Una Buena Vida de Verdad

Examinar lo que verdaderamente hay en nuestro interior

Por John Ortberg

Se plantean dos grandes cuestiones hacer de si una vida ha valido la pena: ¿quién tuvo una vida buena? Y ¿quién fue una persona buena? De la primera pregunta se ocupan los anuncios publicitarios; de la segunda, los funerales.

En los tiempos de Jesús, la palabra que se utilizaba para “buena vida” era “bienaventurada” o “dichosa”. Las declaraciones de Jesús en cuanto a aquellos para los que estaba disponible la buena vida se llaman bienaventuranzas. Llegaron a ser las declaraciones más famosas sobre la buena vida que jamás de hayan pronunciado. Y tal vez lo más sorprendente sea que Él enseñaba que gracias a Dios ahora la buena vida estaba al alcance de cualquiera, sin que importaran las circunstancias externas. “Dichosos los que lloran.

Por otro lado, la declaración de Jesús acerca de lo que impide que alguien llegue a ser una persona verdaderamente buena gira alrededor de una sola palabra, que se ha convertido “tal vez en la más grande contribución de Cristo a la civilización humana”. Jesús ha sido crítico más severo con respecto a la capacidad que tiene la religión para distorsionar la bondad humana. Veamos cómo definió Jesús a una “buena persona”.

 

Hipocresía descubierta

El movimiento al que Jesús dio origen produjo muchos hipócritas. Dado que hay unos dos mil millones de cristianos en el mundo, tal vez el cristianismo haya generado más hipócritas que cualquier otro movimiento.

La hipocresía religiosa es una de las grandes barreras que se interponen a la fe para cualquier persona sensata. ¿Por qué hacerse cristiano cuando la Iglesia está repleta de hipócritas y personas profundamente defectuosas?

Un libro titulado unChristian [No cristiano] incluye una encuesta que indica que el 85 % de los adultos jóvenes que no asisten a ninguna iglesia cree que los cristianos son hipócritas. El 47 % de los adultos jóvenes dentro de la iglesia opina lo mismo.

La hipocresía es como una enfermedad cardíaca espiritual universal. En una reciente reunión anual de la Asociación Estadounidense del Corazón, trescientos mil médicos e investigadores se reunieron para debatir la importancia de las  dietas bajas en grasa para conservar sano nuestro corazón.  Pero durante las comidas, consumieron comida rápida repleta de grasa, tal como hamburguesas y papas fritas, al mismo ritmo de la obstrucción de arterias que los participantes de cualquier otra convención. A un cardiólogo se le preguntó: “¿No le preocupa que sus malos hábitos alimentarios constituyan un mal ejemplo?”. Él respondió: “A mí no. Ya me quité la credencial con mi nombre”.

Por supuesto, la presencia de hipócritas dentro de un movimiento no demuestra que el movimiento en sí esté errado. Todo sistema de creencias atrae a personas que no logran estar a la altura. Nuestras ideas modernas en cuanto a la hipocresía brota de la crítica ruin que les hacemos a los hipócritas religiosos. La erudita Eva Kittay señaló que la palabra hipócrita viene de una palabra griega que comúnmente se asocia con el teatro. Los hipócritas eran actores en un escenario. Los actores por lo general llevaban una máscara para mostrar qué personaje representaban, así que el mismo actor podía hacer de rey en el primer acto y de esclavo en el segundo. Por extensión, la palabra llegó a referirse a personas que simulaban un papel.

Fue Jesús el que criticó la hipocresía de una manera que impactó la historia. Cuando Jesús habló de la simulación religiosa, usó el término que se utilizaba para los que representaban papeles. Kittay sostuvo que la utilización de este concepto en el Nuevo testamento es lo que más ha modelado nuestra concepción en cuanto a la hipocresía, debido al énfasis singular sobre la condición interior de la persona y no la mera conducta externa. “El concepto de hipocresía sin duda tomó forma a partir del tono moral que recibió con el surgimiento del cristianismo, en el que la atención a lo que se esconde de la vista (a menudo de la vista de uno mismo) resulta primordial”.

