Los efectos de estar con Dios
Abr | 2007 (GMT-3)
El poderoso impacto de la presencia de Dios. Caminar hacia el corazón de Dios con nuestro espíritu y sumergirnos en Él, quedar empapados con su gloria, envueltos con su presencia.
 |
| Juan José Churruarín | “¿En dónde has estado? ¡Qué cara tienes! ¿Qué te ha pasado?” El hombre estaba transformado, salía de estar por mucho tiempo a solas con Dios. Entró un hombre y salió otro. A partir de aquel momento no solo se veía un cambio en su persona, también comenzaron a manifestarse cosas gloriosas en su ministerio. Cuando hablamos de estar con Dios, nos referimos al momento de estar a solas con Él.
Es importante entender que no vamos a otra cosa que a pasar tiempo con el Señor. No debe animarnos ninguna otra motivación; de lo contrario Dios pasaría a ser secundario, y eso no le agrada al Señor. Siempre hay necesidades que suplir, peticiones que hacer; Él sabe de qué cosas tenemos necesidad, aunque no las expresemos. Vamos a la quietud de un lugar tranquilo para ver, oír y contemplar al Señor.
Entonces la oración se vuelve vivencia. Caminar hacia el corazón de Dios con nuestro espíritu y sumergirnos en Él, quedar empapados con su gloria, envueltos con su presencia. Toda suficiencia personal cae ante su gran poder, somos despojados de nosotros mismos y llenados de su Espíritu. Quedamos totalmente rendidos a su voluntad. No hay quejas ni reclamos, aún renunciamos a lo que legítimamente nos pertenece, gozosos, para rendirlo todo a Él.
De la misma manera que los adoradores del trono arrojan las coronas de oro a sus pies, junto a los seres angelicales que no dejan de proclamar honor; gloria y poder a Dios. Quedamos a merced de su voluntad, sabiendo que lo recibido no es por ningún merito personal, sino por pura gracia. Postrados, absortos, mudos de admiración al verlo en su majestad. Entonces hay un derramamiento de Dios a través de su Espíritu, un desborde de su infinita presencia, sin límites de ninguna naturaleza.
El profeta Daniel quedó postrado y sin fuerzas; completamente debilitado, pidió ser fortalecido para poder escuchar al mensajero celestial que había venido a hablarle. Aun después de eso, por algún tiempo quedó tan afectado que parecía tener un padecimiento. La carne no resiste el poder de Dios. Dios le dijo a Moisés: “No me verá hombre y vivirá” (Éxodo 33:20). Claro está… si tan solo nos mira nos derrite.
Saulo de Tarso quedó ciego y derribado en el camino a Damasco; el resplandor de la luz lo dejó así. Pero cuando se levantó era otro hombre, uno de los apóstoles de Cristo, de una vida y un alcance ministerial a escala sobrenatural. Se dice que san Agustín caminaba por las calles de la ciudad cuando una de sus antiguas mujeres lo llamó. Al no detenerse y ni siquiera prestarle atención, la mujer corrió y al alcanzarlo le dijo: – Agustín, soy yo... A lo que él respondió: – Sí, mujer, sabía que eras tú, pero yo ya no soy yo. Cristo había hecho el cambio. Eso mismo es lo que decía Pablo: “... ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Pablo había pasado largo tiempo en el desierto; al volver, ni él mismo se conocía.
Es tan poderoso el impacto que hace la presencia de Dios en nosotros, que el vivir en ella puede llevarnos más allá de lo que podemos imaginar. Enoc vivió así y se fue caminando con Dios, y no volvió más. Dios se lo llevó. Un día de estos se llevará a su Iglesia, a los que caminan con Él.
Tomado del libro: El fragante aroma de Cristo de Editorial Peniel
Juan José Churruarín
|