Oraciones Desesperadamente Honestas

El bálsamo que significa poder hablar sin caretas con Dios

Por Bill Hybels

Imagínate que la entrada a un puerto de mar en el que tú estás parado se abriera para que tú pudieras ver el mar abierto. Mientras estás mirando el mar, ves una enorme nave que va cruzando por las aguas relucientes. Entonces escuchas la voz definida de Dios que te dice: “Sube al bote de cinco metros que está allí, cruza el puerto, colócate al lado del gran barco y avísale que van directo a un arrecife. Haz lo que tengas que hacer con tal de que esa nave cambie el curso. Si no haces tu trabajo, ellos tendrán un problema”.

Tú reconoces la seriedad de la situación, así que subes al botecito y vas hasta la nave. La primera cosa que aces es situarte frente a la nave y sostener una señal que dice: “Peligro, arrecife al frente”. El capitán de la nave no presta atención a lo que dice tu pequeña señal y sigue adelante, casi cortando tu pequeño bote a la mitad. Así que tú tratas de remar tu botecito en contra del lado de ese gran barco en un esfuerzo para sacarlo de su curso. Por fin, encuentras una manera de abordar la nave y vas corriendo al puente de mando, donde le ruegas al capitán diciéndole. “Estoy aquí en una misión de Dios. Él me dijo que al frente hay un arrecife. Será mejor que cambie el curso o terminará por poner en peligro la vida de todos.

El capitán, creyendo que estás cuestionando su competencia, se pone bravo. Tú le aseguras: “No tengo ninguna intención personal en esto, sino que estoy en una misión de Dios. Usted necesita desviar esta nave o los resultados serán desastrosos”. Por fin el capitán se molesta tanto que llama a algunos miembros de la tripulación, estos te empujan un poco y te encierran en el frigorífico. Mientras estás allí temblando, preguntándote por qué Dios te mandó en esta misión, escuchas un horrendo golpe. Es el sonido del acero rajándose en contra de las rocas. El barco comienza a romperse sobre el arrecife.

¿Cómo te sentirías si tú fueras la persona que Dios envió a detener esa nave?

“¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir! Fuiste más fuerte que yo y me venciste. Todo el mundo se burla de mí; se ríen de mí todo el tiempo. Cada vez que hablo, es para gritar:
¡Violencia! ¡Violencia!’. 
Por eso la palabra del Señor
 no deja de ser para mí
 un oprobio y una burla. Si digo: ‘No me acordaré más de él,
 ni hablaré más en su nombre’, 
entonces su palabra en mi interior
 se vuelve un fuego ardiente
 que me cala hasta los huesos.
 He hecho todo lo posible por contenerla,
 pero ya no puedo más. Escucho a muchos decir con sorna:
 ‘¡Hay terror por todas partes!’ 
y hasta agregan: ‘¡Denúncienlo!
 ¡Vamos a denunciarlo!’. Aun mis mejores amigos
 esperan que tropiece.
 También dicen: ‘Quizá lo podamos seducir.
 Entonces lo venceremos
 y nos vengaremos de él’. Pero el Señor está conmigo
 como un guerrero poderoso;
 por eso los que me persiguen
 caerán y no podrán prevalecer,
 fracasarán y quedarán avergonzados.
 Eterna será su deshonra;
 jamás será olvidada. Tú, Señor Todopoderoso,
 que examinas al justo,
 que sondeas el corazón y la mente,
 hazme ver tu venganza sobre ellos,
 pues a ti he encomendado mi causa. ¡Canten al Señor, alábenlo!
 Él salva a los pobres
 del poder de los malvados. ¡Maldito el día en que nací!
 ¡Maldito el día en que mi madre me dio a luz!

¡Maldito el hombre que alegró a mi padre
 cuando le dijo: ‘¡Te ha nacido un hijo varón!’. Que sea tal hombre como las ciudades
 que el Señor destruyó sin compasión. 
Que oiga gritos en la mañana
 y alaridos de guerra al mediodía! ¿Por qué Dios no me dejó morir
 en el seno de mi madre?
 Así ella habría sido mi tumba,
 y yo jamás habría salido de su vientre. ¿Por qué tuve que salir del vientre
 sólo para ver problemas y aflicción,
 y para terminar mis días en vergüenza?”(Jeremías 20:7-18).

