La correcta administración de la riqueza

Debemos entender que la pobreza no es un mérito

Por Dallas Willard

Las posesiones y el dinero preocupan hoy a muchos cristianos. No es que teman fallar en su clara responsabilidad de ayudar a otros con los bienes que tienen, sino que, por el contrario, les persigue el pensamiento más radical de que su servicio a Dios sería mejor si fueran pobres, o por lo menos si no poseyeran nada más de lo que se requiere para suplir sus necesidades diarias. Les preocupa la idea de la posesión misma de un excedente de vienes o dinero sea maligno.

Se preguntan: “¿Cómo puede estar bien que posea más de lo que se necesita cuando tantos carecen de lo necesario? ¿No sería capaz de confiar mucho más en Dios y tener fe aún mayor, si tuviera menos vienes materiales en los cuales confiar?”. ¿No deberíamos ser como las aves del cielo, que no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros” (Mateo 6:26)? Esa pareciera ser la verdadera vida de fe.

Sin embargo, si eso fuera verdad, ¿cómo podríamos dejar de incluir a la pobreza en nuestra lista de disciplinas fundamentales de vida espiritual? Existe una muy buena razón por la que esto no es así. La idealización de la pobreza es una de las ilusiones más peligrosas de los cristianos en el tiempo contemporáneo. La mayordomía (que requiere de posesiones e incluye el dar) es la verdadera disciplina con la relación a la riqueza.

No hay duda de que a menudo no damos de nuestros bienes como deberíamos. No existe justificación para eso, tal como no la existe para el vivir en el derroche y en lujos. La frugalidad es tanto una disciplina como una virtud cristiana primaria. Pero debemos notar que tales faltas conciernen el uso de bienes, no a su posesión. La pobreza y la riqueza, por otra parte, tienen que ver con la posesión de cosas. La condenación y el sentido de culpa respecto de meras posesiones no tiene lugar en la fe bíblica y constituye, al fin y al cabo, solo una barrera al buen uso de las riquezas de este mundo.

Sin embargo, a menudo un quemante sentido de indignación ante la injusticia social y un elevado sentimiento de “espiritualidad” nos impiden pensar acertadamente. Al tratar con la riqueza y la pobreza no solo es necesario comprender esta distinción entre la posesión y el uso de bienes, sino también comprender las diferencias entre esto y confiar en las riquezas.

El poseer riquezas es tener el derecho de decir cómo deberán ser usadas. Usar las riquezas, por otra parte, es hacer que sean consumidas o transferidas a otros a cambio de algo que deseamos. La diferencia entre posesión y uso inmediatamente se aclara cuando pensamos acerca de cómo a veces usamos y controlamos el uso de riquezas que no poseemos, y cuando influimos las decisiones de aquellos que sí las poseen. Es posible usar o consumir bienes que no poseemos, y es factible poseer lo que no usamos y quizá no podamos usar.

Confiar en las riquezas, por otra parte, es contar con ellas para obtener o lograr lo que más atesoramos. Es pensar que ellas nos traerán la felicidad y el bienestar. Cuando también poseemos las riquezas en las que confiamos, podemos suponer que estamos seguros, como el rico insensato del relato de Lucas 12, o aun suponer que somos mejores que los que son pobres. Si confiamos en las riquezas también las amaremos y llegaremos a servirlas. En nuestras acciones las colocaremos sobre los verdaderos valores máximos de la vida humana, incluso por sobre Dios y su servicio.

A la luz de estas distinciones se torna evidente que podemos poseer sin usar o confiar. La posesión solo nos da una responsabilidad sustancial sobre cómo podrían usarse los bienes. Y podemos usar sin poseer ni confiar. Y somos dolorosamente conscientes de que podemos confiar en (y servir a) la riqueza sin poseerla ni usarla. Esas personas pobres cuya fe radica en riquezas que no poseen ni pueden usar son las personas más infelices de la Tierra.

 

Pobreza e injusticia

Actualmente nos encontramos en un mundo donde, de hecho, pocas personas son ricas y poderosas, mientras que muchas son pobres y débiles. Algunos ricos han dañado de hecho a sus vecinos para obtener o retener sus riquezas; otros los perjudican al permitirles sufrir en vez de compartir con ellos. Existe una inequidad obvia en la distribución de los bienes necesarios para la vida, y mucha de esa inequidad es reflejo de la injusticia. Esto lo entendemos muy bien.