Hay un yo público visible ante todos en el mundo que me rodea. Uno pasa mucho tiempo manejando la imagen de ese yo público. Luego existe un yo privado, que no resulta evidente para el mundo. De hecho, tal vez ni uno mismo conozca las profundidades del yo privado, porque tiene que ver con el propio corazón; y Jesús dijo que solo Dios conoce el corazón en profundidad. Eso es lo que más importa. La condición del corazón es el énfasis primordial de la enseñanza de Jesús con respecto a la bondad humana.

La persona buena es aquella cuyo corazón, si ser interior, está recubierto e impregnado del amor divino. Por consiguiente, la persona buena no es simplemente la que hace cosas buenas; es alguien que genuinamente quiere hacer cosas buenas.

Lo que sucede en el corazón, que es invisible y solo Dios puede conocer, es lo que hace tan patente lo horrible de la hipocresía, la simulación y la actuación en el ámbito público.

Los contrastes entre la hipocresía y la genuina bondad se entremezclan en muchas de las enseñanzas de Jesús. Mateo incluye el registro de toda una charla que tuvo lugar pocos días antes de la muerte del Señor y que solo se refiere a este tema.

Jesús empezó diciendo: “¡Ay de ustedes…!”. “Ay” no simplemente quería decir que se avecinaban problemas; significaba que se avecinaban problemas en forma de castigo divino. Jesús declaró que Dios no tolera la hipocresía.

Esta enseñanza desató una revolución en el mundo antiguo. La raza humana siempre se ha preocupado con respecto a lo que hace buena a una persona. El cristianismo no tiene el monopolio de la bondad, y la gente cree que es así por ignorancia o arrogancia.

 

Un giro inesperado

Jesús pondría a disposición del mundo la gran enseñanza de Israel: el monoteísmo ético. Hay un solo Dios, y Él es fuerte y juez de todo lo bueno.

Esta idea de un Dios que dicta mandamientos morales y juzga la tierra con el tiempo se extendió tanto que en nuestra cultura, aunque no lo creamos, ese es el ser en el que pensamos cuando oímos La Palabra de Dios. Pero no siempre ha sido así.

Jesús dirigió gran parte de su enseñanza referida a la verdadera naturaleza de la bondad a los eruditos conocidos como fariseos. En nuestros días la palabra fariseo se ha vuelto una caricatura. A menudo nos consideramos superiores a ellos. En realidad, eran los dirigentes espirituales más admirados de sus días.

En otras palabras, Jesús hablaba acerca de una condición que está a un pelo de distancia de cualquiera que toma en serio la fe en Dios. Jesús sabía que esa condición se infiltraría en cualquier movimiento de fe, incluyendo al suyo propio. Thomas Cahill escribió que: “Cualquier cristiano que se imagina moralmente superior solo tiene que echar un vistazo a la historia posterior a la persecución cristiana contra los judíos, para darse cuenta de que los cristianos han tenido mucho más éxito en rechazar a Jesús que cualquier judío”.

Como alguien que regularmente predica a persona de fe, quedo pasmado cuando leo Mateo 23:13-33 ante la valentía de este hombre. No puedo imaginarme la tensión que produjo. Con razón se ganó enemigos.

Me deja estupefacto el hecho de que él usara las advertencias más fuertes en cuanto a la condenación del infierno no como advertencias dirigidas a personas fuera de su comunidad de fe, sino a los que estaban dentro.

Usó ilustraciones y argumentos corrientes en su día para transmitir su comprensión de la naturaleza humana y del corazón humano. Utilizó la figura del vaso sucio. Jesús no hablaba de principios generales sobre cómo lavar platos. La limpieza ritual era una parte importante de la religión.

Jesús utilizó un ritual bien conocido para señalar su significado más profundo. Todas las personas tienen una parte interna y una parte externa; y lo que más le interesa a Dios es el interior de las personas. De hecho, constituyó una gran revolución en la historia humana que el Dios judío y cristiano se revelara como Uno que ve directamente las conciencias, y no se deja engañar meramente por los actos externos”.

De acuerdo con los parámetros de Jesús, la hipocresía no tiene que ver simplemente con lo lograr vivir a la altura que aspiramos. Todos hacen eso. La esencia de la hipocresía es el engaño; engaño de un espíritu cruel y egoísta, aunque a veces se inconsciente.

