Una iglesia que se humilla a sí misma

Una de las características que más atrae de las personas y de las iglesias

Por Wayne Cordeiro

El nuevo pastor de jóvenes apenas podía creer lo que escuchaban sus oídos. Solo había estado en el trabajo dos semanas, y ya su pastor principal lo llamaba para pedirle que se acercara a su oficina y le echara una mano con una “tarea especial”. El joven pastor se preguntaba cuál sería esa tarea especial. Acababa de graduarse del seminario y estaba impaciente por poner a trabajar sus habilidades recién descubiertas. ¿El pastor principal necesita ayuda con la preparación de su sermón? Quizás analizarían juntos algunos verbos griegos. Tal vez el pastor necesitaba ayuda con algún proyecto a gran escala en el cual trabaja para presentar a toda la iglesia.

Con una sonrisa de regocijo, el pastor de jóvenes se apresuró a cruzar el largo vestíbulo hacia el otro extremo de la iglesia, donde se ubicaba la oficina del pastor. Pero cuando llegó allí, encontró al pastor principal vistiendo un impermeable, con una pala en una

mano y un cesto de residuos en la otra.

—¿Qué sucede? —preguntó el pastor juvenil.

—¿Tienes un abrigo? —dijo el pastor—. Debería haberte dicho que trajeras uno. Cada vez que llueve, el desagüe de la parte trasera del estacionamiento se tapa. Necesito tu ayuda para sostener el cesto de basura. Tenemos que quitar el lodo con la pala.

Bienvenido a seguir a Cristo. No se trata de la gloria. No es acerca de los aplausos. El fin principal del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre. A veces, eso quiere decir que encontremos gozo en arremangarnos la camisa y hagamos cualquier trabajo que necesite hacerse.

 La tarea vital

Un rasgo de una iglesia irresistible, una iglesia a la que a Dios le encanta bendecir, es la humildad. Esta característica se demuestra cuando una iglesia sigue la enseñanza que se encuentra en Santiago 4:10 y se humilla a sí misma para que el Señor pueda exaltarla a su debido tiempo. Esta enseñanza también está registrada en 1 Pedro 5:5-6: “Revístanse todos de humildad en su trato mutuo, porque Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes’. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo”.

Humildad es recordar quiénes somos a la luz de quién es Dios. Como cristianos, tenemos una tarea vital que no queremos omitir. Es fácil estar ocupados en muchas cosas y perdernos de ser lo que se supone que debemos ser. Pero somos llamados a servir a Dios y llamados a invertir nuestra vida en asuntos significativos. A veces puede sorprendernos lo que es significativo. Mateo 10:42 dice que aun un vaso de agua fresca dado en el nombre de Jesús puede ser significativo. Estamos invitados a representar e irradiar a Cristo, a ser embajadores de Él, a pensar lo que Él piensa y a hablar lo que Él habla. Nuestro llamado es a servir a Dios de cualquier modo que Él nos pida.

El orgullo distrae

La Biblia dice en Juan 10:10 que el diablo ha venido a destruirnos. Una de las principales formas en que trata de destruirnos es distrayéndonos. Si nuestros ojos se enfocan en los deleites del pecado, tendremos mucha menos probabilidad de llenar nuestra alma de Cristo, el verdadero Pan de Vida, y así será fácil que nos distraigamos de nuestro llamado. Se cuenta una historia acerca de un ciempiés que viajaba por un camino. Un ratón, que pasaba rápidamente a su lado, le dijo:

—¡Eh! Tienes tantas patas… ¿Cómo sabes cuál debes poner delante de cuál?

—¿Sabes? Nunca pensé en eso —dijo el ciempiés.

Y cuando comenzó a considerar todas las posibilidades, esto lo distrajo tanto que no podía avanzar. No sabía cuál pata iba primera, segunda o tercera.

Lo mismo puede sucedernos a nosotros. La humildad impide que nos distraigamos y perdamos de vista nuestra tarea principal. Lo opuesto a la humildad es el orgullo. El orgullo enreda nuestros pies y así no sabemos cómo caminar. Este surge en nuestra mente cada vez que nuestra actitud acerca de nosotros mismos, nuestra posición, nuestros bienes o logros van más allá del amor propio justificable.

