Comprometidos en honrar la vida

Un parate para reflexionar acerca de hoy y nuestra posición hacia el mañana

Por Roberto Vilaseca

La vida es un milagro de Dios. El Creador le dio a todos los seres vivos un instinto poderoso para sobrevivir a cualquier circunstancia adversa. Basta con observar cómo algunos animales logran sobrevivir en condiciones inhóspitas como el desierto, o algunas plantas en las alturas de las montañas, con el viento y el frío.

La fuerza de la vida es tan poderosa que semillas preservadas por miles de años, son capaces de germinar sin perder esa capacidad innata y que el Creador puso allí. Los seres humanos también tenemos un potencial de supervivencia que asombra. Desde los bebés en formación, que buscan defenderse de quienes quieren interrumpir la vida en el vientre de sus madres, hasta aquellos que nacen con pocas probabilidades de vida y luchan abriéndose camino con sus enfermedades y discapacidades. Aún así no se rinden, y nos dejan un ejemplo de valor y tenacidad.

La vida es un don, un regalo de Dios que merece ser honrado, valorado, disfrutado y también merecido. Cuánta verdad encierra aquella hermosa canción de la compositora Eladia Blázquez que dice: “Merecer la vida es erguirse vertical más allá del mal, de las caídas. Es igual que darle a la verdad y a nuestra propia libertad la bienvenida. Eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir porque ¡no es lo mismo que vivir honrar la vida!”.

Honrar la vida es más que durar y transcurrir, como dice la canción, es más que comer, dormir, trabajar por obligación y mirar televisión para distraernos. Es más que formar una familia, tener hijos y disfrutar de ellos. Y aun eso es mucho pedir porque muchos ni siquiera valoran el don de la familia.

La vida se merece, se honra porque se ha hecho más que para verla pasar desde el balcón de la indiferencia y de la pasividad. Tal como dijo Jesús, lo mejor de la vida es amar a Dios y amar al prójimo, poniéndonos a su disposición. Y aunque parezca que la estamos perdiendo, en realidad la estamos sembrando para que su gloria se manifieste en nosotros.

Honrar la vida es en primer lugar ser agradecidos. No nos confundamos. Que Dios nos de salud y capacidades para trabajar y prosperar, no significa que sea su obligación. Lo hace por pura misericordia, y lo primero que debemos hacer es agradecer por la oportunidad de vivir. De tener ojos para ver, boca para expresarnos y un corazón para sentir. Ser agradecidos es dejar de quejarnos por la “vida desdichada” que nos ha tocado, y levantar alabanza al Dios de la vida por todo momento. Den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18) porque “a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan para bien”.

Honrar la vida es levantarnos con dignidad después de cada caída. No darle el gusto al diablo de que reneguemos contra Dios. No arrastrarnos dando lástima, sino asumir las adversidades a la que nos enfrentamos con dignidad. Al mal tiempo buena cara, dice el refrán. Esa es la mejor forma de encarar la vida.

Honrar la vida es tomar la decisión de vivirla intensamente, con la expectativa de que las cosas van a cambiar y que lo mejor está por venir. Vivir con fe es la mejor manera de vivir la vida porque ella hace que las cosas cambien. Y el problema que parece que nos va a tragar se transforma en una oportunidad para aprender de la vida.

Honrar la vida es mirar el dolor ajeno con misericordia. No centrados en nuestra propia realidad sino poniendo nuestra atención en aquellos que no pueden sobrellevar sus desgracias. Es interesante que muchos que han atravesado una crisis muy grande y se levantaron del golpe, descubren que tienen la fuerza para contener a otros que también sufren ya sea por una enfermedad o la pérdida de un hijo.

Bien dijo el apóstol Pablo: Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren(2 Corintios 1:3).

Honrar la vida es servir al Autor de ella. No existe una vida mejor invertida que aquella que se pone a disposición de Dios. Él es quien da sentido real y propósito a una existencia. Si somos capaces de darle nuestra vida, Él hará que nuestros días en esta tierra dejen un surco, una huella para las generaciones posteriores. Nuestro Maestro, Jesús, nos enseñó que, quien es capaz de morir como un grano de trigo, tendrá fruto, así como quien murió por nosotros.

