El Cuerpo de Cristo tiene la gran responsabilidad de ser el pionero de la transformación cultural que nuestro país necesita, y para eso es indispensable el clamor. Hay una tarea que como Iglesia nos urge.
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| Edward M. Bounds |
Uno de los clamores de nuestros días, es el clamor por hombres cuya fe, oraciones y estudio de La Palabra de Dios hayan sido vitalizados, para que una transcripción de esa Palabra esté escrita en sus corazones, y que luego la publiquen como la semilla incorruptible que vive y permanece para siempre. Debemos tener hombres de oración, hombres en lugares altos y bajos que sostengan y practiquen la oración bíblica.
Los colegios, las universidades y la educación considerados simplemente como tales, no pueden ser vistos como líderes que llevan adelante la obra del Reino de Dios en el mundo. No tienen ni el derecho, ni la voluntad ni el poder para hacer esa obra. Esto debe ser logrado por medio de La Palabra predicada, dada en el poder del Espíritu Santo enviado desde el cielo, sembrada con manos piadosas y rociada con las lágrimas de los corazones que oran. Esta es la ley divina. Y si estamos encerrados y sellados en ella, seguiremos al Señor.
Los hombres son requeridos para la gran tarea de salvar almas, y hacia allí deben ir. No es necesaria ninguna fuerza angelical ni impersonal. Los corazones humanos bautizados con el espíritu de la oración, deben llevar la carga de este mensaje, y las lenguas humanas encendidas como resultado de la oración sincera y persistente, deben declarar La Palabra de Dios a los hombres que necesitan del Señor.
En la actualidad la Iglesia necesita de hombres que oren para ejecutar su solemne y urgente responsabilidad de superar la terrible crisis que enfrenta. La necesidad del momento es de una mayor cantidad de hombres temerosos de Dios, hombres de oración, hombres del Espíritu Santo capaces de soportar la dificultad, hombres que tomen todas las cosas por escoria por la excelencia del conocimiento de Jesucristo, el Salvador. Los hombres muy necesarios en esta era de la Iglesia son aquellos que han aprendido el tema de la oración, los que lo han aprendido de rodillas y que lo han aprendido en la necesidad y en la agonía de sus propios corazones.
Los hombres de oración son la única necesidad dominante en este tiempo, como en todos los tiempos en los que Dios dispuso revelarse. Los hombres de oración, en realidad son los únicos religiosos, y se necesita la oración de un hombre totalmente lleno de la presencia de Dios. Los hombres de oración son los únicos que representan o pueden representar a Dios en este mundo. Ningún hombre frío, carnal y falto de oración puede reclamar ese derecho. Ellos representan falsamente a Dios en toda su obra y en todos sus planes. Los hombres de oración son los únicos que tienen influencia con Dios, son la única clase de hombres a quienes Dios se da a sí mismo y a su Evangelio. Los hombres de oración son los únicos en los cuales mora el Espíritu Santo, porque Él y la oración van de la mano.
El Espíritu Santo nunca desciende sobre los faltos de oración. Nunca los llena, nunca los faculta. No hay nada en común entre el Espíritu de Dios y los hombres que no oran. El Espíritu vive solo en una atmósfera de oración. No hay ningún sustituto para la oración. Los hombres de oración no pueden ser cambiados por hombres. Los hombres con habilidades comerciales, hombres de la educación u hombres de influencias terrenales, ninguno de estos puede sustituir a un hombre de oración. La vida, el vigor, el poder de la motivación de la obra de Dios son moldeados por los hombres que oran. Un corazón muy enfermo no es un síntoma tan pavoroso de la aproximación de la muerte, como lo son los hombres faltos de oración con respecto a la atrofia espiritual.
Los hombres a quienes Jesucristo entregó los éxitos y el destino de su Iglesia, eran hombres de oración. Dios no se ha dado a ninguna otra clase de hombres en este mundo. Los apóstoles eran destacados hombres de oración. Se habían entregado a la oración. Para ellos era lo principal. La oración era primera en importancia y primera en resultados.
Dios nunca dio ni dará los pesados intereses de su Reino a hombres carentes de oración, a quienes no la toman como un factor sobresaliente y predominante en sus vidas. Los hombres que no oran, nunca alcanzan ningún nivel de excelencia de la piedad, nunca son reconocidos por la simplicidad y la fuerza de su fe. En ninguna parte la piedad florece tan rápida y extremadamente como en nuestro lugar secreto de oración. Ese lugar es el jardín de la fe. Los apóstoles no permitían que ninguna obligación, aunque fuera sagrada, los comprometiera tanto como para frustrar sus tiempos e impedirles hacer de la oración la actividad más importante.