Ciertamente, puede existir una clase saludable de orgullo; no está mal, por ejemplo, estar orgullosos de nuestra herencia, o del equipo de fútbol de nuestra hija. No obstante, el orgullo se vuelve pecado cuando pensamos que somos mejores de lo que somos, o cuando comenzamos a creer que somos en última instancia responsables de nuestro éxito, o cuando simplemente nos concentramos en nosotros mismos como si fuésemos el centro del universo. Esta clase peligrosa de orgullo puede ser insidiosa cuando la encontramos en nuestras iglesias.

El orgullo puede tomar la forma de un derecho cuando creemos merecer determinado éxito. Puede tomar la forma de exceso de confianza. Puede transformarse sutilmente en un aire de superioridad, cuando comenzamos a sentirnos a prueba de balas. Cuando tenemos algunos éxitos en nuestro haber, podemos comenzar a pensar que cualquiera que fuere el punto de vista que tengamos frente a una situación, sin lugar a dudas ese es el camino correcto. Es fácil deslizarse por la cuesta de la incomprensibilidad y aversión a la corrección.

Por otra parte, la humildad no es acerca de reprendernos a nosotros mismos. Es servir y exaltar a Cristo. Si lo expresamos de modo práctico, la humildad viene cuando  descubrimos que nuestro mayor gozo está en dar la vida. La recompensa no son aplausos, sino más bien el conocimiento de que fuimos capaces de servir a Cristo. Esta clase de humildad no se consigue con facilidad, pero puede lograrse intencionadamente. La razón: la humildad no es natural para nosotros como seres humanos. Para que pueda desarrollarse, los actos de humildad deben ser planificados de modo intencionado; luego, deben realizarse de manera coherente hasta que se vuelvan naturales.

Veamos más de cerca los tres modos en que la humildad puede llegar a ser una parte integral de nuestras iglesias.

Actos de servicio que no se ven

Una de las formas más simples de desarrollar la humildad es a través de los actos de servicio conscientes que no se ven. A los ojos de Dios, hay algo muy saludable en realizar un acto de bondad y no recibir crédito por ello. Un acto de bondad que no se ve es un acto de compañerismo con Dios. Realizamos el acto de servicio, y luego Dios puede usarlo en los corazones de la gente para cambiar su vida. Pienso en la progresión de esta manera: las buenas acciones traen la buena voluntad que un día le permitirá a la gente estar abierta a las buenas noticias. No hay ningún tipo de palmada en la espalda o trompetas; ningún desfile de honor hacia el que las realiza. Sin embargo, podemos gozarnos en el simple hecho de que conseguimos hacer el bien. Es como poner las manos en los hombros de una persona ciega y orar por ella, y justo antes de que sus ojos sean abiertos, desaparecer a la vuelta de la esquina. El receptor nunca sabrá quién era el que oró por él. La única cosa que él sabrá es que fue Jesús quien lo sanó.

Humildad. Jesús lo dijo de esta manera: “Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa. Por eso, cuando des a los necesitados, no lo anuncies al son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente les rinda homenaje. Les aseguro que ellos ya han recibido toda su recompensa. Más bien, cuando des a los necesitados, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, para que tu limosna sea en secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará” (Mateo 6:1-4).

Si hacemos sonar una trompeta cada vez que hacemos algo, hasta allí será lo lejos que llegará ese acto. Pero cuando realizamos actos de servicio en secreto, veremos venir resultados mucho mayores al hacer nuestra parte y luego dejar que Dios haga la suya.

Los actos de servicio que no se ven son saludables para nuestra alma. Algo del ADN de Dios comienza a emerger cada vez que damos sin esperar nada a cambio y descubrimos el gozo de ser mensajeros de Dios. Cuando hacemos de forma intencionada buenas acciones silenciosas en su nombre, la humildad comienza a formar parte natural de nosotros en lugar de ser un deber cristiano artificial.

