No abandone la brújula

El hombre debe ejercer su rol responsablemente

Por Eduardo Elmasián
El suave soplo del aliento divino acaba de posarse sobre una figura inmóvil de barro. De pronto, la obra maestra del Creador se transforma en un alma viviente. Era el sexto día de la creación y el gran YO SOY quedó satisfecho con su representante.
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. ¡Qué frase más contundente, desafiante y casi inexplicable! Es así, especialmente cuando nos miramos en el espejo y nos preguntamos, ¿qué pasó? Definitivamente la imagen de Dios está bastante distorsionada en los que hoy le representamos. Sabemos que todo empezó en el jardín del Edén donde el pecado hizo su incursión abruptamente y se radicó para siempre en el corazón de los hombres. Las generaciones posteriores a Adán desfiguraron aún más la sustancia divina de esa imagen eterna que el Señor compartió con el hombre. No podemos definir con exactitud cómo era el ser humano antes del fracaso del pecado, pero creo que Dios le entregó muchos de los atributos que reflejan su carácter y virtudes.

Al analizar el libro de los comienzos, primordialmente nos llama la atención que Dios realizó una labor única con el hombre. Ningún otro ser en la tierra tuvo tanta intervención celestial como él. Dios formó al varón con sus propias manos y sopló de su aliento para darle existencia, y luego, formó a la mujer que proviene del material ya confeccionado llamado varón.
Este trabajo de Dios en Adán demuestra claramente el sentido y propósito del liderazgo que Dios le entregó al varón. El hombre tiene sobre sí la responsabilidad y el privilegio de ejercer ese liderato en la tierra. Este comienza en el hogar con la esposa y los hijos.

Eva cayó en pecado por tomar el lugar que le correspondía a Adán que era el de tomar las decisiones direccionales en el matrimonio. Esas decisiones no tienen nada que ver con el diario vivir en lo cual la mujer tiene una capacidad más que sobrada para desenvolverse. La dirección que Eva tomó en el jardín determinaría el curso de su familia en el área más importante de todas: el destino espiritual. Podemos asumir que Eva no sintió la necesidad de consultar esta decisión tan importante con Adán. La razón fue quizás porque perdió la confianza en su marido, o no pensó que este podría estar acertado en su decisión para determinar el futuro que ella quería tomar; o simplemente no supo cómo resistir la tentación al estar sola.
Así, los “Adanes” deben preguntarse: ¿por qué esta mujer tan virtuosa tomó el lugar que no le correspondía y provocó semejante desastre?
La historia revela fielmente que han existido en todas las épocas mujeres de gran capacidad directriz, pero nada como Las Escrituras para ayudarnos a entender que en el matrimonio, cuando el hombre abandona su posición de vanguardia, la mujer se siente obligada a tomar la delantera para llenar el vacío que este deja.

Creo que el problema más grande de Adán fue el perder liderato en el Edén, y eso se reflejó en la actitud que posteriormente asumió Eva. Diariamente surgen oportunidades para que el varón se convierta en ese individuo tan importante el cual es ser un verdadero líder para su familia. Aunque el hombre comparta el timón, ¡no debe jamás abandonar la brújula! De esta manera no dará ocasión al enemigo y, entonces, la mujer y los hijos estarán bajo un manto de protección.
Cabe aquí la aclaración antes de que alguien piense que se maneja un concepto “machista” que no se disminuye la importancia de la mujer frente a Dios o la sociedad. Tampoco se intenta minimizar su potencial ni sus virtudes, sino que la meta es establecer la diferencia de roles y recargar sobre el hombre la responsabilidad de conducción y de tomar decisiones. Recuerden que Eva cometió el error cuando estaba sola. (Esto difiere para las mujeres que están solas por causa de abandono o divorcio. Para aquellas que la vida las ha dejado solas, les animo a buscar un buen consejero o pastor que les pueda ayudar en este tema tan sensible).

Por supuesto, la esposa debe estar involucrada en las decisiones de la familia con su intuición, sus opiniones y comentarios. El varón, líder del hogar, no anula a su compañera sino que sabe incluirla y valerse de todos los recursos que Dios le ha dado, incluyendo su perspectiva de mujer. En mi propio hogar este concepto ha sido de gran beneficio como una “red de seguridad”, aunque en ocasiones tuve que desarrollar la paciencia al esperar que ella también encontrara su paz en ciertas decisiones. Así que, en mi caso, al tomar la decisión final acerca de algo importante para nuestra vida, tuve la paz y confianza que mi esposa estaba conmigo al ciento por ciento. Tomar mi lugar como varón, líder del hogar, significa también que respeto el lugar que mi esposa tiene y todas las capacidades con que Dios la dotó como mujer.

Sin embargo, en este concepto de liderato, debemos recordar el mandato divino para el hombre: “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Génesis 2:24). Este versículo nos señala claramente la necesidad que tiene la mujer, y es que su marido la cuide y proteja espiritual y emocionalmente en el núcleo familiar. Esto incluye ahuyentar la soledad, asumir la conducción del nuevo hogar donde el varón se constituye en líder y a esto se le suma la sensible y delicada tarea de decidir correctamente.
Esto parece muy fácil decirlo, pero no es tan sencillo practicarlo. El poder decidir acertadamente es una escuela de aprendizaje que lleva tiempo y paciencia. Lo crea o no unas de las maneras más rápidas de aprender es cometiendo errores. A nadie le gusta hacerlo, principalmente porque nuestros seguidores pierden confianza en nuestra habilidad de liderar, pero la verdad es que es el maestro más efectivo. Se aprende de los errores únicamente si vemos claramente lo que nos hizo fracasar. Si admitimos nuestras faltas y nos humillamos, el fracaso se convierte en victoria e increíblemente aumenta la prontitud de nuestra aprobación ante Dios y la gente.

Hay maneras de evitar el desacierto y creo que la más segura es cuando un varón sabe escuchar la voz de Dios. Para escuchar al Espíritu Santo hay que primero reconocer todas las voces que puede fabricar el alma. Esas voces pueden venir de las emociones, los conceptos de una voluntad no rendida a Dios y del medio ambiente educativo que nos enseña a tener “sentido común”.

Por Eduardo Elmasián
Tomado del libro: La brújula de Adán

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