¿Está usted dispuesto a clamar a Dios y dejar que Él lo sorprenda? La oración que sale de un corazón apasionado y con fe, es lo que sin duda hará que Dios mueva su mano en direcciones asombrosamente increíbles.
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| Bruce Wilkinson |
Necesito veinticinco voluntarios –anunció el pastor Danny Bellesi ante su sorprendida congregación.
Recorrió con la vista el auditorio repleto en busca de respuestas. Los miembros de la iglesia COSAT Hills Community Church seguían sentados, perplejos y en silencio.
¿Qué se le habría ocurrido ahora a su pastor? Los adoradores se echaron hacia delante en sus asientos, tratando de no llamar la atención.
Finalmente, veinticinco personas llenas de curiosidad se pusieron de pie delante de la congregación. Entonces el pastor le dio a cada uno de ellos un billete de cien dólares.
– Los invito a participar en esta Tarea del Reino –les dijo a los asombrados voluntarios–. Las reglas son sencillas. Uno, este dinero no es suyo, sino de Dios. Dos, deben usarlo para extender el Reino de Dios más allá de las cuatro paredes de la iglesia. Y tres, deben presentarse dentro de noventa días para comunicarle a todo el mundo de qué forma invirtieron el dinero.
Después volvió a sorprender a la congregación anunciando que la iglesia no quería que le devolvieran ni un centavo de aquel dinero. En los tres cultos siguientes repitió aquel ejercicio, y terminó distribuyendo la cantidad de diez mil dólares entre un centenar de miembros de su iglesia.
El pastor Bellini había terminado hacía poco tiempo una serie de predicaciones acerca de las formas de usar el dinero para realizar los propósitos de Dios. Sentía que su iglesia estaba lista, tanto en lo económico como en lo espiritual, para aceptar el emocionante reto de invertir en el Reino de Dios.
Él sabía que estaba corriendo un riesgo. Era muy consciente de la responsabilidad tan poco usual que le había impuesto a su congregación. Pero aquel reto, aun hoy sigue tocando vidas.
Uno de los hombres recogió diez mil dólares a base de enviarles mensajes por correo electrónico a sus amigos y antiguos compañeros de estudios, exhortándolos a aportar una cantidad igual a los cien dólares originales. Los fondos se los donó a una pareja cuyas dos hijas pequeñas acababan de morir de una enfermedad en la sangre.
Una dama les habló a varias amigas sobre la Tarea del Reino. Entre ellas y sus amigas, recogieron mil ochocientos dólares y le dieron el dinero a una madre soltera con tres hijos que se hallaba en apuros económicos.
Una niña de nueve años le envió su dinero a una pequeña enferma de cuatro años, con el fin de ayudar a pagar la cirugía del corazón, que necesitaba.
Unas pocas semanas después de comenzar con el proyecto de la Tarea del Reino, el pastor Bellesi leyó el libro La oración de Jabes, que produjo en él un profundo impacto. Él y su esposa Leesa comenzaron a orar juntos para pedirle al Señor que “ensanchara su territorio”. No tenían idea de que su territorio estaba a punto de estallar.
Lo primero que sucedió fue que la Tarea del Reino comenzó a repercutir de una manera asombrosa en los medios de comunicación, tanto locales como internacionales. Revistas como Woman’s Day y People escribieron artículos acerca de los maravillosos acontecimientos que se habían producido en aquella iglesia. Comenzaron a recibir llamadas de distintos programas de televisión para realizarles entrevistas a los esposos Belleni. Ellos estaban tan abrumados con la enormidad de las bendiciones de Dios, que se vieron forzados a depender de Él. ¡Y aquello fue muy bueno!
En esta historia usted observará que estas personas ya estaban aprendiendo a confiar en Dios con el fin de poder ver la mano de Él en sus vidas.
En 1 Crónicas solo hallamos dos versículos acerca de Jabes, escondido en medio de una larga lista de nombres, nada menos que dentro de la genealogía de David. El segundo de esos versículos es el que contiene la oración de Jabes: “Jabes invocó al Dios de Israel, diciendo: ¡Oh, si en verdad me bendijeras, ensancharas mi territorio, y tu mano estuviera conmigo y me guardaras del mal, para que no me causara dolor! Y Dios le concedió lo que pidió” (1 Crónicas 4:10).
En este pasaje aprendemos que Jabes “invocó al Dios de Israel”. El verbo invocar significa aquí clamar para pedir ayuda. La oración de Jabes no era ninguna oración improvisada. Era un ruego sentido y apasionado.
¿Ha deseado usted alguna vez algo con tanta intensidad? Trate de imaginarse por un instante un anhelo tan intenso, que sea capaz de sacar de su propia conciencia todas las demás cosas. Entonces, imagínese que le pide a Dios día tras día, con ferviente intensidad, que realice en su vida cuatro cosas muy concretas, aunque audaces en apariencia.
Imagínese que usted anhela que la bendición de Dios, ya sea espiritual, material o tal vez ambas, se derrame en abundancia sobre usted, de acuerdo con sus riquezas eternas y su generosa sabiduría.
Entonces, mientras Él derrama su bendición sobre su vida, imagínese que aspira a tomar un nuevo territorio, no para usted mismo, sino en primer lugar para Él y para sus propósitos
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Y cuando se ensanchen sus límites y crezca la responsabilidad que Dios le encomienda hasta el punto de convertirse en algo abrumador, imagínese a sí mismo clamando con toda urgencia para pedir que su mano de poder lo capacite a fin de llevar adelante, de la manera debida, esa responsabilidad.
Piense ahora que bajo esas condiciones, usted se vuelve tan sensible ante los efectos destructores del pecado, que le suplica a Dios que lo libre del mal con el fin de que pueda buscar sin obstáculos lo mejor que Él tiene para su vida.
Si es capaz de captar algo de esta pasión, de este estado mental, de este maravilloso hábito de una oración llena de fe, entonces ya ha comenzado a ensanchar sus límites con el fin de pasar a la próxima etapa de la aventura que Dios tiene para usted.
Tomado del libro: Mas allá de Jabes de Editorial Unilt