Ahora es tiempo de confesiones verdaderas. Aquí cuento uno de mis rencores favoritos: odio ver la basura tirada por el camino. Una vez, en Hilo, conducía hacia la iglesia y a un lado de la carretera había un montón de basura. La basura se veía en particular mal porque había llovido la noche anterior. Había latas de cerveza dispersas por todas partes, en el camino. Cuando pasé, me quejé dentro de mí porque el municipio tenía que limpiar las calles. Llegué a la iglesia, prediqué para el primer servicio, y luego, porque teníamos solo un auto en aquel tiempo, conduje a casa otra vez para buscar a mi esposa. En el camino a casa, pasé por el montón de basura otra vez, y me quejé otra vez por lo desconsiderada que era la gente. Busqué a mi esposa y tomamos la carretera; pasamos por la basura otra vez, todavía me quejaba y le dije a ella acerca de todo eso: “Mira esto. ¿No es terrible?”. Prediqué una vez más, conduje a casa y, desde luego, vi la basura otra vez. Cuando llegué a casa, todavía seguía quejándome.

Entonces, silenciosamente, oí a Dios decir:

—¿Por qué no vas tú y lo limpias?

—Espera un minuto —dije—: no me pagan para hacer esto.

Lo oí otra vez:

—¿Por qué simplemente no vas tú y lo limpias tú mismo?

He vivido el tiempo suficiente como para saber que cuando Dios me dice algo, y yo sé que es Dios, no puedo escapar de ello. Así que llevé a mi baúl un par de bolsas plásticas para recolectar basura. Todo lo que le dije a mi esposa fue esto: “Tengo que hacer una diligencia”. No mentía: era una diligencia para Dios.

Conduje mi auto otra vez hasta el montón de basura y estacioné detrás de algunos arbustos. No quería que nadie me viera. Esperé a que no hubiese tráfico; corrí hacia la basura, y estuve ocupado llenando las bolsas y limpiando aquel desastre. Cada vez que pasaba un coche, me agachaba de repente. No quería que nadie pensara que esta basura era mía. Por fin, conseguí recoger todo, lo até y lo puse en la parte de atrás de mi auto. Conduje hasta un terraplén y arrojé allí las bolsas. Cuando llegué a casa, me lavé las manos. No le dije a nadie sobre el incidente. Mi silencio no era falto de motivos; era más porque me sentía avergonzado que por otra cosa. Pronto olvidé todo. Pero el siguiente domingo fui a la iglesia y una pareja me detuvo en el vestíbulo. Eran nuevos en la iglesia, pero pensé que me conocían por haberme visto en los alrededores de la ciudad, porque dijeron:

—Pastor, la razón por la que vinimos a la iglesia es porque lo vimos la semana pasada.

—¿Dónde? —pregunté, pensando que podría haber sido en una cafetería que frecuento.

—Lo vimos en el camino, recogiendo basura —dijo el hombre—. De pronto supimos que si usted estaba dispuesto a detenerse y limpiar algo que no era suyo, si se tomaba el tiempo para hacer eso, entonces estaríamos muy bien en esta iglesia.

No tuve más que sonreír.

El Señor puede usar las acciones más sencillas para atraer a la gente hacia Él.

 Recordar nuestra misión

Una segunda forma en que una iglesia llegue a ser humilde es recordarse continuamente que la iglesia tiene una misión que cumplir, y nunca debe olvidar esa misión.

Un modo práctico para mantenerse fiel a la misión es considerar cada una de las funciones de la iglesia a través de los ojos de esa persona a la que la iglesia intenta alcanzar. En la mayoría de los casos, será un visitante. El problema es que las iglesias a menudo se concentran en servir para las necesidades de los que asisten de manera regular, semana tras semana. Al cabo de un tiempo, la iglesia puede caer en un surco y predicar continuamente para el coro, más allá del ministerio que tenga.