La Palabra de Dios era ministrada a través de la fidelidad y el celo apostólico. Era expresada por hombres con misiones apostólicas y cuyas mentes habían sido bautizadas por las lenguas ardientes del Pentecostés. La palabra no tenía sentido ni poder hasta que estuviesen renovados por la oración continua y poderosa.
La semilla de La Palabra de Dios debe estar saturada de oración para que pueda germinar. Crece más dispuesta y sus raíces son más profundas cuando está empapada en la oración. Los apóstoles eran hombres de oración. Eran maestros de oración y entrenaban a sus discípulos en la escuela de la oración. Recomendaban orar a sus discípulos, no solo para que pudieran alcanzar el nivel de fe más elevado, sino para que fuesen los agentes más poderosos para llevar adelante el Reino de Dios.
Jesucristo fue el líder divinamente designado para el pueblo de Dios, y nada en su vida prueba tan claramente su eminente capacidad para ese oficio como su hábito de oración. Nada es más sugestivo a nuestro pensamiento que la oración incesante de Cristo, y nada es más sobresaliente que la oración. Sus campañas eran organizadas y sus victorias eran ganadas, en las luchas y en la comunión de su oración de toda la noche. Su oración desgarraba los cielos. Moisés y Elías y la gloria de la transfiguración esperaban su oración. Sus milagros y su enseñanza obtenían sus fuerzas de la misma fuente.
La oración del Getsemaní tiñó de carmesí el Calvario con serenidad y gloria. Su oración hace la historia y acelera los triunfos de su Iglesia. ¡Qué inspiración y qué recomendación a la oración es la vida de Cristo! ¡Cuánto valor en sus palabras! ¡Cómo aventaja nuestras vidas con su oración! Como todos sus seguidores que han acercado a Dios al mundo y han levantado al mundo más cerca de Dios, Jesús era un hombre de oración, Dios lo había hecho líder y comandante para su pueblo. Su liderazgo fue un liderazgo de oración. Era un gran líder porque era grande en la oración. Todos los grandes líderes para Dios han labrado su liderazgo con sus luchas en el lugar secreto de oración. Muchos grandes hombres han liderado y moldeado a la Iglesia sin haber sido grandes en la oración, sino que eran grandes solo en sus planes, por sus opiniones, por sus organizaciones, por sus dones naturales, por la fuerza de ánimo o de carácter. Sin embargo, no fueron grandes para Dios.

Pero Jesucristo fue un gran líder para Dios. Su liderazgo fue el de las grandes oraciones. Dios estaba plenamente en su liderazgo porque la oración en ese liderazgo era plena. Debemos expresar el deseo de aprender a orar, de ser enseñados por Él y de aprender a orar cada vez más.
Este ha sido el secreto del hombre de oración en la historia del pasado de la Iglesia. Sus corazones buscaban a Dios, sus deseos estaban en Él, le dirigían sus oraciones. Tenían comunión con Dios, no buscaban nada del mundo, buscaban las grandes cosas de Dios, luchaban con Él, conquistaban a todas las fuerzas opositoras y abrían el canal de la fe profunda y ampliamente entre ellos y el cielo. Y todo esto por el uso de la oración. La meditación santa, los deseos espirituales, las imágenes celestiales dominaban su intelecto, enriquecían sus emociones y llenaban y ensanchaban sus corazones. Y todo esto sucedía porque, ante todo, eran hombres de oración.
Los hombres que tienen comunión con Dios de esta manera y quienes de todo corazón lo han buscado, siempre han alcanzado una consagrada eminencia. Ningún hombre cuyas llamas del deseo santo no hayan sido totalmente apagadas para el mundo y totalmente encendidas para Dios y para el cielo, jamás ha alcanzado esta eminencia. Y nadie se elevó a la altura de las mayores experiencias espirituales, a menos que la oración y el espíritu de oración hayan sido los factores sobresalientes y dominantes en su vida.
