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Los alcances de la oración
Ago | 2007 (GMT-3)
No llegamos a tener comunión con Dios por muchos pensamientos separados, sino que tenemos más comunión con Él en un cuarto de hora de oración, que lo que podríamos tener en un año por la vía única de la sabiduría.” Thomas Goodwin
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| E.M. Bounds | ¡Cuán vastas son las posibilidades de la oración! ¡Cuán amplio es su alcance! ¡Cuán grandes cosas son alcanzadas por este medio de gracia! La oración pone su mano sobre el Dios Todopoderoso, y lo mueve a hacer lo que de otra manera no haría si esta no hubiese sido ofrecida. Hace que sucedan cosas que de otra manera nunca ocurrirían. La historia de la oración es la historia de los grandes logros. Es un poder maravilloso puesto por el Dios Todopoderoso en las manos de sus santos, el cual puede ser usado para lograr grandes propósitos y para obtener resultados extraordinarios.
La oración se extiende hacia todo, incluye todas las cosas grandes y pequeñas que son prometidas por Dios a los hijos de los hombres. Los únicos límites de la oración son las promesas de Dios y su habilidad para cumplirlas: “Abre tu boca, y yo la llenaré” (Salmo 81:10). Los registros de los logros de la oración son alentadores para la fe, alegran las expectativas de los santos y son una inspiración para todo aquel que ora y prueba su valor. La oración no es una teoría no ensayada. No es un extraño esquema dispuesto en el cerebro de los hombres y puesto en marcha por ellos mismos, una invención nunca puesta a prueba. Es un plan divino en el gobierno moral de Dios, designado para el beneficio de los hombres y pensado como un medio para llevar a cabo los intereses de la causa de Dios en la Tierra, y sus propósitos piadosos de redención y providencia.
La oración se prueba a sí misma. Es susceptible a probar su virtud por medio de aquellos que oran. No necesita ninguna otra prueba, además de la de su cumplimiento: “El que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios reconocerá...” Si algún hombre está dispuesto, reconocerá la virtud de la oración, lo que puede lograr con ella. Déjalo orar; que la ponga a prueba. ¡Qué amplitud es dada a la oración! ¡Qué alturas alcanza! Es la respiración del alma despertada para Dios y para el hombre. Es tan amplia, compasiva y piadosa como el Evangelio, y va tan lejos como él.
¿Cuánta oración demandan todos estos pueblos de la Tierra con el fin de iluminarlos y moverlos hacia Dios y hacia su Hijo Jesucristo? Si los discípulos de Cristo en el pasado hubieran orado como debieran haberlo hecho, no encontraríamos a estos pueblos todavía envueltos en la muerte, el pecado y la ignorancia. ¡Ay de mí! ¡Cómo la incredulidad de los hombres ha limitado el poder de Dios para que Él obre a través de la oración! ¡Cómo la falta de oración de los discípulos de Jesucristo ha puesto límites a la obra! ¡Cómo la Iglesia, con su negligencia, ha vallado el Evangelio y ha cerrado las puertas de acceso!
Las posibilidades de la oración abren puertas para la entrada del Evangelio: “Intercedan por nosotros a fin de que Dios nos abra las puertas para proclamar la palabra” (Colosenses 4:3). A los discípulos la oración les abrió puertas para La Palabra, creó oportunidades para predicar el Evangelio. El clamor por medio de la oración movió la mano de Dios, para hacer su obra de una manera más amplia y de nuevas formas. La posibilidad de la oración no solo da un gran poder y abre puertas para el Evangelio, sino que también lo facilita. La oración hace que el Evangelio vaya más rápido y se mueva con una gloriosa firmeza. Un Evangelio proyectado por las poderosas energías de la oración, no es ni lento, ni perezoso ni torpe. Se mueve con el poder de Dios con una rapidez angelical.
La petición del apóstol Pablo, cuya fe se extendía hacia las posibilidades de la oración por La Palabra predicada, era: “Oren por nosotros para que el mensaje del Señor se difunda rápidamente y se le reciba con honor” (2 Tesalonicenses 3:1). En todo sentido el Evangelio se mueve demasiado lentamente, muchas veces tímidamente, y con pasos muy débiles. ¿Qué hará que este Evangelio vaya tan rápido como un corredor de carreras? ¿Qué podría dar a este divino Evangelio el fulgor y la gloria, y qué podría hacer que se mueva como es digno de Dios y de Cristo? La respuesta está a la mano: la oración, más y mejor oración hará la obra. Este medio de gracia dará velocidad y esplendor al Evangelio.
Las posibilidades de la oración se extienden a todas las cosas. Cualquier cosa que involucre el más alto bienestar humano, y tenga que ver con los planes y los propósitos de Dios en la Tierra, es un asunto de oración. En “todo lo que pidan”, está incluido todo lo que nos interesa a nosotros, los hijos de los hombres, y a Dios. ¿Dónde trazaríamos las líneas que limitaran la palabra “todo”? Defínalo, busque y publique las cosas que esta palabra no incluye. Si “todo” no incluye todas las cosas, entonces añada la frase: cualquier cosa. “Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré”.
Desdichadamente hemos fallado al no disponernos para la oración. Hemos limitado al Santo de Israel. La habilidad de orar puede ser asegurada por la gracia y el poder del Espíritu Santo, pero ello demanda un carácter tan vigoroso y superior, que es algo raro que un hombre o una mujer esté en actitud de oración y en súplica delante de Dios. Es tan cierto hoy como lo fue en los días de Elías, que “La oración del justo es poderosa y eficaz” (Santiago 5:16). ¿Cuánto beneficia esa clase de oración, quién puede decirlo?
Las posibilidades de la oración son las posibilidades de la fe. La oración y la fe son siamesas. Un corazón las anima a ambas. La fe siempre está orando. La oración siempre está creyendo. La fe debe tener una lengua por medio de la cual poder hablar. La oración es la lengua de la fe. La fe debe recibir. La oración es la mano extendida de la fe para recibir. La oración debe levantarse y elevarse. La fe debe darle las alas para volar. La oración debe tener una audiencia con Dios. La fe abre la puerta, y tanto el acceso como la audiencia son dados. La oración pide. La fe pone su mano sobre lo que se ha pedido. El poder omnipotente de Dios es la base de la fe omnipotente y de la oración omnipotente: “Para el que cree, todo es posible” (Marcos 9:23), y todas las cosas son dadas a aquel que ora.
La oración no es algo pequeño o indiferente. No es un dulce privilegio. Es un gran privilegio, de gran alcance en sus efectos. El fracaso en la oración conlleva pérdidas mucho más allá de la persona que la descuida. Orar no es un mero episodio de la vida cristiana. Más bien toda la vida es una preparación además del resultado de la oración.
En su condición, la oración es la suma de la religión. La fe no es otra cosa que un canal de oración. La fe le da alas y rapidez. Se trata no solo del idioma de la vida espiritual, sino que produce su misma esencia y forma su verdadero carácter.
Tomado del libro: Las posibilidades de la oración de Editorial Peniel
E. M. Bounds
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