los niños le teníamos miedo. Él podía corregirnos con solo una mirada que nos hacía temblar por dentro. Una de las frases que más a menudo usaba era: ‘A los niños se les debe ver, no escuchar’. Esa oración comunicaba miles de pensamientos: me decía que mis opiniones no importaban, que los adultos no querían que los molestara, que era un fastidio que debían tolerar hasta que creciera y pudiera tener algún uso práctico para alguien.

Recuerdo haber oído una conversación telefónica de mi madre con una de sus amigas que acababa de enterarse de que estaba embarazada. Mi madre estaba compadeciéndose de su amiga y le decía que ni yo ni mi hermana menor habíamos sido planeadas. Recuerdo haber ido al baño a llorar. La semilla del rechazo encontró tierra fértil en mi ya herido corazón.

Continuamente me comparaban con mi hermano mayor, que era un prodigio. Cuando mi padre contaba historias sobre él, decía: “Si él puede hacerlo, ¡tú también puedes!”. Ahora entiendo que trataba de alentarme. Lo que intentaba decir era que yo era talentosa como mi hermano mayor. Pero eso no es lo que yo escuchaba en ese momento.

Crecí con demostraciones de que las mujeres eran menos valiosas que los hombres. Me ofendía la manera en que mi padre trataba a mi madre. La menospreciaba y la intimidaba. Recuerdo un incidente en particular en el que quería que firmara unos papeles legales pero no quería que supiera de qué se trataba (¡era un canalla!). Cuando ella le preguntó para qué eran los papeles, se enfureció y gritó: “¡Solo tienes que firmar esos estúpidos papeles! ¿No puedes confiar en mí?”. Cuanto más veía que la manipulaba, más me enojaba. Estaba enojada con él por tratarla tan mal y me enojaba con ella porque le permitía que se saliera con la suya y por tener tanta necesidad emocional: era muy débil.

No pasó mucho tiempo hasta que llegué al punto de no confiar en mi padre. Lo había visto manipular para su propio beneficio egoísta demasiadas veces. Basada en su conducta, comencé a formarme opiniones sobre los hombres: “Los hombres son egoístas. Todo lo que hacen es exclusivamente para promover su propio beneficio. No importa cuánto traten de disimular sus intenciones, secretamente están trabajando en sus propios asuntos. Eres solo un títere en el esquema de las cosas, algo que conquistan o usan mientras están de camino hacia otro lugar”. Finalmente, después de expresar todos los juicios, hice un voto. “No voy a ser emocionalmente vulnerable para mi padre ni para cualquier otro hombre”. Me volví escéptica acerca de cualquier hombre que fuera agradable conmigo. Las primeras preguntas que pasaban por mi mente eran: “¿Por qué es amable conmigo? ¿Qué quiere de mí?”.

Por supuesto, mi perspectiva de Dios se veía influenciada por la relación que tenía con mi padre. Sentía que Él estaba esperando para atraparme cuando cometiera un error para poder castigarme. Por un lado, amaba verdaderamente al Señor, pero por el otro le tenía miedo. No creía que me amara por ser quién era, sino que solo me amaba por lo que podía hacer para Él o el modo en el que obedecía sus mandamientos, así como creía que mi padre me amaba en forma condicional. Por temor a que me trataran de la manera que veía que trataban a mi madre, agrupaba a todos los hombres en la misma categoría que mi padre.

Le di a Dios la imagen de mi padre en lugar de que fuera al revés. Cuando vi la debilidad de mi padre, en vez de correr hacia el Señor, me alejé de Él”.

Como el padre de Lisa había manipulado y abusado en forma emocional de ella y de su madre tantas veces, se había prometido nunca confiar en él. ¿Qué esperábamos que hiciera? ¿Qué siguiera permitiendo que la hiriera en forma repetida? Se apartó de él tal como la anémona de mar que retira sus tentáculos del peligro. Por supuesto que él no la manipulaba todo el tiempo, pero demasiado a menudo lo hacía. ¿Cómo iba a saber la diferencia? Se prometió no confiar en él tal como el gato nunca iba a saltar sobre la chapa de la estufa, estuviera caliente o fría. Se volvió como una anémona de mar permanentemente cerrada.

