Debería haber sido obvio, pero no me di cuenta. Nunca había leído un libro sobre el matrimonio, así que lo que yo pensaba no se ajustaba a la realidad. Solo sabía que sentía algo por Karolyn que no había sentido nunca por ninguna otra muchacha. Cuando nos besábamos, era como estar en el cielo. Cuando la veía después de una larga ausencia, realmente sentía escalofríos. Me gustaba todo de ella. Me gustaba su aspecto, su forma de hablar, su modo de caminar y, en especial, me cautivaban sus ojos castaños. Incluso me gustaba su madre y me ofrecí voluntario para pintarle la casa –cualquier cosa con tal de demostrarle a esta joven cuánto la quería–. No podía imaginarme que ninguna otra fuera tan maravillosa como ella. Creo que ella pensaba y sentía por mí lo mismo que yo por ella.
Con todos estos pensamientos y sentimientos, pretendíamos hacernos felices mutuamente el resto de nuestras vidas. No obstante, seis meses después de casarnos, ambos éramos más desdichados de lo que nunca pudimos imaginar. Los sentimientos de euforia habían desaparecido y, en su lugar, aparecieron los de dolor, rabia, decepción y resentimiento. Esto es algo que no habíamos previsto cuando estábamos "enamorados". Creíamos que las percepciones positivas y los sentimientos que teníamos uno hacia el otro nos acompañarían el resto de nuestras vidas.
En los últimos treinta años he impartido sesiones de consejería prematrimonial a cientos de parejas. Me he dado cuenta de que la mayoría de ellas tiene la misma perspectiva limitada sobre estar enamorados. A menudo planteo a las parejas en la primera sesión la siguiente pregunta:
–¿Por qué quieren casarse?
Sea cual fuese la respuesta, siempre acaban dándome la gran razón. Y esa gran razón es casi siempre la misma:
–Porque nos queremos.
Luego les hago una pregunta muy injusta:
–¿Qué quieren decir con eso?
Normalmente se sorprenden ante esta pregunta. La mayoría dice algo sobre el sentimiento profundo que ambos tienen hacia el otro. Llevan sintiéndolo algún tiempo y, de alguna manera, es diferente a lo que habían sentido antes por otras personas con las que habían salido. A menudo se miran uno a otro, miran al techo, sonríen, y después uno de ellos dice:
–Bueno, eh… ya sabe…
En esta etapa de mi vida creo que yo sí lo sé, pero dudo que ellos lo sepan. Temo que tengan la misma percepción de estar enamorados que Karolyn y yo teníamos cuando nos casamos. Y ahora sé que estar enamorados no es base suficiente para que el matrimonio tenga éxito.
Hace algún tiempo recibí una llamada de un joven que me pidió que oficiara su boda. Le pregunté cuándo quería casarse y descubrí que la boda era en menos de una semana. Le expliqué que solía tener entre seis y ocho sesiones de consejería con los que deseaban contraer matrimonio. Su respuesta fue la típica:
–Bueno, para ser sincero, no creo que necesitemos ningún tipo de consejo. Nos queremos de verdad, y no creo que tengamos problemas.
Yo sonreí y me lamenté interiormente: otra víctima de la ilusión de "estar enamorado".
A menudo hablamos de "estar enamorados". Escuchar esta frase me hace recordar una cacería en la selva. Se hace un agujero por donde va a pasar el animal a beber agua, se cubre con ramas y hojas. El pobre animal corre concentrado únicamente en su objetivo cuando, de repente, cae en un pozo y queda atrapado.
Así nos pasa con el amor. Caminamos tranquilamente haciendo nuestras cosas cuando, de repente, miramos al otro lado de la habitación, o al final del pasillo, y allí está él o ella, y ¡zas!, "nos enamoramos". No hay nada que podamos hacer. Está totalmente fuera de nuestro control. Sabemos que nuestro destino es el matrimonio, así que cuanto antes, mejor. Se lo contamos a los amigos, y como ellos funcionan según ese mismo principio, coinciden con nosotros en que estamos enamorados y que es hora de casarse.
A menudo no tomamos en consideración el hecho de que nuestros intereses sociales, espirituales e intelectuales están a kilómetros de distancia. Nuestros sistemas de valores y nuestros objetivos son contradictorios, pero estamos enamorados. La gran tragedia que se desprende de esta percepción del amor es que al año de la boda, la pareja se sienta frente a un consejero matrimonial para decir:
–Ya no nos queremos.
Están preparados para separarse. Después de todo, si el "amor" se ha acabado, "no se puede pretender que sigamos juntos".
Cuando aparece "el hormigueo"
Tengo una palabra para describir las emociones que he descrito anteriormente. Las llamo el "hormigueo". Sentimos un calor, una excitación, una sensación de hormigueo ante una persona del otro sexo. Es ese hormigueo el que nos impulsa a salir con él –o con ella– a comer una hamburguesa. A veces el hormigueo desaparece en la primera cita. Averiguamos algo de la otra persona que sencillamente apaga por completo nuestras emociones. La siguiente vez que nos invitan a comer una hamburguesa, no tenemos hambre. Sin embargo, con otra persona, cuanto más estamos juntos, mayor es el hormigueo. Tras algún tiempo, nos damos cuenta de que pensamos en la otra persona día y noche. Nuestros pensamientos son de naturaleza obsesiva. La vemos como la persona más maravillosa y excitante que hemos conocido. Queremos estar juntos en todo momento. Soñamos con pasar el resto de nuestras vidas haciendo feliz a la otra persona.
Por favor, no me malinterprete. Creo que el hormigueo es importante. Es algo real, y estoy a favor de su supervivencia. Pero no es la base de un matrimonio satisfactorio. No estoy sugiriendo que uno deba casarse sin sentir ese hormigueo. Esos sentimientos excitantes y cálidos, esos escalofríos, ese sentido de aceptación, la emoción de ese roce que hace que aparezca ese hormigueo es la guinda del pastel. Pero no se puede tener el pastel solo con la guinda. Es vital considerar muchos otros factores antes de tomar una decisión sobre el matrimonio.
Estar enamorado es una experiencia emocional obsesiva. Sin embargo, las emociones cambian, y las obsesiones se desvanecen. Los estudios indican que la vida promedio de la obsesión de "estar enamorado" es de dos años. Para algunos puede durar un poco más, para otros, un poco menos. Pero el término medio es de dos años. Después descendemos de esa altura emocional, y aquellos aspectos de la vida que descartamos en el momento de euforia comienzan a hacerse importantes. Empiezan a surgir nuestras diferencias y a menudo acabamos discutiendo con la persona que un día creíamos que era perfecta. Hemos descubierto por nosotros mismos que estar enamorados no es la base de un matrimonio feliz.

Creo que el propósito principal de salir con alguien es conocerse y examinar los fundamentos intelectuales, emocionales, sociales, espirituales y físicos del matrimonio. Solo entonces podrá tomarse una decisión acertada: casarse o no casarse.
Tomado del libro: Lo que me hubiese gustado saber… ¡antes de casarme! de Editorial Portavoz.