Los problemas que la riqueza y la pobreza presentan a la vida humana no son solo preocupación de la teología y la ética social o personal. Alcanzan a los fundamentos mismos del orden social. Hablamos en términos fríos e indiferentes de “la economía”, pero son estos temas los que abren la puerta a los regímenes más represivos y sangrientos, tanto de la derecha política como de la izquierda.

Estos regímenes ofrecen “soluciones” que requieren del asesinato de millones: diez o más millones bajo los nazis, diez millones en Ucrania, tres millones en Camboya. En nuestro mundo moderno los argumentos principales sobre los cuales tales regímenes llegan al poder son mayormente económicos… justicia o igualdad económica es el supuesto objetivo. Pero en algún momento, las consideraciones “económicas” se traducen en la ruina o terminación de vidas humanas. A veces esto se debe a “la clase dirigente”, otras veces sirve a “los requerimientos de la revolución”.

En tales circunstancias es fácil ver por qué muchas personas preocupadas podrían tildar a la riqueza como maligna y la posesión de la riqueza como esencialmente perversa. Naturalmente entonces enfrentarán a Dios en contra de las riquezas y en contra de los ricos como clase. Un erudito de la talla de Alasdair MacIntyre dice francamente: “El Nuevo Testamento claramente ve a los ricos como destinados a las penas del infierno”. El Padre Ernesto Cardenal, un sacerdote católico y ministro de cultura del gobierno de Nicaragua, interpreta a Cristo diciendo que “los ricos nunca podrán entrar en el Reino de Dios”. Creo que estas figuras bien conocidas solo dicen en voz alta lo que la mayoría de las personas con preocupación social creen que es lo que enseña la religión cristiana.

 

Los beneficios de la disciplina

Digamos que decidimos regalar todo el dinero que tenemos. ¿Adónde irá el dinero? Iría a alguna parte, alguien seguiría siendo afectado por él. Nunca debemos olvidar que las riquezas de este mundo, sean consideradas buenas o malas, son realidades que no desaparecerán si las abandonamos. Seguirán produciendo efectos. Las posesiones y el uso de ellas ocurrirán. Alguien las controlará, y el hecho de que nosotros no las poseamos no quiere decir que serán mejor distribuidas. Así que el asumir la responsabilidad por el buen uso y disposición de las posesiones al ser dueños de ellas, es una disciplina del espíritu mayor que la pobreza misma.

Nuestras posesiones extienden en demasía el ámbito sobre el cual Dios gobierna, por medio de nuestra fe. Así hacen posibles actividades en el poder de Dios que serían imposibles sin ellas. No debemos permitir que nuestra justificable repulsión a los ricos disipadores no nos deje ver esta crucial verdad.

La pobreza como práctica general no puede solucionar la esclavitud de la humanidad a la riqueza. El ser libre de posesiones no es tanto un asunto externo como interno. Es algo que solo puede resultar de la visión interna de la fe. Pero abandonar los bienes de este mundo es fallar en la responsabilidad de tomar dominio y gobernar sobre todas las formas de vida superior a las plantas, que nos fue concebida en la creación (Génesis 1:22).

De igual manera, los programas de caridad y bienestar social, aunque son buenos y es nuestro deber, ni siquiera son el comienzo cumplimiento de nuestras responsabilidades como hijos de la luz ante un mundo necesitado. Es pura falsa ilusión imaginarnos que puedan serlo. Estos programas consideran una porción muy pequeña de los bienes de la vida. Específicamente, no pueden ocupar el lugar de hombres y mujeres devotos de Dios, bien preparados, que asumen la responsabilidad, bajo Dios y en su poder, de poseer y dirigir la riqueza y bienes del mundo.

Tales personas deben surgir y, en unión con Cristo y su Pueblo, guiar los procesos sociales, económicos y políticos para que las condiciones que provocan la necesidad de caridad disminuyan hasta ser satisfechas. Tales hombres y mujeres son los únicos que podrán dirigir de forma efectiva a la humanidad a cumplir el antiguo mandato de mayordomía sobre la Tierra.