Supe de una iglesia que tiene carteles en la entrada al estacionamiento, en los que les piden a los visitantes que enciendan sus luces de emergencia o balizas. Entonces, son dirigidos a un espacio especial del estacionamiento para visitantes y allí se les da la bienvenida de forma personal. ¿Qué hace su iglesia para dar la bienvenida a los visitantes recién llegados? Eche un vistazo a estas áreas a través de los ojos de un visitante:

• Si una familia es nueva en la ciudad, ¿puede encontrar su iglesia con facilidad en una guía telefónica o en Internet? ¿Los horarios de reuniones son claramente visibles? ¿Hay un plano disponible?

• Los ujieres o anfitriones, ¿están ubicados en todas las puertas de entrada principales para ayudar a dar la bienvenida a los invitados y contestar cualquier pregunta que pudieran hacer?

• Todas las áreas pertinentes, como la de cuidado de los niños, los sanitarios y el auditorio principal, ¿están bien señalizadas?

• ¿Cada servicio es conducido de tal modo que el visitante se sienta bienvenido? Si una persona tiene un perfil espiritual limitado, ¿se sentirá completamente confundido con lo que sucede?

• Si un visitante desea más información después de un servicio, ¿será claro y fácil para él saber cómo conseguirla?

La humildad nos mantiene en la línea. Nos impide adoptar la defectuosa perspectiva de que la iglesia es acerca de nosotros. Tenemos una misión que cumplir, y nuestras iglesias siempre deben tener presente el objetivo de esa misión.

La misión de una iglesia no es nunca llevar a la gente a la iglesia nada más. Sí, en realidad, reconocer el propósito de los servicios del fin de semana en la vida de las personas. Pero la misión principal de una iglesia es equipar a los creyentes para servir a Dios a lo largo de cada día. El campo principal de la misión se encuentra fuera de las paredes de la iglesia. ¿Cómo sería trabajar en ese campo de misión? Quizá sea tan sencillo como…

• Un hombre que cede su asiento en el ómnibus a una mujer anciana que preferiría sentarse.

• Un extraño que paga los productos comestibles de un estudiante universitario que descubre en la línea de cajas que su tarjeta de débito ha expirado.

• Una pareja que hace un picnic en el parque y que le da un plato de comida a un hombre sin hogar.

• Un hombre que cede su lugar en el estacionamiento a una mamá, en un auto familiar, que parece no saber qué hacer.

• Una tarjeta de regalo que es enviada de manera anónima a alguien que la necesita.

Una vez que la gente vea el valor de humillarse a sí misma, las puertas a la grandeza se abrirán. Dios puede usar aun los actos más sencillos de bondad para atraer a la gente hacia Él.

 Cómo manejamos el crédito

Una tercera manera de edificar la humildad es examinar cómo manejamos el crédito. No hablo del crédito financiero, sino del crédito que nos dan cuando hacemos algo bueno. Podría ser algo que nuestra iglesia ha hecho en la comunidad, o una buena idea que hemos tenido y que ha sido puesta en práctica en otra parte, o un logro particular. ¿Cómo manejamos la respuesta? La regla básica es que siempre que el crédito sea otorgado, es bueno. Pero cuando el crédito es tomado o robado, es destructivo.

Podemos encontrar una historia que trata acerca del crédito destructivo en el último capítulo de 1 Samuel y el primer capítulo de 2 Samuel. El rey Saúl fue derrotado por los filisteos. Había sido herido de gravedad, y prefería estar muerto antes de permitir que los filisteos lo encontraran todavía vivo y lo torturaran. Se volvió hacia su portador de armas y le ordenó que terminara de cumplir su deseo. Pero su portador de armas, aterrorizado, se rehusó; entonces, Saúl tomó su propia espada y cayó sobre ella.

Más tarde, otro joven encontró el cuerpo sin vida de Saúl, por casualidad, cerca de sus atavíos reales. Entonces, recogió su corona y su brazalete con una idea en mente. Los entregaría a David, pensando que, llevándole estos artículos de Saúl, le concedería una buena posición en la nueva administración. El joven inventó una historia y le dijo a David de las heridas fatales de Saúl y que él, por compasión, le dio fin a la vida del rey para protegerlo de la crueldad de la captura de los filisteos. Este joven decidió tomar en secreto el crédito por algo que él no hizo, y esto obró en su contra. David lo condenó por atreverse a atentar contra el ungido del Señor. El joven pensó que sería un héroe, pero, en cambio, el crédito robado se volvió una sentencia de muerte.