La entera consagración de muchos de los hijos de Dios se destaca claramente como la cima de una montaña muy alta. ¿Por qué pasa esto? ¿Cómo ascendieron hasta estas alturas? ¿Qué los acercaba tanto a Dios? ¿Qué los hacía tan semejantes a Cristo? La respuesta es, la oración sencilla. Oraban mucho, oraban mucho tiempo y suspiraban cada vez más profundamente. Pedían, buscaban, tocaban la puerta, hasta que el cielo abría sus más ricos tesoros de gracia para ellos. La oración era la escalera de Jacob por la que ellos escalaron esas santas y benditas alturas, y el camino por el que los ángeles de Dios bajaron y los ministraron.
Los modelos, hombres de poder espiritual, siempre valoran la oración. Tomaban tiempo para estar a solas con Dios. Sus oraciones no eran apresuradas. Tenían muchas necesidades serias que debían ser suplidas, y muchas pesadas súplicas para hacer. Muchas grandes provisiones que debían asegurar. Tenían que hacer mucho silencio al esperar delante de Dios y pacientemente repetir y reiterarle cosas. La oración era el único canal a través del cual venían las provisiones, y era la única forma de presentar las súplicas. La única espera aceptable delante de Dios que conocían era la espera en oración. Valoraban la oración. Era más preciosa que todas las piedras preciosas, más excelente que cualquier otro bien, la oración tenía más valor que el bien más preciado de la Tierra. La apreciaban, la valoraban, la estimaban y la practicaban. La llevaron a sus límites más lejanos, probaron sus resultados más grandes y aseguraron su patrimonio más glorioso. Para ellos la oración era lo más grande que podía ser apreciado y usado. Los apóstoles, por encima de cualquier otra cosa, eran hombres de oración, y dejaron la impresión de su ejemplo y su enseñanza en cuanto a la oración en la Iglesia primitiva.
Pero los apóstoles están muertos, y los tiempos y los hombres han cambiado. No tienen sucesores por vínculo oficial ni por derecho de herencia. Y los tiempos no tienen ninguna orden de formar otros apóstoles. La oración es el vínculo del liderazgo espiritual y apostólico.
Desafortunadamente, el tiempo actual no se caracteriza por la oración. La causa de Dios urgentemente necesita de líderes de oración. Otras cosas pueden necesitarse, pero sobre cualquier cosa, esta es la demanda de estos tiempos y la primera necesidad urgente de la Iglesia.
Hoy es un tiempo de gran abundancia y de maravillosos recursos materiales en la Iglesia. Pero infelizmente, la afluencia de los recursos materiales es un gran enemigo y una severa dificultad para las poderosas fuerzas espirituales. Es una ley invariable que la presencia de atractivas y poderosas fuerzas materiales crea una confianza en ellas y, por la misma ley invariable, crea la desconfianza en las fuerzas espirituales del Evangelio.
Son dos maestros que no pueden ser servidos al mismo tiempo. Porque en la proporción en que la mente esté fijada en uno, será apartada del otro. Los días de gran prosperidad económica en la Iglesia no han sido días de gran prosperidad espiritual. Hombres adinerados y hombres de oración no son sinónimos.
En 1 Timoteo Pablo hace énfasis en la necesidad de hombres de oración. Los líderes de la Iglesia, según él, deben ser sobresalientes por su oración. La oración necesita y debe formar su carácter. La oración en ellos debe ser una de las características más distinguidas. Debe ser uno de sus elementos más poderosos, tanto que no puede ser escondido. La oración debe hacer que los líderes de la Iglesia sean notables. El carácter, el deber oficial, la reputación y la vida, deberían ser formados por la oración. Las fuerzas poderosas de la oración se destacan en sus líderes de oración. La vigente obligación de orar en cierto sentido descansa en los líderes de la Iglesia. Sabia será la Iglesia al descubrir y dar prominencia a esta verdad principal.
Puede ser expuesto como un axioma, que Dios necesita, ante todo, líderes en la Iglesia que sean primeros en la oración, hombres en quienes la oración sea habitual y característica, hombres que conozcan la primacía de la oración. Pero aún más que un hábito de oración y más que la oración como una característica, los líderes de la Iglesia deben estar impregnados con la oración, hombres cuyas vidas sean constituidas y moldeadas por la oración, cuyos corazones y vidas sean formados en la oración.

Estos son los hombres, los únicos hombres que Dios puede usar en el avance de su Reino y en la implantación de su mensaje en el corazón de la humanidad.
Tomado del libro: El arsenal de la oración de Editorial Peniel