Esas cosas misteriosas

No Hay nada que podamos hacer

Por Evangelina Daldi

Nuestra mente funciona así. Pensamos, creemos y sabemos a ciencia cierta que es muy probable que no consigamos nada en la vida sin esforzarnos. Debemos trabajar para obtener aquello que necesitamos y anhelamos.

Debemos trabajar para obtener el sueldo que permitirá cubrir nuestras diversas necesidades. Debemos dejar de lado muchas horas de ocio y ponernos a estudiar si queremos obtener un título. Debemos entrenar constantemente si deseamos ser buenos atletas. Debemos ahorrar ¾con todo lo que eso significa¾ si queremos llegar a nuestra casa o auto propio.

Y podríamos seguir dando muchos ejemplos en cualquier orden de la vida. Pero en definitiva el mensaje es siempre el mismo: sin esfuerzo no hay resultados. Nuestra acción debe estar presente. Nosotros debemos participar en ese proceso de obtención de aquello que nos parece deseable. Y, como dije antes, nuestra mente ya está programada  de esa forma.

Es por eso que cada vez que recibimos esos mensajes en nuestro celular que dice que nos ganamos unas vacaciones con todo pago, un automóvil 0 km o una vivienda, siempre tendemos a pensar que hay gato encerrado. Comúnmente, nunca nada (o por lo menos no lo valioso) es tan fácil en la vida.

A muchos de nosotros, la cabeza nos sigue funcionando así cuando venimos a Jesús. Pensamos que tenemos que ganarnos la salvación. Debemos mostrar merecimientos para su amor. Debemos pecar lo menos posible. Debemos asistir a todos los cultos. Debemos orar muchas horas por día. Debemos participar en todas los eventos de nuestra congregación. En definitiva, debemos ser hijos buenos. Una larga lista de “deberes”.

Pero la realidad es que pecamos más de la cuenta ¾aún después de convertirnos¾. Nos peleamos con el hombre que viene manejando el auto de al lado porque nos encerró. Nos apretamos el dedo con la puerta y decimos una mala palabra. No tenemos una asistencia perfecta en la iglesia. Tomamos atajos en nuestro trabajo para trabajar menos. Le hablamos mal a nuestra esposa. Nos acostamos enojados con nuestro cónyuge. Le mentimos a nuestros padres. Nos copiamos en un examen.

Perdemos la virginidad antes de casarnos. Toda nuestra vida nos parece un desastre. Pensamos que Dios es bueno, muy bueno, pero que nosotros somos demasiado malos y no tenemos arreglo. Caemos una y otra vez. Definitivamente no merecemos ser llamados hijos de Dios.

Pero eso no es lo que nuestro Padre nos ha dicho. Y por cómo nuestra mente está programada es tan difícil entender su gracia. Es “antinatural” que Dios nos ame así porque sí. No es normal que Él nos acepte cuando nos hemos portado (y nos seguimos portando) mal. Nadie hace eso. Creemos que necesitamos esforzarnos mucho para que Dios esté contento con nosotros.

Pero no. Nuestro Padre nos ama. Y nos va a amar siempre. Y tras esas dos frases se coloca un punto final. No hay condición. No hay una coma. No le sigue nada a eso.

No te confundas. Lo que tú hagas a partir de ese amor divino entra en el ámbito de tu respuesta hacia Dios. No hace su amor por ti. Una vez alguien me dijo: “No hay nada que puedas hacer de malo que haga que Dios te ame menos. Y no hay nada que puedas hacer de bueno que haga que Él te ame más”. Simple pero complejo.

Muchos pasan sus días temerosos de Dios. Cansados de luchar por sentirse merecedores de esa aceptación, de ese amor. La mala noticia es que jamás lo vamos a lograr por nosotros mismos. La buena noticia es que somos aceptados y amados sin hacer nada. Debemos aprender a vivir inmersos en la gracia del Padre ¾para con nosotros y para con otros¾. No debes confundirte: la percepción que tú tienes de ti mismo no tiene nada que ver con la verdad de Dios de que eres aceptado y amado sin condiciones.

Liberémonos de la condenación. De la culpa. Del fracaso. Vivamos en ese amor. Vivamos en esa gracia.

Evangelina Daldi

2 comentarios en Esas cosas misteriosas

  1. Este articulo,me parece muy adecuado a la juventud de ahora,la mente de ellos para nada les preocupa el futuro del mañana,la mayor parte los culpables son los papas por los gustos que le dan.

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