Estructuras superficiales contra estructuras profundas

Es posible que haya escuchado el dicho: “La belleza es tan profunda como la piel, pero la fealdad llega hasta los huesos”. Pero yo digo: “La belleza es tan profunda como la piel, pero el amor llega hasta los huesos”. Este dicho ilustra las ideas de las estructuras superficiales y las estructuras profundas. Con esto queremos decir que existen dos niveles de realidad: las conductas que pueden verse y las intenciones ocultas detrás de esas conductas. En el caso de Lisa, su falta de relación con su padre es una estructura superficial, mientras que la pérdida de confianza que la causó es una estructura profunda. El problema no es que ella no confiara en su padre, ya ha expresado sus motivos para ello; es que perdió la confianza en todos los hombres debido a la forma de actuar de su padre y ahora se niega a tener relaciones significativas con ningún hombre.

Entonces la pérdida de confianza es una estructura profunda en la cual se desarrollan las estructuras superficiales de los problemas y los complejos que atormentan a las personas.

Debemos curar la causa en vez de tratar los síntomas

Usted debe entender cómo la confianza o la falta de confianza se convierten en un fundamento para sus intenciones y acciones. También debe aprender a recuperar la confianza perdida para que pueda tener la vida abundante que Jesús prometió.

El escudo de la fe que dijimos anteriormente que apaga las “flechas encendidas del maligno” se establece sobre su confianza en Dios. Cuando usted cree que el Señor no responde sus oraciones o que no lo protegió en una situación adversa, el mentiroso lo tienta a formarse una opinión en contra de Él. Si usted pierde de vista el hecho de que Dios sabe lo que hace con su vida y comienza a creer que Él se ha olvidado de usted, ha sacado al Señor y ha decidido no confiar más en Él.

En estas situaciones, su fe actúa como un escudo para su confianza. En realidad, puede [saber] que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (Romanos 8:28). Debe decirse a usted mismo: “¡Dios no me ha decepcionado! Yo elegí esperar en Él hasta que se manifieste su fidelidad. El Señor está obrando en esta situación dolorosa y saldré vencedor de ella”. Sin embargo, esto no significa que cada vez que confíe en Dios Él le dará lo que usted desea. Esa es una visión inmadura de su obrar. Como el Padre sabio y bueno que es, le dará lo que necesita, que puede no parecerse en nada a aquello por lo que usted oró o por lo que confió en Él. Necesita expandir su visión de “lo que Dios desea para usted”.

Esa actitud de confianza incondicional se manifiesta en una determinación de agradecer al Señor más allá de cómo resulte una situación. El salmista Asaf escribió: “Quien me ofrece su gratitud, me honra; al que enmiende su conducta le mostraré mi salvación” (Salmos 50:23).

También decirse a usted mismo, aunque sea un sacrificio: “Voy a alabar a Dios por su fidelidad aunque todavía no pueda ver la victoria”. Esta actitud de alabanza “prepara el camino” para que Él intervenga en su nombre. Entonces, mientras espera  pacientemente, experimentará la bondad del Señor en medio de sus circunstancias.

Por qué los cristianos deben confiar en Dios

La confianza es absolutamente fundamental para el cristianismo. La confianza es la llave que arranca el automóvil. Dios ha decretado que todo el que desea sus bendiciones debe confiar en Él; de lo contrario, esa persona será maldita. Este es el trato que el  Señor, en su sabiduría, nos ha ofrecido. Si tiene algún problema con esto, hable con Él sobre ello. Incluso lo puso por escrito: “Así dice el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del Señor! Será como una zarza en el desierto: no se dará cuenta cuando llegue el bien. Morará en la sequedad del desierto, en tierras de sal, donde nadie habita. Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él” (Jeremías 17:5-7).

Además, el libro de los Salmos empieza con estas palabras: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella” (Salmos 1:1-2). Este salmo continúa con la comparación de este hombre piadoso con un árbol que crece a la orilla de un río con fuertes raíces que hacen subir nutrientes del suelo y ramas frondosas que nunca dejan de dar fruto.

La definición que da Webster de confianza contiene las palabras clave fe y esperanza. “Fe” es sinónimo de confianza. Una persona que dice: “No confío en ti” básicamente está diciendo: “No tengo fe en ti”. Entonces la falta de confianza en Dios es también falta de fe en Él. La Biblia dice: “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).