Son estos hechos relativos al propósito de Dios en nuestra creación y la naturaleza de nuestra vida los que explican el fracaso casi universal de las personas al considerar la pobreza como un estilo de vida. El culto a la pobreza de San Francisco no sobrevivió ni hasta el final de su propia vida. A algunos de sus discípulos, como los “Fraticelli”, los denunciaron como herejes y los quemaron por persistir en exaltar la pobreza.

Esto, por cierto, no prueba que él estuvo equivocado. Pero el monaquismo implícito (el colocar a los bienes materiales fuera de la santidad) inherente en la idealización de San Francisco de la no posesión, tuvo el efecto de abandonar la riqueza a Satanás y excluir a los que la controlan del servicio de Dios. Este terrible error (que no se originó con San Francisco) solo puede ser revertido al comprender que la posesión y correcta administración de la riqueza material es un servicio espiritual del más alto orden. Y nuestra respuesta debe ser la de desarrollar un ministerio que prepare a las personas para ese servicio.

 

Nada que ver con la sencillez

Un aspecto del romanticismo en torno a la pobreza es su identificación con la sencillez. Pero la vida para las personas de veras pobres es sencilla, tal como lo son los movimientos de alguien con una camisa de fuerza amarrado a un árbol: no son muchos. Nadie es más malogrado y fragmentado por las múltiples demandas de la vida que los pobres. Simplemente no pueden hacer mucho al respecto. Cualquiera que ha tenido que tratar con las necesidades de alimento, casa, salud, transporte y educación desde la posición de la pobreza real sabe cuán desconcertantemente complejo es esto.

Por otra parte, la sencillez es un logro espiritual, un asunto de orden interior. Aquel que ha llegado al punto de poder decir con Pablo: “Una cosa hago” (Filipenses 3:13), o que de veras busca “primeramente el Reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33), es una persona que ha entrado en la sencillez. Fácilmente colocan “en su lugar” a todas las demandas que les llegan y tratan armónica, pacífica y confiadamente con las complejidades de la vida que parecen incomprensibles a otros porque saben lo que hacen.

En la vida espiritual, la sencillez no se opone a la complejidad, y la pobreza no es opuesta a las posesiones.

 

Entender sus palabras

¿Pero no fue Jesús mismo quien dijo que los ricos eran malditos o “deplorables” mientras que los pobres son bendecidos? Ciertamente, y al hacerlo mostró una de las más importantes aplicaciones de su principio repetido a menudo de que los primeros (a juicio humano) serán los últimos (a la vista de Dios), y los últimos (a juicio humano) serán los primeros (en el de Dios).

Pero lo que esto significa puede ser comprendido solo si entendemos la forma en que Él enseñó. La enseñanza de Jesús no establece generalizaciones seguras por las cuales podemos imaginar una vida feliz. Al contrario, es diseñada para sobresaltarnos de nuestros prejuicios y dirigirnos a una nueva manera de pensar y actuar. Es diseñada para abrirnos a experimentar el Reino de Dios allí donde estamos, iniciando un proceso impredecible de crecimiento personal, un compañerismo vívido con Él.

Las palabras de Jesús tipifican su manera de enseñar. En todos los casos donde Él toca acciones específicas y condiciones de la vida, su propósito no es dar generalizaciones o leyes de cómo comportarse siempre. Al contrario, Él refuta las falsas generalizaciones que se observan como leyes en la práctica de aquellos a quienes les habla.

Jesús aquí nos desafía a pasar más allá para ver cómo podríamos encontrarnos con Dios, que ciertamente no maneja sus asuntos con reglas tan necias.

 

Por Dallas Willard
Tomado del libro: El espíritu de la disciplina
Vida

 

1 comentario en La correcta administración de la riqueza

  1. La administracion de las riquezas bien habidas,con el trabajo de tantos años las personas son metodicas y caritativas.En el caso contrario las mal habidas las personas cambian totalmente y derrochan la plata.Nunca hacen una obra de caridad con la gente mas necesitada.Esas personas con el tiempo se enferman y mueren en la miseria mas grande.

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