El interior sucio del baso es simplemente la condición caída; la parte externa lavada es lo que caracteriza a la hipocresía. ¿Por qué va a querer alguien blanquear un sepulcro? Para hacer que la gente piense que hay vida allí, y no muerte. No es solo que los religiosos descuiden la justicia, la misericordia o la fe. Además, dan un diezmo de sus especias, un diminuto aspecto de sus vidas financieras para convencer a todos de lo fieles que son.

 

El foco en otro lado

Debido al énfasis que pone en cuanto al corazón, la bondad no empieza con una conducta apropiada. Empieza con una apertura a la verdad en lo referido al caos del propio ser interior. “Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”.

La verdad nos hará libres; pero primero nos hará desdichados.

Hagamos un experimento mental. Va a que le hagan un examen físico. El médico le dice: “Usted es un magnífico espécimen físico. Tiene el cuerpo de un atleta olímpico. Merece que se lo felicite”. Más tarde, al subir las escaleras, su corazón le falla. Poco después descubre que sus arterias están tapadas. Usted vuelve al médico y le dice: “¿Por qué no me lo dijo”.

“Pues bien, yo sé que su cuerpo está en su peor forma, pero si le digo esas cosas a la gente, se ofende. Es mal negocio. No vuelven. Quiero que este sea un lugar confiable en el que usted sienta que se lo ama y se lo acepta”. ¡Usted se enfurecería! Le diría al médico: “Cuando se trata de mi cuerpo, ¡quiero la verdad!”.

En el mundo antiguo, decir la verdad era tarea de los filósofos. Los templos existían para aplacar a los dioses. Jesús comenzaba a introducir el poder de la verdad en el ámbito de la religión.

En Grecia, los grandes que decían la verdad y confrontaban a los seres humanos con sus debilidades éticas eran los oradores como Demóstenes, o los filósofos como Sócrates. En Israel, el diagnóstico vendría de la boca de Jesús, y cambiaría la forma en que se percibía el mal.

En el mundo de Jesús, hacer el mal no es tanto transgredir un principio moral como herirlo y decepcionarlo a Él, un Amigo, que también es nuestro Creador. Eso le da al pecado un peso que nos acosa y supera la capacidad humana de poder arreglarlo. Para Platón resulta extraño el clamor de San Pablo: “De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”.

Esto condujo a otro enfoque de la sanidad: debido a nuestra condición de criaturas, de caídos, y de autoengaño, no podemos sanarnos nosotros mismos. C. S. Lewis escribió, diciendo que la mayoría de nosotros admite que algo de “moralidad” o “conducta decente” está presente en nuestra vida, pero que esperamos poder aferrarnos a nuestra vida natural con lo que sea que nos quede, y eso significa que vivimos o bien una vida fingiendo o de desdicha.

Finalmente, o uno se da por vencido en su intento de ser bueno, o se vuelve una de aquellas personas que, suele decirse, “viven de apariencias”, siempre descontentas y quejosas; siempre preguntándose por que los demás no lo notan más; y siempre mostrándose como mártires. Y una vez que nos hemos transformado en eso, nos volvemos una plaga mucho mayor para cualquiera que tenga que vivir con nosotros, aún más de lo que habríamos sido si simplemente hubiéramos seguido siendo abiertamente egoísta.

El camino cristiano es diferente: más duro y más fácil. Cristo dice: “Dámelo todo. No quiero tanto de tu tiempo ni tanto de tu dinero, ni tanto de tu trabajo; te quiero a ti. Yo no vengo a atormentar tu ego natural, sino matarlo. Nada a medias sirve de algo. No quiero cortar una rama aquí y otra allá; quiero derribar todo el árbol… Entrégame todo el yo natural, tanto los deseos que consideras inocentes como los que piensas que son perversos; todo el paquete. En su lugar te daré un nuevo yo. De hecho, me daré yo mismo a ti: mi propia voluntad será tuya.

Resulta que la vida buena está disponible solo para la persona buena.

Me resulta irónico que tal vez ninguna otra religión haya producido tantos hipócritas como el cristianismo. También me resulta doloroso que haya mucha hipocresía en mí. Veo a la vez condenatorio y reconfortante que nadie jamás haya diagnosticado y denunciado la hipocresía con más poder que el fundador del cristianismo, y que sin embargo, nadie jamás les haya ofrecido a los mismos hipócritas más esperanza.

 

Por John Ortberg
Tomado del libro: ¿Quién es este hombre?
Vida

¿Quien es Este Hombre?

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