Jesús dio a sus seguidores una “imagen verbal” en una conocida enseñanza llamada el Sermón del Monte. Esta ilustración verbal describía dos casas: una construida en lo alto en tierra firme por encima de la fuerza erosiva de las olas que chocaban contra la orilla y otra construida sobre la playa.

En la devastación que se produjo en la ciudad costera de Nueva Orleans durante el huracán Katrina en 2005, los estadounidenses vieron imágenes vívidas de los estragos causados en los edificios construidos sobre la arena, mientras que las estructuras  edificadas sobre suelo más alto sobrevivieron.

En la historia de Jesús, las casas, aparentemente, eran básicamente iguales. La diferencia en su capacidad para resistir las fuerzas de la naturaleza estuvo en las ubicaciones. Él clasificó a los constructores de las casas como “prudentes” e “insensatos”: prudentes por construir sobre la roca firme, insensatos por edificar sobre la arena movediza.

Comparó al constructor prudente con una persona que escucha sus enseñanzas y las obedece, y al constructor insensato con una persona que escucha sus enseñanzas pero no actúa de acuerdo con sus palabras, lo cual significa si confiaron en Él o no lo suficiente como para hacer lo que dijo. El cristiano que no confía en Dios es el hombre que construye su casa sobre la arena. Como el Señor es perfectamente digno de confianza, el peor insulto que le puede dar es no confiar en Él.

Nuestro andar cristiano es fundamentalmente una relación con Dios que se hace posible a través de nuestra fe en su Hijo, Jesús. Sin embargo, muchas personas hoy en día profesan fe en Dios pero no pueden confiar en su guía y liderazgo para su vida. El mentiroso ha engañado a estas personas para que se vuelvan autosuficientes y dependan de sí mismos para obtener respuestas en cada situación.

El apóstol Pablo, que no confiaba en sí mismo sino en el Señor, exhortó a los creyentes a imitar su ejemplo. Escribió lo siguiente a la iglesia de Corinto: “… nos sentíamos como sentenciados a muerte. Pero eso sucedió para que no confiáramos en nosotros mismos sino en Dios, que resucita a los muertos” (2 Corintios 1:9, énfasis añadido).

Hacia el final de su vida, Pablo se encontró encarcelado en una celda fría y húmeda, donde fácilmente podría haberse deprimido y perdido su confianza en Dios. Había comenzado su carrera como fariseo acreditado, con el equivalente educativo de un doctorado en religión, un experto con respecto a las costumbres y las leyes ceremoniales judías. Él podría haber obtenido fama y riqueza entre los líderes religiosos de su tiempo. Estaba bien encaminado hacia esos objetivos cuando el Señor lo detuvo, lo hizo postrarse sobre sus rodillas y le presentó un programa distinto, celestial. Este programa recompensó su obediencia a Dios con críticas, palizas, ostracismo, encarcelamiento y, finalmente, la muerte. ¿Cómo reaccionó Pablo a este cambio en su destino? Escribió a sus amigos en Filipos: “Todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo” (Filipenses 3:7-8).

Si fe y confianza son sinónimos, ¿cómo puede tener fe en el Señor hasta llegar a la salvación pero no confiar en Él para que se mueva y obre en su vida? Este es un problema grave que pone en cuestionamiento el fundamento de su cristianismo, su fe.

Creo que la mayoría de los creyentes no son totalmente autosuficientes ni confían totalmente en Dios. Solo una persona en toda la historia, Jesús, confió en el Señor todo el tiempo en todas las situaciones. El resto estamos en un punto intermedio entre la autosuficiencia y la confianza en Él.

El gran teólogo Dr. Francis Schaeffer, preguntó: “¿Entonces cómo debemos vivir?”. La Biblia responde: “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia” (Proverbios 3:5). Algunas personas confían solamente en ellas mismas. Pero ellas mismas es todo lo que tienen. Sin embargo, como cristianos tenemos la opción y el privilegio de confiar en Dios. El objeto de nuestra confianza es decisivo.

Vayamos directo al punto: ¿Es el Señor confiable y digno de confianza? ¿Puede confiar en Él para que obre para su bien en todas las áreas de su vida? ¿Cuál es su respuesta?

Por Ed Delph
Tomado del libro: Confianza
Peniel

Confianza

 

1 comentario en ¡Auxilio! Perdí mi confianza

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*