Cristo les dijo a sus discípulos que Él les había escogido para que dieran mucho fruto. Y el mismo destino tenemos nosotros: ¡estamos llamados a sembrar nuestra vida por amor al prójimo para dar mucho fruto! Solo poniendo todos nuestros recursos y nuestra voluntad en sus manos podremos tener esa calidad de fruto.

Avancemos hacia la madurez

Honrar la vida también comprende una decisión personal de buscar crecer en todas las áreas de nuestra existencia. Las Escrituras nos hablan de Jesús como un niño que crecía en sabiduría, en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. Esto nos habla de un proceso, de un desarrollo paulatino hacia la madurez.

El escritor de los Hebreos nos anima diciendo: “… avancemos hacia la madurez…” (Hebreos 6:1). Cristo nos dio una vida nueva, distinta a la que vivíamos, con capacidades y talentos que antes desconocíamos. Nos ha dado su mente, nos abrió los secretos de la ciencia y de la sabiduría, y rompió las cadenas de la mediocridad y el fracaso para que podamos crecer, desarrollarnos y alcanzar el éxito.

Es por eso que no podemos conformarnos con lo que hasta ahora somos, debemos crecer como personas hasta que alcancemos lo que siempre hemos soñado y aún más. Necesitamos dejar atrás esa historia llena de falencias, de fracasos y de limitaciones, y mirar lo que tenemos por delante con fe y esperanza. Como dice un proverbio: “El que no mira hacia delante, se queda atrás”.

Como ciudadanos del cielo y embajadores del Rey de reyes debemos demostrarle a este mundo que los hijos de Dios podemos ser exitosos. Lo que hagamos debe ser hecho con excelencia. Recuerda que nunca es demasiado tarde para que seas lo que podrías haber sido.

El éxito no es parecerse a alguna otra persona. Tampoco es tener plata, riquezas o poder. Ni siquiera es alcanzar la felicidad. El éxito no es un destino, sino un viaje, un proceso. Una medida del éxito es la relación entre lo que podríamos haber sido y lo que hemos llegado a hacer. Es despertar por la mañana y saltar de la cama porque hay algo que te gusta hacer, en lo que crees, para lo que eres bueno. Algo que es más grande que tú y que no puedes postergar para hacerlo.

John Maxwell lo define como: “Conocer el propósito de mi vida, alcanzar mi mayor potencial, y sembrar semillas que beneficien a los demás. No importa cuánto viva, ni lo que haya decidido hacer en la vida, nunca se agotará la capacidad de crecer en pos de su potencial ni agotará las oportunidades de ayudar a otros. Usted es exitoso ahora mismo, no es algo que espera lograr algún día”.

Lo que cuenta no es lo que vas a hacer, sino lo que estás haciendo ahora. Es esencial que entendamos cuál es nuestro propósito. Dios hizo a cada persona única y con un propósito único.  A algunos le lleva la mitad de la vida descubrirlo, a otros mucho menos. Lo importante es que sepamos para qué vivimos, descubrir cuáles son nuestros profundos deseos, nuestra vocación, y comenzar a cumplirla con excelencia, de una manera exitosa. Ser un trabajador exitoso, un padre exitoso, un estudiante exitoso.

Debo creer que Dios me dio el potencial para llevar a cabo ese propósito y debo comenzar lo antes posible. “Haz lo que puedas, con lo que tienes, donde estás”, dijo el ex presidente americano Franklin Roosevelt. Y los que tenemos a Cristo tenemos todo para lograrlo. “…de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario, y toda buena obra abunde en ustedes, afirma Pablo en 2 Corintios 9:8. Nuestro potencial es lo que Dios nos ha regalado y es el recurso sin utilizar más grande que tenemos.

Vamos a concentrarnos en lo que queremos ser poniendo todo nuestro esfuerzo y capacidades en ello. Debes decidir a qué cosas renunciar para alcanzarlo. No puede haber éxito sin sacrificio. Si quieres lograr poco, sacrifica poco. Si quieres lograr grandes cosas, habrá que sacrificar mucho. Recuerda que pagas un precio por ser más fuerte, pagas un precio por ir más rápido, pagas un precio por saltar más alto. Pero también por quedarte donde estás se paga el mismo precio.

Busca mejorar continuamente. Vive con la meta de ser un poco mejor que el día anterior. Olvida el pasado. Dice el pastor Jack Hayford: “El pasado es un asunto muerto, y no podemos impulsarnos hacia el mañana si lo llevamos a cuestas”. Y concéntrate en el futuro, en mejorar, en abandonar la comodidad y la mediocridad.