Puede ser igualmente peligroso si tratamos de hacer algo parecido a esto hoy. Quizá nuestra vida no esté en juego, pero es siempre mejor otorgar crédito antes que tomarlo. Proverbios 27:2 dice: “No te jactes de ti mismo; que sean otros los que te alaben”. Es seguro aceptar el crédito, pero no exigirlo. Reciba los regalos que afirman su valor, pero no obre por ellos. Acepte la gratitud, pero no la demande. Su fidelidad atraerá palmadas en su espalda, pero la necesidad de atención no las conducirá allí.

Su iglesia hoy

Pienso que sería fácil para nosotros leer esto y terminar cuanto antes. ¿Nosotros, orgullosos? ¡Nunca! El orgullo puede ser sumamente difícil de ver, y a menudo es imperceptible, sobre todo cuando permanece dentro de nosotros.

Unos amigos míos que asisten a otra iglesia compartieron una experiencia que tuvieron. El pastor Juan era candidato a pastor principal de una iglesia establecida sobre la costa oeste. Él era un hombre competente, inteligente, con una excelente educación en seminarios, con buena oratoria y habilidades de liderazgo, y una reputación de seria y sólida dirigencia pastoral. La iglesia hizo que él y su esposa volaran dos veces lejos de su casa, a la costa oeste, para realizarles entrevistas extensas. Él predicó dos domingos y habló en cuatro clases de la escuela dominical de adultos. Se encontró con los líderes  clave de la iglesia, que le preguntaron acerca de su filosofía de ministerio y su visión para la iglesia. Se reunió con algunos pequeños grupos y respondió todas las preguntas con tacto y sinceridad. Todos convinieron en que él encajaría a la perfección.

Cerca del final de la reunión, uno de los guías principales de la iglesia se levantó y  afirmó: “Pastor Juan, le gustará esta iglesia. De hecho, será como pan comido para usted. Hace mucho tiempo, hemos solucionado algunos inconvenientes que hemos tenido. Somos una congregación compuesta principalmente por creyentes maduros”. Sin embargo, cuatro años más tarde, la iglesia estaba en desorden.

Primero, uno de los principales mayores confesó que había tenido una relación fuera del matrimonio. Cuatro empleados de jornada completa renunciaron poco tiempo después.  El programa de ampliación del edificio se detuvo en forma inmediata cuando la congregación descubrió que la iglesia estaba muy endeudada. Y en el lapso de seis meses, más de la mitad de la gente se había ido a otras iglesias. Algunos culparon al pastor Juan. Él renunció y se fue a otra iglesia. Otros culparon al pequeño grupo de mayores que mantuvieron el puño cerrado en todas las decisiones de la iglesia. Otros culparon el estilo de la música. Otros culparon al pastor de jóvenes. Y otros culparon a una iglesia grande que se había abierto a unas cuadras de allí.

Pero yo sospecho que fue otro factor el que obró. Este factor podría ser rastreado en las palabras que el líder usó en aquella reunión final antes de que el pastor John fuera contratado. Piense en ellas con cuidado: “Será como pan comido para usted. Hace mucho tiempo, hemos solucionado algunos inconvenientes que hemos tenido. Somos una congregación compuesta principalmente por creyentes maduros”. “Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer” (1 Corintios 10:12). Esa es la consecuencia común. ¿Alguna vez ha considerado cuán poderosamente destructiva puede ser la fuerza del orgullo? Pregúntese cómo puede nuestra iglesia permanecer verdaderamente como una iglesia humilde. ¿Tenemos un sentido agudo de nuestra misión? ¿Cómo podemos asegurarnos de no distraernos de esa misión?

Mi oración es que todas nuestras iglesias entiendan el poder de la humildad. Esto siempre llama la atención del cielo. No hay un gozo mayor que el de ver a Dios hacer su trabajo después de que nosotros hemos hecho el nuestro.

Por Wayne Cordeiro
Tomado del libro: La iglesia irresistible
Peniel

La Iglesia Irresistible

 

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