Sentados en la oscuridad

Cuando no hay nada que podamos hacer

Por Sarah Thebarge

Hace unos meses, a la abuela de mi amiga Estefanía le diagnosticaron un tumor cerebral. A pesar de la cirugía y la quimioterapia, el tumor había crecido por lo que su abuela tuvo que ser hospitalizada. Cuando me junté con Estefanía a tomar un café, le pregunté cuándo había visto a su abuela por última vez. Me dijo que hacía un par de semanas, pero que se sentiría muy abrumada al ver a su abuela sufrir, y por eso no quería intervenir.

“No sé qué hacer, por eso no hago nada”, me dijo. “Qué pensas?”.

Nunca enfrenté algo tan serio como aquello que enfrentaba la familia de Estefanía, pero tenía preguntas similares sobre una familia de refugiados somalíes con los que trabajé. A veces soy desafiada al ver cuán lejos han llegado, y otras veces me desanima pensar cuánto todavía tienen que recorrer. A veces me siento abrumada, y evito visitarlos porque me cuesta mucho involucrarme con un problema que no puedo resolver.

Y luego pensé en algo que mi mamá dice a menudo: “Dios nos hizo seres humanos, no hacedores humanos”. La vida se trata de quién somos y de lo que vamos a ser, no de lo que somos capaces de hacer.

Cuanto más trabajaba con la familia de refugiados, más aprendí que hacer no es lo único que necesito para ser una persona; necesito aprender cómo vivir con otros; no solucionar, cambiar o curar a alguien, sino estar con ellos donde sea que se encuentren.

Así que cuando Estefanía me preguntó qué pensaba que debía hacer, le dije: “Tu abuela no necesita que la cures. Necesita que estés con ella. Necesita que camines con ella en el valle de sombra y de muerte, que sostengas su mano”.

Y me lo dije a mí misma con respecto a la familia somalí. Yo no puedo darles todo lo que necesitan pero sí puedo sentarme con ellos en su frío hogar. Puedo comer arroz con ellos de un tarro en el piso. Y por la noche, cuando los niños estén acurrucados todos juntos sobre una pila de colchones, puedo acariciar sus espaldas y cantarles una canción hasta que se queden dormidos.

El año pasado, mi amiga Karen Zacharias escribió un libro llamado Will Jesus Buy Me A Double-Wide [¿Me comprará Jesús una casa rodante]. En él, ella cuenta la historia de un marino que había completado su carrera militar, pero luego dejó todo lo que tenía para trabajar con gente sin hogar.

Él y sus amigos fueron capaces de sacar a una mujer de la calle y darle un nuevo departamento. Si bien todo el dinero que ella tenía fue para pagar el alquiler, no tenía más para pagar sus cuentas. Un día fue al marino y le dijo que ella necesitaba ayuda para pagar la luz. “Tenes que ayudarme”, replicó. “Si no pago la factura, me van a cortar la luz”.

Lleno de grandes recursos personales, el marino le dijo: “Yo no puedo pagar tu factura, pero puedo prometerte esto. Una vez que te corten la luz, voy a ir a visitarte y sentarme contigo en la oscuridad”.

El libro de Job cuenta la historia de un hombre que tenía todo ¾esposa, hijos, dinero, estatus social¾, pero en un día perdió todo excepto su esposa y su propia vida. Y su esposa no era de mucha ayuda. Cuando ella vio cuánto dolor emocional y físico tenía Job, le dijo que le dé la espalda a Dios y muera. En vez de maldecir al Señor, Job tomó su oscuridad, se sentó solo en una pila de basura y raspó su piel con vidrio tratando de alivianar su dolor.

Tres amigos suyos fueron a visitarlo mientras él trataba de vivir en medio de todo ese dolor y esas pérdidas. Ellos se acercaron y se sentaron juntos en silencio por un tiempo. Y luego, desafortunadamente, abrieron sus bocas.

Ellos acusaron a Job de tener pecados ocultos, ya que pensaban que debía estar haciendo algo malo que incurriera la ira de Dios. Al final, el Señor castigó a sus amigos por tal juicio. El pecado no había sido que ellos aparecieran cuando Job estaba herido, sino el hecho de asumir que ellos necesitaban diagnosticar correctamente y sanar a su amigo herido.

El libro de Job no es solo una lección de cómo relacionarnos con un Dios que muchas veces no entendemos. Es también una lección sobre cómo relacionarnos con alguien que corre peligro, que tiene el corazón roto. En lugar de enseñarnos las palabras “correctas” o los modos “correctos” para reparar un alma en pedazos, nos enseña a que hay veces en que la mejor cosa que podemos hacer frente a un alma herida es estar con ellos. Y guardar silencio.

Esta semana, Estefanía fue a la casa de la abuela. Se puso junto a ella que estaba postrada y sostuvo su mano. Sintió decirle lo mucho que la amaba. Y sintió que tenía que decirle adiós.

La noche siguiente, cuando Estefanía se enteró de que su abuela había entrado en coma, fui a verla y a estar con ella mientras enfrentaba esa pérdida. Y cuando se iba en lágrimas, me senté en su cama y le leí Salmos hasta que se quedaba dormida.

Sentarse junto a otro en la oscuridad no solo es el modo más puro con el que podemos amar a alguien; es el modo en el que Dios nos ama.. Él envió a Emanuel, que significa “Dios con nosotros”. Emanuel se aventuró en la oscuridad y no tuvo temor de comer con prostitutas, permitir que niños se sienten en su regazo o tocar a leprosos. Jesús no vino para nosotros o por nosotros; Él vino para estar con nosotros.

Y ahora es nuestro turno de estar unos con otros. De comprometernos con los problemas y el dolor de otros. El tiempo de ser su compañía en medio de las tinieblas. Es tiempo de estar, incluso cuando no haya nada que nosotros podamos hacer, solo sentarnos con otros en su oscuridad.

Por Sarah Thebarge
Usado con permiso
Christianity Today

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