Todo cristiano tiene que esforzarse en cultivarse culturalmente, tiene que estar informado de lo que pasa a su alrededor, tiene que tener criterios reflexivos. Adquirir el hábito de la lectura. Tiene que mejorar su forma de hablar, sus expresiones, sus conocimientos generales. Buscar rodearse de gente que pueda desafiarte a crecer. Serás la misma persona hoy que dentro de cinco años, excepto por dos cosas: la gente con que te asocies y los libros que leas.

Busca superarte, busca la excelencia. Alguien que busca crecer hace lo correcto, no lo más fácil. Busca soluciones, no excusas. Persevera ante los desafíos, no te rindas ante ellos.

Comienza ahora

Estamos a punto de comenzar un nuevo año, no permitas que finalice “a medias”. Rebélate contra la mediocridad y la resignación. Ponte manos a la obra para finalizar lo que comenzaste y empieza a dar pasos hacia ese sueño postergado. Pero comienza ahora porque hoy es importante. La mayoría de las personas ¾incluyendo muchos líderes¾ exageran el ayer, sobreestiman el mañana y subestiman el hoy. El hecho es que los “buenos viejos tiempos” nunca fueron tan buenos como nosotros los recordamos, y el mañana a menudo no es tan productivo como nosotros pensamos que será. Hoy es el día que importa, el día con el potencial más grande para el logro.
Comienza ahora porque así remueves la barrera más grande de su éxito: la demora. Cualquiera que proclama acerca de lo que hará mañana probablemente hizo lo mismo ayer. Dick Biggs dijo: “Permíteme decirte cuál es la brecha más grande. La brecha más grande está entre el saber y el hacer”.
Dios reclama que entendamos los tiempos que nos toca vivir en forma personal. Puede que Dios te esté llamando a una nueva etapa, un nuevo tiempo pero tú no quieres moverte de tu posición cómoda. Entonces Dios va a forzar las cosas a su manera. Te preguntas: “¿Por qué las cosas me salen mal?”. ¿Acaso no será porque Dios te está reclamando un cambio? ¿No será tiempo de que te levantes del sillón de la comodidad y te pongas a trabajar? ¿No será tiempo de que creas de verdad y no te lamentes de tu suerte? Dios puede estar diciéndote: “Tu tiempo se ha cumplido. Ahora viene uno nuevo, y necesito que estés dispuesto a enfrentarlo”. Es tiempo de que madures, que des fruto, que te afirmes en la iglesia, que te sometas y obedezcas.

Cuando nos resistimos al cambio nos resistimos a Dios, porque su voluntad es que cambiemos. Cuidado. Es muy peligroso resistir al Señor, porque alguien saldrá lastimado, alguien deberá aprender, ya sea por las buenas o por las malas. Y ese eres tú. No te resistas a su voluntad, porque Él se propuso hacer algo con tu vida y lo hará de una u otra manera.

¿Cómo sé si estoy en el tiempo correcto de Dios? Ora y pregúntale honestamente. Él te responderá porque no quiere que te equivoques. “Te haré entender, y te enseñaré el camino por el que debes andar”. Dios promete guiarnos. Algunas respuestas vendrán de nuestros guías espirituales que Él puso a nuestro lado. Otras pueden ser proféticamente, otras por su Palabra y otras porque el Padre te lo revelará en tu intimidad.

Debemos aprender a interpretar las señales que Dios nos muestra. ¿Las puertas están cerradas? ¿Sientes que algo superior se opone? Cuando Dios quiere que hagas algo las puertas se abrirán milagrosamente, y Él dará provisión y capacidad para hacerlo.

Comienza ahora porque es la puerta abierta hacia la oportunidad. El trabajo que nunca comenzaste es el que lleva más tiempo en terminar. Debes pasar por la puerta de la oportunidad cuando esta se abre porque no sabes cuánto tiempo permanecerá abierta o si volverá a abrirse. Hay personas que están renuentes a comenzar porque están cómodas con su condición, le temen al fracaso o no quieren iniciar el esfuerzo.
Me gustan mucho las palabras de Anne Frank: “Qué maravilloso es que no necesitemos esperar un solo minuto para comenzar a mejorarnos a nosotros mismos y nuestro mundo”. Empieza hoy y el resto es historia.

Por Roberto Vilaseca

 

 

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