En una porción de esta oración, Jeremías se queja honestamente a Dios y clama desde lo má profundo de su dolor. ¿Cuáles son algunas de las quejas de Jeremías a Dios?

Jeremías debe haberse sentido igual que el hombre en el bote tratando de detener la gigantesca nave en el océano. Dios lo llamó a instar a toda la nación de Israel que cambiara sus caminos. Si lees el libro de Jeremías, enseguida aprenderás que este mensaje no se recibió con gratitud. De hecho, rechazaron a Jeremías, lo golpearon y lo humillaron públicamente. Jeremías estaba siguiendo la dirección de Dios, pero, a pesar de todo, parecía que el cielo y la tierra se unían.

¿Qué hace cuando esperas la provisión y protección de Dios en tu vida y entonces, de repente, pare que te quitan la protección y tu vida choca contra los arrecifes? Una consulta rutinaria al médico se convierte en la peor pesadilla. Se pierde el control de una disputa matrimonial y tú no puedes arreglar el problema. La corporación hace una reestructuración y pierdes tu trabajo. Tu hijo resulta herido en un accidente. Te roban en la casa. Te traiciona un amigo de toda la vida. ¿Qué haces cuando el cielo y la tierra se te unen?

¿Qué haces con los sentimientos muy cargados que vuelan en tu espíritu cuando sientes que Dios te ha desilusionado? Algunas personas, en un esfuerzo por ser “buenos cristianos”, creen que necesitan proteger a Dios. Niegan su dolor y no le dan importancia a sus sentimientos. Ponen una sonrisa de “Abalado sea Dios de todas formas” que hasta un niño de 7 años entendería ue es falsa. Ellos creen que esta clase de fachada agrada a Dios, que es un distintivo de honor, una señal de madurez espiritual. ¡Están equivocados!

Recuerdo estar al lado de una joven drente al ataúd de su joven esposo. Si alguien tenía el derecho de ser honesto acerca de su solor ante Dios, era esta mujer. Ella me miró y me dijo: “Bill, me imagio que el Señor lo necesitaba más en el cielo que en la tierra, ¡alabado sea Dios!”. Creo que ella estaba intentando ser valiente y fuerte, pero yo no creí ni una sola de las palabras que ella dijo. Por supuesto, el Dios majestuoso, el Creador del universo, no “necesitaba” a su esposo en el cielo ni en la tierra. Al tratar de proteger a Dios, ella estaba negando su pérdida y dolor.

La gente hace muchas cosas diferentes cuando sientes que el cielo y la tierra se les unen. Pero no son muchos los que tiene la honestidad de Jeremías. Cuando estaba en el hoyo, él oró. No era una oración que siguiera la “línea de un partido político”, no era una oración desinfectada, tampoco era una oración cuidadosamente editada. Él hizo una oración dolorosamente honesta. El clamor sentido de Jeremías comienza con un emotivo despliegue sin editar, que expresa dolor, ira, abandono y temor. Luego da un giro de 180 grados y afirma el honor de ser llamado un profeta. Él dice: “Detesto lo que me está pasando, pero me encanta hablar las palabras de Dios y que me use para impactar mi nación”. Alaba a Dios y reconoce su amor los necesitados. Y luego, en el próximo suspiro, Jeremías vuelve y comienza a maldecir el día en que nació. Como ves, las oraciones dolorosamente honestas tienden a ser desorganizadas, sin ensayo y confusas. Pero estas surgen de lo más profundo de nuestro corazón y tocan el corazón de Dios.

Tú puedes emplear un tiempo leyendo el salmo 73. Busca aprender de la honestidad de esta oración. Nota que está lleno del clamor de un corazón quebrantado por el dolor y la lucha, pero también hace declaraciones de alabanzas llenas de esperanza. Busca la libertad en tus oraciones para elevar esta clase de corazón honesto. “Confía siempre en él, pueblo mío; ábrele tu corazón cuando estés ante él. ¡Dios es nuestro refugio!” (Salmo 62:8).

Por Bill Hybels
Tomado del libro: Encontrar a Dios
Vida

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