La voz de la Navidad

Prestemos nuestro oído a ese clamor que se escucha

Por Nolita W. De Theo

En mi casa no es raro escuchar las voces de mis hijos llamando: “¡Mamá, mamá!”, seguido por la descripción de alguna necesidad de algo que quieren que les traiga o haga por ellos.  Confieso que, en ocasiones, no recibo con mucho gusto su clamor porque implica dejar lo que estoy haciendo y prestarles la atención que requieren en ese momento.

Pero, al reflexionar un poco, tengo que admitir que el hecho de oír sus llamados a voz en cuello me hace comprender que es más obvia mi relación con ellos. Ya que no con cualquier persona ellos tienen la confianza de expresar a gritos sus necesidades o deseos.  La relación de una madre con sus hijos implica una confianza de parte de estos a ser escuchados y atendidos (cuando sea posible). Gracias al paso de los años, y al hecho de que normalmente saben que sus necesidades serán suplidas, se ha ido creando en ellos esta seguridad de ser atendidos por las personas que los aman y cuidan. Se ha desarrollado el lazo de seguridad en la relación que disfruto con ellos.

Esta relación que se denota por unas voces elevadas, me lleva a pensar en otra voz. El evangelio según San Juan, describe a Jesús como el Verbo que se hizo carne.  Un verbo, tratándose de su uso en el lenguaje escrito o hablado, es aquel término que describe la acción o actividad que se realiza.  Es decir, Jesús es Dios en acción, es Dios clamando en voz alta.  Pero, ¿por qué está clamando?  ¿Qué desearía un Ser omnipotente de alguien tan débil como un ser humano?  Creo que puede describirse con una palabra: relación.

Así como mis hijos gozan de su relación conmigo y se exhibe por medio de su comunicación conmigo,  a lo largo de toda la historia Dios ha buscado una relación con su creación, es decir con nosotros.  Intentó varias formas de entablar esta relación, sin éxito (no por ninguna falta suya, sino por la nuestra), pero ahora con el nacimiento de Jesús, Dios nos ha llamado una vez más y nos habla con una voz fuerte y fácil de distinguir: su Hijo venido en la carne.

Jesús llegó a esta tierra como el grito de Dios Padre para captar nuestra atención. Lo hizo para declararnos la provisión de un Camino de reconciliación, para señalar el camino hacia Él.  Durante estos días festivos cuando se escuchan las canciones y se ven los programas que relatan una vez más la historia del nacimiento de Jesús, imagínate que oyes la voz de Dios llamando, clamando para captar tu atención  para darte las Buenas Nuevas: que ahora hay un camino que te reconciliará con Él, que todas tus faltas serán perdonadas y  que podrás gozar de una vida nueva gracias a una relación con Él.

Te animo a que en medio del ajetreo que producen las actividades de estos días festivos, tomes un poco de tiempo para detenerte a oír, a realmente escuchar, lo que aquella voz te está diciendo.  Como el ejemplo de mis hijos, si yo no estoy poniendo atención, es muy fácil perderme de lo que intentan comunicarme.

Llega un punto en la historia, que nos vemos enfrentadas con la realidad de nuestra condición y con nuestra necesidad de un Salvador. Todos llegamos al momento de decidir si entraremos en pacto y relación con Dios o si seguiremos como estamos ahora mismo.

Dios está pasando por donde usted se encuentra. Él quiere iniciar una relación de pacto con usted. Tiene en sus manos todo lo que puede hacerle falta.

Usted ahora puede gozar de un nuevo origen, el cielo, y de un nuevo nombre, hijo de Dios. Ahora, su vida tiene un propósito y esperanza. En lugar de tristeza, ahora tiene gozo. En lugar de angustia, ahora tiene alegría. En lugar de abandono, ahora tiene un padre que nunca lo dejará. Tiene todo lo que usted necesita para comenzar una nueva vida.

Cuando es envuelto en la salvación y la justicia, que son las ropas que Dios viene a darle, está tomando, finalmente, la identidad que Dios siempre quiso darle. Ahora puede verse como Él lo ve. Esta nueva identidad como un hijo de Dios y como alguien vestido con las vestiduras de Dios provocará un profundo cambio en usted  y comenzará no solo a pensar de otra manera, sino también, a actuar distinto.

En este momento, Dios le pide que abra su mente y su corazón a Él, para entrar y sanar, restaurar y vivificar cada área de su vida. Es como cuando uno compra una casa antigua. Es necesario para por cada habitación y limpiar, remover lo dañado, reparar y restaurarla, antes de que esté completamente habitable. Nuestra vida podría seguir la misma ilustración. Hay áreas que necesitan un toque especial de Dios: de perdón, de restauración; un toque de su Espíritu Santo; pero si no permitimos que entre, entonces Él respetará nuestros deseos, y nos quedaremos con nuestra vieja manera de vivir, de hablar, de vernos a nosotros mismos, de tratar con otras personas. Sin embargo, Dios desea hacer todas las cosas nuevas en nosotros. ¿Permitirá que Él complete su obra en su vida?

No nos perdamos de lo que Dios trata de comunicarnos durante esta época navideña.  Presta atención a su voz y te sorprenderá lo que escucharás.

Por Nolita W. De Theo
Sirve en el ministerio de mujeres de la iglesia hispana de Lakewood Church en Houston, Estados Unidos.

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